En la oficina de Eugenio Tironi, blanca, luminosa, transparente da la sensación de estar flotando; si no fuera porque se encuentra en un cuarto piso, se sentiría algo de vértigo. Desde esta suerte de atalaya de cristal este sociólogo de 65 años, ex Mapu (el mítico Movimiento de Acción Popular Unitaria que rompió con la DC y combatió las reformas de Frei Montalva para apoyar luego a Salvador Allende) redacta sus columnas para El Mercurio, escribe libros (“son más de 30”, dice sacando la cuenta), da entrevistas y sobre todo ejerce como el socio y creador de una de las mayores agencias de comunicaciones del país, Tironi Asociados, con más de 50 empleados y cuentas que van desde empresas del retail, la industria alimenticia hasta firmas industriales ligadas a la energía y la minería, donde realizan asesorías de lobby, gestión de crisis y apoyos comunicacionales.

Todo, resultado de su imagen de “gurú”, por su histórico papel como director de contenidos de la franja del “NO” en el Plebiscito del 1988 y luego estrecho colaborador de Patricio Aylwin en La Moneda como su director de Comunicaciones. Cuatro años después del retorno a la democracia, en 1994, continuó desde la senda privada en momentos en que el crecimiento económico chileno subía por las nubes y grandes proyectos de capitales internacionales se asentaron en el país bajo el alero de un próspero modelo económico instaurado en dictadura y que hoy, después de más de 40 años, es duramente cuestionado por los líderes del movimiento estudiantil, la izquierda, así como muchos ciudadanos que este año salieron a la calle para protestar en masa contra las AFP, algo así como el Santo Grial del modelo económico neoliberal instalado por los Chicago Boys.

Fue la muerte de Patricio Aylwin, en abril de este año, lo que motivó a Tironi a defender el legado del primer presidente de nuestra era democrática y su papel en la llamada “transición”. Todo lo plasma en su nuevo libro: “¿Por qué no me creen? De en la medida de lo posible a la retroexcavadora” (Uqbar), cuyo título, más que una defensa a Aylwin, también podría tomarse como propia, por el rol que le tocó jugar y su visión del modelo económico que en esta entrevista apoya “con dientes y uñas”.

“Los intelectuales siempre vieron a Aylwin con condescendencia, como alguien simplón, católico, ñoño… Ese desprecio no lo sentía sólo el mundo de izquierda; también la derecha y hasta la DC. Pero su forma de ver el mundo fue muy contemporánea; la gradualidad, su ‘medida de lo posible’, su búsqueda de acuerdos ¡hoy por Dios que hacen falta!”, reflexiona.

—Pero se convirtió en el símbolo de una “transición abyecta”, como lo describe usted en su libro, por no hacerse cargo de acabar con el modelo económico.

—Ese es el meollo. La transición no abolió el modelo neoliberal ¡en buena hora!

—O sea, fue una transición coja.

Categórico:

—No, no, no, porque la transición nunca se planteó abolirlo ni hacerlo desaparecer bajo una retroexcavadora. Al contrario: se defendió la noción de la continuidad por sobre la ruptura, a diferencia de los que se oponían al plebiscito (de 1988) y estaban por la insurrección y la vía armada. Pero ahora ellos son hoy los “héroes” y los demás somos todos vendidos.

—¿Lo considera una injusticia?

—No quiero hacer juicios morales. Pero me parece infantil criticar el pasado y suponer que las cosas se pudieron haber hecho distinto… ¿en base a qué? Cuando alguien plantea la tesis de la retroexcavadora o de la abolición del pasado, puede conducir a los países al abismo…

 

_I3A0406—¿Por qué al abismo?

—Porque así no tenemos ninguna posibilidad de proyectarnos. Hay países que intentaron olvidarse, como la Alemania post-nazi. Pero tuvieron que volver atrás y hacerse cargo de su historia.

—La crítica hoy es que se hizo una transición política pero que todavía no nos hemos liberado de la “dictadura económica”, con un modelo que no se había instalado en ninguna parte del mundo y que rechazó hasta el propio Jorge Alessandri en su campaña de 1970 por considerarlo una “locura”.

—Cuando los Chicago Boys llegaron con este modelo donde Pinochet, era una excentricidad, una cosa que no tenía parangón en el mundo. Pero a poco andar, sobre todo en los ’80, ya estaba Reagan y la Thatcher aplicándolo. Es decir, Chile anticipó una tendencia que llegó a Estados Unidos, Gran Bretaña… pero también a los países escandinavos; y en menor medida a Francia, que fue más resistente; pero a Holanda; desde luego a China y los países del Sudeste Asiático. O sea, era una ola mundial.

—Para el economista Ricardo Ffrench-Davis Chile fue un laboratorio… Con efectos muy negativos para nuestra sociedad.

—Pero lo nuestro no hubiera resistido si es que la corriente del mundo hubiese ido en contra, y la verdad es que iba a favor. Por eso la Concertación no buscó desmantelar el modelo.

—La crítica es que ni siquiera buscó corregirlo, sino que lo fortaleció.

—Eso no es verdad; con Aylwin se hizo la reforma tributaria y la laboral… Ahora, si alguien me dice que Foxley (su ministro de Hacienda) no buscó abolir el modelo, obviamente no. Y los que vinieron después, como Nicolás Eyzaguirre, tampoco. Como dije: el modelo fue corregido por la Concertación.

—Corregido y perfeccionado.

—Corregido y perfeccionado desde luego, pero perfeccionado no en función de los más ricos sino en función de los pobres.

—Sin embargo, la crítica es que la inequidad en Chile no ha cambiado, que seguimos como una de las sociedades más desiguales del mundo.

—Mantener el crecimiento y a la vez combatir la inequidad no era tarea fácil. Pero somos un país que multiplicó su educación, multiplicó su clase media; que mejoró enormemente sus condiciones de vida; que triplicó y cuadruplicó su ingreso per cápita. O sea, si hay tanto debate por los inmigrantes que llegan a Chile, no es porque este sea un país atroz de inequitativo, donde los pordioseros anden por las calles. Hay una visión apocalíptica del Chile post ’90…

—¿Le parece apocalíptico que el 0,1% de los chilenos tenga ingresos que son más de 40 veces el promedio de la población?

—Ya, ¿y qué?, ¿y cómo es en Estados Unidos?, ¿y cómo es en Europa?, ¿y cómo es en China?

—Así lo observó el propio economista francés Thomas Piketty, cuando vino a Chile…

Interrumpe:

—¿Y dónde está Piketty ahora?, ¿dónde están las ideas políticas de Piketty en Europa?

—¿Para usted la desigualdad no es tema?

—Ojo con el cliché de la desigualdad, porque es un cliché como digo en mi libro… Los humanos lamentablemente estamos permanentemente buscando diferenciarnos, y nos sentimos muy frustrados de la diferencia que se establece hacia nosotros, pero nos hace promover la discriminación respecto de los que están más abajo.

—¿No fue ésa precisamente una herencia del modelo: dejar de ser una sociedad justa, igualitaria?

—¡Por favor, no le carguemos eso a Pinochet! Esto mismo se reproduce en EE.UU, Francia, hasta en la Alemania del Este, donde la elite política del Partido Socialista Unificado Alemán estudiaba en colegios ad-hoc y tenía carreras especiales para distinguirse de los alemanes corrientes. Es la naturaleza humana…

María Olivia Mönckeberg, en sus libros “El saqueo”, y en “La máquina para defraudar”, es muy crítica…

Interrumpe:

—A ver, ¿tú te hiciste la idea de que aquí vinieron unos saqueadores y que instalaron un modelo con Pinochet y que esto siguió así, que lo impusieron con bayoneta, que todos fuimos víctimas?… ¿Y que luego vinieron unos señores nuevos y lo mantuvieron, hasta que ahora llegó Quintana y la Michelle Bachelet que dijeron que lo iban a remover y con retroexcavadora? Perdón. Este es un sistema que duró casi 40 años, más o menos, desde 1973 hasta 2014, una cuarta parte de la historia de la República. Han nacido varias generaciones que no conocen más que esto. ¿Que les tendría que decir a mis hijos: “perdónenme, su vida es un guión que lo escribió un Chicago boy, la vida de ustedes es una farsa”?

—¿Dónde estaría según usted la falsedad?

—En que este modelo es un guión impuesto exógenamente y que no fue cambiado por unos cobardes, que eran tus padres y tus abuelos, que no se atrevieron a derribarlo.

—O que confiaron en este modelo y en las buenas intenciones de la Concertación…

—Claro, y por fin apareció gente con agallas, con coraje, y además con fines altruistas y que han descubierto que esto era una máquina para defraudar, para hacer lucro y para producir inequidad, y por fin lo están desmantelando.

Y agrega:

—Encuentro que el modelo es un comodín para no pensar, o para pensar con una mirada a lo Trump, o sea de complot. Si éste hubiese sido tan perfecto, tan bien pensado y con tanto apoyo de los medios de comunicación, como se sostiene hoy, no entiendo por qué pierde Pinochet; y dos: por qué los defensores del modelo pierden en todas las elecciones durante veinte años consecutivos, no entiendo por qué…

—Por razones políticas, no económicas.

—No existe esa separación entre política y economía. ¿Cómo reaccionaron en la elite económica y los Chicago Boys con el gobierno de Aylwin? Para ellos representaba el fin del modelo; la reforma laboral y tributaria tocaban el corazón del sistema y amenazaban con que venía una crisis económica y se acababa la inversión.

—¿Y eso acaso fue cierto?

—Pero ese fue el discurso. Y las fuerzas que se supone que pugnaban por destruir el modelo, por borrarlo de la faz de la Tierra, por terminar esa ‘herencia maldita’ y hacer una suerte de limpieza económica… ¿dónde estuvieron?, ¿por qué nunca fueron una opción política? Ahora recién aparecieron. Lo que tenemos no es ‘el modelo’, es la realidad chilena, nuestra cultura. No sigamos buscando el chivo expiatorio: este es el chivo que hemos construido, con todo lo negativo y todo lo positivo.

—El sociólogo Manuel Antonio Garretón sostiene que uno de los efectos del modelo económico es que dejamos de ser ciudadanos y nos convertimos en consumidores.

—La libertad no se funda solamente en el derecho jurídico, se funda también en el derecho a consumir, a tener una soberanía económica. Yo creo que el hecho de ser más consumidores es algo que nos hace más libres. La dicotomía si somos consumidores o ciudadanos, es absurda. Dennos esa libertad, a mí no me obliguen a desprenderme de mi libertad económica que me defenderé con dientes y uñas.

Y agrega:

—Porque detrás de la condena al modelo hay un supuesto de que había otro modelo que resolvería todo esto. Perdóname, pero en esa cuestión yo no creo. La idea que hay un modelo que antes era socialismo o el comunismo y que ahora no sé cómo se llamará, pero un modelo alternativo que nos hará a todos santos, donde se acabará la corrupción, la codicia, la colusión, el lucro, la desigualdad… Esa ilusión me aterroriza. Yo creo que detrás de las críticas, detrás de la condena a ultranza al modelo, lo que hay es una ilusión. Me parece ingenuo.

—Pero usted fue Mapu, estuvo a la izquierda de la DC, incluso contra el propio Aylwin. También soñó con una sociedad justa, igualitaria. Usted fue un idealista.

—Por supuesto, y sigo siéndolo. Lo único que digo yo es que esos ideales no lo encapsulen en un modelo.

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—La escritora Mónica Echeverría, en su último libro lo catalogó a usted y a figuras como Enrique Correa, Brunner, etc., de “conversos”, por olvidar esos ideales por los que lucharon y por los que otros incluso perdieron la vida…

Molesto:

—¿Con qué derecho alguien puede estar juzgando y condenando a otros respecto a su congruencia con sus ideales? No le concedo a nadie esa condición. No hay mayor pretensión que darse ese estatus de propietario de aquellos ideales tan maravillosos en el pasado, pero que finalmente no lo fueron tanto; estaban pervertidos por visiones que teníamos de lo que era el régimen comunista, del mismo régimen cubano, y que la historia nos ha mostrado que fueron totalitarismos realmente criminales. Tampoco sabíamos lo que ocurrió después, que fue el fracaso de esos regímenes socialistas y su economía, y que en aras del hombre nuevo esclavizaron a millones de personas. ¿Esos son los ideales? Personalmente puedo decir que nunca participé mucho de eso, yo siempre fui más de una izquierda más libertaria, un poquito más anarquista, nunca fui comunista o igualitarista. Simpatizaba más con los disidentes de los países socialistas que con los regímenes de los países socialistas. Y esta señora me pone en un conjunto al que no pertenecí. ¿Qué tenía que ver yo con Correa.., con Brunner, con Garretón? Ellos habían salido de la universidad cuando yo ni siquiera entraba. No tenía nada que ver con ellos. Ni siquiera estuve en la toma de la PUC.

—Entonces defiende su derecho a evolucionar…

—Por supuesto. Y espero en cinco años no ser el mismo que ahora. Cambiar no es pecado.

—¿Y políticamente cómo se define hoy, Eugenio?

—Soy una persona de centro izquierda. Quiero mantener mi libertad para pensar y opinar. Y si eso a algunos les parece una herejía o una traición… Como dice Cercas, “el que teme ser acusado de hereje o de traidor, mejor que no salga de su casa o por lo menos que deje de escribir”. Con esa frase me quedo.