La historia de Enrique Correa Ríos (licenciado en Filosofía, 68 años, siete hijos) está configurada de tantas identidades que bien parece una película: ha sido seminarista, locutor radial, presidente de la juventud DC, fundador del Mapu, exiliado en Rusia y en la RDA. En dictadura se las arregló para entrar y salir del país a través de una serie de ‘chapas’, para lo cual —cuenta la leyenda— bajó cuarenta kilos en sólo tres meses y hasta se habría hecho una cirugía… Recién inaugurada la democracia se convirtió en el primer vocero en la era de la Concertación y en un miembro estratégico del gabinete de Patricio Aylwin, como ministro secretario general de Gobierno (Segegob).

“Mi único temor era que no me fuera bien como vocero. Como soy medio tartamudo… Pero no me fue mal”, declaró en una entrevista en 2001, evocando una época donde dejó clara, y de forma más que visible, su habilidad política. Todo un hito para este hombre nacido en Ovalle, que entró en la Democracia Cristiana a los 12 años, que luego ingresó al seminario porque soñaba con ser cura, que más tarde estudió filosofía en la UC y terminó convertido en una figura protagónica del Mapu.

¿Pero cómo llegó un hombre como él a cultivar tantas identidades como mundos transita? ¿Es éste el mismo Enrique Correa que para sobrevivir en los tiempos de la dictadura burlaba la férrea seguridad de la época utilizando diversas ‘chapas’, entre ellas Ismael Carmona, Carlos, Walter y José? ¿Cómo convive ese pasado con el compuesto analista al que se pelean para dar charlas en los encuentros de la elite empresarial? ¿Qué hay de común entre el hombre que elaboró el programa de Salvador Allende, discípulo de Clodomiro Almeyda, y el dueño de Imaginacción Consultores, firma que hoy factura —según él mismo ha reconocido— varios millones de dólares anuales y representa a muchas de las empresas más grandes de Chile con servicios de lobby y de comunicación estratégica?

“No lo considero ningún cambio —asegura el propio Enrique Correa en conversación con CARAS—. No he cambiado mis convicciones ni mis ideas”, argumenta desde su oficina de reuniones en Imaginacción, en el último piso de un moderno edificio en La Concepción con Providencia, una planta completa que, pese a sus dimensiones, está arreglada con austeridad. Un escenario que refleja claramente el estilo de Correa, quien llega a la entrevista sin corbata ni chaqueta de marca: sólo una camisa a rayas bajo un sweater azul cuello en V y pantalones grises. Un look que evoca al sacerdote que quería ser cuando joven y que, de alguna manera, ha convivido con él a lo largo de sus 68 años. Así lo describe el abogado y máster en periodismo Renato Garín, autor de un reportaje sobre el lobby en Ciper y quien escribió una carta abierta al dueño de Imaginacción, publicada hace algunos meses por El Mostrador. “A Correa no le interesa únicamente el dinero sino que el poder como lo entienden los curas. Para él se trata de quién hace la misa más importante, y con su tono pastoral se refiere al ‘modelo’, ‘a lo que hemos construido’, ‘al crecimiento’, de la misma manera que antes hablaba de la reforma agraria, la igualdad y la lucha de clases. El siente que juega un rol de articulador de la feligresía, con la Concertación y el sector empresarial como sus públicos principales”.

Una muestra de ese estilo se vio a fines de marzo cuando participó en el seminario Nuevos Vientos de la Economía 2014, organizado por la Sofofa y la Universidad del Desarrollo (UDD) y donde también actuaron figuras como el ministro de Hacienda, Alberto Arenas; y el presidente del Banco Central, Rodrigo Vergara. Aquí el ex vocero alzó su prédica con voz calma: “No hay nada que temer —dijo— (…). En ningún momento se va a producir un estado de conmoción que eche por tierra lo que se construyó con el retorno de la democracia (…). Una nueva administración no puede caer en la tentación refundacional”, señaló en su speach diseñado para tranquilizar al empresariado frente al programa económico de Bachelet.

“Correa tiene una brújula extraordinaria que marca un solo norte y ése es el poder; su olfato es extraordinario para eso”, observa el historiador Alfredo Jocelyn Holt sobre los múltiples mundos en los que transita el dueño de Imaginacción y que, según describe, es uno de los personajes claves en la transición según su libro Chile perplejo o del avanzar sin transar hasta el transar sin parar, un análisis crítico de la experiencia de la Concertación y de sus gobiernos.

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Para entender a Enrique Correa hay que partir por conocer su historia, la de un meritócrata que se armó solo y cuyo único capital ha sido él mismo. Hijo de madre comunista —y la contradicción de haber sido una ferviente católica— y de un padre masón, liberal y laico, estudió en el liceo de hombres de Ovalle y se inscribió en la JDC siendo preadolescente. Los fines de semana era monaguillo en la parroquia. Así conoció a Patricio Aylwin en 1959. Tenía sólo 13 años cuando le pidió que diera una charla en su parroquia.

Sus notas sobresalientes alimentaron el sueño de sus padres de verlo convertido en abogado. Pero sintió el llamado de Dios e ingresó en Santiago al seminario diocesano. Aquí hizo amistad con el ex diputado socialista Jaime Estévez, con el sacerdote Luis Eugenio Silva (el único del curso que se ordenó); con Carlos González —rector del seminario y su director espiritual—, además de Christian Precht y Sergio Contreras. Pero debió abandonar su camino después de un año y medio: su padre enfermó y él, único hombre de la familia, debió hacerse cargo. Regresó entonces a Ovalle y se transformó en locutor radial. Tiempo después, en 1965, ingresó a estudiar filosofía en la Universidad Católica.

Ante todo Correa fue siempre un hombre de izquierda, visto con desconfianza y tildado de pro-comunista por las filas conservadoras de la DC. Ni su admiración reverencial hacia Patricio Aylwin lo salvó de ser expulsado de la presidencia de la JDC. Corría 1969 y debió enfrentar al tribunal de disciplina por instar a otros jóvenes a sumarse a la izquierda y exigir la salida del ministro del Interior, Edmundo Pérez Zújovic, por su rol en el violento desalojo de Carabineros que costó la vida de ocho obreros en Pampa Irigoin, en plena efervescencia por las tomas que, de forma incontrolada, sucedían en pleno gobierno de Eduardo Frei. Ese mismo año y junto a otro grupo de ‘rebeldes’ Enrique Correa creó el Movimiento de Acción Popular (MAPU) que después se integraría a la UP, donde tejió lazos profundos con Jacques Chonchol, José Miguel Insulza, Rodrigo Ambrosio y José Joaquín Brunner, entre otros. Allí participó de la elaboración del programa de Salvador Allende y se transformó en uno de los principales defensores intelectuales del marximo-leninismo. Su padre político fue Clodomiro Almeyda, aunque su línea se consideraba ‘moderada’ dentro de otras posiciones más ultristas al interior del MAPU, como la de Oscar Guillermo Garretón, con quien tuvo duros enfrentamientos y que le costaron su partida en 1972. Formó entonces, junto a Jaime Gazmuri, el Mapu Obrero y Campesino, MOC.  “Siempre fue muy inteligente, carismático, de fácil trato. Era un buen orador. Se desenvolvía muy bien, muy trabajador y organizado”, lo recuerda Gazmuri. El nuevo embajador en Brasil no olvida que, tras el Golpe, Correa debió asilarse en la embajada de Perú. Partió entonces a la ex URSS, donde estuvo casi un año. “Pero quería volver; yo era jefe del partido y me parecía riesgoso; era muy difícil camuflarlo, por su peso… Entonces hizo un proceso fuerte de adelgazamiento, bajó 40 kilos, aunque nunca recurrió a la cirugía, esos son mitos…”.

En 1977 regresó al exilio, ahora a Berlín, donde tenía acceso directo a la oficina de Honecker. Luego partió a la ex URSS, donde entabló lazos con el primer ministro Leonidas Brezhnev.

Pero en 1981 volvió clandestino a Chile, utilizando los más variados looks, con bigotes y pelo teñido, además de ‘chapas’ como el economista agrario Ismael Carmona. “En 1983 fue aprobado su ingreso al país —cuenta Gazmuri—, pero él ya estaba acá hace rato…”.

Ya en 1988 se convirtió en un actor relevante de la transición democrática, como coordinador general del comando por el No. Se reencontró con Patricio Aylwin, por quien trabajó en su candidatura presidencial, lo que de paso hirió susceptibilidades en su partido, el PS.

Participó en la creación del programa de gobierno y luego fue designado en el gabinete de Aylwin como secretario general de Gobierno y primer vocero en la era de la Concertación. Tuvo que aprender a enfrentarse a los medios de comunicación e incluso responder por su manera de pronunciar la ch.

Se destacó por su perfil pragmático y como un gran estratega, capaz de lograr acuerdos, una cualidad que en plena transición democrática lo acercó al mundo militar.

“Enrique es capaz de entenderse con mucha gente; es como el grupo de sangre 0: compatible con todo el mundo, lo que fue crucial para nuestra transición”,  lo recuerda Enrique Krauss, ex ministro del Interior en el gobierno de Aylwin. Agrega: “Porque en Chile hicimos una transición singular, la única con un dictador vivo y completamente insertado en el proceso. Ahí Enrique complementó los talentos de Boeninger, que era un gran estratega pero no tenía mucha experiencia política. Eramos los tres en La Moneda: yo, trabajólico y práctico, y ellos,  más dados a la reflexión”.

En ese tiempo Correa entabló diversos y transversales lazos, como su amistad con el ex vocero de Pinochet y ex embajador en el Vaticano, Francisco Javier Cuadra. “Lo conocí en marzo del ’90, me convidó a tomar té a La Moneda y enfrenté la posibilidad de mantener contacto para intercambiar ideas y colaborar en muchas cosas que evidentemente podían darse  en transición. Hoy tenemos muy buena comunicación, a veces damos conferencias juntos”.

También tiene buenas palabras para Correa el senador RN Alberto Espina, entonces jefe de la bancada de diputados de su partido: “Me armé una gran opinión: confiable, todos los compromisos de la época se cumplieron, como la reforma tributaria, la Ley Cumplido —que cambió la legislación en materia de delitos cometidos en el gobierno militar—; la reforma laboral y la creación del estatuto de Televisión Nacional. Todas las negociamos con Edgardo Boeninger y con Enrique Correa. El era muy directo, al pan pan y al vino vino; siempre respetó la palabra empeñada”.

En 1996 Correa dio el primer paso en lo que lo convertiría en un personaje central de las comunicaciones: se instaló con su primera empresa, Correa y Correa Consultores, en calle Fidel Oteíza.  Todo un giro en comparación con sus primeros tiempos de la Concertación, cuando entre 1986 y 1989 realizaba asesorías para la Cepal y trabajaba en el comedor de su casa.

Su primer gran conflicto de interés ocurrió en 2004, en plena discusión por la ley de royalty minero, impulsado por el gobierno de Lagos. Ahí chocó su ADN político con su recién estrenada faceta empresarial. El comité central del PS, presidido por Gonzalo Martner, alineó a sus militantes para actuar en bloque a favor de la iniciativa… O el riesgo de ser pasados al Tribunal Supremo. Pero en su empresa Correa representaba al Consejo Minero y, ante los cuestionamientos, renunció a su militancia. Sólo regresó después de cinco años.

Hoy, en contraste con su pasado, algunos se preguntan: ¿Sigue siendo Enrique Correa un hombre de izquierda? “Sin duda —contesta él—. No considero que haya una contradicción. Esta idea de identificar empresarios con la derecha no ayuda a la pluralidad del país”, afirma.

Hoy es uno de los lobbistas más solicitados. Un selfmademan cuyo gran capital es su agenda de contactos y su rol como pieza fundamental del engranaje del actual modelo chileno. Como lo constató Renato Garín en su investigación sobre el lobby para Ciper. “Le envié un mail a 50 de las empresas más poderosas del país preguntando a quién contratarían si requirieran servicios de lobby. El 90 por ciento mencionó a Correa. La pregunta es: ¿porque es muy bueno o porque tiene muchas ventajas competitivas y conoce a demasiada gente; o porque hay algo estructural que él hace en su negocio, como no informar jamás cuáles son los nombres de sus clientes, algo que está en el corazón de su negocio? Para mí está claro: todas las anteriores. La sociedad chilena premia a los conversos que logran el éxito, por eso la elite adora a Correa. Están pagando por una agenda telefónica con llegada directa a gran parte de las figuras más influyentes del país. Es un cobrador de peaje, un puente entre los empresarios y la cúpula concertacionista. Está en el bacheletismo y ha sido muy astuto para infiltrarse”.

Algunos mencionan a su hijo Carlos como ‘ese’ puente que lo conectaría precisamente con La Moneda. Ingeniero civil industrial, hasta fines de 2013 fue el gerente de asuntos públicos de Imaginacción y brazo derecho de su papá. En marzo, quien se veía como el más probable sucesor, renunció a su cargo para instalarse en la Secretaría de Comunicaciones de La Moneda, en el mítico segundo piso, esta vez como segundo a bordo de Paula Walker, jefa del área, y la mujer a quien hoy más escucha la Presidenta Bachelet. Por supuesto, la nominación generó una ola de especulaciones.

“Efectivamente mi hijo trabaja ahí pero no hay ninguna evidencia de que sea algo impropio”, argumenta el padre.

—¿No es un puente que lo conecta a usted con el poder?

Ríe a carcajadas…

—¿Ríe porque tiene sus propias llegadas, más directas todavía?

—No, lo único que estoy diciendo es que Carlos, de quien estoy muy orgulloso y fue un gran gerente, trabajó en la campaña de la Presidenta en el equipo de comunicaciones en Tegualda, y después ellos se fueron al gobierno. Era el paso natural. Y desde el minuto en que se le hizo presente este cargo, mi hijo renunció de inmediato. Su desvinculación ha sido total y seguirá siéndolo.

—Así y todo ha sido visto con suspicacia.

—Bueno, tengo también un hijo que es músico, otro que es historiador. Todos son independientes. Le recuerdo que somos de clase media y que tenemos una cultura mesocrática muy acentuada.

Sin embargo, de acuerdo al socio director de una firma de la competencia, se trata de un asunto complejo: “Este tipo de cosas están siempre en el borde; en este trabajo es muy fácil entrar en conflictos de interés y con hijos peor todavía. Enrique ha tratado de administrarlos, pero en el mundo corporativo no es tan simple”.

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Claro que según distintos observadores hoy la relación más complicada para Correa no estaría en lo familiar sino en su vinculación con SQM. Incluso se comenta que él y Julio Ponce Lerou serían supuestamente amigos.

 Fue la propia Evelyn Matthei quien a fines de octubre de 2013, en un debate presidencial organizado por Anatel, lanzó la primera piedra: “Me llama la atención que todos los parlamentarios de la Concertación hayan enmudecido frente a este caso. ¿Tendrá que ver con que, aparentemente, la persona que lleva las relaciones en el Caso Cascadas es Enrique Correa?”.

Entonces fue Carlos, hijo de Enrique Correa, —hasta ese minuto aún gerente en Imaginacción—, quien reconoció como cuenta a SQM. “Pero SQM  y Cascadas son empresas distintas”, explicó.

“Es necesario hacer una distinción —aclara ahora el propio Enrique Correa—. Efectivamente una de nuestras empresas (Imaginacción Asuntos Públicos) tiene un contrato con SQM. Trabajamos en sus comunicaciones y hemos sido muy rigurosos —y así también nos lo ha pedido el propio gerente general— en distinguir la asesoría a SQM respecto de los desarrollos de Julio Ponce, el controlador, y sus sociedades Cascadas. Ahí no tenemos nada que ver”.

—¿Y qué hay de cierto sobre esta relación de amistad que usted tendría con Ponce?

—Tengo relaciones muy cordiales con todo el mundo, tanto en la política como en las empresas. Ahora, si usted quiere saber, yo hago una separación bastante precisa entre esas relaciones profesionales y mis amigos, que son un asunto más personal, con los que tengo una larga historia en común, como José Miguel (Insulza) o José Antonio (Viera Gallo).

—Llama la atención que aceptara asesorar a una empresa como SQM considerando la historia que hay detrás. Julio Ponce ha sido muy criticado por cómo hizo su fortuna: yerno de Pinochet, era gerente general de la Corfo, y según investigaciones periodísticas, fue así como se fue apropiando de Soquimich.

—O sea, nuestra relación profesional es con SQM. Firmamos los contratos según el mérito de los trabajos que nos piden y nadie nos ha hecho nunca un encargo impropio.

—Mi pregunta es otra. Me refiero a cómo usted aceptó representar a una empresa cuyos orígenes no son muy claros.

—SQM es una empresa chilena que funciona con apego a la ley y a las regulaciones, tiene a sus directores constituidos, está abierta a la Bolsa. Así que le repito: recibimos a nuestros clientes y resolvemos los contratos de acuerdo al mérito de los encargos que nos hacen.

—Porque ha sido por ese punto (la asesoría a SQM) que abrió un flanco de críticas hacia usted. ¿No siente que fue un error?

—No estoy de acuerdo. La única crítica que he oído es de Evelyn Matthei y no sé qué motivaciones pudo haber tenido o con quién conversó antes. En eso somos muy profesionales, muy asépticos, y analizamos los contratos de nuestros clientes según el mérito de los encargos que nos hacen.

—Hay quienes veían en usted un cierto halo de ‘santidad’ dentro del mundo concertacionista, uno de los prohombres que inauguró el regreso a la democracia, ideólogo de la transición junto a figuras como Edgardo Boeninger. ¿No siente que en su rol de lobbista podría haber enturbiado esta imagen?

—Usted sabe que la santidad es una expresión religiosa… Y nosotros nos movemos con apego a la ley y a nuestras propias regulaciones de ética y nunca alguien ha podido denunciar un conflicto de interés o manejo indebido. Revise nuestra historia.

—Enfrentó un conflicto de interés cuando se discutió la ley de royalty y usted representaba a un par de empresas mineras. Significó su salida del PS…

—Pero eso es otra cosa, un conflicto de conceptos; yo tenía la impresión —y la sigo teniendo—, que los partidos no pueden entrar a analizar el ejercicio profesional de sus militantes, a excepción de que violen la ética o incurran en asuntos impropios, algo que nosotros no hacemos. Así que le repito: nadie nos puede acusar, ni siquiera insinuar, de algún asunto incorrecto que esta empresa haya propiciado o ejecutado.

—Dicen que su libreta de teléfonos vale oro.

—No tengo ninguna llave de oro o agenda telefónica tan calificada. Hago un trabajo profesional todos los días, me levanto oscuro, termino tarde, pongo mis talentos al servicio de este trabajo.

Y agrega:

—Se ha dicho que en esta empresa se vendían contactos y eso no es así. Contactos venden los lobbistas informales que andan por ahí con un maletín y una libreta. Quienes así pensaban, imaginaron que nuestra empresa iba a vivir su decadencia el día que la Concertación dejara de ser gobierno. Sin embargo, continuamos siendo una gran compañía e incluso mejor durante el gobierno del Presidente Piñera. Así es que esto no tiene que ver con un juego de influencias sino que con ciertas capacidades estratégicas que se desarrollan en estas firmas que son muy profesionales y que por eso resultan tan atractivas para los clientes.

—¿En un mismo Enrique Correa que se conecta con el mundo político, con el gobierno y con las empresas?

Ríe:

—Problemas de identidad yo no tengo.