Los escalofríos le recorrieron la piel centímetro a centímetro. En la televisión, su supuesto hermano menor estaba siendo coronado rey. Y él se preparaba entretanto para algo tan prosaico como servir los cafés de media mañana a los sempiternos jubilados del pueblo. Los colores perfectos del plasma de 32 pulgadas del Café Drac, de la villa de La Bisbal del Empordá, le perturbaban su autoestima mancillada. “Tú tienes que estar aquí y yo no” le balbuceaba a Felipe, el nuevo rey, hacia el aparato. “No hay de qué preocuparse. Tú fuiste el elegido, yo no”.   

El estómago retorcido casi no lo dejaba moverse.

En un rapto de lucidez  apagó el televisor, terminó de colocarse el delantal, cogió la bandeja con cafés y tostadas con tomaquet  y salió a servir como lo hacía  desde tiempos que casi no recuerda.

Los comensales, vecinos de toda la vida, lo recibieron con su apodo consuetudinario, burlones y demandantes.

“Monarca”, Felipe te ganó la partida. Deberías estar ahí tú. Ahora que Juan Carlos dejó de ser intocable, tienes que reclamarle al Tribunal Supremo.

Se sintió enfermo y corrió a su casa a echar unos lagrimones. 

Albert Solá Jiménez, camarero de profesión, ojos azules, rubio, con mentón y nariz borbónica, en medio de mediterráneos castaños y morenos,  tiene un parecido notable con Juan Carlos I y aunque la estatura le juega en contra, él alega que no todos los borbones son altos y que su madre es catalana.

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Inmediatamente después de la asunción del nuevo rey, decidió  llamar a su abogado, Francesc Bueno, para que ampliara la demanda contra quien cree que es su padre, el rey Juan Carlos I,  que al haber abdicado dejó de ser intocable ante la ley y ahora su petitorio puede prosperar.

—“ Yo nunca he querido ser rey. Sólo quiero tener un padre”, repite compungido. “Y lo voy a tener, cueste lo que cueste”. 

Albert Solá Jiménez nació en 1956,  doce años antes que Felipe de Borbón y Grecia, el nuevo rey español. Creció en una familia de campesinos catalanes de Sant Climent de Peralta, en el Alto Ampurdán, una pedanía muy pobre, que lo adoptó a los seis años. Su casa no tenía luz eléctrica ni agua potable.

En 1956, Juan Carlos I, nieto del último rey Alfonso XIII, era entonces sólo príncipe de Asturias y el general Francisco Franco lo preparaba para ser su posible heredero.  El príncipe era alumno de la Academia Militar de Zaragoza y tenía 18 años. Viajaba seguido a ver a su novia Anna María Bach Ramón a Barcelona, entonces de 17 años, heredera de una acaudalada familia de banqueros.  Ellos, según los documentos que Albert esgrime, serían sus padres biológicos.

Cuando nació, como se hacía entonces con los hijos llamados ilegítimos, le fue quitado a su madre por órdenes de su propia familia y, después de unos días en la Maternidad de Barcelona, fue entregado a una mujer a sueldo en Ibiza para que lo acogiera en su período de lactancia y lo criara los primeros años. A su madre, Anna María, le dijeron que el niño estaba muy enfermo, que necesitaba cuidados extremos y que no lo podía cuidar. Y tuvo que partir exiliada a Suiza. Tiempo después le dijeron que el niño  había muerto.

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Cuando ya vivía con los Solá Jiménez comenzaron a sucederle cosas raras. Situaciones que él  entonces no tomaba en cuenta pero que alguna gente se lo hacía notar. A pesar de que su familia adoptiva era muy pobre, su padre le traía de vez en cuando regalos caros como si se los hubiera comprado él. Una bicicleta primero, luego una moto, un coche después. Nunca le faltó qué comer ni qué vestir. Siempre sus padres adoptivos le compraban ropas mucho mejores que las que adquirían para ellos.

También se sentía especialmente protegido. “Como si un ángel de la guarda muy poderoso velara cada día para que no me pasara nada”.

Por ejemplo, cuando hacía el servicio militar como soldado raso, un día lo sacaron repentinamente de un ejercicio con fuego real con el argumento de que su padre había tenido un accidente grave y tenía que visitarlo. Cuando llegó a su casa, a su padre no le pasaba nada. También en el servicio militar,  a cada rato, le realizaban chequeos médicos muy completos que no se los hacían a sus otros compañeros. Al parecer, según los expertos en historias de sucesiones reales, Franco velaba por el heredero de su heredero por si algo salía mal con los posibles futuros hijos del delfín.

En 1982, el rey Juan Carlos llevaba siete años en el trono y hacía un año había logrado superar el golpe de Estado del 23F.  Nada  hacía pensar todavía a Albert que tuviera vínculo alguno con la familia real española. Eran años de crisis y había emigrado a México. Tenía 32 años,  se había casado, y tenía ya dos hijas cuando comenzaron a atormentarlo decenas de llamadas anónimas al DF. Era gente que decía saber quiénes eran sus verdaderos padres, que volviera a España a conocerlos, pero no le decían nada más.

Al mismo tiempo, a través de intermediarios, su madre biológica se enteró de que estaba vivo y lo mandó a buscar. Albert piensa que las llamadas tuvieron que ver con ese descubrimiento. Pero, extrañamente, cuando llegó a Madrid, el encuentro nunca se produjo. Piensa que como Juan Carlos ya tenía un hijo varón para sucederlo, la historia debía acallarse. Fue el disparo de salida para que Albert no parara más de intentar averiguar sus orígenes. 

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Lo primero que hizo fue solicitar por vía judicial su acta de adopción. Contrató detectives privados que averiguaron en qué maternidad había nacido. Cuando consiguió el acta original, los papeles de la maternidad describían al recién nacido, en una anotación al margen, con el atributo de “chupete verde”, término que en aquella época se usaba como clave para referirse a los niños bastardos de la realeza. 

Cuando consiguió hablar con el director de la maternidad , quien se prestó a investigar en los registros antiguos, éste le insinuó tartamudeando que efectivamente era hijo de una Bach-Ramón, y que no le podía decir más. Y quién es mi padre, le preguntó  Albert. “Su padre búsquelo en la política que si no pasa nada en este país permanecerá muchos años”, fue la respuesta.

Así, a jirones, con medias verdades, el camarero Albert Solá Jiménez se fue enterando de sus orígenes.

Los detectives siguieron con sus pesquisas hasta que en 1998 le informaron de un hallazgo importante: “hay un 70% de probabilidades que un miembro de la Familia Real tenga que ver contigo”, un miembro solamente, no le dijeron si era el rey o no.

Entonces volvió a España para aclarar su historia. Y fue un juez quien finalmente estudió todos los antecedentes que se tenían hasta entonces que le dijo, extraoficialmente: “Tu padre es el rey de España”.  

—Y yo claro, me quedé helado. Y el juez me ve serio y me dice. “¿que no le gusta el padre que tiene?”. Y yo le dije: “como persona no lo sé, pero como rey impone respeto”. Y me contesta sabiamente: “Sepa usted que ni el padre ni la madre los escogemos, son los que nos tocan”.  

Finalmente, en 2007, los detectives, relacionados con el CESID, los servicios de inteligencia españoles, dieron con una prueba de ADN que le dijeron que era sacada de una copa donde el rey había bebido. Este hallazgo coincide con el momento en que comenzaba a declinar peligrosamente la aceptación de Juan Carlos I como rey de España

Uno de los detectives que había conseguido la copa en cuestión le preguntó si estaba dispuesto a hacerse un examen de ADN porque con eso podían probar la paternidad del rey. Hecha la prueba, el resultado fue del 99,99%. Lo cierto es que no hay cómo demostrar que esa prueba se hizo con el ADN del rey Juan Carlos, pero quien consiguió la muestra, la hizo de alguien que con un 99,99% de seguridad es el padre de Albert. Esto ocurre cuando poderes en las sombras, empresarios y políticos, querían que hubiera abdicación para que la monarquía se recuperara del deterioro a que lo había sometido Juan Carlos, especialmente con el descubrimiento de que tenía viviendo a su última amante conocida, Corinna zu Sayn-Wittgenstein, en una casa cercana del Palacio de la Zarzuela y de la mundialmente conocida cacería de elefantes. 

Al mismo tiempo, en Herzele, Bélgica, apareció Ingrid Sartiau, una mujer de 48 años, cuya madre al morir le dijo que era hija de Juan Carlos. Y le dejó un acta notarial firmada por ella, Liliane Maria José Ghrislaine Sartiau, en la que asegura que en 1965 mantuvo un encuentro amoroso con “un hombre de 31 años, gentil, guapo, dulce y con los ojos azules”, que no sabía quién era hasta que lo identificó después por fotos como el príncipe heredero español, quien por esas fechas ya llevaba casado tres años con Sofía de Grecia.

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Los exámenes de ADN confirman que Albert e Inés tienen un 91% de posibilidades de tener un mismo progenitor.

Albert y su abogado Francesc muestran los exámenes de ADN y toda la documentación original desde que nació hasta que fue adoptado. Entre sus papeles se encuentra algo muy especial y significativo: el intercambio de cartas que ha tenido con la Casa Real. 

Porque aunque nunca ha visto a Juan Carlos I en persona, ni le ha recibido ni ha contestado sus llamadas ni las de sus abogados, Albert incesantemente le escribe cartas, una tras otra, a mano; en todas le llama “querido padre”. 

- “Hola padre. Me dirijo a usted pero primero aprovecho para desearle de todo corazón su pronta recuperación y espero que en breve ya no lo vea con muletas”. Esta se la envió cuando Juan Carlos I se rompió la cadera en la cacería de elefantes que finalmente le costó la corona.  

Albert le escribe amorosamente aunque a veces lo hace también con rabia.  Son decenas de cartas y de todas guarda copia. Sorprendentemente, algunas de esas cartas, sin referirse al tierno encabezado, ni aclarar nada, han tenido respuesta. Como una en la que le pidió ayuda al rey para trasladar a su madre adoptiva a un geriátrico, ya que no tenía cómo cuidarla ni dinero para internarla en una residencia. A los pocos días llegó una carta de la Casa Real diciéndole que no se preocupara, que los Servicios Sociales de Cataluña se harían cargo de ella. Y así fue.

Para su abogado, Francesc Bueno, el rey era únicamente irresponsable jurídicamente en sus actos como tal y en sus funciones públicas. Tener un hijo obviamente es un hecho de su vida privada. Además, Albert fue engendrado cuando Juan Carlos I no era rey y cuando ni siquiera existía la ley de intocabilidad que es de 1978. 

En enero próximo, diez jueces de la Sala Civil del Tribunal Supremo de España deberán decidir sobre si acepta o no las demandas de paternidad de Albert Solá e Ingrid Sartiau contra Juan Carlos I .

La Fiscalía del Estado ha pedido al Tribunal que se declaren inadmisibles insistiendo en que el rey era inimputable en los actos anteriores a su abdicación.

Sin embargo, en España el horno no está para bollos, los jueces están aplicando una transparencia desconocida hasta ahora, que ha metido a la cárcel a varios intocables.  El miedo a que la gente vote mayoritariamente a partidos que se consideran antisistema ha calado hondo en todas las instituciones por lo que estas demandas no podrán ser desechadas sin excelentes fundamentos.