Cerca de 800 mil ciudadanos salieron a protestar contra su gobierno, luego de meses de turbulencia política provocados por escándalos de corrupción. Una porción de los ciudadanos pidió que deje el poder y la oposición levantó un proceso destituyente en su contra. Elegida con el 51.5 por ciento de los votos en octubre de 2014, la mandataria parece ser el símbolo de la fragilidad de los liderazgos que parecen incombustibles y un recordatorio permanente de que las crisis políticas se pueden desatar en tiempo acotado.

Algo parecido sucedió en Chile: luego de un 2014 con un cierre estupendo en lo legislativo, el gobierno de Bachelet no ha logrado tomar el control después del Caso Caval, cuando el escándalo se desató en apenas unos días de ese verano negro. Su 62 por ciento también se ve demasiado lejos.

Dilma parece sola y acorralada con el ocho por ciento de popularidad, aunque no ha sido acusada de corrupción por ningún tribunal, mientras el real pierde valor y el consumo cae en picada. Su antecesor y mentor Lula da Silva llegó a brindarle ayuda con la promesa de convertirse en el dirigente que alcance un acuerdo transversal para que Brasil pueda salir de este tránsito amargo.

Pero al margen de las gestiones para apuntalarla y de los golpes para echarla definitivamente al suelo (el expresidente socialdemócrata Fernando Henrique Cardoso propuso su renuncia), conviene preguntarse por el cambio de mirada de prácticamente la mitad de los electores que hace poco tiempo la votaron y respaldaron su programa de gobierno. Algunos analistas sostienen que quienes la eligieron —y sobre todo su partido, el PT— tienen que ayudarla a gobernar. Voces menos auspiciosas, sin embargo, estiman que este hecho parece imposible: el gobierno de Dilma, aunque legal, se ha convertido en un mandato ilegítimo y los episodios que se han conocido en los últimos meses solo vienen a confirmar su responsabilidad política.

El futuro de la potencia regional tiene, por el momento, el rostro de Rousseff, el personaje de la quincena en CARAS. Aunque trata de transmitir tranquilidad, seguramente ni ella sabe si logrará pasar victoriosa —o al menos pasar— los tres años y cinco meses que todavía le faltan para entregar el mando.