El rompecabezas sobre la muerte del fiscal argentino Alberto Nisman está lejos de completarse. Desde comentaristas políticos hasta turistas en traje de baño arriesgan teorías y creencias sobre el destino de este fiscal que parecía convencido de que Cristina Fernández, desde el fallecimiento de su marido en 2010, había montado una operación para garantizar la impunidad de los iraníes acusados del atentado contra la AMIA, que provocó la muerte de 85 personas ese 18 de julio de 1994 en Buenos Aires. Cuatro días antes de ser encontrado en el baño de su casa con un disparo en la cabeza, el fiscal había denunciado a la Presidenta en el programa de televisión A dos voces de la cadena argentina TN y se aprestaba a entregar los antecedentes a los tribunales.

El fiscal se suicidó, fue inducido a suicidarse, fue asesinado, o bien se percató de que le habían dado pistas falsas, como señaló un ex ministro de la Corte Suprema. Pero al margen de la trama y aún sin considerar una posible participación del gobierno argentino en su deceso, lo cierto es que la reacción de Cristina Fernández resultó indignante para mucha gente. Cuando literalmente todo el mundo miraba a Argentina y a su jefa de Estado, porque resultaba evidente que ella y su gente son blanco de estudio después del deceso del fiscal a horas de acusarla, la señora K escribió una carta por Facebook en que hablaba derechamente de suicidio y sin una palabra de condolencia para la familia de Nisman. Algunos días después, como si las piruetas fueran gratis, señaló estar “convencida” de que no se había matado.

A los gobernantes es necesario pedirles todo: probidad, respeto con la independencia de los poderes del Estado, liderazgo político, seriedad, cordura y, entre otros asuntos, la defensa de la seguridad de los ciudadanos, que son los que le han dado el poder soberano de la conducción. Cuando muere en tan extrañas circunstancias un fiscal de la república que apuntaba sus dardos contra la Presidenta y varios de sus más cercanos colaboradores, se pone en evidencia ante el mundo que en Argentina la institucionalidad está en extremo debilitada. Cuando el investigador de una causa compleja y delicada que involucraba a la mandataria desaparece apenas unas horas antes de acusarla, y ella escribe una carta en Facebook sin comparecer ante la opinión pública en los días siguientes, resulta nítido que la señora K hace mucho no está a la altura que le impone su investidura.

Cristina Fernández, al margen de lo que se resuelva, tiene un muerto encima. Está por verse cómo se lo saca o si la arrastra a su entierro político.