Dos veces a la semana tiene clases de portugués. Está leyendo la última novela de Murakami —Los años de peregrinación del chico sin color—, pero está enfocado sobre todo en historia brasileña. El autor Boris Fausto lo tiene atrapado.

Está encantado con Brasilia —dice que es muy planificada, muy verde, con cielos muy luminosos y nubes espectaculares— y no sintoniza con el dicho popular que le hace mala fama a la ciudad: “La gente llega llorando y se va llorando”.

Ha adoptado también las costumbres locales: se levanta temprano, a las 7 AM está trabajando en su oficina y la cena no pasa de las 8 PM. Le han cambiado los horarios y no le molesta.

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Jaime Gazmuri Mujica (Chillán, 1944), ex fundador del MAPU en los 70 y uno de los hombres clave del Partido Socialista desde los 90, parece haber renacido en Brasil y se le nota dichoso. La Presidenta Michelle Bachelet lo nombró embajador —“no estaba en mis planes”, dice él— y con ello le dio un nuevo aire a un animal político que debió enfrentar derrotas dolorosas en los últimos cuatro años. En 1990 se convirtió en senador y se mantuvo en el cargo por veinte años. En 2009, sin embargo, cuando pensaba ejercer su último período en la Cámara Alta, perdió la elección ante del democratacristiano Andrés Zaldívar en el Maule Norte. En 2012 vino otro desastre: quería ser alcalde de Talca —siempre había tenido buena votación en esa ciudad—, pero sufrió una nueva debacle electoral y perdió las primarias de la Concertación frente al intendente radical Alexis Sepúlveda. La amplia diferencia —30% contra 60%— fue como un knock out en el primer asalto. Sus amigos —salvo el ex Presidente Ricardo Lagos— le habían recomendado no exponerse ni correr riesgos.

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Entonces Gazmuri tuvo que reinventarse. Pero, justamente, desde fuera de la política y a los 68 años que tenía: “Fue una experiencia muy dura al inicio”, señala. Comenzó a dictar clases en la Universidad de Talca —no estaba en las aulas desde los setenta—, estuvo dos años en el Consejo Nacional de Televisión, realizó consultorías en América Latina para el BID y el PNUD y hasta ingresó al mundo de las comunicaciones con su programa Agora Mundo, de Radio Universidad de Chile. En el Partido Socialista, entre 2012 y 2014, se mantuvo en una discreta segunda línea y, a diferencia de lo que había hecho durante los últimos 25 años, no se presentó a ninguna elección interna. “Fue una pausa. Una pausa necesaria”, recuerda Gazmuri.

—¿Qué le ocurrió en ese período fuera de la primera línea a la que estaba acostumbrado?

—No recibí ninguna revelación del cielo ni una iluminación. Pero perder los privilegios que indudablemente te da estar en una posición alta en el Estado, y tener por ejemplo que usar el transporte público, desde eso en adelante, ayuda a recomponer una visión desde la calle. La distancia del poder, aunque sea relativa, permite escudriñar la realidad más profundamente. Y, efectivamente, me hizo muy bien.

Jaime Gazmuri siempre cuenta que su trayectoria política ha estado marcada por los imprevistos, como fue suceder a Rodrigo Ambrosio en la dirección del MAPU después de su muerte en un accidente en mayo de 1972. Desde ese cargo y con sólo 29 años este ingeniero agrónomo validó con el Presidente Salvador Allende una operación para escindir la colectividad. Y luego del Golpe de Estado de 1973 —de clandestino— siguió siendo su líder por otros siete años hasta su disolución formal. Hay quienes piensan, sin embargo, que el MAPU nunca ha dejado de vivir por su vocación de poder e influencia. Pero de todos los que estuvieron siempre en primera línea —Enrique Correa, José Joaquín Brunner, José Antonio Viera-Gallo, Eugenio Tironi—, Gazmuri pareció correr con menos suerte en los últimos años. Eso hasta que llegó el llamado de Bachelet en marzo pasado para proponerle lo de Brasil, donde aterrizó a mediados de abril.

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Con Bachelet tiene una antigua relación, aunque a estas alturas es un hecho de la causa que la actual Presidenta ha tenido un vínculo ambivalente con los llamados barones del Partido Socialista -entre los que se encuentra Gazmuri- que llevaron las riendas de la colectividad durante los primeros 15 años de la democracia. La historia ha registrado esa mítica reunión que tuvo lugar en junio de 2004 en el amplio departamento que Gazmuri arrendaba en el Parque Forestal. Fue el momento en que los principales dirigentes socialistas –todos hombres- le hicieron saber que era la elegida para postular a La Moneda. Estaba el dueño de casa, Gonzalo Martner, Ricardo Núñez, Carlos Ominami, Ricardo Solari y Camilo Escalona. Y todos entregaron su respaldo total a la entonces ministra de Defensa –encumbrada en las encuestas de popularidad–, por sobre José Miguel Insulza. Fue el momento en que Bachelet, todavía indecisa, comenzó a poner las primeras condiciones: no quería ser aclamada por el PS mientras el Presidente Lagos la mantuviera en el gabinete. Y así sucedió finalmente.

El embajador Gazmuri prefiere no rememorar esos episodios ni ahondar en los vínculos con Bachelet, con la misma discreción total que todos los miembros del gobierno guardan respecto de la Jefa de Estado. “No voy a comentar nada de la Presidenta”, responde cuando se le consulta por su relación personal con la mandataria. “Estoy aprendiendo a ser embajador”, se disculpa con cierta simpatía para zafar de las preguntas incómodas.

Pero la cercanía fue pública y notoria en la reciente visita oficial de Bachelet a Brasil, en junio pasado, cuando la Jefa de Estado llegó a sostener reuniones con la Presidenta Dilma Rousseff y a presenciar el debut de la Roja en el Mundial. La socialista se alojó dos noches en la residencia oficial del embajador en Brasilia, a pesar de que el grueso de la comitiva que acompañó a la Presidenta se alojó en dos hoteles. La última vez que un mandatario chileno se había quedado en esa imponente residencia —construida en un terreno donado por Brasil a Chile en los años 60— fue Eduardo Frei Ruiz-Tagle en 1994. Desde entonces, ni la propia Bachelet había optado por alojarse en esa casa. Pero con Gazmuri y su señora Paulina el asunto fue distinto y en el vespertino La Segunda una fuente señaló: “(A la Presidenta) se le ha visto muy cómoda por estos lados”.

El embajador acompañó a la Presidenta Bachelet a la recepción que Rousseff le ofreció en el Palacio de Plan Alto el mismo día de la inauguración de la Copa del Mundo, cuando la mirada de todos estaba puesta en el fútbol. Para Gazmuri se trató de “un gesto políticamente muy fuerte”. “Al margen de las relaciones entre los dos Estados y de las coincidencias de enfoques políticos entre Chile y Brasil, tienen una relación muy cordial, muy cercana y de mucha simpatía mutua”, señala el embajador.

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—¿Son liderazgos similares?

—Tienen trayectorias distintas, pero elementos en común. Son mujeres con mucha capacidad y que fueron militantes en su juventud. Lo dijo Dilma Rousseff cuando firmaron un convenio de cooperación para intercambiar información sobre violaciones de los derechos humanos por los aparatos represivos de Chile y Brasil: las dos vivieron tiempos duros de la represión en América Latina. Y ahora ambas refuerzan los liderazgos femeninos fuertes en la región, que era el continente clásico del machismo tradicional.

Gazmuri sigue impresionado por el tamaño y la diversidad de su nueva destinación: “Es como si hubiese sólo un país desde Venezuela hasta Chile y este hecho, desde fuera, no se alcanza a dimensionar totalmente. Es como si existieran sólo dos países en América del Sur, Brasil y el resto. El sueño de Bolívar y San Martín que nunca se realizó, aquí se hizo”, señala el ex líder del MAPU. Y dice que se ha encontrado con una sociedad “muy viva y activa”. Y además movilizada, como se mostró en las protestas de 2013 que marcaron los meses previos al Mundial. Gazmuri tiene su diagnóstico: “Es un país que sufrió procesos muy profundos de transformación durante los últimos años. En la última década, 40 millones de brasileños y brasileñas salieron de la pobreza. ¡Y eso es más que la población entera de Argentina, casi dos y media veces la de Chile! Eso sin duda transformó mucho la sociedad y, en consecuencia, surgieron nuevas demandas y conflictos”.

Dice que se enfocará en cumplir el mandato de Bachelet que pretende volver a poner una prioridad en las relaciones de Chile con América del Sur y en especial con Argentina y Brasil, el país de mayor peso económico de la región. “Y yo diría que en el gobierno del Presidente Sebastián Piñera hubo un enfriamiento de las relaciones, pero ese proceso creo que está completamente revertido”, señala el embajador, que tiene entre sus prioridades aumentar la inversión brasileña en Chile: “La inversión chilena en Brasil es muy alta. Alcanza los 24 mil millones, mientras la inversión brasileña en Chile llega sólo a 1 millón doscientos mil”.

Mientras tanto, cuenta, seguirá practicando su portugués. Su profesora le da ánimo y le dice: “Vocé não tem tanto problema com la pronúncia” (usted no tiene tanto problema con la pronunciación). “Mais tem problema con la cadencia” (pero tiene problemas con la cadencia, con el ritmo). Gazmuri —que debuta en su nueva vida— se ríe de sí mismo y explica: “Los chilenos no hacemos inflexiones, hablamos todo muy apurado”.