El 15 de diciembre pasado, José Zalaquett (74) dio su última clase en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile. Fue una jornada emotiva, cargada de nostalgia, de emociones y de un profundo agradecimiento de sus alumnos al profesor que hizo clases por más de dos décadas. Una avanzada sordera, pérdida del equilibrio, un cuadro de prediabetes y tres cánceres a cuestas fueron motivos más que suficientes para que abandonara una de las actividades que más le apasionaban.

“En marzo cumplo 75 y como dicen en el campo ‘ya no me cuezo al primer hervor’. Es una buena edad para retirarse”, dice resignado. Un retiro entre comillas, porque aunque Pepe ha disminuido sus actividades, por lo visto no está dispuesto a desaparecer de la escena pública donde en época de dictadura y en los primeros años de democracia tuvo un rol protagónico en materia de defensa de DD.HH.

Dirigió el departamento jurídico del Comité Pro Paz —que precedió la Vicaría de la Solidaridad—; el presidente Patricio Aylwin lo designó miembro de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación (que emitió el informe Rettig) y más tarde integró la Mesa de Diálogo. En sus años de exilio (1979—1982) fue, además, presidente de Amnistía Internacional.

Por su trayectoria, es considerado uno de los mayores expertos en derechos humanos; por lo mismo, hay quienes no le perdonan que sea partidario de que exista clemencia con militares condenados que no hayan cometido crímenes de guerra y en contra de la humanidad, estén dispuestos a colaborar con la justicia y padezcan de alguna enfermedad terminal o Alzheimer. ‘El gran perdonador’, así lo han tildado algunos. José se justifica. “La justicia no excluye humanidad”.

En su departamento de Providencia atiborrado de libros, cuadros y arte, donde vive con su segunda mujer, la venezolana Dianora Contramaestre, el abogado no baja la carga laboral. Lee, dirige tesis y prepara un nuevo curso on line —los anteriores han sido seguidos por más de 40 mil alumnos de todo el mundo— que este año tratará sobre justicia transicional. “En lo intelectual aún sigo vivo”.

Además, está ad portas de sacar una biografía que escribieron dos alumnos suyos, quienes lo entrevistaron sábado por medio durante un año. En estos días con más tiempo, ha estado con sus dos hijas, nietos y también aprovecha de tuitear, lo que se ha transformado en su nueva pasión.

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“Tengo casi 8 mil seguidores, que no deja de ser, aunque no es nada comparado con Shakira que tiene 100 millones en Facebook y 42 millones en Twitter”. En los 140 caracteres escribe sobre artistas y música.

“Y todas las noches a modo de buenas noches, envío citas de famosos como Churchill, Luther King, Mandela y otros”. Asegura que con los años, así como ha ido adquiriendo mayor sabiduría, también ha moderado sus puntos de vista. Comprendió que el humano es como es y no como debiera ser, que piensa fundamentalmente en sus intereses.

En lo político, de haber sido Mapu y militante PPD, hoy se siente más concertacionista que de la Nueva Mayoría, por la mirada refundacional de esta última. “La dimensión de libertad también significa estado de derecho, fortaleza institucional y garantías para todos los derechos fundamentales. En ese sentido, me siento más socialdemócrata que socialista. En lo económico, creo que el mercado es fundamental; el secreto está en regular la dimensión depredadora del hombre y en fomentar la creatividad”.

—¿En esto de ir moderando sus puntos de vista y de comprender la naturaleza humana, fue que cambió su mirada hacia militares que cometieron crímenes?

—No ha cambiado, como le decía, la justicia no excluye humanidad. Más de una vez he contado que cuando presidía Amnistía Internacional se presentó el caso de Rudolf Hess y Erich Honecker, y en ambos se aplicó razones humanitarias. No se trata de que si ellos no tuvieron piedad con sus víctimas, nosotros no la tengamos con ellos. Para Zalaquett, el límite de la piedad son los enfermos terminales y los con Alzheimer, “a quienes debieran permitirles irse a sus casas y concluir allí sus condenas. Es un acto de humanidad con los familiares más que con ellos. La sociedad debiera debatir y llegar a una conclusión sobre la edad en que los condenados puedan cumplir la pena en sus domicilios. Esto debiera ser para todos, sin excluir a los militares, pero tampoco establecerlo solo para ellos”.

—¿No debieran eso definirlo los propios familiares de detenidos desaparecidos?

—A diferencia de Carlos Peña, creo que el perdón es un acto personal, de corazón a corazón, que es distinto al perdón institucional.

Para este último se requiere saber la verdad, un reconocimiento de que estuvo mal, la voluntad de no repetirlo y la disposición a una reparación.

Zalaquett estima que no hemos llegado al perdón institucional porque en parte no se ha entregado toda la verdad. “El estándar que debiera seguirse es hacer todo lo humanamente posible para encontrar la verdad concreta de cuál fue el destino y paradero de cada uno de los desaparecidos. De 1.200 detenidos desaparecidos, se sabe la verdad sobre 150 de ellos (cerca del 85% se desconoce). Hay además, dos mil ejecutados políticos. Entregaron sus cuerpos diciendo que murieron en un intercambio de fuego, cuando fueron asesinatos a sangre fría… Falta que se rompa esa mal entendida solidaridad de uniformados, FF.AA. y civiles involucrados”.

—¿Qué información concreta de ese 85% cree que manejan las FF.AA.?

—No lo sé. Los operativos superiores de la Dina, Contreras, Espinoza y Krassnoff saben la suerte y paradero de esa gente, pero sienten que deben ‘morder la bala’; aguantarse por lealtad. Estima que las FF.AA. han hecho esfuerzos concretos. “Los cuatro Comandantes en Jefe que sucedieron a Pinochet, que eran cadetes o tenientes en esos años, han intentado gradualmente que el Ejército se acerque al papel que siempre tuvo”.

—Juan Emilio Cheyre fue procesado por su vinculación a la Caravana de la Muerte.

—En noviembre de 1973, como miembro del Comité pro Paz, fui a recorrer el norte. Entrevisté al comandante Lapostol a cargo del regimiento Arica en La Serena y superior de Cheyre. No conozco el expediente, sin embargo, tiendo a creer que no estuvo involucrado en actos delictivos. Aun así, considera que el perdón por parte de los presos de Punta Peuco no basta.

Se necesitan gestos concretos para completar la verdad y no solo manifestar arrepentimiento”. Y recuerda que en el 2003, el ex Presidente Ricardo Lagos, dio pasos precisos para avanzar, mediante el documento No hay mañana sin ayer. En este propuso cuatro medidas: crear el instituto nacional de DD.HH., aumentar la pensión a los familiares de las víctimas, crear el Museo de la Memoria y a las personas con cargos menores, ofrecerle inmunidad a cambio de la verdad.

“El Partido Socialista se opuso a este último punto. Ellos estaban por rebajar las penas, como si para un cabo jubilado dedicado a cuidar ovejas en el sur fuera tan simple salir del anonimato para entrar a la cárcel”. De haberse aprobado inmunidad por verdad, cree que otra habría sido la historia.

“Existiría un instrumento para forzar el cumplimiento de la verdad, con una especie de zanahoria y garrote. En Sudáfrica, se autorizó a la Comisión de Verdad otorgar inmunidad a quienes confesaran su participación; ¡se inscribieron siete mil personas! En los casos de crímenes atroces no se la otorgaron, por supuesto. No todos los delitos son crímenes de humanidad o de guerra; hay delitos menores como los de algunos conscriptos que recibieron órdenes”.

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Roberto Garretón culpa a Patricio Aylwin de débil durante la transición.

—No diría eso. El utilizó el concepto de la ética, de la responsabilidad que también enarboló Václav Havel, el primer presidente de Checoslovaquia liberada. Tanto él como Aylwin tenían una concesión muy parecida a lo que propuso Max Weber en su discurso a los alumnos de la Universidad de Münich, una vez terminada la Primera Guerra Mundial. Les habló de responsabilidad, de tener agallas, de que el político debe mirar a las estrellas pero también al suelo para no tropezarse con las piedras. En el fondo, perseguir un fin ético y, a la vez, calcular las posibilidades de la vida real.

Zalaquett recuerda que a principios de los ’90 había riesgos. “Pinochet dijo que si le tocaban a uno solo de sus hombres se terminaba el Estado de Derecho. Hizo ejercicios de enlace y un boinazo. Pudo haber sido un bluf, pero Aylwin estaba jugando sus cartas. Estaba la percepción de que esos militares que bombardearon La Moneda eran capaces de todo, de que había un gran peligro. Nuestra transición ha sido una de las mejor logradas del mundo”.

—Usted estuvo preso en dos oportunidades y luego exiliado, ¿perdonó?

—No guardo rencor. Estoy pensando en el futuro; dispuesto a hacer un gesto para la reconstrucción moral e institucional de este país.

—¿Aunque lo tilden de perdonador?

—Duele lo de ‘perdonador en el clóset’, que me etiqueten. Son las reglas del juego.

—¿Estamos lejos de la reconciliación?

—Hemos avanzado en verdad, reconocimiento, reparación y justicia. Ha habido 300 condenados y cientos de casos investigados bajo el sistema penal antiguo. Hay que hacer todo lo humanamente posible para descubrir el paradero o la suerte de los desaparecidos. Creo que debiera plantearse ahora, en 15 años o cuando fuere lo que no se cumplió en el gobierno de Lagos, de dar inmunidad a cambio de la verdad. Se han muerto de ambos lados, Pinochet, Contreras, Sola Sierra, porque la vida no perdona. Hay que intentarlo. Estima que el Congreso debiera proponer una iniciativa legal al respecto con apoyo del Ejecutivo.

“No sé si la sociedad esté preparada para ese paso, pero hay que darlo igual. El verdadero liderazgo consiste en hacer lo que hay que hacer, sin depender de cuánta agua hay en la piscina o cuál es su temperatura”.

—¿Ve algún político con ese liderazgo?

—De los actuales, no veo a ninguno. Estamos en un tiempo de transición, en un cambio de época. Con lo que ocurre en Europa con la inmigración, el triunfo de Trump, de Rajoy, del brexit, el mundo avanza hacia la derecha y, en el peor de los casos, hacia una nueva forma de racismo, donde el enemigo ya no serán los judíos sino los árabes y el Islam. Vamos camino a un nuevo fascismo; ojalá me equivoque.