Poco después de que en mayo la Presidenta se contactara con Ernesto Ottone Ramírez para que se integrara a su gobierno como ministro de Cultura, el gestor cultural de 42 años llamó por teléfono a su padre, Ernesto Ottone Fernández, sociólogo y analista político de radio Cooperativa y el diario La Tercera, que en ese momento se encontraba en París.

Ernesto Ottone padre, amigo y consejero clave del Presidente Lagos en La Moneda, le preguntó a su hijo dos cosas y le aseguró una tercera: 

—¿Estás seguro?

—¿Qué te dijo tu esposa?

—La decisión está en tus manos y, lo que quiera que determines, voy a estar contigo.

También le dio un consejo: “Anda a mi departamento y saca una de mis corbatas para el cambio de gabinete”.

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El flamante ministro, que hasta el 11 de mayo no usaba corbata, que apenas tenía la que le compró su señora María José cuando se casó hace casi 10 años, partió al departamento de Providencia y sacó una Hermès. La misma que Ernesto Ottone padre reconoce en el pecho del hijo cuando sostenemos esta conversación, en el mismo departamento cercano a Pedro de Valdivia, un lunes de invierno casi de noche.

“Cuando estudiaba teatro solamente usaba ropa usada”, confiesa el ministro, actor de la Universidad de Chile y master en gestión de instituciones culturales de la Universidad de París IX Dauphine.

“En cambio yo soy trapero”, cuenta el sociólogo, que acostumbra dejarse ver con objetos estilosos, aunque la gente pocas veces lo perciba. “Afortunadamente lo nombraron ministro y lo empezó a vestir su mujer, la María José”, dice en broma, para graficar que espera que el nuevo cargo de su hijo —que tiene la misma edad que él tenía cuando retornó del exilio a Chile en 1989— lo obligará finalmente a vestirse con cuidado.

Al margen del estilo, los Ottone se parecen. No físicamente, sino en la gestualidad. “En las últimas semanas, mientras sostengo reuniones, mucha gente se queda helada porque muevo el brazo o las cejas como mi papá”, señala el ministro. No lo dicen, pero también tienen una similar entonación: una vocecita grave que, en ocasiones, sube de tono y casi se pierde de lo aguda. 

Los Ottone parecen tener una relación entrañable: son de esos padres y esos hijos que se saludan con beso en la mejilla: “Es la ventaja de haber tenido un hijo joven, a los 23 años. En la infancia tuvimos una relación sesgada por el Golpe, el exilio y mis responsabilidades. Luego vino la adolescencia, la juventud y actualmente vivimos una etapa en que mi hijo es un adulto joven y yo un adulto viejo, por lo tanto somos pares, iguales”, señala el sociólogo.

Pero estos hombres de 42 y 67 años también han vivido situaciones dolorosas que, con la perspectiva que dan los años, han sido motivo de mayor complicidad. “El retorno a Chile coincidió con que mis viejos se separaron, mi papá vivía solo y se pudo concentrar mucho en nosotros. La ruptura del matrimonio produjo evidentes reproches, pero finalmente comprendí”, cuenta Ottone Ramírez.

Porque algunos años después, fue el propio ministro el que tuvo que enfrentar dos separaciones: primero de su pareja, con la que vivía desde los 19 años, y luego de su primera mujer, con la que tuvo a su primogénito Liam. “Mis crisis las viví con mi viejo. Tenemos una relación tan pegada que fui el testigo de su segundo matrimonio”.

El padre dice que fue un gesto tremendo: “Son cosas fuertes”.

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Esta relación no es demasiado típica: los Ottone —se nota— lo pasan bien cuando están juntos y la conversación está marcada por risotadas y bromas. Comparten el mismo grupo de amigos (cercanos a la generación de Ottone padre, porque el hijo se define como un viejo chico), se hablan varias veces al día (desde que el hijo es ministro, con mayor frecuencia), comparten series de televisión (estuvieron pegados con The good wife) y los dos son fanáticos del Wanderers y de Valparaíso (la ciudad natal de Ottone Fernández, de la que tanto le habló a su hijo en el exilio).

Ottone padre era un activo militante comunista cuando en febrero de 1973 lo nombraron vicepresidente de la Federación Mundial de las Juventudes Democráticas, una especie de ONU de los países comunistas, con sede en Budapest, Hungría. Partió con su primera señora, su hijita Soledad de apenas un año y con Ernesto, de tres meses. Fueron nueve años en los que Ottone Fernández se desempeñó en este cargo que lo hizo moverse entre el granado mundo de la izquierda mundial y en que sus dos pequeños vivieron la niñez en un régimen comunista.

—¿Cómo fue esa época?

Responde el padre:

—Para mí fue el tiempo en que llegué a la conclusión de que no podía apoyar un régimen donde no había libertades. Entendí que la democracia es un valor no táctico, sino permanente.

—¿Para usted, ministro?

—De niño no observaba la sociedad uniformada en que vivíamos en Budapest, pero efectivamente todos éramos parecidos: andábamos con el mismo uniforme y teníamos las mismas vacaciones.

—¿Qué marca dejó el paso por Hungría?

El padre contesta y el hijo concuerda: “Nos quedó una ética de la entrega, del desapego por lo material. No es casualidad que haya sido la cultura lo que atrajo a mi hijo, un trabajo que tiene poco que ver con el enriquecimiento”.

En esos tiempos Ottone padre tenía que viajar mucho y las ausencias alguna vez fueron objeto de reproche por parte de sus hijos. Pero cuando regresaba a la casa, endulzaba los encuentros con regalos, sumamente apreciados en la austeridad húngara. En esa época el pequeño Ernesto era tímido, según lo recuerda su progenitor, pero con una confianza inmensa consigo mismo: “Fue una etapa en que estos niños adquirieron plasticidad, aunque vivieron situaciones tremendas. A veces llegaba gente a la casa que, posteriormente, desaparecía, como sucedió con una muchacha de apellido Carreño que, luego de pasar por nuestra casa en Budapest, fue detenida en Uruguay, no alcanzó a llegar a Chile y está en las listas de detenidos desaparecidos”.

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En vacaciones, sin embargo, los Ottone podían vincularse con el lado occidental del mundo. Visitaban a familiares en Alemania, en Italia y los niños poco a poco comenzaron a percatarse de las diferencias: “Occidente era otro mundo. Empecé a darme cuenta de que había otra forma de vida, multicultural”, señala el ministro.

Hasta que en los primeros días de 1982, Ottone decidió dar por terminado su proceso de reflexión: renunció al Partido Comunista y junto a su familia se mudó a un barrio sencillo en las afueras de París. La madre de los niños comenzó a trabajar en una municipalidad, mientras que Ernesto padre pasó de ser un alto dirigente comunista a un estudiante de La Sorbonne desempleado, que luego encontró trabajo en Naciones Unidas. Pero la etapa francesa, a diferencia de la de Hungría, fue de cercanía total con sus hijos, de 10 y 11 años. Mientras Ottone padre hacía su tesis doctoral, se quedaba a cargo de la casa. El ministro recuerda: “Nunca había comido tanto ravioli en lata como en esa época de París”.

Todo lo que Ottone Ramírez sabe de música clásica lo aprendió de su padre, que también lo encaminó en la lectura de los grandes autores, como Víctor Hugo y Charles Dickens. “En la época de Francia aprendí el respeto por la diversidad de inmediato, porque vivíamos en un barrio lleno de inmigrantes. Me di cuenta de que uno podía decirle lo que pensaba al profesor, a diferencia de Hungría”, señala el ministro. 

Por el trabajo de Ottone en Naciones Unidas luego de algunos años la familia se trasladó a Viena, la capital de Austria, donde el pequeño Ernesto tuvo una etapa rebelde. El padre recuerda haberlo tenido que ir a buscar a las estaciones de metro, donde jugaba fútbol con los amigos, para llevarlo directo a la ópera vestido con short. Después se trasladaron a Montevideo, Uruguay, donde por primera vez el ministro tuvo clases formales de castellano. Recuerdan que, en esos años, no se perdían la teleserie venezolana Topacio. Luego de una nueva estadía en Francia, retornaron a Chile en 1989. 

—¿Con qué Chile se encontró, ministro?

—Con una sociedad cerrada, llena de guetos, que no tenía nada que ver con el país que me había contado mi papá.

El ministro llegó a hacer tercero y cuarto medio al Santiago College y luego quiso entrar a estudiar teatro a la Universidad de Chile: “Mi viejo lo aceptó, pero me preguntaba: ‘¿No será que tendrás que estudiar eso en la noche?’. Me dijo que lo meditara bien”, señala el ministro.

Su padre confiesa que tenía dudas: “Pensaba que no era vocación pura, sino un gesto de rebeldía. Entre algo social y de reafirmación personal”. Pero aceptaba las decisiones profesionales de su hijo, como también las personales: a los 19 años se fue a vivir con una mujer que tenía un hijo de una relación anterior. Ottone Ramírez comenzó a trabajar como camarero y vendedor de celulares, en paralelo a sus estudios en la Chile.  “Siempre tuve una tremenda confianza en lo que estaba haciendo. Mi hijo acostumbraba a ser original, innovador, pero al mismo tiempo ordenado. Los estudios de teatro los asumía con la misma responsabilidad de un alumno de ingeniería”.

Ernesto padre quería que su hijo, si se iba a dedicar a la cultura, aspirara a lo máximo: “Deseaba que tuviera una ambición grande para insertarse laboralmente en Chile”. Por esa razón, en 1993 aprovechó un viaje que tenía que realizar por motivos de trabajo a Nueva York y lo invitó a visitar los mejores espectáculos y museos de la ciudad, que hasta entonces Ernesto hijo no conocía. “Me hizo descubrir los musicales, sobre los que yo tenía mucha distancia. Mis padres me habían fomentado los prejuicios sobre Estados Unidos”, relata el ministro.

La estrategia del progenitor, sin embargo, dio frutos: el joven Ernesto quedó maravillado y a su regreso a Chile decidió que luego de terminar la carrera iba a perfeccionarse y cursar un magíster en gestión cultural en Francia. 

—¿Usted tenía miedo de que su hijo no encontrara trabajo y que, por ejemplo, tuviera que ganarse la vida haciendo malabares en las esquinas?

—Podría haber sido mi peor pesadilla.

En lo político se definen con un mismo concepto: independientes de centroizquierda. Ninguno de los dos milita en ningún partido y ninguno reconoce tener ambiciones de levantar una carrera política. Pero no siempre tuvieron la misma mirada. Especialmente en el gobierno de Eduardo Frei, vivieron algunas diferencias: “Como joven pensaba que los procesos tenían que llevarse adelante con mayor rapidez. No eran diferencias de fondo, sino de forma”, dice el ministro, que entre 2001 y 2010 fue creador y director ejecutivo del Centro Matucana 100 y Corporación Cultural Matucana Cien.

—Dada la influencia de su padre, sobre todo en el gobierno de Lagos, ¿existe gente que ha pensado que sus nominaciones tienen que ver con ser hijo de Ottone?

—He construido todo lo que he hecho. Cuando se instala la lógica de la sospecha, quiere decir que uno no tiene identidad propia. ¿Me tendría que cambiar el nombre?

Su padre es enfático: “Hemos tenido una actitud rígida en cuanto a lo que corresponde hacer y compartimos un respeto casi puritano de lo público. En el mundo de la cultura nadie duda que mi hijo ha construido una carrera. No apoyamos el nepotismo, pero tampoco la discriminación por razones de sangre”.

Respecto del actual gobierno de la Presidenta Bachelet, uno y otro ejercen distintos papeles. Desde sus comentarios en Cooperativa y sus columnas en La Tercera, Ottone Fernández ha mostrado independencia y, a veces, una mirada crítica. En su texto del pasado 19 de julio escribió: “Hemos vivido ocasiones en las que la economía ha atravesado malos momentos, pero una buena dirección política permitió sobrevivir sus avatares y recuperar fuerzas. Desgraciadamente, no ha sido hasta ahora lo sucedido”.

El sociólogo explica: “El papel que me corresponde como analista es mirar y pensar en su conjunto y señalar los errores que se pueden estar cometiendo. Puedo querer el éxito del gobierno, pero no estoy en él”.

—A usted, ministro, ¿no le complica la postura de su padre?

—La democracia es la democracia y la libertad de expresión es la libertad de expresión. Si me reprochan por una columna suya, como lo hizo alguien, yo respondo: “Vayan a hablar con mi viejo. Yo no soy vocero de mi papá”.

El secretario de Estado —padre de Liam de 15 y de tres niñas de siete, cuatro y una guagua de menos de un año— dice sentirse orgulloso de su propio padre: “Uno chochea. Desde que mi viejo está en la Cooperativa, no hay un taxista que no me pida mandarle saludos al señor Ottone. Como abuelo, es total. A las niñas les encanta venir a quedarse a su departamento”.

A Ernesto padre también se le hincha el pecho con el hijo ministro, sobre todo cuando habla de la forma en que ejerce la paternidad: “Yo fui un buen papá dentro de las condiciones históricas en las que viví, pero muy a la antigua. Antes los papás eran inútiles y distantes. Yo era cercano e inútil. Y Ernesto es un papá fantástico, increíble. Me emociona mucho verlo. Su relación es práctica, afectiva, pedagógica y muy completa”.

En este momento de la conversación, que ha sido informal y entretenida, se produce por primera vez un silencio. El ministro de Cultura, al que todavía su padre llama Nani, su sobrenombre desde que era niño, se le aprieta la garganta y dice sentirse emocionado. “Pese a que conversamos mucho, todo esto que dice mi papá sobre mí, no lo sabía. Sinceramente, no lo sabía”.