Una semana después de ser destituida, Dilma Rousseff recibía rosas rojas de parte de un reducido grupo de simpatizantes al dejar la residencia oficial del Palacio de la Alvorada en Brasilia. Ese mismo día, hacia el sur del país, las graderías del Maracaná temblaban con más furia que nunca en contra de Michel Temer.

Fora Temer, Fora Temer” (Fuera Temer, Fuera Temer) se escuchaba en la inauguración de los Juegos Paralímpicos 2016 en Río de Janeiro. Desde el palco, en la tribuna presidencial, Michel Temer y su mujer, Marcela Tedeschi Araújo, se mantenían estoicos, sin expresión alguna en el rostro, frente a las 70 mil personas que gritaban en su contra. De vez en cuando se tomaban de la mano y de vez en cuando el presidente le dirigía la palabra a la nueva primera dama. 

Esa noche el matrimonio del político con la ex reina de belleza —que hace ruido en la opinión pública por una diferencia de 43 años entre ambos— estaba consciente de que el mundo entero fijaba sus ojos en ellos, de que el Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB) se enorgullecía de su primer acercamiento real a la presidencia y de que después de nueve meses habían visto caer el poder del Partido de los Trabajadores (PT), antes liderado por Lula da Silva y sucedido por Rousseff en dos ocasiones. 

Se trataba de uno de los pocos encuentros directos entre los Temer y la ciudadanía en el primer mes de gobierno, desde que el ex vice- presidente de Brasil asumiera oficialmente las funciones de la presidencia tras concluir el proceso de impeachment el pasado 31 de agosto, con 61 votos a favor y 20 en contra en el Senado. También el primer mes desde que la prensa volvía a presumir de tener a Marcela de vuelta, una rubia tímida que revolucionó con aires intelectuales como Licenciada de Derecho de la Facultad Autónoma de Derecho de São Paulo cuando su marido acompañó a Rousseff en su ascenso al poder.  

Pero la salida de Dilma no le ha significado aprobación a quien ha sido el principal enemigo del PT desde que comenzaron las acusaciones al oficialismo por violar normas fiscales y maquillar el déficit presupuestario. Todo lo contrario. 

El ambiente está dividido y los policías se posicionan en las principales esquinas de São Paulo. La Avenida Paulista se tiñe de rojo y sus ciudadanos piden a gritos elecciones tempranas, con manifestaciones que alcanzan las 200 mil personas en el corazón financiero de Brasil.  A Temer se le acusa de “golpista” e “ilegítimo” y de ser uno de los principales arquitectos del impeachment junto al ex presidente de la cámara legislativa Eduardo Cunha, quien fue destituido dos semanas después de Rousseff de su cargo como diputado por ocultar cuentas bancarias en Suiza abastecidas con dinero ilegal de Petrobras. “Este revuelo da cuenta de la pérdida de la capacidad de diálogo en todos los poderes de Brasil”, afirma Fernando Estenssoro, analista internacional del Instituto de Estudios Avanzados

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Frente a un 11.3 por ciento de aprobación, según los datos recogidos por el instituto MDA, los números también posicionan a Temer en el sillón presidencial como un personaje impopular, poco querido por sus ciudadanos y dueño de un gobierno “huérfano” al que habría llegado por traicionar a Dilma. Una cifra que coincide con los datos de la encuestadora Datafolha de mayo pasado, previos a la suspensión de Rousseff, que sostienen que sólo un 2 por ciento de la población hubiera votado por Temer en ese momento. 

La estrategia de Temer podría centrarse en aumentar su credibilidad reconquistando al empresariado, aprobando reformas en el Congreso con la mayoría que tiene. De lo contrario, seguirá el caos”, asegura el analista político Jairo Nicolau, especialista en sistemas electorales del Instituto de Ciencias Sociales y Políticas de la Universidad del Estado de Río de Janeiro.

Recortes en el gasto público, reformas en el sistema laboral y de pensiones, y privatización de la salud y educación, integran el controversial plan de acción de Temer para hacer frente a una contracción de 3,8 por ciento en el PIB y un desempleo de 11,6, el mayor en cuatro años.

La llegada al poder de los Temer partió con el retiro de la coalición del gobierno liderado por el PT y la acusación hacia Dilma de mantenerlo como “vicepresidente decorativo”. “El gran problema de Temer ha radicado en su estrategia comunicacional, que no ha sido clara desde un principio y que no ha transparentado lo suficiente sus propuestas desde que es interino”, afirma José Alvaro Moisés, analista político de la Universidad de São Paulo.

Divisiones que también repercutieron en su primera elección de gabinete, cuando se confirmó que este sería integrado sólo por hombres blancos. Pero ante la crítica, el ex diputado federal y dos veces presidente de la Cámara Baja anunció la integración de su mujer, Marcela Temer, al Ministerio de Desarrollo Social como embajadora del programa social Niño Feliz, que protege a menores que viven en zonas de riesgo y sin recursos, y que será lanzado a fines de septiembre. 

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Discreta desde la llegada de Temer al gobierno en 2011, cuando eclipsó a los medios tras su aparición para la investidura de Dilma, Marcela ha sido favorita de los portales de moda y belleza. Fue en 2002, durante una reunión del PMDB, cuando la ganadora del Miss Paulinia de ese año conoció al actual presidente, con el que se casó un año después en una ceremonia privada. Relación que la licenciada de derecho ha mantenido a raya, lejos de la prensa, y que hasta hace poco la refugiaba silenciosamente en el Palacio do Jaburu, junto al hijo de ambos, Michelzinho.

Pero en menos de un mes la primera dama ha tenido que tomar riendas y salir de las paredes que por años de crisis la contuvieron en segundo plano, alejada del foco político que hoy la apunta. Se dice que sería una de las cartas clave de la era Temer, que ahora vive junto al nuevo mandatario, desde el balcón de Planalto.