Cuando se diagnostica que Chile atraviesa por la crisis política más profunda de las últimas décadas, tanto de sus autoridades como de sus instituciones, el Ministerio Público se ha instalado como ese eslabón perdido donde se cobijan las ilusiones ciudadanas de justicia. El Parlamento, los partidos, el gobierno y hasta la autoridad de la Presidenta se han visto salpicados por estas tramas que los chilenos conocen a cuentagotas como si se tratara de entregas de una nueva serie de Netflix.

En las historias de la vida real, sin embargo, los personajes no son del todo blancos ni del todo negros. A diferencia de la ficción, resulta conveniente no dejarse vencer por los lugares comunes y, en cambio, pensar en escala de grises. La Fiscalía de Sabas Chahuán, por lo tanto, no está exenta de quedar por debajo de las expectativas ciudadanas en cualquier momento. Hasta ahora los hemos visto fuertes en las jornadas de formalización en el Caso Penta, enfrentándose al Servicio de Impuestos Internos por la arista Soquimich y realizando las diligencias correspondientes por Caval, donde están comprometidos el hijo y la nuera de la Presidenta. Pero resulta prematuro levantar los brazos para enaltecer a los persecutores. Falta un buen trecho para observar la forma en que terminarán estas historias, la decisión final de la Justicia y sacar conclusiones de la actuación de todas las autoridades e instituciones involucradas.

Dada la relevancia de los personajes hasta ahora involucrados —y de los que podrían caer— estos escándalos se han tomado el escenario político y también la agenda noticiosa nacional. Probablemente ha contribuido que, quizá como nunca antes, los casos tienen un alto nivel de exposición.

Es la hora de los fiscales. También el momento de tomar aliento y ver cómo sucede lo que tenga que suceder.