Llámenlo como quieran. Díganle pataleta, ruptura o —y esta es la que más me gusta— crisis de la Concertación en ‘versión boy scout’, como lo catalogó el sociólogo Carlos Ruiz, el “ideólogo” del Frente Amplio.

Algunos hasta pueden haberse sentido decepcionados porque el conglomerado de izquierda que más ha dado que hablar desde los tiempos del MAPU, compuesto por jóvenes inteligentes y sanos, terminó mostrando la hilacha hasta quedar al mismo nivel que cualquier otra agrupación de partidos, sin nada que envidiar a las peleas de la Nueva Mayoría o las de Chile Vamos; con los mismos conflictos, rivalidades y ansias de poder, pero con cero pericia y mucha ingenuidad a la hora de administrar las crisis.

Lo cierto es que este round entre el ex presidenciable del FA, Alberto Mayol, y el diputado de RD, Giorgio Jackson, no fue nada más que la clara expresión de la naturaleza sanguinaria de la política, aquella donde todo vale —en especial las zancadillas— para mantenerse en el poder. Eso se sabe desde que Platón escribió La República, desde Maquiavelo y El Príncipe.

Desde Darwin y su ley del más fuerte. Eso fue lo que pasó entre Jackson y Mayol. Y lo que estaba en juego no era el cupo por el nuevo distrito 10 —cosa que Mayol terminó logrando—, tampoco un tema de machismo o de amenazas impresentables —los whatsapp del sociólogo no fueron más que una pataleta de centro de alumnos—. Lo que hay entre ambos es una lucha soterrada y a muerte por la hegemonía del Frente Amplio. Por definir, cada uno de su puño, los códigos, alianzas y directrices que deberá jugar este conglomerado de aquí a los siguientes 10 años y —en el mediano plazo—, para las presidenciales de 2021, cuando ambos deban medir fuerzas y verse las caras. Ese día en que el cachorro Jackson al fin crezca y pueda postular a La Moneda, y Mayol deba hacerle frente, ahora sí, con todo y melena.

¿Qué tan a la izquierda se ubicará el FA? ¿Terminará estableciendo alianzas con la Nueva Mayoría? La gran damnificada de esta pelea fue la candidata Beatriz Sánchez. Más que la líder y carta presidencial del movimiento, quedó como su vocera; obediente, fiel, sobre todo ciega, al punto que terminó pagando el mayor costo y hasta cayó tres puntos en la última encuesta Cadem. Todo en una de las peores semanas de las que la periodista —y su golpeado frente político— tengan en su —hasta ahora— breve registro político.