En la galería de los Presidentes de Chile no están todos los que deberían haber estado y hay varios que están y que en su minuto nadie imaginó que llegarían ahí. Los caprichos del destino se entrelazan con las veleidades del ego y los vientos que soplan cuando es preciso, de la historia, de las circunstancias pasajeras pero determinantes, de alguna manipulación desconocida y eficiente en las sombras, de lo que sea.

Hay casos dramáticos de líderes concebidos, criados y formados para ocupar algún día el sillón de los mandatarios, que siempre estuvieron demasiado cerca, pero que nunca llegaron a sentarse en él con propiedad. Antonio Varas, por ejemplo, el todopoderoso ministro, alma gemela de Manuel Montt, durante todo el decenio aparecía como seguro sucesor, pero las urnas dijeron otra cosa; o Fernando Alessandri, el hijo favorito del León de Tarapacá, que llegó a ser presidente del Senado y contaba con el no menor respaldo de don Arturo y sus poderosos aliados, pero la división que persigue a la centro derecha desde entonces dijo otra cosa: los sectores más conservadores levantaron una candidatura más de acuerdo a sus intereses, la del doctor Eduardo Cruz-Coke, y con ello facilitó el hasta entonces improbable triunfo de Gabriel González Videla. El caso de Gabriel Valdés también es ilustrador. Más recientemente, aunque a muchos se le olvide, el advenimiento de Michelle Bachelet, la primera mujer, la hija del general asesinado por la dictadura, quien alcanzó alturas de estadista insospechada y tuvo que dejar el gobierno solo por cosas de la burocracia, porque no cabe duda de que el paréntesis que ha sido la administración Piñera no habría existido si en nuestro país hubiera reelección.

Si lleváramos este análisis al terreno de los candidatos sería un verdadero drama griego. Tantos nombres, tantas buenas intenciones, que quedaron en el olvido… Con o sin primarias, la definición del abanderado siempre ha sido una pelea a cuchilladas que suele mostrar lo peor de la especie humana, antes que la generosidad o la altura de miras con que los que ambicionan el poder se llenan la boca, mientras planean apuñalar por la espalda o envenenar con una sonrisa al contrincante, su amigo.

Y cuando todo parecía indicar que esta iba a ser una campaña tranquila, si bien intensa, pero con resultados más o menos claros, he aquí que el líder de la derecha dura, el articulador de este join venture por conveniencia que se ha llamado irónicamente Alianza, después de imponerse en buena lid a su adversario, no sin antes haberse despejado el camino de aventureros y advenedizos, renuncia y deja a su sector sumido en el caos. No quiero referirme a las razones de Pablo Longueira.

Espero como todo chileno bien nacido, que salga del trance en el que se encuentra y que no haya en esto nada escondido. Es triste, doloroso, pero un asunto privado. Lo que realmente me interesa es la pelea con dientes y uñas que se está desatando. A dos días de su renuncia, se perfilan como opciones Andrés Allamand y Evelyn Matthei. ¡Tanto que decir de cada uno y tan poco espacio! Me pregunto qué misteriosos y maquiavélicos juegos se jugarán tras las bambalinas para que al final llegue a esta instancia la ministra del Trabajo, la mujer que utilizó su influencia en el mundo militar –y su dinero- para espiar e intentar destruir la carrera política de su amigo, el actual presidente de la República. ¿Cuánto de personal habrá en su ambición mal disimulada de desafiar a Michelle Bachelet, justo cuando la investigación por la muerte de su padre involucra de alguna manera al suyo, el general Fernando Matthei, otrora miembro de la Junta de Gobierno de Pinochet? ¿Qué secretos poderes habrán permitido todo esto?

Aunque podamos idear teorías novelescas a placer, todo parece indicar que ahora, con mayor razón, la elección presidencial está resuelta. Michelle Bachelet, sin mayor contrapeso pero con importantes compromisos con la ciudadanía que la aclama y las fuerzas políticas que la apoyan, tendrá que vérselas ahora en serio con la historia. Mientras tanto, la centro derecha sigue sumida como siempre en la crisis que ha vivido, precisamente desde que un fáctico empresario se alió con Evelyn Matthei para vengarse de su antiguo empleado y con ello asestó un golpe mortal a una generación, la siútica “patrulla juvenil”, que ha agonizado desde entonces.

El gobierno de Sebastián Piñera, que como lo sabemos fue más la derrota de la Concertación que el triunfo de la Alianza, pudo ser un debut tardío y la despedida definitiva de este grupo de eternas promesas que al final, no pudieron con su destino. Que me perdone Longueira, pero su drama también es eso, un sino trágico trazado por dioses que no creyeron en el centro social o lo que fuera que él quería para Chile. Dioses que a veces apoyan la venganza, la traición y las ambiciones desmedidas, pero que siempre cobran su precio, y que en este caso parecen estar dispuestos a dejar que la historia que escriben los pueblos siga su curso en Chile.

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