He estado cuatro horas temiendo lo peor. Escucharle decir, por ejemplo: ‘Hasta aquí nomás llegamos. Preguntai puras leseras. Te jodiste’. Ya lo ha hecho antes con algún entrevistador. Es que Fernando Flores, chileno de inteligencia fuera de lo común, no sobresale en inteligencia emocional. Pero en Occidente, sigue siendo el gurú de quienes quieren producir un salto en organizaciones o personas, con sus “talleres de Flores”, donde suele haber una mínima cortesía.

Por eso no es fácil estar cara a cara, ante este hombre con aspecto de jeque qatarí, de expresión facial pobre y silencios temibles. Utilizo esta vez una estrategia que rara vez falla con entrevistados conscientes de su éxito: hay que tratar de desmontarlos de la estatua ecuestre que han levantado de sí mismos, y ponerlos a nivel del hombre común. Y para eso es necesario llevar los recuerdos hasta su época de niño. Por eso empezamos hablando de su abuela Domitila.

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Hace con sus labios un movimiento que puede ser mueca o sonrisa. Era de una “familia antigua de Talca”, dice. Catorce hijos tuvo Domitila Valdés de Labra, y para mantenerlos llenó su casa con pensionistas. En medio de esa multitud vivió Fernando Flores hasta el día en que emigró a Santiago con el mejor bachillerato de su ciudad. “Mi madre me había ayudado siempre a reforzar la emoción de la confianza propia. Para ella, yo era su niño maravilla”. De ella aprendió los primeros secretos en el emprendimiento. Era una extraordinaria mujer sin fortuna. Un día empezó a comprar y vender palos de escoba. Al poco tiempo tenía una barraca. Su marido, Octavio Flores, un ferroviario que vivía feliz conduciendo máquinas diésel, se hizo taciturno aprendiz para ayudar en la empresa de su mujer. “Y nunca pudo mucho; él no era de tratar con clientes”.

El gurú Fernando Flores se parece a ese ferroviario en su envoltorio físico. Y tal vez en un rasgo: “Mi padre no supo ser afectuoso”. Solían molestarle los mimos que la madre hacía al niño maravilla. “¡Ves tu hijo!”, alegaba a veces, especialmente durante su aislada adolescencia. Pero con el tiempo, ese niño pasó a ser el padre de su padre. Como don Octavio enviudó relativamente joven, un día creyó necesario viajar hasta el lugar donde su hijo era prisionero político sólo con el propósito de pedirle permiso para casarse…

La cabeza y el estilo, Fernando Flores los heredó de su madre. “Tenía muchos talentos. Inventó un negocio, sabía desenvolverse y expresar cariño. Eso ayuda a los hijos a adquirir confianza. Por ella, siempre he tenido buenas antenas, he sabido estar atento a lo que pasa en mi entorno”.

A los 27 años, en el inicio de la Unidad Popular, ocupó un cargo tan importante como el de ministro: director técnico general de la Corfo. Luego fue titular de Economía y de Hacienda. El día del Golpe era secretario general de Gobierno. Allende le encargó ir al Ministerio de Defensa a negociar con los jefes militares… Y terminó viviendo tres años como prisionero de guerra.

Durante ese encierro sobresaltado, este joven ingeniero hizo algo extraño: empezó a transformarse en un estudioso del lenguaje y su potencial creativo, lo cual lo condujo a ser un adelantado en informática y en desarrollar nuevas teorías de la comunicación, el lenguaje y los principios sistémicos aplicados a la empresa. La “conversación para la acción” sería finalmente su concepto más popular, y le permitiría instalarse entre los famosos del coaching. Con investigadores extranjeros creó softwares y escribió libros sobre ontología del lenguaje, con Heidegger como telón de fondo.

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 En el 2014 queda poco de ese joven militante del Mapu obrero campesino que se tituló de ingeniero industrial en la Universidad Católica, con una memoria de título cargada de citas del “Che” Guevara y Karl Marx. Su carácter se expresó crudamente al concluir su examen de grado. Calificado sólo con nota cinco por sus sorprendidos examinadores, el joven Flores hizo un gesto ambiguo con la mano extendida dirigido a la comisión, y dijo: “¡Entienden poquito!”.

“Entienden poquito” volvería a pensar hace cuatro años cuando desde la Concertación, y en especial desde el allendismo más perplejo, lo criticaron por apoyar la campaña presidencial de Sebastián Piñera. Antes había sido senador del PPD, partido al que renunciara “por razones éticas y políticas”. Antes perdió una disputa interna para encabezarlo y debió abortar una candidatura presidencial por la irrupción de… Michelle Bachelet.

Muy duro le dieron por su cambio de ideas, aunque él piensa que nunca modificó las principales, sino que transformó el escenario para luchar por las de siempre. Alguien se encargaría de poner juntas dos declaraciones suyas sobre Piñera para subrayar lo que consideraron una ‘olímpica voltereta’. Hace ocho años dijo que Piñera encarnaba lo peor de la codicia empresarial; y hace cuatro ya lo veía de otro modo: ‘Es una persona de impulso, que ha labrado con esfuerzo una fortuna creando empleo y fortaleciendo la imagen y posición de Chile’.

—¿Terminada la administración Piñera se arrepiente de ese paso?

—No me arrepiento de nada. Esperaba un cambio en Chile. No puedo dar un juicio en este momento. Son hechos muy recientes. En dos años le cuento… Ahora veremos si ha habido cambio en la centro-izquierda.

—¿A qué atribuye la popularidad de Bachelet?

—¡Usted me va a meter en un enredo! Pero, en fin. Lo atribuyo al cansancio del estilo Piñera. Un estilo en el cual ha estado ausente el ánimo de crear ilusión. Tal vez no quedó claro el esfuerzo de la centro-derecha por entender las demandas de justicia. Se hacen cosas, se anuncian otras. Pero la gente no agradece las obras. Siente que es la obligación del gobierno.

Piñera lo designó presidente del Consejo Nacional de Innovación para la Competitividad, CNIC. Al final tuvieron desacuerdos y Hacienda casi borró la innovación del Presupuesto. Se fue. Pero dejó un libro estimulante: Surfeando hacia el futuro.

Flores cree que hoy, a todo nivel, no se valoriza la innovación.El mundo cambió y no se han dado cuenta. La cultura de la mediocridad se extiende. El país necesita flexibilidad, jóvenes capaces de surfear las olas del cambio más que de responder las letanías de las enciclopedias. Debemos darle un giro a la educación, para que enseñe a innovar productivamente, a inventar el futuro. Chile está fregado si no cambia el switch”.

—¿Qué deberíamos hacer?

—Nadie puede ofrecer empleos de calidad en el largo plazo si sólo se basa en los commodities, es decir, en materias primas brutas que han sufrido procesos de transformación muy pequeños o insignificantes. No sólo necesitamos crecer; también ofrecer empleos de calidad. Una cosa y la otra no se pueden abordar en planos separados. Expertos extranjeros han venido a decir eso. Hay que mejorar la productividad y ofrecer productos nuevos.

—Le desanima cierta mentalidad de los empresarios.

—Muy raro es lo que pasa en la cabeza del chileno. Se queda esperando que le pavimenten el camino. En Estados Unidos a nadie se le cruza por la cabeza esperar a que el Estado le aplane la cancha. Si ven la oportunidad, van por el trofeo… Si hoy en Chile alguien quiere crear una empresa, lo primero que se le viene a la cabeza es construir su edificio corporativo. Ignoran que hoy los negocios son virtuales, y en este mundo de los servicios lo principal no es el edificio, sino que en cuántas capitales voy a estar y con qué socios voy a trabajar. Tenemos que mandar mucha gente afuera. No basta que vayan tres empresarios a Shanghai; tenemos que tener cinco mil jóvenes recorriendo Asia. Necesitamos una educación del siglo XXI. Si seguimos pegados en los estudios de ingenierías comerciales o industriales, o en las abogacías, estaremos creando una bomba de tiempo, y cuando explote será mejor que a Chile Dios lo pille confesado.

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A partir de este año, Flores se propone permanecer más en California, cerca de sus cinco hijos profesionales, y de su mujer de hace medio siglo, Gloria Letelier. En su hogar de Berkeley se dispone a completar el último momento importante de su vida. Su preocupación será “cómo vamos a aprender a habitar el planeta, qué vamos a dejar a las generaciones que asoman”. También le seduce hacer una inmersión existencial. “El modo cómo respondemos al misterio de la vida que nos tocó vivir, y que le tocará vivir a otros. La filosofía será mi gran desafío de ahora en adelante”.

—¿Qué tiene que ver Dios con todo esto?

—No tengo idea. La ciencia no explica suficientemente lo que es el mundo; y los libros sagrados me parecen pura mitología. Yo no le podría hablar de un dios. Sin embargo, hay algo profundamente magnífico en la naturaleza, en el universo; y me parece que las explicaciones que da el Hombre están por debajo de ese gran misterio.

—Usted viene de familia católica. ¿Reza cuando está solo?

—De alguna manera rezo en momentos de tensión. Recé cuando bombardearon La Moneda, mientras estuve prisionero y lo hago a menudo cuando advierto que me he librado de sufrimientos que otros tuvieron. A menudo pongo recogimiento en la vida cotidiana, cuando pienso o escribo. Ahí me acuerdo de personas que me iluminaron, y así procuro ponerme en contacto con sus espíritus.

—Ahora que ya hablamos de Dios, ¿podemos hablar de usted? ¿Qué le gusta más de sí mismo?

—Sentirme que pertenezco a las fuerzas que buscan un mundo mejor. Tengo gratitud por eso.

—¿Y lo que menos le gusta de usted?

—Eso que hace que algunos me tilden de agresivo.

Pero él no tiene claro por qué le tildan de agresivo, y casi nadie ha intentado analizar lo que puede haber oculto tras su intensidad como gurú o como entrevistado. Pero hay al menos una persona que ha querido opinar con franqueza: la ex embajadora de Chile en Israel, la ingeniera Sally Berdersky, miembro del Business Success Coach Network. Admite su gran deuda con Flores: “Puedo reconocer que mi aproximación al tema de la ontología del lenguaje (desarrollada por él) es lo más potente que me ha sucedido en términos de interpretación de la realidad, si bien no es algo absoluto. Eso me tiene fascinada en la vida y debo agradecérselo”, declaró hace tiempo a La Nación, pero no quiso ocultar una sospecha: “En el comportamiento de Flores existe alguna sicopatía”. Lo dijo basada en la experiencia (que tuvo muy cerca) de dos importantes discípulos de Flores alejados para siempre. Asegura haber visto en ellos, respecto de Flores, “impotencia mezclada con admiración, resentimiento e idolatría”.

Le critica el trato duro que suele dar a sus colaboradores en reuniones abiertas.

“Pocas veces, pero lo hago”—, admite Flores. “Son aspectos que debo corregir sobre la marcha. Tengo que cumplir los objetivos y entregar la calidad de servicio que prometimos a quien nos contrató”.

Muchas reacciones furibundas en su contra las atribuye, sin embargo, a que se ha formado en los Estados Unidos de una determinada forma, y no pone suficiente empeño en adaptarse a la cultura chilena, menos directa. Por ese estilo, “muchos se han rebelado, pero no contra sus ideas sino contra su persona”, dijo su ex alumno Andrés Navarro, fundador de Sonda, pero “siempre tendrá discípulos, aunque ellos… cambien con el tiempo”.

De su vida en California no olvida una experiencia de iluminación. “Fue como una epifanía de san Pablo”. Aún no lograba desarrollar algo propio y potente. Vivía el exilio con estrechez, leyendo autores cruciales. Tuvo en ese momento de 1978 la certeza de que las palabras crean hechos, buenos o malos, y que son mucho más que simples medios para comunicar algo. Y en ese instante supo que algo haría con esa constatación.

“Así pude empezar a resolver uno de los problemas de gestión en una empresa, lo que se llama el management, y se me abrió de golpe el camino para crear un software, que se llamaría ‘El Coordinador’. Me di cuenta en ese instante que Fernando Flores ya era un señor que tenía algo que decir en el mundo. Llamé a mi mujer y le dije: “Mijita, ¡se nos acabó la pobreza!”.

Unido a Humberto Maturana, juntaron fuerzas con otro chileno extraordinario, Francisco Varela, investigador de las bases biológicas del lenguaje y el conocimiento, de la sicología cognitiva y de la neurociencia. Flores siempre subraya que se ha nutrido de aquellas investigaciones, sin olvidar que él les ha dado valor nuevo con sus descubrimientos, y especialmente en la aplicación práctica.

En su pensamiento han influido muchos temas de digestión difícil: la ontología de Heidegger, la filosofía del lenguaje de Searle-Austin y la hermenéutica de Gadamer. En su blog se define a sí mismo sin fingida modestia: “Hombre multifacético, reconocido como uno de los pensadores más importantes de la actualidad en el ámbito de la gestión y de la acción emprendedora”.