Han sido las elecciones más raras de la historia. Primero, porque aunque hubo más candidatos que nunca, más diversión que en años anteriores, más ideas incluso, como que no había campaña en realidad. La sensación de carrera ganada desde el principio trasladó el foco de interés a los saludos a la bandera, las aventurillas personales, las apariciones mesiánicas, las causas idealistas y los personajes pintorescos. Fue, más que nunca, un reality televisado y el protagonismo se lo disputaron cual Longton, cual Ballero, cual Junior Playboy, a quienes adecuadamente los editores de prensa llamamos “los chicos”. Perros chicos, en la pelea de perros, se entiende.

Podría decir que acá otra cosa es la pelea de canes femeninos de mayor envergadura usando las palabras correctas, pero no sería algo lindo de leer. (Imagine cada uno y si quieren hacemos un concurso en la sección de comentarios).

Estamos tan acostumbrados a ver gente intrascendente y más bien patética en los reality que, apuesto, la mente del elector formateado debe necesariamente calificar a todo el que sale en la tele en un tipo, un orden de la fauna del ámbito público, donde pese a sus miserias y limitaciones evidentes, también se destacan sus supuestas “gracias” y de alguna manera el público “los quiere” como se quiere, qué se yo, a Cecilia y a Luis Dimas, ponte tu. Por eso perdonamos a Edmundo su flaiterio enervante e histérico y le damos otra oportunidad y otra.

Pero bueno, he aquí que a dos semanas de la elección presidencial (medítese por favor en estas dos últimas palabras) sabemos que al parecer uno de los candidatos manipuló las firmas con que avaló su inscripción. No me sorprende. Gente como Franco Parisi está acostumbrada a hacer la maniobra más rápida y barata para obtener la mayor ganancia posible, no importa si es ética o incluso, no legal. No digan que no, si los abogados sirven para eso y solo se necesita plata para hacerlos trabajar para uno. Incluso ni siquiera eso, hay muchos a los que les basta con farandulizarse. Con salir en la tele y poder así hablar con todo el mundo de “Franco”, o como sea que se llame el personaje de turno influyente amigo, y cobrarle a los pavos que caigan (la tv penetra!).

Así como a un pelotero de moda lo rodea una corte de amigos malajunta que le copian la pinta y el peinado flaite, que agarran también su modelo y promotora, su viaje, su gargantilla de oro, su deportivo europeo. Gente que tiene dinero y tiempo para invertir, invierte y siempre algo sabe ganar. Y cuando un tipo como Parisi ha logrado comprarse un Porsche, es porque supo maniobrar la baraja que le dio el destino a su “sentido de oportunidad” y sus instintos o sus principios.

No muy diferente es la situación de Laurence Golborne. Puede que sean buenas personas, uno más que otro en realidad, pero ahí radica precisamente el problema. Nos hemos acostumbrado a la maniobra como un valor en si mismo, tanto que incluso cuesta considerarle algún aspecto ético al tema. Si se puede explicar, sin perder o no perder tanto, entonces, esta todo en regla, pues.

Es probable es que el asunto con las firmas de Parisi, bastante diferente a la de Jocelyn-Holt, termine en nada. Habrá cruce de palabras entre picapleitos bien pagados o convencidos, un periodo de felicidad para los advenedizos y asesores de prensa, pero luego se olvidará todo. Incluso tal vez tengamos la suerte de olvidarnos de él como ya olvidamos por ejemplo a Mauricio Israel o a Tombolini.
Mientas tanto, en contrapartida, para mantener el equilibrio precario de este universo otros se dieron el gusto de elegir el camino complejo y proponer en serio. Y no me refiero solo a Alfredo Sfeir, y ME-O, también a este nueva generación que nos ha estado liderando hace rato y que aunque hayamos tratado (vaya si no hemos tratado de pillar enfarandulizada a Camila, por ejemplo) de corromperlos, estos jóvenes idealistas probablemente, apuesto, no tienen idea de quién es ese tal Swimburg o como se llame, pero en cambio si saben muy bien lo que hay que hacer.

Por eso, así como en la primera vuelta la buena idea con onda y alma fue marca AC para señalar el deseo de participar en la elaboración de la nueva Constitución, aquella que declarará a Chile una monarquía matriarcal de izquierda; ahora deberíamos pronunciarnos contra el cáncer de la farandulización, que propicia la irrupción de toda clase de oportunistas, desde el Cangri y el Dash, hasta Franco y Antonino, en cada ámbito de nuestras preciadas vidas.

La elección final es entre hacer las cosas en serio, como dice el personaje de Kramer (quien en realdad ganó lejos esta elección) hacerlas “con convicción”, o seguir haciéndolo como hasta ahora, así a la chilena, en la medida de lo posible, tolerando e incluso aplaudiendo la pillería del que supo hacerla, del Porsche o de la super gerencia y los millones de dólares, ese pedrourdemalismo tan criollo.

Yo por mi parte, lo haré: cuando marque AC, diré además que la nueva Constitución debe ser, esencialmente, Anti Chantas.

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