La instalación de la Nueva Mayoría con doña Michelle a la cabeza ha tenido no pocos tropiezos. Revisten relevancia por ser una señal política evidente de que las reglas han cambiado. Ya no existe tolerancia ante los manejos raros, los compadrazgos truchos, las pagadas de coima, las vueltas de mano. No se me ocurren otros motivos para explicar la chapucería indolente de nombrar en tantos cargos a tipos incapaces de resistir una mirada al prontuario. Que varios de ellos cayeran antes de siquiera asumir el gobierno, que otros no duraran la primera semana, es algo notable. Sencillamente de alguna forma la sociedad civil se las ha arreglado para exigir la prueba de la blancura, mínimo. Por algo se parte.

No creo que hubiera en todo esto motivo alguno para sospechar de las capacidades políticas del ministro del Interior, lo más parecido al favorito de la Corte si Bachelet fuera reina. Bueno, de cierta manera así son las cosas y en los entresijos de palacio se va delegando autoridad para acelerar las cosas, por estos días, es la orden de su majestad. Así como hay que instalarse rápido, dejar caer al que no se sostiene, poner cara de vergüenza, retar sin duda por teléfono a alguien (¿Girardi?, ¿Quintana?, ¿Andrade?) hay que mostrar resultados rápidos. Y bueno, los nervios traicionan al más pintado. O el exceso de confianza.

Un amigo me contaba que hace unos días sostuvo una reunión con cierto subsecretario. Uno muy joven. Me describió como exhibía su conocimiento del tema e incluso del cv de los que estaban ahí, como sonreía ufano y orgulloso, palpando con placer evidente el mango del sartén. De modo que así se sentía estar “al otro lado”, en el poder mismo… Eh? Eso que a muchos les queda gustando. Esa arrogancia del que ganó por paliza y no tiene que dar explicaciones a nadie de nada, solo mostrar en los próximos 100 días que hizo su parte en las cincuenta y tantas medidas que prometió la jefa de Estado, es un poco molesta. Pero en el jefe de gabinete yo veo más bien timidez, cautela, inocencia y falta de cancha. Puede que no debutase ya como Alexis Sánchez, con desparpajo y goleador, pero tal vez lo suyo ha de ser como un armador clásico, un Coto Sierra, un Mati Fernández. Difícil apostar en base a lo poco que ha mostrado a que se destape como un Matador Salas, un Francescoli. ¿Para qué más? Tampoco se trata de ser Pelé.

Lo importante sería apurar la adaptación, para que empiece a poner en marcha el juego. Cuatro años es bastante poco, pero para la soberana y su delfín es demasiado tiempo = riesgo, porque para derribar candidatos basta un segundo. Es cosa de ver cómo quedaron tantos, el último de ellos uno que se creía dueño de Chile, que mandoneó a medio mundo para terminar en un ministerio intrascendente preguntándose qué fue de sus tempranas aspiraciones diluidas. Nada. Por eso, qué duda cabe de que al favorito le tocan consideraciones y cuidados especiales. La vieja política enseña que siempre hay uno que sale con una frase tonta al que echarle la culpa y embolinar la perdiz de la opinión pública.

Ya nadie se acuerda de que uno de los conceptos más vilipendiados de la campaña, hace no tanto (¿Jocelyn cuánto? ¿Sfeir quién? ¿MEO?, si… MEO me suena…) fue el de “vieja política”. Iban a librarnos de ella, pero no, acá sigue muy campante, instalada. Renovada. Y a las órdenes prontas de bueno, la vieja política, hay que correr porque ella es la que manda. Michelle Bachelet haría bien en deshacerse de esa vieja que es su verdadera única adversaria para construir el país que el pueblo de Chile le confío construir. Porque, ojo, ahí están en las mismas que ustedes, funcionarios de la corte, los jóvenes de Chile. Otro amigo me contó que este viernes planeaba asistir a una junta de vecinos donde estaría Karol Cariola. Camila en La Florida ha hecho lo mismo, escuchar a la gente. Boric más compuesto y Giorgio hiperventilado han salido en LUN, es decir, los chicos están trabajando y les van a sacar trote, sin duda.

Yo que ustedes, me preocupo.

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