Lo concreto hasta ahora ha sido la feroz caída en la imagen y aprobación hacia Michelle Bachelet, aunque todo indica que este impacto recién comienza a dejar al descubierto la profundidad de sus heridas. Un escenario que muchos previeron una vez estallado el “Nueragate”, menos él que, tras renunciar como director sociocultural de la Presidencia, afirmó con cierta soberbia que no había sido imprudente al reunirse con el vicepresidente del Banco de Chile, Andrónico Luksic, para obtener el crédito de 6.500 millones de pesos que la institución le otorgó a la empresa de su esposa Natalia Compagnon, y por el cual Caval ganó $ 2.500 millones por el posible cambio en el uso de suelo que estos terrenos tendrían.

Sus declaraciones no hicieron más que apagar el fuego con bencina, porque aunque pudo ser una transacción legal, es ilegítimo que el hijo de un presidente especule con negocios millonarios donde intervengan organismos estatales. En este caso, es absolutamente justificado que se presuma tráfico de influencia y uso de información privilegiada. De inmediato, el primogénito de la Presidenta se convirtió en ejemplo de desigualdad y de falta de mérito para surgir —los pilares que sustentan el programa de gobierno de su madre—, y terminó por evidenciar la estrecha relación dinero-política-poder, arista ya destapada por los casos Penta, y ahora Soquimich.

Dávalos ha arrastrado con él a su madre, cuyo primer silencio dio para todo tipo de cuestionamientos: ¿Por qué no fijó posiciones?, ¿estaba al tanto del negocio de su hijo?, ¿con qué argumentos nombró al actual Seremi de Vivienda de O’Higgins; el mismo que en 2013 tasó los terrenos de Machalí?, ¿por qué no revirtió el negocio de Caval?, ¿por qué en su primer período presidencial permitió que su nuera asesorara a empresas asiáticas, justo cuando su hijo se desempeñaba en la Unidad Asia de la Dirección General de Relaciones Económicas Internacionales (DIRECON) de la Cancillería?…

Solo el tiempo mostrará los reales costos del “Nueragate” para el gobierno y la mandataria. Lo único claro es que a Sebastián Dávalos le costará levantarse de esta caída, ya que los chilenos permiten y perdonan que sus autoridades “metan las patas”, pero muy pocas veces que metan las manos.