En medio de la fiebre armamentista emerge su figura de cara redonda y chaqueta cruzada, un semidiós llamado Kim Jong-Un, el último vástago de una familia que lleva 60 años en el poder a costa de cabezas guillotinadas y parientes envenenados que trataron de cruzar la frontera con pasaportes falsos.

No hay rebelión en Corea del Norte, sino una nueva ira que desafía al mundo y que, internamente, se mece con aparente tranquilidad bajo un sistema comunista que no olvida lujo ni reggaeton. El hombre que tiene en alerta a los gabinetes de Estado y que se ha ganado un puesto en la historia como el nuevo villano del siglo, parece sólo comparable al terror de figuras como Hitler, Hussein o Muamar Gadafi. Nació en 1982 o 1983. Poco se sabe de su infancia, salvo que estudió en colegios suizos, que fue aventajado en idiomas y que a los tres años ya sabía maniobrar un yate.

Su reinado, absolutista y supremo, no tiene armiños ni orbes, sino la gracia de levantarse ante más de 26 millones de norcoreanos como secretario general del Partido del Trabajo y líder supremo de la República Popular.

Cuando su padre murió, un día de los inocentes, fue investido con las armas del dominio absoluto. El cuarto y último hijo de Kim Jong-il con su tercera y última pareja, Ko Young-hee, no hizo más que mantener el poderío de su abuelo que impulsó un Estado bajo un estricto statu quo stalinista. Aun así, el heredero nunca ha podido dejar de lado la fascinación que le provoca Occidente, enloquece con los partidos de básquetbol y Michael Jordan es su ídolo indeclinable.

Un ‘capitalismo rojo’ es su carta bajo la manga, todo a través de una tarjeta de crédito que con el nombre de Narea emociona a los coreanos. Para tenerla en la billetera, antes hay que pagar 2.5 dólares y las filas para conseguirla son más largas que las de la colina Moranbong, donde la gente llega a buscar agua potable en pleno Piomjang. Cuando Ri Sol-ju, su mujer aparece sólo es para inaugurar centros comerciales y tiendas de departamentos. Ahí está, con un dos piezas similar a un Christian Dior para adornar una nueva fiebre consumista dominada por la adquisición de pulseras de oro de Jordania, piedras preciosas de los Emiratos Arabes, relojes Tissot y Bering. Es ahí donde la gente pasea sus placeres mundanos, entre vitrinas luminosas que alternan lociones de belleza y fotos de los misiles que amenazan la paz desde la ribera del río Taedong. La promesa ante su pueblo, mientras tanto, no es otra que pronto llegará el día en que todos bailen al compás de un genuino Gangnam Style.