Este parece ser el año de Patricia Politzer. Es panelista estable en el programa político dominical de T13, Mesa central, y ha ido acumulando premios por su destacada trayectoria, que comenzó en los ’70 en la revista Ramona. A cada homenaje, ha asistido con un discurso en que reconoce ausencias que le pesan. “Mi siquiatra dice que estoy viviendo la vida que otros no pudieron vivir”, explica con una sonrisa.

En el más reciente, que recibió de su alma mater, la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile (hoy Instituto de la Comunicación e Imagen), recordó a Luis Durán, uno de sus compañeros de carrera que se encuentra desaparecido desde 1974.

En enero, al recibir el Premio Lenka Franulic, ante casi 200 personas, recordó a las periodistas Marcela Otero y Patricia Verdugo, fallecidas tempranamente. Y cuando terminaba su discurso, sorprendió a todos con una revelación que le quebró la voz: “Cuando me ocurren cosas buenas como ésta, no puedo dejar de pensar en mis padres y, sobre todo, en mi hermana Katherine, que siendo apenas una adolescente, desapareció en el campo de concentración de Theresienstadt, en Checoslovaquia”. Costó superar el silencio que siguió a aquellas palabras y retomar el espíritu festivo de la ocasión.

A pesar de la revelación pública, no fue fácil persuadir a Patricia de dar esta entrevista. Se siente más cómoda cuando es ella quien hace las preguntas.

—¿Cómo descubriste la existencia de esta hermana?

—Casi por casualidad. Mi papá murió cuando yo tenía casi 10 años. Es decir, antes de que yo supiera que había existido una guerra, de que entendiera por qué mis padres vivían en este país y de que empezara a hacerme preguntas. Además, hay un tema común a muchísimas víctimas del Holocausto: no quieren hablar de lo que vivieron porque la humillación, el dolor, el sinsentido son demasiado grandes. El mundo está lleno de historias de padres, abuelos, bisabuelos, que nunca han querido contarlas. No sé hasta qué punto mi padre hubiera querido contármelo si hubiese vivido más. Mi papá y un hermano suyo lograron salir de Checoslovaquia justo antes de que estallara la guerra. Mi padre —Coloman Politzer— viajó a Chile en uno de los últimos barcos que salieron de Génova, en el año ’39 y su hermano, Alan, que era médico, se fue a Inglaterra. Mi abuela y un tercer tío se quedaron en Checoslovaquia y desaparecieron. Al final de la guerra, mi tío Alan volvió a su país para saber qué había pasado y no encontró a nadie. Ni a su mamá, ni a su hermano, ni a su sobrina.

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—¿El sí sabía que esta sobrina existía?

—Sí. Era hija del primer matrimonio de mi papá. Mi hermana nació cuando él tenía poco más de 20 años. Luego se separó de esa primera mujer y se fue a Inglaterra con su segunda esposa. Cuando llegaron a Chile, eran tiempos en que nadie quería hablar de este pasado terrible. Segundo, tampoco era bien visto haber tenido matrimonios anteriores. Por lo tanto, había un manto de silencio sobre el pasado familiar. Yo me enteré cuando la señora de mi tío Alan —Tamar— pensando en que yo sabía, mencionó a la mamá de mi hermana, que en ese momento vivía en Canadá.

—¿Qué edad tenías?

—Unos 20 años. Yo estaba visitando a mis tíos y ella de repente me habla de esta persona como si yo supiera quién era, pero como no sabía le empecé a preguntar: “¿Quién es? ¿Cómo y cuándo? ¿Qué hija?”. Y así me enteré de esto y de que mi mamá era la tercera esposa de mi papá. Cuando volví a Chile, llegué a contarle a mi mamá, pero ella ya estaba enterada. “¿Por qué nunca me contaste?”, le pregunté y ella me respondió que no sabía si mi papá quería que lo supiera. No sabía cuál era la actitud correcta. En ese momento, me impresionó mucho la historia. Al principio, me imaginé que madre e hija habían estado en un campo de concentración, que la mamá se había salvado y que Kathy se había quedado. Pero no fue así. Fue, para mí, aun peor. En algún otro viaje que hice donde mis tíos, seguí preguntándoles. Mi tía Tamar me contó que la mamá de Kathy la había dejado en un convento en Checoslovaquia, con un grupo de niños que las monjas escondieron y que, en algún minuto, hacia el final de la guerra, en 1944, alguien las denunció, y todos esos niños fueron llevados al campo de concentración.

—¿Por qué piensas que esto fue más terrible de lo que habías imaginado?

—Lo que me descoloca es la soledad. Si ella hubiera estado en un campo de concentración con su madre al lado, podría asumirlo mejor, pero imaginarme que era una niñita sola, viviendo en un convento con otros niños a los que no conocía, por más que tuviera un buen trato ahí, debe haber sido terrible. Me la imagino pasando el hambre de la guerra, el frío de la guerra, en una tremenda soledad, con un final horroroso. Eso se me hace todavía más desgarrador, más insoportable en la condición humana. ¿Cómo los seres humanos somos capaces de estas barbaridades?

—¿Enterarte de esto te provocó alguna crisis?

—No. En ese momento, más allá del impacto personal, lo viví con una cierta frivolidad de juventud. Tenía ganas de saber, de conocer la historia, pero sin asumir su real dimensión.

—¿Todavía no se había dado el Golpe de Estado en Chile?

—No, fue justo un año antes. Vino el golpe y empecé a ver los horrores que pasaban aquí, de los cuales, por mi profesión o por mi historia, me enteré rápidamente. Recuerdo muy vivamente la muerte de Carlos Berger, por ejemplo, que había sido mi director en Ramona.

LA MEMORIA PARA EL NUNCA MÁS

Patricia terminó la carrera en 1973, pero comenzó a trabajar desde tercer año. “Entonces, esto hizo que mi propia historia personal adquiriera una nueva dimensión. Lo que había pasado con mi hermana no era un pasado histórico, ni un episodio lejano de una guerra. Si lo pienso ahora, en realidad tampoco había pasado tanto tiempo entre la Guerra Mundial y el Golpe en Chile, y esto significaba que los mismos horrores se podían repetir. Esa fue mi sensación. Y para mí fue muy reveladora de lo que vendría después del Golpe. Mi madre llegó a Chile bastante antes de la guerra, en el ’33, desde Hungría con su mamá, papá y hermano. El resto de su familia se quedó en Europa y todos murieron en el Holocausto. Yo crecí escuchándola ironizar sobre los alemanes que decían que nunca supieron nada, que no sintieron ningún ruido, ningún olor, que no vieron los camiones con los presos, ni nada, aunque tenían los campos de concentración en la esquina de la casa. Y de pronto me encontré viviendo lo mismo. Es decir, por un lado, había un grupo de gente que veíamos lo que pasaba y que, en general, éramos los mismos que circulábamos en torno a la Vicaría de la Solidaridad y que íbamos a distintos actos pacíficos, y, al mismo tiempo, había otro grupo de chilenos, que, como pasaba en Alemania, no sabían nada”.

—¿No sabían o pretendían no saber?

—Personalmente, creo que es una reacción al miedo. Primero hay que distinguir: aquellas personas que tuvieron rangos de relevancia durante la dictadura, no pueden decir que no sabían. En cambio, la gente común y corriente, puede haberse paralizado por el miedo y haber sufrido un bloqueo, porque si yo veo que a mi vecino se lo lleva un auto sin patente, tengo que hacer algo. No puedo pedirle a todo el mundo que sea valiente y heroico. Supongo que hay mecanismos del miedo que produce esa negación, y ahora creo que no es casualidad que mi primer libro se llamara Miedo en Chile, aunque en ese momento no pensaba estas cosas.

—¿Cómo se transformó para ti la historia de tu hermana, frente a la experiencia de las violaciones a los derechos humanos en Chile?

—En un principio, no asumía a esta niña como una hermana. Lo que le ocurrió me llegó como una historia de un pasado remoto, pero en la medida en que fui creciendo y viendo las cosas que pasaban aquí, la fui incorporando a mi vida. De repente dejó de ser solo la historia de mi papá y se convirtió en la mía también. Cuando yo era niña, en esas típicas cajas de fotos familiares había un retrato que me intrigaba y yo le preguntaba a mi madre: “¿Quién es ella?”. Y mi mamá me respondía: “Una prima de Hungría”. Después, cuando supe la verdad, mi madre me dijo que esa prima en realidad era mi hermana. Hubo un momento, probablemente hacia fines de la dictadura, en que saqué la foto de esa caja de los recuerdos, le hice una copia y la colgué en mi dormitorio.

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—¿Cómo ha tomado tu familia esta nueva presencia?

—Muy naturalmente. De repente comenzamos a darnos cuenta de que se parecía mucho a mi hija Susana. En 1991 fuimos con mis hijos a Israel, y visitamos Yad Vashem, que es el lugar de la memoria. Decidí preguntar en el mesón de información si tenían más antecedentes sobre mi hermana. Estaba con Arturo, mi marido, y entre los nervios di el nombre: Katherine Politzer, y digo que era de Hungría. La persona en el mesón me dijo: “Ah, entonces no es la que encontré, porque ella era de Checoslovaquia”. Las piernas se me hicieron de lana y no me salía la voz. Entonces Arturo dijo: “Sí, sí, ella”. Ahí me dieron un certificado que dice muy poco, pero que confirma que la última vez que se le vio o se supo de ella fue en el campo de concentración Theresienstadt.

Ahora, cada vez que me pasan cosas importantes, buenas, no puedo evitar pensar en ella, que desapareció en un campo de concentración a los 13 ó 14 años ¡Una preadolescente! Se me aprieta el corazón pensar en esta vida truncada sin razón. ¿Qué responsabilidad en este mundo podría tener una niñita que vivía en la ex Checoslovaquia, que tuvo la mala suerte de nacer en un hogar judío? Esa era toda su culpa y marcó su destino de esa manera tan tremenda. Pienso en la vida que pudo haber tenido y que no tuvo.

—¿Cómo ves, con la perspectiva de esta experiencia, la insistencia de algunas personas en dejar atrás las violaciones a los derechos humanos ocurridas en Chile?

—La memoria es fundamental para el Nunca Más. Es así de simple. Si olvidamos los horrores de los cuales hemos sido capaces los seres humanos, lo más probable es que podamos repetirlos. La memoria es indispensable y, en ese sentido, creo que una de las grandes cosas que hizo la Presidenta Bachelet fue la creación del Museo de la Memoria. Constantemente pregunto a la gente si lo conocen y me sorprende que hay muchísimas personas que no han ido nunca. Creo que debiera ser obligación de los colegios llevar a los estudiantes. Las nuevas generaciones no pueden crecer sin conocer a fondo lo que ha pasado en sus países, en Latinoamérica y en el mundo, porque el riesgo de la repetición es demasiado grande.

—¿Qué te parecen las expresiones recientes de personajes como el diputado Urrutia o Patricia Maldonado, justificando o ensalzando las violaciones a los derechos humanos?

—Soy periodista y creo en la libertad de expresión de la manera más amplia e irrestricta posible, pero la incitación al odio debe estar prohibida en una sociedad democrática. ¿Dónde estaría mi límite? Hay muchos que alaban las reformas económicas de Pinochet y creo que ese debate es legítimo y hay que discutirlo con argumentos. Lo que no se debiera permitir es la apología de las violaciones a los derechos humanos ni el negacionismo. Si llegamos a aceptar que violar los derechos humanos es bueno en ciertas circunstancias, estamos perdidos.