Con objetivos muy diversos, todos han podido ganarle a la realidad que les tocó vivir.

La cruzada de los Awkas

Todos los sábados, cerca de 35 hombres se juntan en las canchas de El Salto #3810, en Huechuraba. Unos llegan en jeep o camioneta, otros a pie. Son las diez de la mañana y ya debieran tener el uniforme puesto para aprovechar al máximo las cuatro horas de ejercicios que se vienen por delante. El entrenador de Awkas —que significa “rebeldes” en mapudungún— pasa mentalmente la lista: Aparecen los hermanos Steinsapir, el Ahumada, el Eyzaguirre, el Hualpa y el Vicencio… Hecho esto, grita “huddle” y el grupo se reúne automáticamente para partir a un trote de veinte minutos.

Unos amigos soñaban con ser como los jugadores que veían en las películas gringas. Corría el 2004 y decidieron practicar en el entonces Parque Intercomunal de La Reina. Todos en short, sus jornadas consistían en lanzarse la pelota. Se autodenominaban Avalancha y competían ocasionalmente con el único equipo de fútbol americano que existía además de ellos, el Cañoneros de Viña del Mar. Tres años después, unos entrenadores australianos llegaron al país con la intención de profesionalizar este deporte. Un solo correo bastó para que se hiciera el contacto y Awcas comenzara a jugar tal como se hace en Estados Unidos.

El equipo tiene jugadores de distintas realidades económicas: Jóvenes a los que nunca les ha faltado nada, pero también a los que trabajan para contribuir en su casa. Pensando en el futuro, algunos padres se han acercado al entrenador con dudas. En el caso de familias con recursos, éstos preguntan sobre las proyecciones y beneficios que traerá el fútbol a sus hijos. Los padres más humildes le advierten que si su hijo se lesiona, la casa prácticamente podría quedarse sin comida. Pero esto es algo que les preocupa sólo a los grandes. Porque los integrantes de Awcas únicamente piensan en seguir entrenando, cuatro horas todos los sábados, para así ojalá salir campeones de la Liga Nacional este año.

Enseñando en silencio

Durante la última versión de la Feria de Arte Contemporáneo (ChACO), había una joven crespa que llegaba todos los días a instalarse en el mismo lugar. El sector contaba con paneles de cuadros que, además de tener imágenes texturizadas, eran exhibidos junto a placas escritas en Braille. Camila Zamora (25), la guía contratada especialmente para los visitantes sordos, era también la persona que figuraba en una pantalla donde se explicaban las obras de la exposición mediante lenguaje de señas.

En la familia de Camila no hay antecedentes de sordera, pero al nacer tuvo, según sus palabras, sufrimiento fetal. Así, la niña nació y contrajo un virus que detonó una sordera absoluta. De chica, Camila asistió a una escuela especial para sordos, y con sus compañeros jugaba a ser la profesora que enseñaba a los alumnos a dibujar. Siempre le gustaron la pintura, el bordado y las artes manuales en general. Cuando pasó a primero medio —como en Chile hay educación diferencial sólo hasta octavo básico— tuvo que matricularse en un instituto comercial donde compartiría con personas oyentes. Allí comenzó a sentirse distinta, también porque en ese colegio la hicieron elegir una especialidad comercial y, la contabilidad, no era precisamente lo que buscaba.

Camila no obtuvo buen puntaje en la PSU pero quería estudiar. Fue a probar suerte a la Universidad de Chile, donde le dijeron que sólo podía asistir a cursos de extensión y talleres los sábados. Por suerte en su visita a la Universidad Católica, se enteró del Programa para la Inclusión de Alumnos con Necesidades Especiales (PIANE), que desde 2007 ha integrado en sus aulas tanto a discapacitados físicos, como a personas ciegas y sordas. Si bien éste no subvencionó su carrera —recién este mes existirán las becas por discapacidad—, sí le permitió estudiar y contar con un intérprete en lenguaje de señas para algunos ramos.

La escritura para un oyente no es igual que para un sordo. Esto fue lo que nunca entendió una de las profesoras universitarias de Camila, la que no modificó su cátedra cuando supo que tenía una alumna diferente entre sus filas. Si bien pensó en abandonar la carrera en primer año, Camila nunca reprobó un ramo y hoy ya es egresada de Licenciatura en Arte, mención Grabado. En marzo próximo, además defiende su memoria “Sordomundo”, con la intención de seguir estudiando Pedagogía en la misma universidad.

Si Camila hiciera una visita guiada imaginaria de su historia amorosa, hablaría del único pololo que ha tenido y con el cual duró cuatro años. Tras el quiebre de la relación, decidió que lo único que la iba a mantener ocupada sería el estudio. Mientras aparece alguien que valga la pena, se abstrae mirando las obras de sus artistas favoritos como Leonardo da Vinci, Pablo Picasso, Claude Monet o el japonés Ai Weiwei.

El africano impasible

Es 23 de enero por la tarde. Un grupo de unas cincuenta personas está reunido en un edificio céntrico de Santiago. A días de la cumbre CELAC-UE, los distintos representantes de ONG que ahí están, se organizan para marchar pacíficamente. Destaca entre ellos el único hombre negro que además viste terno y corbata, porta un bolso tipo Louis Vuitton y usa un reloj de pulsera plateado. Su nombre es Prince  y preside Ubuntu Africa Chile, organismo que se dedica a defender los derechos de africanos viviendo en Chile.

Prince Isemwami (28) estudiaba Leyes en República Democrática del Congo —su país natal—, cuando pensó en conocer Australia. Como en ese entonces El Congo no contaba con embajada australiana, tuvo que viajar a Kenia donde, por diferentes motivos, le rechazaron la visa las tres veces que la pidió. Una tarde, mientras Prince conversaba con sus amigos en un restorán, un chileno que escuchó su historia se acercó para contarle de la buena relación económica que Australia tenía con Chile, y lo instó a venirse para así conseguir el visado australiano.
Cuando  pisó suelo nacional, Prince se dio cuenta de que era negro. Hace siete años, la gente incluso le tiraba besos o hacía reverencias ante él en la calle. Se sentía extraño, también porque sólo sabía decir “hola” y “gracias” en español. Creía que Chile era como Brasil, en el sentido de la diversidad cultural, pero se equivocó. Al enterarse que debía vivir un año en el país para recién postular a la visa australiana, no le quedó más que ponerse a buscar trabajo.

Luego de algunos episodios de discriminación, Prince inició labores como conserje en un hotel y hace cuatro años creó Hakuna Matata, empresa que ofrece muestras de baile, gastronomía, vestimenta y arte africanos. Le ha tocado viajar por todo Chile, saludar a autoridades y mostrarle Africa a todo el mundo que conoce. En el trayecto también conquistó a una chilena, a la cual conoció en una fiesta en la que se celebraba la Independencia del Congo. Junto a Malaika, su novia, Prince planea casarse algún día y tener hijos.

De lunes a viernes, además de administrar su ONG, Prince trabaja en el lobby del Hotel W, y en año académico, estudia Hotelería en un instituto. Pero lo más importante, por cierto, es el sueño que tiene de levantar un centro cultural ciento por ciento africano en Santiago. Y piensa que no se irá de aquí hasta cumplirlo.

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