Todas las mañanas, a las 7.30, Juan Ignacio Correa baja en su viejo Volvo del 2006 desde su casa en el sector de Los Trapenses hasta las oficinas del estudio Correa&Gubbins, en el corazón del barrio El Golf. No hay nadie a esa hora del día en el piso 11. La gente recién aparece pasadas las nueve. Se encierra en su despacho, donde tiene un par de diccionarios, las fotos de sus cuatro hijos, un óleo de Alfredo Echazarreta y un grabado con la V de la victoria de la campaña de Velasco (con dedicatoria de candidato incluida), y escribe, sagradamente, por más de dos horas. Pero no alegatos ni oficios. Escribe ficción.

“Me basta el silencio total y la luz que entra por los ventanales”, dice este abogado, tuitero y comentarista de libros, en la misma oficina en donde él ha fraguado la defensa de la CMPC o de la Empresa Portuaria San Antonio, clientes que forman parte de un grupo variopinto que incluye también a Leonardo Farkas y Parived, entre muchos otros. Enfrentado a esa realidad, Juan Ignacio Correa —como le pudo ocurrir en su momento a Kafka, a John Grisham o a Ildefonso Falcones, todos abogados y escritores— ha tenido que dividir aguas entre el litigante y el escritor.
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“Es que no se acoplan del todo bien. El abogado litigante es un hombre exterior, sobre todo cuando está en los tribunales; en cambio, el escritor Juan Ignacio Correa, es un hombre muy interior. Entonces, debo descontaminarme de la escritura jurídica, tan rígida y algo grandilocuente para entrar en la escritura literaria, más sinuosa y modesta. Aun así, tengo que estar con los ojos alerta y borrar mucho, porque siempre se cuela”, dice.

Devoradas es su segunda publicación, la primera fue Al otro lado (2005), una novela que narra, en diferentes voces, la historia de mujeres que aman demasiado. “Siempre me ha llamado la atención esa capacidad infinita de dar amor que tienen las mujeres, el hecho de que sean devoradas por el amor. La mujer chilena, cuando se compromete lo hace a concho, en cambio siento que el compromiso del hombre es más débil, como que están más propensos a otra relación”, cuenta.

La idea le venía dando vueltas desde los días en que hizo su práctica de abogado en un consultorio en San Miguel. “Me impresionó el matriarcado chileno. Llegaba gente muy modesta, el problema era del hombre, pero quien hablaba y llevaba la voz cantante era la mujer. Es más, cuando le hacías una pregunta al hombre, éste, antes de responder, miraba a la mujer. Desde entonces soy un convencido de que Chile es un matriarcado”, explica.

Devoradas le tomó 10 años. Influenciado por la película Rashomon, de Akira Kurosawa, y el libro El diablo en la cabeza, de Bernard-Henri Lévy, optó por una estructura coral. Tuvo un primer borrador ya en 2006, que leyeron Pablo Simonetti, Carla Guelfenbein y el poeta Martín Gubbins. Pero como es un obsesivo de la corrección y como no resulta fácil contar una historia a varias voces, había veces que el manuscrito entraba en un proceso de guarda, incluso por seis meses, para luego retomarlo. El tiempo ha jugado en su favor y así dan cuenta las palabras de Héctor Soto en el lanzamiento del libro: “Después de esta novela la cosa cambia, ya no es un abogado que escribe novelas. En rigor, ahora es un escritor que también ejerce el derecho”.

Después de esta novela la cosa cambia, ya no es un abogado que escribe novelas. En rigor, ahora es un escritor que también ejerce el derecho.

Ha sido un año agitado para Correa. No sólo por la novela, la candidatura de Andrés Velasco a las primarias le robó buena parte de su tiempo y energía. “Sabes, el día de la elección, durante un asado que hicimos en la casa del propio Andrés, Antonio Bascuñán me decía: ‘Qué difícil ha sido para nosotros la vida política, hasta ahora votando por el mal menor’. Ahí lo vi con claridad: ¡nunca había votado por un candidato que me representara completamente!”.

—¿Y usted cree que la mayoría de quienes votaron por él lo hicieron con la misma convicción suya?
—Pienso que sí. La oferta de Velasco de restablecer las buenas prácticas, fortalecer las libertades individuales y ampliar la representación ciudadana caló profundamente, sobre todo en la gente joven. En las mesas nuevas, donde había gente que votaba por primera vez, Andrés obtuvo un 17 por ciento a nivel nacional. Ese es un voto duro para lo que Velasco representa.

—Usted trabajó en los temas jurídicos cuando se discutió si Velasco se bajaba de las primarias para ir directo a la elección de noviembre, ¿esta opción fue una alternativa real?
—Había un grupo que pensábamos que debía llegar a noviembre y otro que era de la idea que debía permanecer en el bloque donde se había iniciado, que fue el criterio que finalmente primó. Soy obediente y me sumé a trabajar con la misma intensidad que si hubiéramos ido directo a la elección de noviembre.

—Hagamos política ficción, ¿cómo se imagina esa elección con Matthei, Bachelet y Velasco?
—Hubiera tenido una alta votación y, en una de esas, hasta ganaba. Pero eso significaba contar con una infraestructura que no teníamos, con una capacidad financiera para la que no estábamos preparados y con una disponibilidad de capital humano con la que tampoco contábamos. Creo que no estábamos maduros para ir a una elección solos, sin ser representante de alguno de los dos bloques.

—De cualquier forma, Velasco parece ser seductor para la derecha.
—A la derecha le gusta mucho la parte del cerebro tecnocrático de Andrés, considera que le da seguridad macroeconómica. Pero el proyecto es más que eso. Estamos postulando un cambio político–cultural profundo.

—El plan no se detiene.
—No. Estamos en plena reorganización. Hay varios subgrupos trabajando. Uno de los temas más importantes es resolver el instrumento que empujará el proyecto, si tenemos que crear un nuevo partido político o un movimiento. Estamos casi convencidos de que dar forma a un nuevo partido nos va a desgastar demasiado en lo organizacional. Y atendiendo a la gente joven que convocamos en las primarias, que se siente cómoda en las redes sociales, con el traspaso de información, con un feedback que fluye de un lado y otro, muy vivo, pensamos que un movimiento es más pertinente en esta primera etapa. Queremos consolidarnos con la gente que representamos.

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—¿Ya están mirando las elecciones de 2018?
—Al menos yo sí; el apoyo que obtuvo en las primarias coloca a Andrés Velasco como el primer presidenciable de 2018.

—¿Con votos de la derecha?
—Lo que pasa es que el país se modernizó. El juego de palabras de derecha e izquierda resulta súper anacrónico, salvo para aquel grupo duro muy vinculado al pinochetismo y que añora la ‘democracia protegida’ del guzmanismo y la UDI. Pero si le hablas a los hijos de ese sector de derecha e izquierda, es como hablarle a cualquiera de nosotros de las guerras púnicas.

¿Qué echa de menos en candidatas como Matthei y Bachelet? “En el caso de Evelyn —dice— serenidad y trasparencia. Hasta el día de hoy no está clara su participación en el Caso Kioto-Secuestro hijo Piñera, un tema muy oscuro dentro de la política chilena, el chantaje cívico-militar más brutal de la historia”.

—¿Está afirmando que ella participó de dicho chantaje?
—No. Ella prendió la mecha en el Caso Kioto y uno tiene que ser responsable si enciende una mecha de prever hacia dónde puede ir la cosa. Ella optó por participar en ese chantaje y no previó sus diferentes rumbos. A mí me da muy poca confianza.

—¿Cree que eso la invalida como candidata?
—Mucho más que eso, invalida al sector que representa.

—A propósito de la candidata Matthei, ella señaló que no tenía por qué pedir perdón por los crímenes de la dictadura, ya que para el Golpe tenía 20 años, ¿qué opinión le merece esa declaración?
—Me enternece su amor filial.

—¿Y respecto de Bachelet?
—Bachelet no tiene un liderazgo sustantivo. No está dispuesta a gastar su capital político o su gran reconocimiento ciudadano. El poder por el poder. Ella tiene una primera etapa antes de las primarias, donde da pasos decididamente hacia una política más izquierdista. Y una segunda, donde aparece reculando. No tuvo el liderazgo para lograr que hubiera primarias parlamentarias. Es más, se abstuvo, lo que es grave. Después hubo primarias truchas y, en algunas partes, primarias a dedo.

—¿Por quién va a votar en noviembre?
—Por el momento, ninguna de las candidaturas presidenciales me atrae. Si la elección fuera mañana, no voto.