Con sentimientos encontrados. Así se siente Jovino Novoa (68) a tres meses de que Sebastián Piñera le entregue la banda presidencial a Michelle Bachelet, cumpliéndose la profecía de que el gobierno de derecha sería sólo un paréntesis.

“Hay satisfacción porque se hicieron muchas cosas: la rápida reconstrucción del país tras el terremoto; en Educación se rebajó la tasa de los créditos universitarios y aumentó la cobertura de becas, quedando pendiente la calidad… El crecimiento y empleo también fueron puntos importantes”, reflexiona el senador UDI, que en marzo dejará el Parlamento pero no la política. Seguirá asesorando al gremialismo, participará en la formación de jóvenes a través de la Fundación Jaime Guzmán y pretende retomar su trabajo como abogado.

El sabor amargo, dice, no es sólo por los resultados electorales, donde además del bajo apoyo a Matthei, la UDI perdió nueve diputados en las parlamentarias. “Como gobierno no pudimos hacer conciencia de que todo lo que el país ha experimentado en los últimos 30 años es consecuencia de un modelo exitoso. Hoy está todo cuestionado: la institucionalidad política, el modelo económico. Hemos retrocedido en la defensa del sistema que ha sido excelente para Chile”.

A pesar del aplastante triunfo de Bachelet, Novoa repara en la baja participación en las elecciones (47 por ciento). Por lo mismo, antes de llegar a La Moneda, le advierte: “Fueron legítimas, pero no tiene el mandato ni representatividad para posiciones extremas”.

—Dice que el modelo es exitoso, pero a ojos de muchos fomenta la desigualdad.
—En eso se ha mitificado y caído en un discurso político contraproducente y falso. La brecha de la desigualdad ha disminuido de manera significativa en los últimos 30 años. Obvio que aún existe, pero hay una notoria diferencia, y es porque se ha avanzado en el acceso a la educación y en la generación de empleos que permiten buenos ingresos. Sin embargo, la desigualdad pasó a ser una especie de consigna, y se le quiere solucionar desde una perspectiva negativa, cuando lo más importante es crear condiciones de crecimiento. No hay país que no haya superado la pobreza e inequidad sin desarrollo económico.

—¿Qué corrección le haría al sistema entonces para evitar diferencias evidentes?
—Antes la pobreza y la extrema pobreza estaban a la vista, hoy no; es el primer paso. No quiero la igualdad de Cuba donde las personas se alimentan con tarjeta de racionamiento; ni tampoco la de Haití donde la pobreza es general. Quiero la igualdad de países de Europa, que la han logrado después de un proceso de crecimiento y educación. Lo más fácil es decir “cambiemos el sistema”, y podemos terminar en estancamiento, volver a la pobreza y mantener la desigualdad.

—¿Ve esa amenaza ahora?
—La veo. La Concertación y el PC sostienen que hay que cambiar la Constitución sin apreciar la estabilidad que nos ha dado en estos 30 años. Quieren asamblea constituyente porque según ellos, ‘no da para más’, lo que hace que cualquiera se retraiga. Pretenden cambios profundos al sistema de pensiones. Que se administren los fondos de los trabajadores de manera independiente al Estado, ha producido un mercado y un sistema financiero profundo y sólido.

—Pero que sólo ha enriquecido a las AFP.
—Las malas pensiones se deben a los períodos largos en que la gente no cotiza por desempleo u otras razones. Además, este sistema se creó hace tres décadas, en que las expectativas de vida eran menores, y se pensó que un 10 por ciento de ahorro sería suficiente para cubrir la vejez. Se demostró que no es así, y lo debimos cambiar hace años. Sin embargo, se le mira como nefasto, cuando en Chile ya tuvimos un sistema de reparto que terminó quebrado, donde los con más bajos ingresos tenían jubilaciones miserables, y los más organizados, jubilaciones altísimas. Se habla además de cambiar el sistema de propiedad privada, que la minería, agua y espectros radioeléctricos sean de propiedad pública, donde el único beneficiado es el gobierno de turno. Me preocupa el futuro, Chile está muy lejos de alcanzar el desarrollo, de tener sus problemas superados como para darse el lujo de un estado benefactor.

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“Perder el gobierno no sólo fue culpa nuestra, la Concertación también hizo su pega, y tuvo la habilidad de tomar los temas de los movimientos sociales, como la crisis del endeudamiento, y transformarlos en consignas como: no al lucro, volvamos a la educación pública gratuita. Suena muy bonito, pero en la práctica, ¡no se puede! Cuando yo estudié en la universidad, había educación gratuita para todos, pero ¿quiénes eran todos?, el 2, 3 por ciento más rico que podíamos llegar a la universidad; el resto ni siquiera había terminado la básica. Y en la derecha nos compramos lo del lucro satanizado, de los abusos”.

—¿Y la corrupción en el sistema de acreditaciones en algunas universidades no fue motivo suficiente para satanizarlo?
—La corrupción venía del Consejo de Acreditación, que es un organismo público, y la habilidad política de la Concertación fue decir que el sistema completo era malo. Ellos se beneficiaron del modelo durante 20 años, los mantuvo en el poder mientras el país crecía y funcionaba. Cuando lo perdieron optaron por recuperarlo diciendo que el sistema fracasó. Y nuestra debilidad fue comprarles esa tesis.

—Ha sido un modelo que se ha prestado para abusos, como demostró el caso La Polar, Cascadas, Cencosud…
—El sistema debe mejorar el control y la fiscalización. Hay abusos en los sectores privado y público, pero la experiencia muestra que en el primero, se persiguen y sancionan; en cambio los del ámbito público, pasan piola. Hemos conocido casos evidentes, donde al final la cuenta no la paga nadie, pero aquí tampoco defendimos nuestras ideas.

—¿La derecha se avergüenza de defender sus convicciones?
—Hay temor de manifestarse abiertamente. Debemos mostrar mayor convicción y explicar que hay una relación causa-efecto. Si uno no conociera Chile, y escucha los discursos de la Concertación y el PC, creería que este país está destruido. En un mundo globalizado, de conocimiento y de las comunicaciones, ¿qué sistema nos permite enfrentarlo mejor? ¿Uno rígido, de planificación centralizada, de concentración de poder en el Estado o uno que crea en las libertades, emprendimiento y con distintos sistemas educacionales?

—¿Cómo lo harán para defender sus ideas en el Congreso ahora que son minoría?
—Así como ellos tuvieron la habilidad de llevar las aguas de los movimientos sociales a su molino, nosotros debemos hacer lo mismo.

—El discurso de la calle calza más con lo que ofrece la Nueva Mayoría.
—No todos los universitarios son de la izquierda rupturista o anárquicos como los que ganaron en la Fech, muchos no quieren que la universidad pase tomada; lo mismo ocurre con los padres de colegios que quieren que sus hijos estudien, pero no tienen cómo expresarse. Debemos reformular nuestra actividad para sintonizar mejor con la gente y no aparecer como los defensores del statu quo. En lo político, se plantearán temas que serán aprobados en el Congreso, pero por el futuro de nuestras posiciones, debemos dejar testimonio de que esas medidas provocarán problemas; y si ocurre, que se asuman los costos.

—¿Qué rol jugará la DC?
—La Democracia Cristiana está anulada, nunca había visto una bancada menos gravitante. Se vio en la votación de la subvención escolar preferencial que se iba a anticipar a los 3° y 4° medios, que beneficiaba a 200 mil estudiantes. Fue aprobada en la cámara de diputados con voto DC, pero por orden del comando de Bachelet, cambiaron su votación, y la Falange entera votó en contra, porque no iba con la ideología socialista que quiere educación estatal. Fueron doblegados, entonces, ¿qué rol jugarán?; ¡los pasarán a llevar!

—¿Cree como Lucía Santa Cruz que Bachelet instalará el socialismo?
—Sí, y la criticaron tanto como al ministro Larroulet cuando dijo que habían bajado las inversiones; lo trataron de terrorista.

—El mundo atraviesa por crisis económica.
—Perú también está en el mundo, y creció mucho más que nosotros, y varios proyectos mineros se están yendo para allá. No es culpa de Bachelet, hay parte de responsabilidad de este gobierno que no fue capaz de impulsar una política energética, y estamos pagando la energía más cara de Sudamérica.

—¿Aquí también ‘mandaron’ los movimientos sociales?
—Claro, se ‘tuitiaron’ Barrancones; con 1.500 tuits, ¡se bajó! ¿Y eso se corregirá con Bachelet?, yo creo que se va a agravar.

—¿Determinó en el bajo apoyo a Matthei el rol del Presidente en los 40 años del Golpe?
—Causó daño. Se puso en el eje de la izquierda de hacernos discutir sobre lo que pasó en Chile hace 40 años, y le quitó el objetivo que tenía Evelyn de tomar lo bueno del gobierno y proyectarse. Además, le impidió emplazar a Bachelet para que diera cuenta de su programa, sacarla de la postura evasiva que tuvo en su campaña.

—Muchos lo vieron trabajando para su regreso el 2017.
—Es legítimo que él tenga una posición, pero resulta que fue elegido con los votos de la derecha y centroderecha, y no tenía por qué poner en una situación incómoda a muchos que estaban trabajando incluso en su gobierno. Tratar de cómplices pasivos, decirle a Evelyn que se había equivocado. Se puso a un lado, y dejó al resto en el otro, o sea el 43 por ciento se equivocó… “Piñera se equivocó medio a medio, y si tenía algún cálculo, ¡también se equivocó!”.

—¿Por qué lo dice?
—La izquierda es implacable con cualquiera que tenga un proyecto político. Cuando Joaquín Lavín perdió por 30 mil votos con Ricardo Lagos, se transformó en un adversario, y lo destrozaron como alcalde de Santiago.

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—Se ve deslealtad en la derecha. Usted también contribuyó con su libro Con la fuerza de la libertad, donde criticaba al Presidente.
—Si hubiéramos reaccionado a tiempo, habríamos tenido un mejor resultado. Nunca es deslealtad decir lo que se piensa.

—¿No corresponde hacerlo a puertas cerradas, como se le critica a Ossandón?
—Veía que el eje se corría a la izquierda y era legítimo plantearlo. Mis críticas fueron oportunas, no podía hacerlo ahora por la elección, ni tan anticipado porque requería de una reflexión.

—¿Piñera hizo un gobierno de derecha?
—En gran parte sí, pero con el defecto de no defender los principios. Nuestro eje es la libertad, el estímulo al esfuerzo, con derechos y responsabilidad en nuestros destinos.

—Sin embargo, hoy se ve una derecha que gira más al centro, con mayor apertura en temas valóricos y más crítica del sistema.
—Si hay una derecha más liberal en lo valórico, me identifico. Pero no me digan que es liberal un Estado que sólo apoya la educación pública, ¡es la antítesis de lo liberal!

—Con una derecha que se corre más al centro, mientras usted defiende el legado de Pinochet, ¿no teme quedar solo en lo político?
—El Golpe fue hace 40 años, el gobierno militar terminó hace 24, si hay gente aún anclada al pasado no es un tema de ser liberal o no, es un problema casi sicológico de no mirar hacia adelante. La UDI es un proyecto libre de las circunstancias históricas, no giramos en torno a Pinochet.

—¿En qué se diferencia del ala liberal?
—No creo bueno subir impuestos ni me compro el eslogan del no al lucro. También soy partidario de un sistema de salud pública y privada. El que puede pagar una isapre, ¡que la pague! En lo valórico interpretamos a un sector importante que cree que el matrimonio es para heterosexuales y el AVP para uniones homosexuales. No me siento aislado.

—¿Qué viene para la derecha ahora?, ¿deben refundarse sus partidos tras la crisis?
—La UDI no está en crisis, y es un grave error pensar que para construir algo, hay que destruir. Se debe hacer un trabajo interno importante; los partidos se construyen sobre la base de ideas, redes, búsqueda de dirigentes y entrando en los movimientos sociales.

—Tras el retiro de Longueira, gremialistas han dicho que usted quedó sin contrapeso para imponer su doctrina, y que la UDI se convertirá en el partido de los poderosos.
—Es una interpretación antojadiza. La UDI nació con sentido popular y con una clara nitidez doctrinaria, así crecimos y llegamos a ser el partido más grande. Quizá fuimos muy complacientes y nos olvidamos del trabajo de base. Pero oponer lo popular a la doctrina, es una falacia.

—Iván Moreira anticipó que sin Longueira no valía la pena seguir en el partido.
—Será su opinión, pero la UDI es mucho más que sus dirigentes. Por supuesto extrañaremos a Pablo, al igual que a Jaime Guzmán y a otros que ya no están, pero es parte del desarrollo dejar paso a otros. Crisis sería no tener a nadie que reemplace.

—Se ven dos corrientes en la UDI, una más ‘progresista’ representada por Andrés Chadwick y el propio Longueira que dijo que las ideas de la centroderecha estaban muy bien expuestas por Sebastián Piñera.
—Todos tenemos claro que nuestro proyecto trasciende una elección, un liderazgo y un gobierno, más allá de las diferencias que podamos tener. Para mí, es más importante la UDI que un cargo o estar en el gobierno, y eso lo puedo decir ahora. Y es nuestra gracia. Tenemos un proyecto que convoca, con la convicción de que uno entra a la política no para servirse, sino para contribuir al desarrollo del país.

—¿Nunca hubo rivalidad con Pablo Longueira por influir en el partido?
—Eso no existe. Insisto, lo que nos hizo crecer fue nuestra capacidad para penetrar en las poblaciones y la claridad de las ideas, convirtiéndonos en un partido confiable y predecible; la gente sabe nuestra ubicación, y eso es un patrimonio en política.

—¿No cree en un nuevo referente en la derecha a pesar de que ya se estaría conformando el piñerismo?
—No, y espero que no haya personalismos en política. Sería un error, para eso está RN, la UDI, ¡hay una alianza! Y si Evópolis quiere transformarse en un partido, ¡perfecto!, mientras no destruya a otros. No creo que para refundar algo, haya que terminar con lo existente. Es fácil decirlo desde un escritorio; en la práctica, hay que trabajar, recorrer el país.

—¿Y si el mejor posicionado para el 2017 fuera Sebastián Piñera, lo apoyaría?
—Está en su derecho ser candidato, ya hay no sé cuántos, no me sumaré a ese carnaval. Solo puedo decir que no se reemplazan los partidos y el trabajo permanente en política con candidaturas ni personalismos; la UDI no lo permitirá. La derecha ha cometido muchos errores, pero ha tenido la virtud de institucionalizar partidos, que no han sido de caudillos, sino bien organizados. A unos les podrá ir mejor o peor, pero en política son fundamentales.