Desde hace un tiempo que José Joaquín Brunner es mirado por muchos de su sector como uno de los nuevos díscolos de la Nueva Mayoría. Primero,  porque siendo militante PPD, apoyó abiertamente la candidatura presidencial de Andrés Velasco —a quien ve como el hombre para dirigir el país el 2018— y, aunque tras las primarias se alineó con Bachelet, hoy se identifica más con el movimiento Fuerza Pública  del ex ministro de Hacienda que con la tienda de Girardi y sus socios. “Mi compromiso siempre ha sido al interior de la Concertación, hoy transformada en Nueva Mayoría dentro de la cual Andrés nace y se desarrolla. Ahora él representa una visión socialdemócrata más moderna que me identifica, y mi aporte siempre ha sido desde el terreno de las ideas y no de los partidos. Por eso me acomoda mucho mi actual posición”.

Académico de la UDP, ex ministro de Eduardo Frei y experto en educación —es sindicado como uno de los ideólogos del actual sistema, lo que hace unos días le valió una funa por parte de estudiantes universitarios— con Mariana Aylwin y algunos DC ha liderado dentro de la Nueva Mayoría la postura ofensiva a las reformas educacional y tributaria que intenta llevar adelante Michelle Bachelet, a su juicio, mal diseñadas, sin prioridades ni carta de navegación y con poca capacidad comunicacional. “Desde ese punto de vista, el gobierno sigue al debe”, afirma. Y fundamenta su crítica: “Me sorprende su mala estrategia. Desde empresarios hasta la Iglesia coinciden en que se necesita una reforma tributaria para educación, pero en vez de centrarse en eso, ponen los instrumentos por delante; un error táctico de la conducción política porque terminamos presenciando una discusión técnica entre las elites económicas respecto de si mover o no el FUT, si hay perjuicio para el ahorro e inversión, etc. Y el dogmatismo con que han defendido esos instrumentos nos llevó a un diálogo muy exasperado el primer tiempo, que ha ido normalizándose. El ministro Alberto Arenas ya dijo que a principios de julio presentará los cambios a la propuesta, que me imagino serán sustantivos y articularán un acuerdo general… Algo parecido uno espera que ocurra en educación”.

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—¿Qué rectificación espera que haga el ministro Eyzaguirre al proyecto que presentó?

—Todo el mundo se dio cuenta de que la ‘ley de los tres fin de’ (lucro, copago y selección) no tocaba la calidad; incluso el Ejecutivo lo reconoció…  Se partió con un diagnóstico equivocado. En la campaña se generaron grandes expectativas que el gobierno denominó como un ‘cambio de paradigma en la política educacional’, pero que en el fondo fue decir: ‘vamos a darle en el gusto al movimiento estudiantil’. Pero no resultó. No sabían que estas propuestas generarían una gran reacción en la Nueva Mayoría; entonces ahora, una vez más, de manera apurada y errada, tratarán de presentar en el más corto plazo un proyecto para fortalecer la educación municipal, pero también bajo presión. Falta una estrategia coherente donde se ubique el conjunto y la secuencia de los cambios que se quieren hacer;  eso todavía el ministerio no lo entiende y sigue improvisando para reaccionar y responder rápido frente a los que ejercen mayor presión. 

—Eso al final puede resultar un bumerán.

—¡Es un bumerán! Por eso insisto que mientras el gobierno no ordene ni aclare su estrategia de mediano plazo, —donde se articule a los distintos actores— y diga cómo usará los recursos de la reforma tributaria, seguirá la discusión muy desordenada, que le será difícil manejar. 

—Según usted, ¿por dónde pasa el mejoramiento de la calidad?

—Lo urgente y prioritario es la educación temprana de los niños, hay que empezar lo antes posible con un proceso de escolarización a través de jardines infantiles de máxima calidad, muy bien dotados de parvularias y asistentes. Eso demorará 15 a 20 años, y aún no hemos empezado. Luego, instalar los instrumentos para cultivar el autodesarrollo, la autoconfianza, las competencias precognitivas, el desarrollo del lenguaje, que son las bases del futuro aprendizaje, porque a esa edad es más fácil compensar las desigualdades de la cuna. Hacerlo a los 6, 7 años o a la altura de la PSU seguiremos otros 100 años fracasando. El segundo esfuerzo tiene que ver con la educación desde kinder hasta el grado 12. Gran cantidad de nuestras escuelas no son efectivas ni enseñan al ritmo que la sociedad requiere, y eso tiene que ver con los profesores, el cuerpo directivo y la gestión de las escuelas. Ahí debería estar centrado el debate, pero el gobierno se fue por la lateral y tomó un factor adicional menos importante que es el marco institucional que tiene que ver con las reglas de los sostenedores, regulación y  la estructura jurídica del sistema, sin darse cuenta que en ninguna parte del mundo eso hace la diferencia. Todavía prima una suerte de dogmatismo en los instrumentos. 

—¿En qué se diferencia con la derecha su postura y la de Velasco sobre el mejoramiento de la calidad?

—La derecha no tiene posición y ha defendido históricamente una política neoliberal, de entregar la educación a las dinámicas del mercado porque traería cierto orden. En los últimos 25 años hasta el gobierno de Sebastián Piñera fue contrario a inyectar más recursos con el argumento de que se perderían; sin embargo, terminó respetando todas las políticas de la Concertación y entendió que debía invertir más y bien. Y hoy gente de todos los sectores quiere la reforma tributaria para invertir bien en educación, pero no existe acuerdo sobre lo que es invertir bien. Y la incertidumbre se genera por la falta de claridad y porque el Ejecutivo se dedicó en la campaña a alimentar grandes expectativas en vez de ordenarlas. En una sociedad cada vez más desarrollada como la nuestra, las familias buscan participar e invertir en la enseñanza de sus hijos, y hoy exigen más desde el punto de vista de la calidad de la oferta, pero el gobierno no ha sido capaz de demostrar que eso le interesa, no ha explicitado cuánto va a gastar y eso hace la discusión difícil y confusa. Y ahora se abrirá más todavía cuando el ministro introduzca la enorme ley de fortalecimiento de la educación pública que está relacionada con la desmunicipalización. Es una tarea de inmensa magnitud, a la que hay que sumar el proyecto de fortalecimiento de la profesión docente del que no se han pronunciado.

—¿Qué pasará mientras con la paciencia de la gente? A Sebastián Piñera le pasó la cuenta el exceso de expectativas.

—Porque él durante el primer año y hasta el final mantenía esa actitud de que si habían expectativas altas, ¡el ponía más arriba todavía! Y en materia educacional decía: “si al gobierno le están pidiendo tres, ¡yo les daré cinco!”. Luego dijo que crearía un fondo que nunca se concretó, lo que produce exasperación. A los movimientos sociales lo que más les irrita son los mandatos que no definen un camino, aunque hoy están confundidos. La gente sabe que en educación nada se logra en un solo período, por eso cada gobierno debiera solucionar un solo gran problema de magnitud o proponer un camino de solución.  Lo increíble es que haya dirigentes políticos que lo aseguren, pero eso nadie se los cree.

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“Seamos claros, la gran reforma aún no empieza ni siquiera a hablarse. Hay tres proyectos que el gobierno llama la gran reforma porque los presentó los primeros 100 días, pero tiene clarísimo que no la conforman. Hay un malentendido y La Moneda ha contribuido en hacer creer a los chilenos que la reforma educacional es más grande mientras más proyectos, y ésta al final es un asunto de leyes. Hay decenas de cosas que podrían hacerse mientras con programas específicos: por ejemplo para el fortalecimiento del aprendizaje de las competencias de lectura, enseñar mejor inglés a los niños, familiarizar en el uso de las nuevas tecnologías. Son puntos vitales, pero en este momento no hay posibilidad porque están centrados en proponer leyes. Debieran partir aclarando que el mejoramiento de las oportunidades educacionales depende sobre todo del esfuerzo que hagan directores y profesores, de cómo las universidades estén formando docentes. Sin embargo, de ese tipo de cosas el gobierno no parece preocupado”.

—¿No querrán reconocer que erraron el camino?

—Nunca los gobiernos reconocen un error con facilidad, menos cuando es estratégico. La manera de hacerlo es empezando a corregir, cambiando los equipos o el tono, y eso se ha visto en el ministro de Hacienda que de polémicas apariciones diarias, ahora se le ha visto poco y enfocado en lo suyo, tratando de articular, aunque todavía no ha dado la primerísima prueba de cambios a un proyecto que articule al mayor número de gente. Porque si se enfoca en una coma y sólo busca un voto de mayoría, entonces no entendió nada. 

—¿Y qué ánimo ve usted: ganar por un voto o aplicar la política de los acuerdos?

— En la Nueva Mayoría están confundidos, aún vacila si tener una estrategia de confrontación o de articulación, por algo no tiene una carta de navegación clara. Una parte de la dirigencia ha hecho una campaña de desprestigio de los acuerdos, transformó en símbolo del fracaso el acuerdo que dio lugar a la Ley General de Educación (Lege) y cambió de visión al decir: “al final de cuentas tenemos tal votación, un Parlamento en que necesitamos un voto para ganar y así vamos a gobernar”. Sin embargo, en estos meses se dieron cuenta de que esa postura no los lleva muy lejos y que deben encontrar una fórmula para unir acuerdos e intereses. Como ha dicho Camilo Escalona, el Ejecutivo necesita en estas materias fundamentales unificar estrategias para que todos los actores concurran. Si se equivoca, es porque eligió el camino de inflar las expectativas y de confrontar al máximo cualquier voz que proponga algo distinto, en vez de escuchar y asimilar. Veremos  si en esta nueva etapa el gobierno tiene mayor modestia política…

—¿Ha actuado con soberbia?

—Algunos lo llaman soberbia, pero esta idea de calificar todo como un nuevo ciclo histórico, como una gran reforma escrita con mayúscula, un cambio de paradigma… Piñera tenía mucho de eso, de refundacional, de no contemplación de que todas estas cosas tienen una historia larguísima. Cómo pretenden cambiar un sistema educacional, su organización más profunda en pocos días, cuando es un árbol que ha echado raíces por más de 100 años. Hay que ir gradualmente y con sensibilidad histórica, lo que no han demostrado quienes conducen la reforma. Hablan de algo como si hubiese nacido antes de ayer y se pudiera cambiar para pasado mañana. Hay una ceguera con la historia… Este no es un sistema en crisis como lo han planteado,  hemos alcanzado los mejores resultados, con gran progreso en los últimos diez años, con mejorías en el desempeño y en cerrar brechas. Claro que permanecen severos problemas con la igualdad de oportunidades que al final es el mejoramiento de la calidad; hoy nuestro gran desafío. Y no habrá avances en eso, si nos concentramos en cambiar plata privada por plata pública. 

—¿Le falta calle al ministro Eyzaguirre, como aseguró Patricia Matte?

—Eso lo dijo alguien que lleva años en la Sociedad de Instrucción Primaria y la administración de colegios; me parece realista. Yo haría otra observación: el ministro lo que tiene es una visión extraordinariamente economicista de la educación, la idea de que ésta funciona por la forma en que se disponen los incentivos económicos. El incluso citó el refrán: “el que pone la plata, pone la música”. Es una equivocación que la derecha cometió tantas veces por su visión neoliberal. En el sistema educacional es muy secundario lo económico, es básicamente un sistema de cultura, proyectos, misiones; de gente que se forma en períodos largos, por eso no funcionan los incentivos de corto plazo como en otras industrias. No estamos produciendo cosas para el consumo, sino moldeando y cultivando personas para que vivan más dignamente en el siglo XXI. 

Apuesta por Velasco 2018. “El es una gran vertiente dentro de la socialdemocracia, concentra todo lo que fue la Concertación y buena parte de los que hoy están en la Nueva Mayoría, además de sectores modernos, gente relativamente joven y los nuevos grupos de clase media emergente que tienen en común que se proyectan sobre el capital educacional y cultural, y no sobre el económico. No son personas de grandes empresas o del sector público, sino los cientos de miles de nuevos profesionales y técnicos que Chile ha ido formando, que aspiran a que sus hijos tengan lo que ellos han alcanzado y más. Son ellos los que buscan estrategias para invertir más en educación de sus niños. Si el día de mañana no hay copago —que es un acuerdo que se puede lograr— no significa que dejarán de invertir en la enseñanza de sus hijos, sino que lo harán fuera de los colegios. Esas personas se identifican con Andrés porque entienden que es un tipo liberal, moderno, que cree en un estado de bienestar pero que no mata la capacidad de crecer. El chileno tiene claro que el país necesita que las personas trabajen, tengan empleo y sigan produciendo riqueza porque, de lo contrario, no hay posibilidad de mejorar educación ni de lograr una salud más justa”.

—¿Y MEO no reúne esos requisitos?

—Habrá gente que lo tenga como su opción principal, veamos cómo todo esto se desplegará en el escenario político. Pero insisto, creo que las ideas liberales y socialdemócratas modernas que respetan el crecimiento y lo ven como la mejor manera de distribuir oportunidades, serán en el futuro la corriente principal de esta sociedad.

—¿Eso puede significar un reordenamiento del mapa político? Muchos ven a Velasco como un posible candidato de la derecha…

—Esa frase la dice quienes no han entendido bien los cambios que se están produciendo, que nada de lo que hay le gusta demasiado y tampoco tienen una alternativa, entonces no les queda más que decir tonteras. No se ordenan así los mapas políticos, dependerá de las  dinámicas socioeconómicas y culturales. Hay que ver si el crecimiento sigue, si las expectativas se pueden ordenar… Se fortalecerán posturas de derecha si el gobierno se vuelve muy confrontacional, si la economía empieza a fallar, si Piñera vuelve a señalar: “les dije que no se producirían empleos y se desordenaría la economía”. Todo está abierto, aunque me parece prematuro hablar de candidaturas a cuatro años.

—El abogado Juan Ignacio Correa, que trabajó por la campaña de Velasco, afirmó que de haber sabido que el gobierno de Bachelet sería tan malo le habría aconsejado al ex ministro postular por fuera de la Nueva Mayoría, ¿coincide con él?

—No, porque Velasco nace de una tradición histórica, cultural y política muy potente en Chile que hoy representa la mayoría en un campo movible, y aunque muchos pensaron que tras las primarias desaparecería, a todos les resultan interesantes sus opiniones en distintas materias, y siguen pensando que es uno de los liderazgos potenciales. No me parece contribuir a esta crisis de extremismo dogmático diciendo que el gobierno lo ha hecho pésimo. No, no lo ha hecho pésimo: está indefinido, le critico muchas cosas, pero está en la curva del aprendizaje.