Abogado de la UDP y columnista del diario La Tercera, Jorge Navarrete Poblete (Santiago, 1970) renunció en octubre pasado a la DC, después de 25 años de militancia. Figura reconocida de los gobiernos de la Concertación e hijo de dos históricos de la colectividad —Jorge Navarrete Martínez y Patricia Poblete—, hacía tiempo no se sentía cómodo en el partido y las contradicciones que comenzó a sentir dieron origen a una reflexión profunda. La campaña presidencial de Claudio Orrego terminó por decantar el distanciamiento: “Pirincho” —como se le conoce en el mundo político— habló de “deslealtades”.

—¿Cómo se ha sentido en estos 10 meses lejos de la DC?

—Con más distancia de la que hubiera imaginado después de tantos años de militancia —señala mientras fuma y toma un cortado en un café de Rosario Norte, donde se ubica el estudio jurídico Del Río Izquierdo, oficina de la cual es socio y de donde presta asesoría corporativa y estratégica a varias empresas.

Navarrete relata que nunca fue un cuadro típico de la DC: “Probablemente hice uso y gala de mi libertad más allá de lo recomendable para un militante y nunca sentí mucho apego a las estructuras partidarias. Cuando me fui, sin embargo, los primeros meses fueron difíciles: me sentí más solo, menos conectado con mi comunidad política de referencia, lo que se fue corrigiendo con el tiempo. Hoy miro con bastante desapego ese proceso”.

—¿Qué papel debe jugar la DC en un conglomerado tan heterogéneo?

—La DC tuvo tres grandes momentos en su historia. El primero, cuando dejó el Partido Conservador para formar la Falange. El segundo, la Revolución en Libertad y el gobierno de Frei Montalva. El tercero fue la conducción de la transición democrática. Sostuve que no se avizora un cuarto gran momento y sigo creyendo lo mismo.

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—Pero es innegable su influencia.

—Aunque la DC seguirá siendo un partido relevante, su protagonismo e influencia irá decayendo en los años venideros. Su situación se asemeja a la UDI: la fuerza política más grande de su coalición, con gran ascendiente en la definición de políticas públicas e incluso con la posibilidad de inclinar la decisión por un candidato en desmedro de otro. Pero la Falange está condenada a no poder encabezar dicho proceso, al menos para la próxima elección. Así como la UDI supo que la única manera de llegar al gobierno era sin un hombre de sus filas, por los tiempos y momentos que se viven, tengo la convicción de que el próximo presidente de la República no será un DC.

—En ese paquete usted instala a la ministra Ximena Rincón y a Claudio Orrego, quien fue su precandidato.

—Ambos pueden ser candidatos en una primaria, perfilar un discurso, fortalecerse individual y colectivamente, e incluso poner a la DC en una posición más relevante. Sin embargo, por los vientos políticos, sociales y culturales que soplan, no creo que ellos, ni ningún otro militante del partido, tengan una posibilidad real de llegar a La Moneda el 2018 representando a la Nueva Mayoría.

—Y este asunto, ¿lo ha hablado con el intendente Orrego?

—He tenido pocas conversaciones, más bien personales, pero no hemos abordado esta cuestión ni tampoco lo referido a su liderazgo y proyección política. Claudio es como un hermano y seguirá siendo mi amigo para toda la vida. Lo que no significa que otra vez sea mi candidato.

—¿Cómo observa la disputa que se está consolidando entre Marco Enríquez-Ominami y Andrés Velasco?

-Se trata de dos figuras interesantes que representan proyectos políticos completamente diferentes. De hecho, la paradoja es que la viabilidad de la candidatura de Andrés pasa porque abandone la Nueva Mayoría y, en el caso de Marco, podría ser presidente sólo si regresa a su familia política de referencia.

—¿Se siente cercano a alguno de estos liderazgos?

-No tengo ningún compromiso. De hecho, no sólo es muy prematuro sino que después de una experiencia tan intensa como fue la de la candidatura de Orrego primero y mi renuncia a la DC después, ahora lo que quiero es un tiempo de mayor libertad y reposo. Además, y como quizá le sucede a cualquier pareja que se separa después de un largo tiempo, no parece muy saludable aparecer pololeando al otro día.

—Varios DC y ex DC están con Velasco.

—A ratos uno se confunde con Andrés. Velasco fue uno de los ministros más importantes de Bachelet en un gobierno muy exitoso, cuestión que obviamente él también capitalizó. Pero en su paso por Hacienda además ralentizó o derechamente detuvo varias iniciativas que hoy resultan tan obvias como urgentes. Después de perder la primaria apoyó a la actual Presidenta y su programa de gobierno pero, a muy poco andar, casi cuando el mandato se iniciaba, marca una distancia que coquetea con los planteamientos de la oposición, conducta que no sabemos si obedece a consideraciones tácticas, ideológicas, o a ambas. Entonces, es natural lo que le ocurre a Andrés: mucha de la gente que le gustaría que votara por él, lo observa con algo de distancia y recelo; y, en cambio, aquellos que Andrés dice no querer que voten por él, lo miran como una alternativa. En la geometría electoral y política de hoy, Velasco es más un candidato de centro-derecha que de centro-izquierda.

—Usted parece más cerca de ME-O.

—Soy amigo de Marco y le tengo gran afecto. Admiro muchos de sus talentos y, de la misma forma, me inquietan varias de sus carencias. Enríquez-Ominami debutó con gran éxito en la carrera presidencial con un discurso tan radical como crítico hacia la Concertación. La segunda elección fue completamente distinta y, a diferencia de lo que muchos creen, sostengo que obtuvo un interesante resultado a la luz de que enfrentaba a la Cordillera de los Andes, que es Michelle Bachelet. Y si hay una elección que Marco eventualmente pudiera ganar, es justamente la que tenemos por delante. Pero eso sólo podría ocurrir en la medida que entienda que la política es un proyecto colectivo y muestre una real voluntad de aglutinar primero y liderar después a esa gran mayoría política, social y cultural que es la centro-izquierda.

—Hablemos de la Presidenta, de la Cordillera de los Andes, como usted la llama.

—Bachelet fue, es y será un fenómeno político como probablemente no conoció la historia de Chile. La Presidenta sigue siendo impermeable a la disputa política y a los vaivenes de la coyuntura. Cada vez que interviene, y baja al ruedo, es la mejor arma para alinear y sacar adelante las causas que la convocan. El hecho de que encabece un gobierno cuya ambición y amplitud de reformas estructurales no conocíamos desde la época de Frei Montalva o la Unidad Popular, con todas las complejidades de estos primeros 6 meses, habiéndose tensionado tanto el debate público, de paso desatando todo tipo de pasiones y temores, y que mantenga un 50% de aprobación ciudadana, es francamente una cuestión sorprendente.

—De acuerdo a una encuesta de La Segunda-UDD, su comité político obtiene un 4,4 de nota como promedio.

—Esta Presidenta tomó una decisión inicial que consistió en no tener un “Segundo Piso” como tradicionalmente lo entendemos. En cambio, su círculo más cercano está instalado en los cargos de dirección política en La Moneda y en el Ministerio de Hacienda: Rodrigo Peñailillo, Alberto Arenas, Alvaro Elizalde y, en menor medida, Ximena Rincón, son probablemente las personas más cercanas. Y eso refleja un rasgo que percibimos cuando nombró el gabinete: haciendo esta vez caso a la intuición y poniendo su capital político sobre la mesa, no se rodeó —salvo honrosas excepciones— de personas que tuvieran un significativo patrimonio político o que gozaran de gran reconocimiento en la clase dirigente, sino que instaló a un equipo cuyo mínimo común denominador es haberse ganado su confianza.

—Para Bachelet es importante la lealtad.

—Me parece que el tema de la confianza y la lealtad son centrales en la manera que la Presidenta establece relaciones, organiza sus equipos y toma decisiones. Esta vez, y a diferencia de lo que quizás ocurrió en su primer mandato, desde el inicio impuso sus términos, de forma que ahora las cosas se hacen a su modo, no teniendo más limitaciones que las impuestas por su propio juicio. Entonces no es extraño que exista un déficit en la conducción política al interior de La Moneda, ya que Bachelet no tiene un real contrapeso. ¿Dónde está ese elenco de colaboradores que —en privado, sin agendas personales, por el bien de Chile y su gobierno— confronta sus reflexiones, le reprocha sus errores o derechamente problematiza sus decisiones? Muchos de los cercanos a Bachelet han confundido la lealtad con la condescendencia.

—En parte eso es también el papel que debe jugar el jefe de gabinete, Rodrigo Peñailillo.

—Peñailillo entendió algo muy sensible para los tiempos que corren: en política, más incluso que el talento, es crucial la constancia y la disciplina. Sin grandes aspavientos ha tejido una interesante red de apoyo y poder, la que se ha construido con muchas horas de diálogo y conversación. El hecho de que estemos ad portas de aprobar una reforma electoral –una de las banderas de lucha más simbólicas desde que la Concertación se instaló en el gobierno el año 90– es principalmente mérito de él; lo que no significa desconocer que también tiene una cuota de responsabilidad en las desprolijidades de la conducción política.

—¿Cree que Peñailillo tenga opciones presidenciales?

—Todo va a depender de cuán exitoso sea su desempeño. El Ministerio del Interior es una máquina de moler carne, un lugar donde las posibilidades de equivocarse se multiplican y amplifican. Es cierto que su nivel de exposición genera grandes oportunidades, pero también impone serios riesgos. Pero si efectivamente Peñailillo continúa por esta senda, será una carta adicional a las que ya tiene el PPD: Carolina Tohá, Ricardo Lagos Weber o incluso Felipe Harboe. Sin embargo, la definición final no será tomada por ellos ni su partido.

—¿Quién la va a tomar? ¿Bachelet?

—Esta nueva versión de Bachelet, digamos la 2.0, tendrá no sólo que volcar e invertir su capital político en una institucionalidad que requiere importantes y urgentes cambios, sino que también deberá contribuir a designar al hombre o mujer que prolongue su legado. No será hoy, ni tampoco mañana, pero cuando el escenario vaya decantando hará escuchar su voz.

—¿Cómo califica el desempeño del vocero Alvaro Elizalde?

—Correcto, plano y aséptico. No comete grandes equivocaciones, pero tampoco ha sido un dechado de aciertos.

—Usted señalaba que la ministra Rincón está en el círculo de hierro de la Presidenta, pero en menor medida.

—Las razones por las cuales Ximena llegó a la Secretaría General de la Presidencia son para mí una incógnita, pues nunca percibí fuera una persona muy cercana a la Presidenta. Pero después de un debut poco auspicioso, logró encontrar su rol, evitando mayores fricciones con los otros miembros del equipo político. El Palacio de La Moneda siempre ha sido un espacio donde abundan los rumores, las pequeñas rencillas o las conspiraciones de poca monta, lo que a veces refleja una imagen distorsionada de lo que ahí ocurre. Bachelet no ha dado señales de distancia o recelo con Rincón. Quizá no sea una de sus favoritas pero, al final del día, incluso en este gobierno, cuando se trata de gobernar, hay cosas más importantes que la amistad y la sintonía.

—¿Cómo observa el escenario la Nueva Mayoría? No será extraño que, en un tiempo, tengamos a Camilo Escalona en el PS y a Gutenberg Martínez en la DC.

—La política tiene muchas vueltas y la mejor demostración de aquello es que se trata de un escenario probable. A estas alturas parecería un flashback de una época que creíamos haber dejado atrás. A todas luces, ese cuadro constituiría un serio revés para quienes ven con recelo el regreso de los viejos concertacionistas, en la medida que suponen volvería el gradualismo, los acuerdos y un estilo que amenaza la profundidad y velocidad de los cambios propuestos por el gobierno. Y en ese escenario uno se pregunta ¿qué tan conveniente podría ser para Bachelet dejar que las cosas fluyan tal cual se perfilan, con todas las complejidades que para esta administración podría significar tener a Martínez y Escalona dirigiendo la DC y el PS respectivamente? ¿No es más conveniente tomar las riendas, ocupar un poco de inteligencia política y adoptar una decisión para evitar que ese escenario se consolide?

—¿A qué se refiere?

—Si la llegada de Escalona a la dirección del PS es un incordio para el gobierno, la única manera de evitarlo es que la Presidenta lo designe ministro de Estado. Y no hay que tener dos dedos de frente para darse cuenta que, más allá de la lealtad de Camilo con la causa, su coalición, el partido y la propia Bachelet, eso solamente podría ocurrir ofreciéndole un cupo en el equipo político de La Moneda, lo que evidentemente podría dejar más de algún damnificado. Quizás esto sea pura ficción, pero sería un movimiento tan audaz como genial.

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—¿Cree posible que Nicolás Eyzaguirre llegue a salir del gabinete, considerando la relación cercana con Bachelet?

—Eyzaguirre tiene tres grandes activos. El primero, pese a lo que intentan instalar sus críticos, es que se trata de un profesional con una gran trayectoria política y técnica. El segundo, es que ha logrado apaciguar las marchas y movilizaciones, lo que no es poco a la luz de la experiencia del gobierno anterior. Tercero, es muy notorio el cariño y afecto que le tiene Bachelet. Eyzaguirre es como ese hijo díscolo que uno quiere igual, al que se le celebra y perdona todo. A otro ministro de Educación no le hubieran aguantado tanto.

—Dicen que dentro del gobierno, además de Bachelet, no tiene grandes aliados.

—Es probable, aunque poco importa. El principal aliado del ministro es su propia causa. Y justamente ese es su cuarto gran activo: ha logrado personalizar de tal manera esta iniciativa, que su destino personal está ligado al de la propia reforma.

—¿Observa tensiones con Peñailillo? Los dos son PPD y, se especula, tienen afanes presidenciales.

—No cabe la menor duda que en la cabeza de Eyzaguirre, cuando se promovió para ser ministro de la cartera más compleja de Bachelet, el horizonte de La Moneda estaba en su cabeza. Y, en ese sentido, es natural que se produzca una tensión con los otros miembros del gabinete que quieren transitar por un camino similar. Pero la relación Peñailillo-Eyzaguirre tiene un morbo adicional. Para seguir con las metáforas filiales, son dos hermanos que tienen una relación distinta con la madre: uno es el metódico, que sigue las instrucciones y la cuida con esmero; el otro, en este caso Eyzaguirre, es más desordenado, entretenido, pero no muy apegado.

—Será crucial para Eyzaguirre el destino de la reforma, que parece en ocasiones una bomba de tiempo.

—A diferencia de lo que ocurrió con la reforma tributaria, cuando se instaló el gobierno no había ninguna claridad sobre qué hacer y cómo abordar la reforma educacional, más allá de los titulares que conocimos durante la campaña presidencial. Fue así que el ministro Eyzaguirre intentó ganar tiempo para definir con más precisión lo que se presentaría ante el Congreso y la opinión pública, tarea que se sometió a la innecesaria presión de contar con una propuesta concreta antes de los primeros 100 días de gestión. Cumplido ese plazo, los proyectos que pretenden terminar con el lucro, la selección y el copago, parecieron ser los más trabajados, aunque no necesariamente eran las iniciativas con las cuales se debía comenzar.

—En una de sus columnas en La Tercera usted señaló que el gobierno subestimó la resistencia cultural y social.

—El hecho que abruptamente se quiera impedir que muchas familias puedan mejorar marginalmente la educación de sus hijos —por la vía de contribuciones económicas adicionales— ha provocado inquietud y rechazo en la clase media emergente. Han sido más de 40 años de abandono y destrucción de la educación pública, lo que generó una necesidad y arraigó culturalmente conductas difíciles de modificar. Ciertamente hubo ingenuidad y voluntarismo.

—¿Alguien sabe cuál es el cronograma e instrumentación de la reforma?

—Quiero creer que el ministro de Educación sí lo sabe y sería de gran ayuda que se lo comunicara al país. Una gran pesadilla para este gobierno podría ser esa imagen, en el horario prime de los noticiarios, que muestre tomas masivas de colegios por parte de apoderados, mientras Fuerzas Especiales de Carabineros intentan desalojar a padres y madres encadenados, y cuya consigna es la defensa del futuro de sus hijos.

—Entramos en semanas clave para la reforma tributaria.

—Esta era la reforma mejor preparada, donde habíamos puesto a lo más conspicuo de la elite progresista en su elaboración, cuyo detalle se conocía desde la campaña y requería de simple mayoría para su aprobación. Sin embargo, se partió muy mal. Fue un error pensar que por ganar una elección con el 62% se podía soslayar la percepción ciudadana y descalificar las críticas. Ese desprecio por la política impidió mayor complicidad en el propio oficialismo y cuando la presión se hizo irresistible, terminamos jugando el partido que más acomodaba a la derecha: primero discutiendo los detalles, olvidando los principios que informaban este esfuerzo y perdiendo así nuestra mayor ventaja ciudadana, para después terminar negociando un acuerdo cuyo contenido y estética dejó muchas dudas en el gobierno y la coalición.

—La vieja política de los consensos.

—Tengo dudas de si cumpliremos con los tres objetivos de esta reforma: recaudar 8.200 millones de dólares, generar una mayor equidad tributaria y contar con una estructura más simple que evite la elusión y favorezca la fiscalización. Pero, efectivamente, las aprensiones también son de forma. Los consensos son un instrumento y no un fin en sí mismos. Varios en la Nueva Mayoría se sintieron traicionados en la medida que se reveló ese viejo temor y estigma que rondó a la Concertación: el impulso a creer que la manera de acometer un buen gobierno, es hacer, y comportarse, como si no se hubieran ganado las elecciones.

—Alberto Arenas, ¿se ha debilitado?

—La manera en cómo afrontó la discusión de la reforma tributaria, las intransigencias de ayer y las entregas de hoy, le han generado un costo político personal importante e infligieron un daño a la coalición.