El entusiasmo que por momentos rezuma Jorge Edwards hacen olvidar los 87 años que cumplió en junio. En un quinto piso luminoso ubicado a los pies del cerro Santa Lucía —su casa en Chile desde mediados de los 60—, al escritor le brillan los ojos cuando dice que le gustan los desafíos grandes y que ya piensa en levantarse de madrugada y escribir hasta la medianoche, sin parar, para sacar el último volumen de sus memorias en cosa de tres meses.

Algo bien decidor, en circunstancias que Esclavos de la consigna, el segundo tomo de sus memorias, acaba de llegar a librerías. Sobra decir que el Premio Cervantes, el amigo de los reyes de España, el autor de Persona non grata ha vivido con intensidad sus días. La revisión de sus años de formación como escritor y las experiencias como diplomático se mezclan con anécdotas varias en su nuevo libro, a la vez que va colando su mirada del Chile de entonces y el de ahora.

“Puede que el Chile de hoy —escribe Edwards— esté mejor en los números, en las estadísticas, incluso en los niveles de la superación de la pobreza, pero temo que en la fantasía, en el espíritu, en todo aquello que es la sal de la vida, esté bastante peor”.

—¿Qué es lo que echa de menos de esos días?

—El espíritu. En esta misma pieza estuvo hasta Arthur Miller. Aquí nos juntábamos con Enrique Lihn y Humberto Díaz Casanueva. Había en ese entonces una densidad cultural mucho mayor. Uno salía a la calle y te encontrabas con Luis Oyarzún Peña —que era muy culto, muy refinado y muy simpático—, con el mismo Lihn o con Jodorowsky. Tenías además el mundo del teatro. Se montaban obras de grandes dramaturgos franceses, ingleses… No como hoy que todo es tan experimental que uno no entiende nada y da lata ir al teatro. Santiago era una ciudad en la que se hablaba de literatura, de Shakespeare, de Proust.

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—¿Qué pasó?

—La simpatía por el libro y la lectura ya no es la misma. Eso es notorio en los gobernantes. Arturo Alessandri Palma era un hombre lector, que escribía, miembro de la Academia de la Lengua. Eduardo Frei Montalva organizaba almuerzos en La Moneda a los que me tocó ir junto a escritores como Manuel Rojas, Luis Oyarzún, Francisco Coloane. Había un ambiente más literario. Yo creo que el Chile de hoy no se ha dado cuenta de que un país sin libros, un país que no lee, es difícil que se desarrolle. Necesitamos que haya más inteligencia y en este sentido la lectura tiene un rol fundamental. ¿Existe una conciencia de eso? No creo. En la víspera de la última elección, hablé con Sebastián Piñera —quien en su momento me había nombrado embajador en París— para decirle que podía articular una reunión con unas 30 personas, intelectuales de izquierda y del centro liberal, en la que podían estar figuras como Héctor Noguera, Juan Pablo Izquierdo y Andrés Velasco. Yo creo que no le gustó mi idea, porque al día siguiente me llamó para decirme que me integrara a una comisión de cultura que presidía Roberto Ampuero, donde iba a estar su hermana y Santiago Elordi. Le dije que no estaba para chistes. Nunca fui a una reunión.

—¿Usted cree que el tema cultural es algo que le pesa a la derecha?

—Si la derecha aspira a ser reelegida debe considerar la carta cultural como algo importante. Si aquí el asunto no es tener buenas estadísticas y que nos compren más cosas. Si no conseguimos que haya una clase empresarial más culta y más lectora no va a haber desarrollo. Yo he estudiado mucho el caso francés, en el que Napoleón Bonaparte tuvo mucho que ver. Cuando él viaja a la campaña de Italia lleva una carreta de libros, porque él dice que en plena acción militar no puede dejar de leer seis horas diarias. Y leía libros de grandes clásicos. Leía a Racine. Leía a Ariosto. Ese es el espíritu que encuentro que acá no está funcionando.

—En un capítulo de sus memorias, define al Chile actual como un país “indiferente , monetizado, entontecido, a menudo cretinizado”…

—Es un poco exagerado. Me lo han reprochado bastante. De cualquier modo, creo que si un país no lee y el jefe de Estado no anda con la carreta de libros se llega a eso. Oiga, si cuando en Francia se hizo el código civil, Napoleón fue todos los días a la comisión redactora. Tenía muchas ideas sobre el matrimonio, sobre la herencia, sobre los mayorazgos. Don Manuel Montt hizo lo mismo con Andrés Bello. ¿Usted sabía que Pedro Montt, hijo de don Manuel, tenía la mejor biblioteca de Chile? ¿Sabe dónde está esa biblioteca ahora? En la Universidad de Yale, él la donó. Hoy día, en lo referido a los libros, estamos después de Argentina, México, Colombia y Perú, en circunstancia que siempre fuimos un centro de cultura. ¡La cantidad de colegios, escuelas, pedagógicos que hizo Balmaceda es impresionante! Tenemos que proponernos volver a ese Chile.

—¿Cómo ve a la derecha de hoy con la que usted conoció antes del ’70?

—La de antes era una derecha más ilustrada. Este país tiene una base ilustrada que hay que cultivar. Tenemos que volver a ser un país culto. Y voy a regresar sobre Francia. Hace no mucho, el escritor Emmanuel Carrère acompañó al presidente de Francia, Emmanuel Macron durante diez días, para luego escribir una crónica formidable publicada por The New York Times. Lo que más le llamó la atención a Carrère fue la soltura y la propiedad con que Macron hablaba de filosofía alemana y francesa, se pasearon por la historia de Hegel, de Descartes, por la literatura moderna. El saber no hace daño.

—¿Qué opina de lo que vive la Democracia Cristiana?

—El problema de la DC es que no han sido claros. No se han atrevido a decir que lo de Maduro es una escandalosa dictadura y que Nicaragua ha derivado en una dinastía de ladrones. Y no lo han hecho por oportunismo político, porque creen que pierden votos. No han sido claros ni con Maduro, ni con el castrismo, ni con el Frente Amplio, ni con la Nueva Mayoría.

—¿Corre el riesgo de desaparecer?

—Por supuesto. Y si ocurre será exclusivamente por culpa propia. Aquí estuvo Ignacio Walker con motivo de una reunión que organicé cuando vino un muy buen amigo mío, el ex presidente de Uruguay Julio María Sanguinetti. Quise reunirlo con gente joven. E invité entre otros a Andrés Velasco. Recuerdo que aquella vez Ignacio me dijo: “¡Que escándalo, tu eras tan de izquierda!”. Y yo le dije que lo escandaloso era que él no hubiera cambiado en todo este tiempo. Los burros no cambian.

—¿Qué le pasa con los casos de corrupción en los que tanto instituciones fundamentales de nuestra sociedad como la clase política se han visto involucrados?

—Antiguamente había una diosa que se llamaba revolución. Ahora hay un dios que se llama dinero. Los políticos no pueden vivir si no se roban 3 mil millones. Triste cosa.

—A propósito de revolución, ¿cómo ha visto la transformación de Cuba luego de la muerte de Fidel Castro?

—Cuba ha hecho un cambio espectacular dirigido por Raúl. Un cambio que era imposible de hacer con Fidel vivo. Es evidente que la intención de Raúl apunta a crear una economía de mercado. Yo miro esta transformación con gran curiosidad y atención. Acabo de leer el libro de Pato Fernández sobre Cuba. Lo encontré un poco ingenuo, un poco sentimental. Como que está enamorado de la isla. Ese amor hay que mantenerlo a distancia. Aunque ahora me han dado ganas de ir. Antes tenía miedo del abrazo de Fidel. De haber viajado, me habría llamado y nos habríamos tomado una foto, lo que hubiera implicado perder mi amistad con Cabrera Infante, Vargas Llosa y varios más. En estos días, el único abrazo que me da miedo es el que pudiera darme una mulata.

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—Volviendo a Chile, luego de una continuidad de la extinta Concertación en el gobierno, parece que la tortilla se dio vuelta. ¿Imagina para lo que viene un país con una sucesión de gobiernos de derecha?

—Es posible. Lo que yo imagino es un país con una derecha más civilizada, más culta, más democrática. Y una izquierda moderna… Hay que ser ambicioso.

—¿Y que sería una izquierda moderna?

—Una izquierda muy preocupada de la educación, en la línea de lo que fue en su momento el Frente Popular.

—Siempre y cuando, como alude en su libro, no sigamos siendo esclavos de las consignas.

—Las palabras todavía nos atan, nos comprometen.

—La última: ¿qué opinión tiene de los escritores como funcionarios de gobierno? Se lo pregunto por Roberto Ampuero, ministro de Relaciones Exteriores.

—No me dan ganas de leerlo. Con Pepe Donoso le dimos uno de sus primeros premios en un concurso de El Mercurio. Pero sus últimas novelitas se me caen de las manos. El cargo que tiene no se lo envidio, porque es muy difícil: hay que estudiar mucho y estar muy alerta todo el día, ya que le pueden meter goles por varios lados si no se da cuenta.