Los resultados de la última encuesta CEP fueron una luz de alarma para Jorge Correa Sutil. Instalado en el piso nueve del estudio de abogados Balbontín, Linazasoro y Cía donde se desempeña, el ex subsecretario de Interior de Ricardo Lagos observa con preocupación cómo el gobierno de Michelle Bachelet ha ido perdiendo su capital político, que —asegura— arrojó dicha encuesta. “Y eso no puede ocurrirle a un gobierno, porque después es muy difícil mantener el orden, las condiciones y el programa. La Moneda debe recuperar ese capital, para ello es necesario hacer rectificaciones… De aquí a enero veremos cambios profundos; estamos en un momento clave en la política chilena”.

Como presidente del Tribunal Supremo de la DC, hace unos días se inhabilitó de la decisión de acoger la solicitud de expulsión que interpusiera la juventud del partido en contra de Mariana Aylwin, debido a la participación de la ex ministra en Fuerza Pública, el movimiento que dirige Andrés Velasco. Correa Sutil se abstuvo aludiendo a su “amistad íntima con ella, que implica salir a comer o visitarse en las respectivas casas varias veces al año”, según consigna el texto de resolución. “Informé detalladamente al tribunal los vínculos que me unen con Mariana, para que ellos resolvieran mi inhabilidad, y votaron a favor en forma unánime. A pesar de ello, continúo presidiendo el tribunal,  y no me parece prudente hablar sobre esa causa”.

—El ex DC Jaime Mulet defiende la continuidad de Aylwin, y comparó su situación con la expulsión de Adolfo Zaldívar que provocó un quiebre en el partido.

—Por mi amistad con Mariana, espero que todo se solucione de la mejor manera posible, pero no puedo ahondar en ese punto.

—Más allá del lazo afectivo, ¿cuál es su postura frente a militantes de un partido que apoyan a otros movimientos y a otros presidenciables, y que Ignacio Walker denominó ‘promiscuidad política’? ¿Cree como él que están obligados a fijar domicilio?

—Mi pronóstico es que nuestro partido continuará subiendo como lo ha hecho en los últimos meses. Y Velasco se está desinflando, eso puede ayudar a solucionar el problema.

—¿Qué costos podría traer para la Democracia Cristiana la posible partida de Mariana?

—La DC está jugando el rol que le corresponde: asegurar que se hagan con responsabilidad las políticas públicas capaces de producir un cambio profundo, y todos nuestros militantes deben contribuir en eso. Insisto, estamos en un momento clave, en que deben hacerse correcciones, y espero que eso no signifique disminuir la intensidad y profundidad de las reformas que este gobierno prometió. Lo que más me impresionó de la CEP es que frente a la pregunta: ¿Cuáles son las prioridades que este país debería tener en 10 años?, el lograr mayor igualdad de oportunidades duplica a superar la pobreza, y triplica a tener más orden y seguridad y a crecer económicamente. Aquí hay una demanda muy profunda que es la razón por la cual Michelle Bachelet fue elegida; ninguna rectificación que se haga debiera renunciar a eso.

—¿Por dónde pasa la pérdida de capital político que visualiza en el gobierno? 

—La Concertación tenía una mirada de prolijidad enorme sobre las políticas públicas, con fórmulas precisas capaces de garantizar los resultados buscados. En la Nueva Mayoría, en cambio, hay una tendencia a entender la política como una actividad de testimonio, de creer que los objetivos se alcanzan solo con proclamarlos. El mejor ejemplo es el proyecto de reforma constitucional. Este país necesita más derechos garantizados; estipularlos en la Constitución no sirve de nada. No se necesita una ley, sino reglamentos tal como se hizo con el plan Auge, por ejemplo. Para eso se requiere mucha precisión, focalización; una política pública muy fina, y no un llamado abierto de lo que se quiere conseguir.

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—O sea, al final la gente está viendo más intenciones que acciones concretas.

 —Tengo la sensación de que la caída de popularidad de este gobierno tiene relación con la falta de sintonía, donde los cambios prometidos se están haciendo con políticas ineficaces. Por ejemplo, el problema de la desigualdad no tiene que ver con el lucro, copago y selección, sino con mejorar la enseñanza de los más pobres, con una educación pública de calidad. Sin embargo, se optó por una salida distinta, más relacionada con eslóganes y dirigidos a la clase media que fue la que protestó. Son políticas de facilismo, de testimonio e ideología… El problema es que frente a una mala política, estamos en riesgo de un populismo a la chilena.

—¿Cómo así?

—De un populismo soft, no del tipo venezolano, en que los políticos son poco responsables de sus actos. En la Nueva Mayoría se ha ido instalando un estilo que cree que hacer política consiste en dar testimonio de sus posiciones morales. Lo veo muy fuerte en la nueva bancada estudiantil que llegó al Congreso, que prometía renovación, sin embargo, no se cansa de repetir que hay que cambiar el ‘paradigma’ de la educación, que de un bien de consumo pase a ser un derecho social, ¡eso es decir nada! Es creerse superior, es autocomplacencia, es dividir maníqueamente el mundo entre los buenos y los malos, y situarse en el bando de los buenos. La política es otra cosa, es producir resultados concretos. Ningún gobierno se mide por sus intenciones, proyectos ni programas, sino por sus obras que producen buenos resultados.

 Para Jorge Correa, otro elemento de desprolijidad de La Moneda se refleja en su incapacidad de prever las reacciones, resistencias y alianzas que han provocado sus propuestas (como ha ocurrido con las huelgas de padres y sostenedores de colegios subvencionados), y de hacer estrategias para salir adelante, convenciendo y negociando. “Tuve la suerte de conocer de cerca a Patricio Aylwin, Edgardo Boeninger, Ricardo Lagos y José Miguel Insulza; cuatro maestros en esta tarea de prever escenarios, de negociar alianzas y dar las peleas que se estimaban ganables. La política es el arte de hacer posible las cosas, el esfuerzo realista y diseñado para empujar los márgenes. Insisto, no es dar testimonios bellos e inútiles de los cuales sales perdedor y magullado”.    

—¿Ha fracasado entonces el ministro Peñailillo en su tarea de anticiparse a los conflictos?

—Es una cualidad que deben tener todos los ministros, pero especialmente necesaria en los ministerios políticos. Al único que conozco mejor de ese equipo es al subsecretario Mahmud Aleuy. Me consta que está bien dotado de esa cualidad de prever escenarios, medir las fuerzas tensionadas y hacer estrategias para salir bien parado. Ojalá tenga el espacio y la influencia para desplegarse, pues sin esa capacidad no es posible hacer buenas gestiones.

—Que la Presidenta hable de ‘intuición’ en temas tan trascendentales como el Transantiago y ahora en la reforma educacional, ¿también es desprolijidad?

—No necesariamente. Esas son virtudes de un buen político, decimos de él o de ella que tiene ‘olfato político’. Lo que no sería virtuoso es seguir el instinto antes de someterlo a deliberación con los partidos y colaboradores que conforman el gobierno. Eso ayuda a sopesar, a ponderar y a abandonar; corregir o seguir esa primera intuición. Tampoco es virtuoso contar que se tuvo la intuición luego de no seguirla, porque eso desautoriza el camino escogido, al ministro que lo encabeza y el mismo líder pierde autoridad, pues no se entiende quién ni cómo manda.   

—¿Por qué a pesar de que la gente se ha manifestado en contra de la manera en que se están llevando las reformas, Bachelet insiste en no variar?

—Necesitamos avanzar hacia una sociedad más inclusiva, es lo que la gente pide a gritos, y sólo se logrará con políticas públicas claras, muy bien trazadas y estructuradas, capaces de producir paulatina y progresivamente ese cambio que permita terminar con las desigualdades y diferencias entre la capital y regiones, entre los barrios, para mejorar la educación, la distribución del ingreso y las relaciones laborales. La lejanía y desconfianza con la Presidenta tiene que ver con que la población no percibe exactamente hacia dónde apuntan las reformas; ve incerteza, inseguridad, porque nadie ha explicado cuáles serán los alcances reales. Ella tiene que rectificar eso. Nadie del gobierno puede decir que su ‘intención’ no es cerrar colegios. Hay que ser transparentes y preguntarse abiertamente cuántos establecimientos se cerrarán, cómo hacerlo para que no pase y, por último, asumir el costo, porque es obvio que ocurrirá. Al decir lo contrario, no te creerán y aumentará la desconfianza. Ese es el camino, y no contestar que los ministros tienen que trabajar más o que se deben explicar mejor el sentido de las reformas; es una banalidad, es ofender a la gente.

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—¿Por qué no han logrado precisar los alcances y efectos de las reformas?

—Porque este gobierno todavía no termina de diseñar su proyecto; paradójico, ya que nunca alguien supo con tanta claridad y antelación que sería presidenta…

—¿Y cómo se explica eso?

—No lo sé… La gente votó por Bachelet porque entiende que las ideas matrices de su mandato son necesarias. Y para ello se requerían proyectos específicos muy afinados, ¡y no los había! Chile debe enfrentar el problema de la energía, no existía programa; necesita nuevas reglas políticas, ¡tampoco había!, sólo cambio del binominal, y recién ahora se habla de financiamiento de los partidos tras el escándalo Penta.

—Se comenta que primó el secretismo en la elaboración del programa, que impidió la participación amplia y de expertos del sector.

—… (sonríe y no contesta)

—¿Una de las rectificaciones que debería hacer Bachelet pasa también por sacar al ministro Eyzaguirre?

—La gente suele percibir que hay modificaciones políticas cuando hay cambios de personas, y no necesariamente es así. Nicolás Eyzaguirre es un sujeto suficientemente inteligente y ductil para cambiar una política sin necesidad de cambio de gabinete.

—Usted que participó en Enade, ¿qué le pareció el discurso y los temores de Roberto Ampuero que aseguró sentir el mismo clima previo a la UP?

—Me espanto poco con lo que la gente dice, me gusta la diversidad de opiniones. Lo que me asustó mucho fue el aplauso final, luego de decir que estábamos a punto de volver a la Unidad Popular. Que alguien lo afirme es un despropósito, pero que esas personas influyentes lo ovacionaran de pie, me hizo entender que en algunos ambientes el clima está más encrispado de lo que pensaba. No creo que haya en el grueso de la Nueva Mayoría ni en el gobierno un plan oscuro de instalar el socialismo como dijo Ampuero…

—No es el único que lo sostiene, Tomás Mosciatti habla del plan maestro de Bachelet.

—El mundo empresarial está perdiendo poder, impunidad y está cada vez más sometido al derecho. Tuvo poder en exceso durante la dictadura y en los períodos de la Concertación, y perderlo cuesta. Para una sociedad más integrada e igualitaria hay que pasar por ese proceso; la actividad de lobby y financiamiento de la política —que van muy de la mano— deben restringirse más. A mayor movilidad social, regulación, igualdad de educación, menor poder para ese gremio, y hoy se sienten amenazados. Por eso es deber de las políticas públicas explicarles en qué consiste, cuánto y hasta dónde llegará esa amenaza, para así evitar los fantasmas. Cuando ésta no es exacta ni precisa, se presta para que algunos compartan frases tan absurdas como que estamos volviendo a la UP, ¡y que lo aplaudan de pie! 

—¿Cuál debiera ser el papel de la DC en este escenario de incertidumbre?

—Partimos incómodos en la Nueva Mayoría, con el riesgo de ser debilitados desde la izquierda con acusaciones de que la DC sería el freno del programa, y la derecha —por su parte— de que no seríamos capaces de contener los excesos del gobierno. Sin embargo, el partido ha salido muy bien parado de este desafío; está unido y orgulloso de haber hecho transformaciones claves como fue la sindicación campesina y reforma agraria en el período de Frei Montalva, y el eje central de la transición con Patricio Aylwin. Ese capital de unidad se lo debemos en gran parte al liderazgo de Ignacio Walker, es de los pocos que ha salido fortalecido en un cargo que suele ser una moledora de carne.

—Ena von Baer acusa a la DC de tener un discurso para la gente, pero al final termina votando los proyectos del gobierno.

—Somos profundamente progresistas y estamos orgullosos de haber sido transformadores, de que con nuestros presidentes se disminuyera ostensiblemente la pobreza y se integrara a los marginados. Se equivoca la derecha cuando apuesta a que seremos un freno. Junto con el PS debemos garantizar que los cambios sean eficaces para las reformas que se prometieron.

—¿De acuerdo con Guido Guirardi de que la Nueva Mayoría debiera abrirse a otros movimientos, incluidos el PRO de MEO?

—No me gusta la gente marginada producto de las reglas electorales; me gustaría ver a Marco integrado en puestos institucionales donde además tiene que responder no solo de sus dichos, también de sus votos. Si logramos cambiar el binominal esa necesidad de que todos estén en una misma alianza de gobierno, será  innecesaria.

—¿Cómo explica que MEO sea hoy uno de los políticos mejor evaluados?

—Hay una profunda desafección con los que pertenecen a la vieja política, donde hay malas reglas, poca transparencia y un mal financiamiento; con  exceso de desequilibrio, centralización y concentración de poder en el presidente. Marco Enríquez es producto de eso, de la mala política, del éxito que hoy tienen los outsiders. El y Andrés Velasco son representantes, los voceros de un país que quiere cambios profundos hacia una mayor igualdad, pero es una adhesión muy light. No creo que Marco pueda capitalizar ese apoyo en votos. En la primera elección sacó 20 por ciento y en la segunda 10 por ciento; no es una figura capaz de competir seriamente en una presidencial ni que lo vean como autoridad. La gente no vota por empatía. La derecha se equivocó al creer que el capital político de Michelle Bachelet era la empatía. Marco puede producirla, pero no está cosechando. Son otros los candidatos a La Moneda…

—¿Quiénes?

—Isabel Allende, Carolina Tohá…

—¿Ignacio Walker?

—¡Ojalá!

—Sin binominal y asociado con Lily Pérez, Velasco apunta a un nuevo referente de centro que pretende atraer a varios DC.

—No creo que la DC se divida. Debemos buscar un candidato propio, que puede que gane o pierda, pero los partidos políticos se suicidan si no tiene su propio representante.