Hace dos meses regresó de Inglaterra, donde estuvo radicado poco más de un año acompañando a su mujer, la escritora Diamela Eltit, invitada por la Universidad de Cambridge a dictar un curso. Quince meses que Jorge Arrate aprovechó para escribir parte de sus memorias, visitar a sus hijos y nietos que viven en Holanda, y de seguirle la pista al escenario político chileno, del cual —asegura— se desentendió luego de su incursión presidencial en 2009. Una aventura que emprendió por fuera de la Concertación dado su desencanto con el conglomerado, que lo obligó entonces dejar atrás 46 años de militancia en el PS e incorporarse al Partido Comunista para cumplir con la ley electoral.

Antes de partir, el ex ministro de Patricio Aylwin y Eduardo Frei fue crítico con los primeros meses de gobierno de Michelle Bachelet y advirtió que la Nueva Mayoría era un engaño, que no era mayoría ni cumpliría con lo que prometía. A su regreso, estima que el tiempo le dio la razón. “Es evidente que es la ‘Nueva Minoría’. La Presidenta salió electa con un 40 por ciento del universo de votantes, pero se han hecho los lesos. No han querido hacerse cargo de la indiferencia, repudio y rechazo del 60 por ciento de la ciudadanía que no participa del sistema”.

A su juicio, los problemas del Ejecutivo se deben al error inicial de no asumir mayores riesgos. “La gran tarea era devolverle a la ciudadanía la capacidad de decidir y ella, con un doctorado y postgrado en presidencia —aunque creo que va a terminar ‘rajada’— lo debía tener claro. En un sistema democrático se decide a través del sufragio, pero los chilenos no pueden, porque los grandes temas no son sujetos a su decisión. Si Bachelet era partidaria de una nueva Constitución, debió preguntarle al pueblo si quería y cómo la quería. Sin embargo, optó hacer las reformas por arriba, olvidándose de que la calle dio el impulso a la educacional, por ejemplo”.

—¿Por qué cree que no asumió más riesgos?

—No había convicción —partiendo por la Presidenta— de que había que desatar las energías sociales, porque aquí predomina la cultura del temor a que la gente se exprese, vote y opine libremente. Insisto, ninguna transformación será posible si no se asocia la iniciativa política con la fuerza de los movimientos sociales. Se siguió la herencia de la Concertación, que con Pinochet al mando del Ejército, había que irse con cuidado, como pisando huevos. Eso se transformó en un estigma.

—¿Le ha faltado carácter a la mandataria para “quebrar huevos”, entonces?

—Ha tenido una gestión muy irregular, más allá del impacto de su tema familiar, con mala selección de personal y falta de liderazgo. La veo deteriorada en su capacidad política, sin fuerzas para reaccionar, llena de problemas que no ataca en el momento y ministros con comportamientos inaceptables.

—¿A quién se refiere?

—A Jorge Burgos. La reunión que hizo con Ricardo Lagos en La Moneda, quien después dio una extensa conferencia de prensa, ¡casi como presidente! —mientras Bachelet andaba de viaje—, fue deslealtad. Lo mismo cuando hizo público el tema de su visita a la Araucanía en que no fue informado.

—Se sintió pasado a llevar en su cargo de ministro de Interior.

—¡Entonces que renuncie!, si no está contento, ¡váyase! Jamás un secretario de Estado puede exponer al presidente; su conducta me sorprende. Hasta los ministros han perdido conexión con la Presidenta… Lo de Caval la golpeó fuerte, porque su gran fortaleza era su vínculo emocional y comunicacional, ese carisma emotivo con la gente. Se manejó mal, y cuando perdió ese capital, quedaron en evidencia sus limitaciones.

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—¿Por qué su demora en sacar a Cristián Riquelme de La Moneda?

—¿Qué quiere que le diga? Él debió haber dado mucho antes un paso al costado. Entre medio, Jorge Burgos dijo que su salida no dependía de él, ¿le parece una declaración apropiada de un ministro de Interior?

—¿Qué lectura le da a su conducta?

—Está arrastrando el poncho. Se nota que no está a gusto, que está ahí por compromiso político. De eso sí que sé; como ministro secretario general de Eduardo Frei, arrastraba el poncho todos los días.

Mientras toma un cortado en un café ubicado a pocas cuadras de su casa en la comuna de Ñuñoa, Jorge Arrate confiesa que no se imagina ni le preocupa la estrategia que debiera utilizar Bachelet para retomar el liderazgo. Cree eso sí, que le vendría bien un cambio de gabinete en marzo y colocar en Interior a un fan de la Presidenta. “Eso le haría estupendo al gobierno, aunque tengo dudas del ojo que ella tenga en la elección”.

—¿Tiene mal ojo o está mal asesorada por el “segundo piso” como plantea Max Colodro?

—No sé, hay gente muy buena allí. Tengo una buena opinión de Ana Lya Uriarte y de Pedro Güell. No, si está ‘cantado’ que haga un cambio ministerial, el problema es a ¡¿quién pone?!

—Al parecer, su círculo de confianza es muy estrecho.

—Parece, no sé, la conozco poco. Hace trece años que no tengo nada que ver con el Estado ni el gobierno. Eran otros tiempos, los partidos de hoy son más pragmáticos, llenos de corrientes distintas que, al final, funcionan como pandillas. Están invadidos por lobbystas. Enrique Correa se pasea por éstos, por La Moneda, por los ministerios. En los ’90 había ideas, hoy priman los intereses, los cupos, el cuoteo, el poder, y algunas ideas. Hay que reconocer que la Presidenta tiene cierto ideario, pese a que no lo ha hecho bien.

—¿Qué posibilidades tiene la Nueva Mayoría de alcanzar un segundo gobierno?

—Con un universo del 40 por ciento que vota, es posible, como también puede ganar Chile Vamos, aunque en la derecha el candidato más potente no es Piñera sino Manuel José Ossandón. Él cala en el voto DC, le ganó a Soledad Alvear; es el neopopulismo de su sector. La NM tiene buenos candidatos: Isabel Allende, José Miguel Insulza y Ricardo Lagos, aunque este último tiene la pole position por su condición de mantener el sistema con retoques, no de transformarlo; para eso se requiere coraje político y él se lo gastó todo con el dedo (a Pinochet). Aunque no me gusta en lo absoluto, él podría ser el próximo presidente, con la condición de que el 60 por ciento que no votó, se mantenga inactivo, fragmentado, hecho polvo.

—¿Qué podría despertar a ese 60 por ciento?

—Una fuerza de izquierda moderna, poderosa, que se opusiera frontalmente a lo establecido, a la clase política y levantara una candidatura. Tendría una gran acogida.

—¿A quién ve liderándola?

—La izquierda está dividida, pero la más innovadora y con nuevos aires viene del mundo estudiantil. Gabriel Boric es un nuevo líder del sector; Giorgio Jackson es valioso, pero más de centro. Y más allá de sus problemas con la opinión pública, Camila Vallejo y Karol Cariola son importantes. También están Cristián Cuevas, Nolberto Díaz y Fernando Atria. Todos ellos pueden impulsar medidas transformadoras.

—¿Y Meo?

—Él no tiene condiciones para lograr ese aglutinamiento. Prefiero no hablar de él, está en una situación muy complicada con el pinochetismo. Lo único que puedo decirle es que tengo una opinión política negativa de él que es irremisible.

—¿El país querrá ser gobernado por una izquierda extrema? Las encuestas muestran que el chileno es más moderado, quiere cambios, pero graduales y bien hechos.

—No creo en las encuestas. No puedo confiar en aquellas manejadas por derechistas como Roberto Méndez, por ejemplo. Hay muchas maneras de manipularlas, como la última CEP, que puso a Giorgio Jackson, pero excluyó a Boric. Es increíble cómo la derecha logró constituir y manejar los dos estudios de opinión más importantes, y que todos agachen el moño. Hay tipos que vivían en las oficinas de Arturo Fontaine (ex director del CEP) haciendo lobby para aparecer mencionados. El dato duro más importante es que hay un 60 por ciento que no vota, demostrando que el repudio y nihilismo ocupan un territorio enorme. Por eso, cualquier nueva fuerza que emerja, particularmente de izquierda, tiene la tarea de recuperar parte de ese porcentaje y reconstruir memoria y esperanza.

—¿Qué papel pretende jugar para levantar esa nueva izquierda?

—Ayudaré en lo que pueda, pero ya no me corresponde esa labor. Los jóvenes me ven como parte del pasado, del antiguo sistema, y eso me resta. Soy partidario de liderazgos que encarnen una renovacion fuerte, capaces de confrontarse. Tiene tan mala imagen el sistema político, que hoy resulta un plus no haber participado en la Concertación ni ser parlamentario.

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Camilo Escalona dijo que por esta desafección, hoy se nececita personas con experiencia. De hecho, él pretende regresar al Congreso.

—Hay generaciones muy buenas que la agarran, la llevan y la siguen, como la nuestra que vivió la Unidad Popular, dictadura, exilio y democracia, pero no debemos apostar a eso. No se puede pretender que la historia quepa en la vida de uno, yo apuesto a la trascendencia, de lo contrario me habría olvidado del socialismo como muchos.

—¿Qué debe hacer la clase política para recuperar la confianza ciudadana?

—Está difícil. Se están haciendo cosas como la nueva ley de financiamiento público. Habrá que ver cómo funciona… Se debe construir una muralla china entre el mercado y la política, y eso es muy difícil porque los parlamentarios tendrían que decir qué acciones y empresas tienen, lo mismo sus señoras, hermanos… Eso en un país chico es difícil de regular, y tengo la impresión de que tampoco están dispuestos.

—Usted habrá estado al tanto de esta relación con el dinero.

—Tuve contacto con el Congreso en los ’90, cuando participé en los dos primeros gobiernos de la Concertación. Ahí ya existián estas relaciones, desde que Piñera era senador. Lo que varió fue que esto se hizo transversal y hoy cruza todos los partidos —dejo fuera al PC e Izquierda ciudadana— que alcanza incluso a Meo.

—¿Se esperaba el espaldarazo de Insulza a Pablo Longueira?

—Debe sentirse agradecido por su actitud cuando ocurrió lo del Mop Gate, los sobresueldos, y el gobierno de Ricardo Lagos estuvo tambaleando. Longueira allanó un camino de salida y José Miguel le hizo un reconocimiento —según mi criterio— indebido, porque su juicio ético es muy discutible. Además, hace poco él asumió una función en el tema de La Haya, entonces no puede aparecer sistemáticamente en terrenos políticos. Es incompatible.