Han pasado casi diez años, pero la historia está viva. Aquí, una de las tres hijas de la talentosa actriz habla de esa madre aguerrida, inquieta, que batalló contra montañas y que, finalmente, sucumbió ante el cáncer. Buscó el equilibrio entre la actuación y la crianza, aunque muchas veces la pequeña Javiera debió esperarla despierta…

Ahora que Javiera Osorio (29, actriz, casada, una hija) fue madre, reconoce que más que nunca necesita de la suya. “La he recordado mucho en lo doméstico, cuando estábamos en la casa o regando el patio… Me encantaría tenerla conmigo, que conociera a mi hija (Antonieta, 1 año)”, dice sobre la recordada actriz Rebeca Ghigliotto quien murió a los 48 (en 2003) por un cáncer generalizado.
Una mujer menuda, inquieta, con carácter y convicción de que no sólo batalló para superar su enfermedad, sino que daba la pelea en todo lo que se proponía. Al punto que con solo un año de estudio de teatro en la Universidad de Chile se convirtió en una de las actrices más talentosas, con catorce teleseries y quince obras. Coronó su popularidad como la excéntrica Gaby, en la dupla La Vicky y la Gaby con Gloria Münchmeyer.
Heredó su gusto por lo artístico de su abuelo materno Aurelio Simonetti, aficionado a la ópera; y con su nona Rosa descubrió el teatro. Con ellos fue a vivir junto a su madre y hermana, tras la separación de sus papás cuando tenía 11 años. Dando muestras de su carácter, al poco tiempo asumió el liderazgo en su núcleo más cercano, tomando las decisiones familiares.  Era admirada entre los suyos, su palabra era respetada.
Aun así sus abuelos —inmigrantes italianos conservadores y católicos— no aprobaron que estudiara teatro al salir del Saint John’s. “Pero era llevada de sus ideas. Lo que se proponía, ¡lo hacía! Al final su abuela Rosa la apoyó”, cuenta Javiera.
En la escuela de la Chile se enamoró nada menos que de su profesor, el director del teatro nacional Raúl Osorio, con quien tuvo a Camila (37), Javiera (29) y Luciana (19). Una vez más los suyos casi murieron del espanto porque se trataba de un hombre separado, diez años mayor. A la Ghigliotto nada le importó. Al año ya estaban viviendo juntos, y tras quedar embarazada, abandonó la carrera para dedicarse a su familia.

EN EL ’79 HAMLET LA TRAJO DE VUELTA A LAS TABLAS. En el rol de Ofelia impresionó a la crítica con su talento innato que se preocupó de trabajar. Desde entonces, no paró. Vinieron montajes como Esperando la carroza, hizo clases en la Universidad Diego Portales y el ’84 debutó en TV en la teleserie Los Títeres (Canal 13), lo que no fue bien visto por sus pares. Al año siguiente tuvo su primer protagónico en Matrimonio de papel, donde personificó a Verónica; una mujer poco agraciada e infantil que le permitió mostrar su lado comediante. “Mi mamá vibraba actuando… Brillaba en el escenario, cautivaba verla”, comenta Javiera.
Con el tiempo fue cultivando el humor que le dio mayor seguridad frente a la cámaras y que el ’86 la llevó a integrarse al espacio cómico Mediomundo. Allí nació su personaje más recordado: La Gaby, que parodiaba a mujeres de clase alta y le dio la posibilidad de demostrar su versatilidad. El paso por ese programa impulsó su carrera, participando más tarde en segmentos de Sábados Gigantes, Venga Conmigo, Teatro de Canal 13 y Una vez más, lo que alternaba con el teatro.

Una vida laboral intensa, con horarios extenuantes que la obligaban a tratar de equilibrar los tiempos entre trabajo y familia. No siempre lo logró.
“Mi mamá le daba mucha importancia a los momentos juntos, las vacaciones en Isla Negra eran sagradas. Siempre estaba pendiente de unirnos. Tenía capacidad de convocatoria, muy líder en lo familiar… Su papá se casó tres veces, y a todos sus seis hermanos los integraba… Me acostumbré a padres con horarios especiales, que salían a trabajar a las 6 y llegaban a las 11… También a ver mucha gente circulando en la casa, mi entorno fue de adultos. Eso sí, me costaba dormir cuando mi mamá no estaba. Fue difícil, pero entendía que era su trabajo, aunque en mi lógica de niña me costaba no tenerla. La esperaba despierta. Ella siempre optó por su familia, del trabajo a la casa y viceversa. Y si salía en la noche, me llevaba”.
Javiera recuerda que desde siempre fueron compinches. “Por la diferencia de edad con mis hermanas, cada una fue como hija única… De chica la acompañaba al teatro, a la tele, a grabar. Conmigo se volvía niña, jugábamos mucho a las muñecas, era un buen partner. Le ponía voces a los monos, ¡súper entregada!”.

“NUESTRA RELACIÓN SE PUSO CONFLICTIVA”, admite Javiera, quien se rebeló en la adolescencia. “En la casa no era de reglas, sino súper al lote. Ya más grande le pasó la pelota a mi papá, él veía los permisos. La libertad que me dieron se volvió un problema. Ellos estaban trabajando mucho, llegaban tarde, mi hermana mayor a los 17 había partido a Francia con una compañía de teatro, me sentía sola,  ¡yo quería a mi mamá más cerca!, necesitaba su presencia. Y lo demandé con pataletas de adolescente, portándome pésimo, muy rebelde, llegando tarde, no hacía caso a los permisos, dejé los estudios botados. Iba en octavo, pero era agrandada. A los 14 me juntaba con gallos de 18, carreteaba ene, fumaba, tomaba copete, estaba bien perdida…”.
Su madre se detuvo en ella. “Me vio en este círculo de perdición y un día me dijo ‘Javiera quiero que me acompañes’. Me llevó a un gimnasio donde hacían Kung Fu para que probara una clase. Pensaba que si hacía una actividad, tendría más energía. Estuve siete años, cambié de ambiente, entrenaba los sábados, dejé de carretear los viernes… Fue una gran luz, después se lo agradecí”.
El ’94 a Rebeca le detectaron cáncer de mama, pero sin ramificaciones en los ganglios, por lo que luego de operarse y de un mes de radioterapia, continuó con su vida normal. Estaba en plenas grabaciones de Amor a domicilio, pasando por uno de sus mejores momentos profesionales. Aun así, a Javiera no le entusiasmaba seguir los pasos de su madre. “Lo miraba con distancia. Conocía los dos lados: era entretenido, pero había que sacarse la cresta, llegar tarde, mal pagado, inestable. Todos los años veía la tensión que significaba para mi mamá renovar contrato con el canal… Venía con esa carga, pero a los 17 me decidí. Que mi hermana optara por el teatro me ayudó. La admiraba, que se atreviera y verla tan contenta, me dio seguridad”. Recuerda que Rebeca le advirtió de los sacrificios. “Es que para ella fue una pelea constante el equilibrio, pero lo logró. A pesar de trabajar tanto, fue una mamá presente, no tengo traumas. Cuando Camila partió a Francia compró un celular y se las arreglaba para llamarla todos los días y hablar horas. Siempre se preocupó de marcar presencia, de estar en todas”.
Javiera estudió actuación en la universidad Diego Portales. Debutó en la serie Quiero si tú quieres, de Canal 13 y continuó con 40 y tantos, de TVN. Con la compañía El Terror —donde trabaja con su hermana y su marido-director Javier Ibarra— están con un proyecto Fondart, y en octubre montarán Ricardo III, de Shakespeare.

EL CÁNCER REGRESÓ MÁS AGRESIVO EN EL 2000. Rebeca, tras 24 años de matrimonio, se había separado de Raúl Osorio. Fue un distanciamiento amistoso —“aunque sigo profundamente enamorada”, declaró entonces a CARAS— y a pesar de que vivían en distintas casas, compartían un terreno en El Arrayán. “Se separaron a su manera. Se le juntó todo separación-enfermedad, algo pasó ahí, somatizó. Mi papá quedó arriba a cargo del hogar, y mi mamá se construyó una casa más pequeña pensando en cuando se viniera mi hermana. Allí pasó sus últimos años. Esa es mi casa hoy, y Camila se instaló en otra al lado… Ella siempre quiso que viviéramos juntas”.
La noticia del cáncer golpeó esta vez fuerte a la familia y a la actriz. Cómo no, si se enteró de manera casual. En enero de ese año Rebeca se operó de peritonitis y ahí apareció un tumor maligno que también fue extirpado. Dado su tamaño era poco probable que se ramificara, por lo que el médico tratante le sugirió volver en marzo para un scanner abdominal y de pelvis. Justo en esa fecha, por un fuerte dolor de pecho la actriz llegó al hospital de la Católica donde una radiografía de tórax reveló nódulos cancerígenos en los pulmones además de sombras en el hígado, los que no fueron detectados por los doctores que la habían operado en la Clínica Las Condes, y que la motivó a interponer una querella por posible negligencia y falta de acuciosidad.

“AL PRINCIPIO TENÍA MUCHO MIEDO… Fue súper difícil. Camila llegó de Francia gracias a Dios, fue un gran apoyo para ella”.
Javiera entonces tenía 17, y recuerda que su madre enfrentó muy abierta el tema.“Jamás nos ocultó algo. Fue complicado, horrible, una enfermedad de mierda. Llegaba del colegio a cuidarla, estaba muy pendiente de ella, necesitaba estar ahí para lo que necesitara, desde conversar hasta acompañarla a las quimio, ¡quería ser útil! Se fueron a la cresta mis obligaciones, me postergué. Me olvidé de lo que me pasaba como un acto de autodefensa. A ella no le servía verme llorar. Tenía que tener distancia de mis sentimientos y conectarme con la vida que había, con lo que ella hacía”.
La actriz que entonces estaba en plenas grabaciones de Sabor a ti, pidió al canal que no la excluyeran y terminó la teleserie como pudo. Su gran temor era que la discriminaran. “No quiero que me arrinconen en el lote de los enfermos, que no me dejen trabajar. A eso le tengo miedo”, dijo entonces.

REBECA HIZO TODO POR CURARSE. Recurrió a tratamientos tradicionales, alternativos, budismo, catolicismo y se aferró a Dios y a la fe. En 2001, el tumor del pulmón había desaparecido y el del hígado ya no crecía. Vio una luz de esperanza y se integró a la teleserie Piel Canela. Un año después, sin embargo, un dolor de espalda la llevó de nuevo a la clínica. Esta vez el diagnóstico fue demoledor: cáncer a los huesos.
“Mi mamá adoptó una actitud sabia frente a la enfermedad: aceptarla, albergarla, no odiarla y tratar de entender por qué cresta le pasó. Cambió mucho, se volvió una mujer de fe, de buscarle sentido a las cosas. Empezó a trabajar con mostacillas, a pintar, era muy creativa. Se armó un mundo súper personal en el que te acogía muy bien”.
La actriz murió el 20 de septiembre de 2003, a mediodía, bajo un sol radiante. Entonces Javiera tenía 21 e iba en segundo año de teatro. “Me tomé un año, me puse a trabajar en un local naturista donde, cuando no iba nadie, leía y tomaba té todo el día. Necesitaba parar, no podía seguir con mi vida como si nada hubiera pasado. Eso de que la vida continúa, ¡las pelotas! Me sirvió ganar mi plata, conocer otra gente, salir de la burbuja”.
“Lo mejor que me pudo regalar mi mamá fueron mis hermanas. Son su legado, si hubiese estado sola después de su muerte no sé qué habría hecho. Tenerlas cerca me permite armar familia. A mí me tocó una mamá, y a ellas otra. Camila tuvo a una muy joven, inexperta; yo, una más madura y presente. Luciana la tuvo apenas diez años, por lo que ha tenido que reconstruir su historia desde otro lugar, con nuestro aporte. Intento ayudarla, viví la etapa cuando se embarazó de ella, soy su memoria”.

Sobre las tablas, reconoce tener mucho de su madre. Y con respecto a su herencia teatral, afirma: “los más jóvenes la recuerdan harto, como una buena actriz, versátil, muy profesional, seria, excelente partner y persona. Estoy convencida de que puedes ser súper excelente actor, profesional y de resultados, pero si eres buena persona, trasciendes, tu trabajo se perpetúa de otra manera. Era talentosa y solidaria. Siempre apadrinó a los más jóvenes. Por eso, nadie se olvida de ella”.

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