No está en la primera línea, sin embargo, Jaime Mañalich ha seguido dando que hablar tal como en sus días de ministro de Salud de Sebastián Piñera cuando —como él mismo ha reconocido— su temperamento lo traicionaba. Hace unos meses se enfrascó en una discusión con la conductora de Estado Nacional Andrea Aristegui de TVN —a quien acusó ser de izquierda y la cuarta panelista de la Nueva Mayoría— por lo que terminó renunciando al programa. Y no pasó mucho cuando hizo de nuevo noticia, en momentos que el Colegio Médico resolvió expulsarlo por supuestas faltas a la ética, pese a que él había renunciado a esa institución en febrero. Para el nefrólogo esta resolución tuvo motivación política; una revancha o pasada de cuenta por haber acusado a parte de sus colegas —mientras era ministro— de no presentarse a trabajar y dar licencias médicas falsas. “Un ministro de salud no puede ser obsecuente con el Colegio Médico como lo fue Michelle Bachelet y Soledad Barría que quedaron a sus ‘servicios’. Me equivoqué en no congelar mi colegiatura, porque hay un conflicto de interés inaceptable. Acusé lo de las licencias, que no iban a trabajar, lo consideraron una falta de respeto, ¡y pa’ fuera! Pero se les devolverá. Hace unos días nomás el programa Contacto reveló la colusión de un grupo de médicos para obtener más dinero estatal, ¿y dónde está el Consejo de Defensa del Estado?, ¡¿qué dice el Colegio Médico?! Hay por lo menos siete dictámenes de Contraloría al respecto, pero en eso las autoridades ministeriales no opinan.

“¡Tienen que actuar!, para eso están en esos cargos”, reclama con impotencia el actual director del Instituto de Políticas Públicas en Salud de la Universidad San Sebastián. Esa misma sensación siente, dice, al ver que por un tema ideológico y político el gobierno de Bachelet haya sacado nueve hospitales del plan de concesiones y despedido del Minsal —una vez que llegó a La Moneda— a todos los que ocupaban cargos directivos y administrativos. “Esa es la principal razón de la crisis de la Salud, porque hay un problema de gestión. Toda la gente capacitada, los ingenieros, los que sabían administrar, incluso perteneciendo a los mandatos pasados de la Concertación, fueron expulsados y el gobierno instaló a puros aficionados y operadores políticos. Chile ya no está para aficionados en ninguna área; se necesita una gestión profesionalizada. No puede ser, por ejemplo, que quien llega al Ministerio de Educación diga: ‘no tengo idea’; “¡es inaceptable!”.

—¿Sigue apuntando a Helia Molina como la gran responsable?

—Es la principal junto con la ex subsecretaria de redes asistenciales (Angélica Verdugo), por su marcada tozudez para echar funcionarios, no dar continuidad y paralizar los proyectos. Los nueve hospitales concesionados ¡para afuera!, que generaban una inversión de cuatro mil millones de dólares en inversión y daba 40 mil empleos. Hablo de recintos en lugares donde hay depresión laboral como el Maule, Bío-Bío, la Araucanía. La motivación fue política, ya que hay un sector de trabajadores externos y no del gremio que ellos pueden capturar; y el PC ha sido muy activo en el desprestigio. La ex ministra decía que los hospitales concesionados son más caros, se demoran más, ¡mentira! Los que se construyeron (Maipú, La Florida) y los que se están construyendo (Félix Bulnes y Antofagasta) van mucho más rápido y son más baratos. Hoy el Minsal no consigue oferentes, llamar a licitación…

—¿Por qué sería?

—Nadie quiere participar porque el riesgo a que le rompan el contrato, a las huelgas, es demasiado grande. El Hospital del Salvador está entregado hace más de un año a la concesionaria para construirlo, y los gremios se oponen. Al final no lo harán; no sé cómo se las van a arreglar con las multas. El Sótero del Río y el Salvador tienen una multa pendiente por 70 mil millones de pesos cada uno, ¡250 millones de dólares!, un hospital completo. Están todos los permisos listos, pero no pueden partir.

—¿Cuál es el argumento para que sigan paralizados?

—La única razón es que los gremios no quieren, y ellos mandan. Hoy el ministerio se debe más a éstos que a la gente, ya no le importa ‘el partido’ de los enfermos. Y contratan operadores políticos para que negocien y no funcionan. Mire el paro del Registro Civil, del Hospital del Salvador, y más plata se despilfarra. Cuando fui ministro nunca tuve una huelga, y es porque los trabajadores sabían que aplicaríamos la ley, que al día siguiente se le descontaba el día faltado y no recibían el bono trimestral. Este gobierno, en cambio, les teme a las movilizaciones y que el rechazo aumente. Se regaló un bono millonario en el Banco Estado —que es de todos los chilenos— para que no paralicen el país.

Cree que el programa 20-20-20 de Bachelet en Salud (que prometía 20 hospitales construidos, 20 en construcción y 20 en diseño o licitación en 2018) nunca fue real. “Y muchos de la Nueva Mayoría han opinado lo mismo. Vienen las elecciones, saben que la ciudadanía les pedirá cuentas sobre los centros de Curicó, Linares, Chillán”.

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Mañalich ve a la Presidenta ausente de la gestión diaria. “Ella aspira a ser una jefa de Estado y dejarle a otros el trabajo sucio. Por desgracia, las personas en que confió ahora en Salud no han dado el ancho”.

—¿Justifica entonces una acusación constitucional en contra de la actual ministra Carmen Castillo?

—Da cuenta de la enorme molestia que hay con el Minsal. Ella es una víctima, heredó la mala gestión de Molina que fue destructiva. La misma Carmen Castillo reconoció que la ex ministra había contratado más de 100 asesores políticos, 2.500 millones de pesos al año, que equivale a un consultorio, siendo que ella contrató solo uno. La promesa que hizo la Presidenta respecto a cómo iba a ser el perfil de la Salud Pública, no se cumplió: no hay vacuna para la tuberculosis, se quitaron alimentos del programa de alimentación infantil, no se hace propaganda para el Sida, no se construyen los hospitales, hay menos especialistas…

—Expuesto así, pareciera que hay un abandono de la cartera.

—Y ocurre porque la salud no es prioridad. Todas están puestas en Educación y en la reforma constitucional. El realismo sin renuncia, circunscrito al programa de gobierno, es verdadero. Van a avanzar en eso. Mira lo que pasó con la glosa de educación superior, entre gallos y medianoche se sacó un conejo del sombrero y se quitó la mitad del AFI (aporte fiscal indirecto); un presupuesto comprometido para las universidades que ya recibieron a sus alumnos. Y este realismo implica renunciar a reconstruir el norte, construir hospitales, tener más especialistas, implementar la ley de fármacos. Para sacar la ley Ricarte Soto de un día para otro, copiaron Wikipedia con medicamentos que ya no se usan para tratar las enfermedades incluidas ahí. Los aficionados dedicados a esto, generan un problema público grave; ya lo vivimos con la gestión de Nicolás Eyzaguirre en Educación.

—Sin embargo, hay quienes lo sindican a usted como el responsable del gran endeudamiento de la cartera, al transferir dineros públicos al sector privado.

—Entregamos el ministerio con una deuda auditada de 60 mil millones y con el Cenabast de 15 mil millones. Hoy se debe 250 mil millones y a Cenabast 50 mil millones. Nosotros licitamos por primera vez las camas privadas, antes se pagaba lo que los hospitales pedían. Fonasa ha dicho que va a inventar un sistema maravilloso, sin embargo, sigue usando nuestro mecanismo. Y le digo, el 2015 se transfirió a los privados un 25 por ciento más de recursos que el 2014, y ese año ya fue un 10 por ciento más que el 2013. Y eso ha sido por las huelgas y las fugas de profesionales por persecución política. Logramos transformar el Hospital del Tórax en el centro de trasplante de pulmón más importante de Chile, y hoy no es capaz de hacer ninguno por falta de recursos. Lo mismo el Salvador que de ser líder en trasplante de hígado, hoy no tiene anestesistas y el banco de sangre no funciona. Entonces, ¿dónde se van esos pacientes?, a la Clínica Alemana, Las Condes, con financiamiento del Estado.

—¿Tiene alguna solución a la crisis?

—Invertir en Salud Pública y aumentar su eficiencia, aunque el presupuesto para el 2016 disminuirá en un ocho por ciento, ¡catastrófico! En lo práctico, Fonasa debiera pagar el precio real —y no de mentira— las prestaciones que dan los hospitales para evitar que estos se endeuden. Y hay que ser más estricto en la compra a privados; los precios de licitación tienen que ser revisados a la baja, y los pacientes una vez que solucionen su problema en el recinto privado, deben ser derivados rápido a uno público para ahorrar costos.

—¿Es la concesión el camino para tener más hospitales?

—Esa discusión ya no tiene lugar, recuperar las concesiones es un imposible en este gobierno. En lo político no puede dar ese paso, no me imagino a la Presidenta apareciendo en una entrevista de TV —en Canal 13 normalmente—, diciendo: “En realidad, siempre intuí que las concesiones eran una buena idea, pero me aconsejaron mal”, ¡los gremios se le van encima! Y por otro lado, ¿quién se para al frente? Hay dos hospitales esperando, el de Puente Alto —con un millón de habitantes—, está cayéndose a pedazos, y existen los recursos, los planos, el terreno comprado y una empresa española y otra mexicana paralizadas esperando partir con ambas obras. La Moneda no tiene ninguna voluntad de cumplir un contrato del Estado de Chile. Y lo peor, ¿qué garantía y seguridad se les da a los capitales extranjeros para invertir en otras áreas como carreteras, embalses, túneles, aeropuertos?, ¡ninguna!

—¿Y las farmacias populares son la solución para el alto precio de los medicamentos?

—Eso se resuelve aplicando la ley de fármacos que el Ministerio de Salud no ha querido implementar. En la actualidad no se fiscaliza que los médicos prescriban genéricos ni que las farmacias tengan el stock de bioequivalentes de acuerdo al petitorio nacional. Tampoco se venden en góndolas aquellos medicamentos que no requieren recetas ni se supervisa que los precios sean accesibles. Aparecen las farmacias populares como la gran solución, cuando la legislación dice que esos remedios se pueden vender en recintos de salud, en consultorios, almacenes farmacéuticos, en la posta; pero insisto, no quieren aplicarla.

—¿Por qué no lo hacen?

—Hay ignorancia y no tienen el coraje; el lobby entra por todas partes. Les falta respaldo político para decir: “señores, hasta aquí nomás llegó esto”. Cuando nosotros introdujimos el hipotiroidismo en la canasta Auge, la industria farmacéutica sacó los medicamentos genéricos y dejó solo el Eutirox, en vez de 800 pesos, había que pagar 12 mil. ¿Qué hicimos?, importamos el remedio de Brasil y se acabó el problema. Cenabast tiene la facultad de importar todos esos medicamentos… Y resulta que, después de dos años de gobierno, aparece un subsecretario diciendo que hará un reglamento para que los médicos prescriban los genéricos, ¡si eso ya está en la ley!

—¿Y los parlamentarios tampoco se pronuncian?

—Están preocupados de otras cosas, no para lo que están mandatados en beneficio de la ciudadanía. Un ministro que no obedece una ley dictada por el Parlamento, está en problemas frente a éste y a la Contraloría, pero aquí no pasa nada; incluso vamos para el año sin contralor titular. Seguimos jugando a que merecemos ser un país de aficionados.

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—¿Qué le pasa con eso?

—Me da rabia, es ridículo. Es contar con muchos instrumentos para hacer bien las cosas y no querer. Se acaban de aprobar mil 100 millones de dólares de subsidio al Transantiago que equivale a cuatro enormes hospitales, subsidiando a los que no pagan. Estamos mal.

—¿Le reconoce algo bueno a este gobierno?

—Tuvieron un error de cálculo grave. Pretendieron hacer una cantidad de reformas estructurales sin el respaldo técnico, conocimiento, abogados y la experiencia, previendo que las arcas fiscales estarían holgadas como para permitir errores. Esa situación se agotó. El ministro Valdés le ha puesto freno a esa sed populista y habló claro: “no hay más plata”. El próximo año la situación económica será aún más delicada. Muchos no dimensionan lo que significa pasar de cuatro a dos dólares la libra de cobre.

—¿Tiene la derecha alguna posibilidad de volver al poder?

—Las posibilidades hoy son enormes, por desafección, rabia, decepción.

—¿A quién ve liderando el sector?

—El único que puede liderarlo hoy es Sebastián Piñera. Están apareciendo otros nombres interesantes: Felipe Kast, Hernán Larraín padre, Cristián Monckeberg… ¿Qué va a pasar con Andrés Velasco, con la masa democratacristiana? Hoy están tirados los dados para que la DC vaya con un candidato directo sin pasar por primarias. Ese partido tendrá que tomar una decisión súper dura que es reinventarse o desaparecer.

—¿Usted va por Piñera?

—Creo que él será el nuevo presidente.

—¿Lo acompañaría en Salud de nuevo para realizar lo que estima se debe hacer?

—No, por ningún motivo. Ya hice lo mío, ahora le toca a otro. Hay que darle tiraje a la chimenea. No tengo ningún interés en revincularme al mundo parlamentario, municipal ni ministerial. Lo que estoy haciendo ahora en políticas públicas es mucho más interesante para mí, incluso para el país.

—¿Por qué a priori desecha a Manuel José Ossandón como candidato?

—El fue en extremo crítico con Piñera porque quería ser ministro de vivienda, como no lo nombraron, se taimó y desde entonces le dio durísimo de una manera muy poco honesta. El aún no tiene la madurez ni la capacitación para ser presidente, que cumpla sus ocho años de parlamentario y ahí se verá.

— Dado el momento ¿votaría por Andrés Velasco?

—Es una figura políticamente perdida, no tiene ninguna posibilidad.

—Lily Pérez ahora se inclina más por Velasco que por Piñera.

Lily Pérez se apoya ella, lo que le interesa es ser candidata a presidenta. Está en campaña por ella, no vaya a creer Andrés Velasco que en algún momento Lily Pérez lo respaldará. Es ella o no es nadie.