“Hay una canción que me gusta mucho, es de Susana Rinaldi; dice que a pesar de todo la vida es hermosa, que a pesar de todo, la vida que es dura… Que a pesar de todo irás adelante. Y yo, a pesar de todo, estoy aquí puesta”, dice Isabel Allende (socióloga, 70 años) con una sonrisa suave, tan distinta a su imagen pública de mujer seria, a ratos distante. Porque “a pesar de todo”, logró vencer los dolores, con una vida que, aunque marcada por episodios trágicos, la llevó a asumir un liderazgo que hoy la tiene convertida en la primera mujer que presidió el Senado después de 203 años —cargo que entregó en marzo pasado—, la única hasta ahora en encabezar el Partido Socialista en sus 82 años de historia, y también la figura mejor evaluada de la última encuesta CEP, probable carta presidencial del PS de cara al 2017, aunque a ella el asunto no le quita el sueño. 

“De no haber sido por el Golpe, tal vez no me habría dedicado a la política. Por supuesto que pertenecía a una familia muy activa, con mis hermanas (Carmen Paz y Beatriz) acompañábamos a mi papá en todas sus campañas, pero de joven me costó encontrar una vocación, incluso acaricié la idea de estudiar teatro, pero era muy tímida…”.

A Isabel la vida la obligó a ser fuerte. A no mostrar sus emociones. A protegerse. “Pero aquí me tienes. No soy una persona amargada ni nada de eso”, asegura instalada en la mesa donde solía almorzar su padre en la histórica casa de Guardia Vieja —una mesa larga, con sillas de estilo chino que diseñó Pablo Burchard— mientras afuera las hojas otoñales caen y el jardín se va cubriendo de una fina carpeta amarilla.

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Al calor de una taza de té rooibos, Isabel Allende mira directo con sus ojos azul piedra. Tan parecida a su madre Hortensia, quien murió a mediados de 2009. Entre las dos no quedó ningún asunto pendiente. Incluso lograron hablar —o la hija le pudo mencionar— la existencia de un hijo anterior al matrimonio con Salvador Allende, aparentemente de una relación con un hombre casado. El niño fue entregado a otra familia y el tema —si bien estuvo en conocimiento de su marido— nunca más se mencionó. 

Cuando su madre se encontraba en sus últimos meses de vida, Isabel recién vino a descubrir el secreto. Estuvo días pensando en si hablar con ella un tema tan doloroso. Hasta que se atrevió. Se emociona al recordar la escena, de la que habla por primera vez y con la misma sinceridad con que se refiere a otros episodios de su vida, como la muerte de su padre, aquel fatídico 11 de septiembre de 1973 y sus últimas horas juntos. “Esos diálogos que tuvimos, el abrazo final, eso no me lo va a quitar nadie”.

Luego vino el exilio; 16 largos años donde reforzó su cercanía con Tencha, de quien siempre fue muy apegada. “Esa fue mi forma de solidaridad, de complicidad con ella”.

Isabel se refiere al lazo de protección que creó con su madre, en especial tras la histórica relación de su padre con Miria Contreras, la Payita, secretaria personal y pareja del Presidente.

Mientras Beatriz (Tati), la segunda de las Allende —la más parecida a su padre, médico como él y su indudable heredera política—  forjó una potente relación con Miria e incluso los visitaba cada domingo en su refugio de Cañaveral, Isabel delimitó claramente sus fronteras. Prefería ir a almorzar diariamente con su madre a La Moneda, estar con ella, acompañarla. “A diferencia de Tati, yo no era ni cómplice, ni amiga, ni nada. Ese mundo no me gustaba y por lo tanto estaba afuera. Yo quería al Chicho como padre, pero no contaba conmigo para esta otra fase. Para mí sólo existía Tomás Moro. Jamás habría ido el domingo a Cañaveral”.

—¿Sintió rabia con su hermana?

—No, éramos distintas nomás y, ante todo, lo principal era el cariño.

—Su madre alguna vez dijo que Salvador Allende era mejor padre que marido. Usted debió crecer con eso, ¿cómo lo vivió?

Por supuesto que me molestaba, me caía mal. Es algo que afecta, que duele y que a mí me marcó. Creo que por eso me apegué tanto a mi mamá. Además que Chicho fue siempre igual, eso de que en los últimos años estuvo con la Paya, que fue su gran amor… A él le encantaban las mujeres y tengo entendido que su abuelo, el gran personaje a quien él más admiraba, influyó mucho en ese sentido. El siempre hablaba de Ramón Allende Padilla, “el primer médico”, responsable de los servicios de salud sanitarios de la Guerra del Pacífico, el fundador de la primera escuela laica. Todo un personaje.

Para Paulina Herrera, gran amiga de Tencha y hoy parte del círculo íntimo de Isabel —de las tres que parte con ella a la parcela de la senadora en Curacaví, donde conversan, leen y juegan scrabble—,  claramente Hortensia Bussi sufría; “ella estaba muy enamorada de Salvador y él era muy coqueto. Las mujeres lo perseguían, me consta”, dice esta mujer, que además fue secretaria privada de Allende y le conoció varios de sus secretos.

En un comienzo Isabel mantuvo una cordial —pero distante— relación con Paya.  “Ella era la secretaria de mi papá y por supuesto que nos saludábamos”, cuenta. Pero con el Golpe no sólo la historia del país cambió, también lo hicieron ellas. La actual presidenta del PS cuenta que incluso recibió a la mujer en México. “Fue un encuentro muy emotivo… Ella ese 11 de septiembre perdió un hijo que aún figura como desaparecido. Y su deseo de quedarse con el Chicho hasta el final habla de una lealtad y un amor muy fuerte, de una enorme entrega”.

—Con el tiempo, ¿logró entender o perdonar a su papá?

—Sí. Hoy soy mucho más relajada, lo veo todo con distancia, de una forma más natural… 

Claro que entonces los amoríos de su padre la marcaron e influyeron en sus relaciones de pareja. “Tengo poca tolerancia… Con mis dos maridos legales —Sergio Meza, padre de su hijo Gonzalo, y Romilio Tambutti, con quien tuvo a Marcia— duramos muy poco: dos años y luego tres años y algo, respectivamente. Siempre quise un amor para toda la vida, pero con Sergio me casé a los 19 años, embarazada, y escogí re mal”, admite desclasificando uno de sus episodios más íntimos. 

Según otra de sus grandes amigas, Gini Arancibia, “Romilio era un hombre maravilloso, de una gran calidez, encantador, muy parecido a Salvador. Isabel, en cambio, era más callada. Eran los dos polos que se atraen”.

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Durante el exilio la familia se dividió en dos puntos geográficos: Isabel, Carmen Paz (la menos pública) y su madre se anclaron en la ciudad azteca; recorrían el mundo reuniéndose con connotadas figuras, mientras que, en La Habana, Beatriz se convirtió en un símbolo para las víctimas de la represión, muy requerida por los revolucionarios para sus múltiples actividades políticas. Poco a poco para ella la isla fue transformándose en una cárcel; no pudo volver a ejercer la medicina y permanentemente debía recibir a exiliados que llegaban a contarle sus horrores. “No tenía descanso. Y más encima cargaba con todo el dolor de la muerte del Chicho, a quien adoraba. La pena la fue erosionando”, cuenta Isabel sobre uno de sus momentos más trágicos: el suicidio de Tati, en 1977.

Fue Mitzy Contreras, hermana de Payita, la persona a quien escogió Beatriz (Tati) para criar a sus dos niños: Alejandro y Maya Fernández Allende, actual diputada por Ñuñoa.

“Siempre he dicho que la vida me quitó una madre y me regaló otra”, reconoce ahora Maya quien al momento de la tragedia sólo tenía seis años. “Mi abuela era muy respetuosa, nunca hizo un comentario y nosotros tampoco le hablábamos de Mitzy o de la Payita porque sabíamos que era doloroso, pero estaba agradecida de que nos hayan cuidado y querido tanto”.

Así, durante largos años hubo temas que no se hablaron en la casa de los Allende Bussi. “Y se fue formando una costra de silencio”, reconoce Isabel Allende.

Con esta sensación creció Marcia Tambutti, la hija menor, quien hace poco estrenó en Cannes Allende, mi abuelo Allende, que obtuvo el premio L’oeil D’or al mejor documental. Fueron casi diez años de trabajo donde prácticamente obligó a la familia a referirse a ciertos temas.

“Crecí en un matriarcado, con una abuela y una madre de carácter muy fuerte —relata Marcia a CARAS—. En el exilio ellas tenían un rol que cumplir, recorrían el mundo al lado de presidentes, de reyes, para denunciar hechos que eran muy duros; debían responder a lo que se esperaba de ellas y eso dejó poco espacio al luto. Además, a nadie le gusta hablar de lo que te hace vulnerable”, admite la documentalista.

Para ella, no fueron las infidelidades del Chicho o su muerte en La Moneda el mayor dolor de estas mujeres, sino que fue la muerte de Tati el que más socavó sus cimientos.

“No lo podía creer, porque Tati era mucho más fuerte que Isabel, mucho más política. Ellas sufrieron mucho”, cuenta Raquel Alvayay, el tercer miembro del círculo íntimo de Isabel.

Hoy, con la fotografía de su hermana a su espalda, la senadora sólo encuentra una palabra para definir aquella tragedia: impotencia. “Estábamos en París, después de que en Moscú se rindiera un homenaje póstumo a mi papá, y nos llegó la noticia… Yo intuía que algo le pasaba a Tati; en sus cartas notábamos un cierto cansancio y por eso, ocho días antes, fui a verla. Efectivamente, no la ví bien, pero su estado tampoco era tan obvio. Ella nunca había sufrido una depresión, al contrario, ella era el roble de la familia”. 

Isabel se emociona. Un sentimiento de culpa la acompañó por un largo tiempo. “Me quedé con la sensación de que debí haberla agarrado y obligado a irse conmigo a México. Después veríamos qué hacíamos”.

Fue una conversación con Carlos Lazo, socialista exiliado en París y gran amigo de Isabel, quien le permitió recuperar el aliento: “Me dijo: ‘en estos casos tú no puedes intervenir. Fue su decisión y debes entender que fue su escape. Ella sintió que era lo mejor’”. 

Esas palabras nuevamente resonaron en su memoria cuando en  diciembre de 2010 su hijo mayor, Gonzalo Meza, se quitó la vida. Ella venía llegando de un viaje y lo invitó a almorzar. “Lo encontré un poco descuidado; tenía el pelo grasoso, algo más largo; se veía feo y le eché una talla. Pero nunca me imaginé…”. 

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La depresión no era algo nuevo para su primogénito. “Gonzalo había experimentado una vida difícil. Tenía epilepsia, tomaba pastillas, algunos de sus proyectos profesionales no prosperaban y había perdido a su pareja luego de luchar durante dos años contra una agresiva leucemia. En algún momento nos dijeron que ella podía salvarse, pero eso no ocurrió y su muerte lo desestabilizó”.

Su hijo empezó a jugar póker. Al comienzo obtuvo buenos resultados y anunció que se dedicaría profesionalmente. “Tuvimos una pelea; le dije que ese iba a ser un desastre:  ‘El póker va a ser tu ruina y yo esta vez no te voy a ayudar’, le advertí. A regañadientes tuve que desearle suerte cada vez que partía a alguna competencia. Y no me equivoqué, porque no le fue bien y quedó con algunas deudas, aunque pocas. Se deprimió. Estaba tan mal. Creo que tomó esa dura decisión porque no quería convertirse en un problema”.

—Después de episodios tan duros, ¿cómo lo ha hecho para manejar su propio dolor?

—Supongo que tengo más fortaleza de la que yo incluso pensaba. Hay momentos en que disfruto tremendamente la vida y otros muy tristes, que están…

—Se ha derrumbado…

—De repente me pasa. Todavía me acuerdo del último 11 de septiembre con la Presidenta en La Moneda… Se me empezaron a caer las lágrimas y la pobre Michelle no sabía qué hacer…

Isabel se emociona y nuevamente unas pequeñas lágrimas brotan de sus ojos tristes.

—Hace poco trascendió en un libro que su madre tuvo un hijo antes de casarse con Salvador Allende.

—Lo vine a saber muy tarde, hace cuatro años. Ella nunca lo habló, no fue tema entre nosotras. 

—¿Cómo se enteró?

—Una amiga mía que juraba que yo sabía me lo comentó. Me quedé de una pieza.

Isabel dudó si mencionárselo a su mamá. “Tencha estaba bastante débil y yo decía ‘bueno, si nunca comentó nada, por algo será. Debe ser un capítulo muy doloroso…’. Al final concluí que debía hacerlo; mi mamá se veía bastante mayor; sabía que de un momento a otro ya no iba a estar con nosotros. Así que le hablé:  ‘¿sabes? Me contaron esto y quiero decirte que te quiero más que nunca’. Nos dimos un beso y un abrazo… Ella se emocionó; debe haber sentido un tremendo alivio. Nunca más tocamos el tema. Meses después murió (suspira). Me dejó muy tranquila. Fue maravilloso haberlo dicho, si no, me habría quedado con eso adentro…”.

—Dicen que fue Salvador Allende quien le exigió entregar a ese hijo.

—No, para nada. Aunque no lo tratamos, creo que pasó otra cosa: imagínate, una persona joven, sola, con un padre de una rigidez tremenda, que era oficial de la marina mercante y que enviudó casi en cuanto Tencha nació. El la echó de la casa cuando supo que tenía una relación con una hombre casado, así que creo que ni siquiera se enteró de este embarazo.

—¿Y usted no sintió el impulso de conocer a este supuesto hermano? 

—Para mí él no existe, nunca fue parte de mi vida, no está en mi registro (dice categórica).

—¿Qué pasa si él la busca?

—No lo hizo nunca, no creo que lo vaya a hacer ahora. Si algún día se le ocurriera aparecer, por supuesto que lo vería. Pero no tengo ningún interés en encontrarlo. No siento curiosidad de conocer a un señor al quien no he visto nunca en mi vida. Ya no fue.

—Pero está, él vive en alguna parte…

—Comprenderás que si mi madre entregó a un niño y nunca más lo volvió a ver y hoy él tiene otro nombre y fue criado con otra familia, no existe nomás. Yo tengo una familia muy clara: tres hermanas que éramos súper unidas, cada una con su carácter y su temperamento. Una familia bien chica, rodeadas de hechos bien duros y difíciles, pero hemos aprendido a vivir y yo no me veo como un ser amargado. No me quedo pegada en las negruras de la vida. Yo sigo adelante. Mi vida es ésta y aquí me quedo. Como en la canción de la Rinaldi: a pesar de todo, yo sigo adelante. Ese es mi himno.