El miércoles 12 de abril, el secretario de Estado norteamericano, Rex Tillerson, aterrizaba en Moscú para iniciar una visita oficial que se anticipaba tensa. Ocurría menos de una semana después que Estados Unidos bombardeara con 59 misiles Tomahawk una base aérea siria, en represalia por el ataque con armas químicas del régimen de Bashar Al Assad contra la población civil en una zona disputada por los rebeldes sirios. Rusia, principal aliado de Al Assad, insistía en que el dictador no había perpetrado el ataque químico, y condenó el bombardeo estadounidense como una flagrante violación del derecho internacional.

Tillerson pasó los primeros dos días de la semana en Lucca, Italia, con sus pares, los cancilleres del G7. Junto al ministro de Relaciones Exteriores británico, Boris Johnson, intentaron conseguir del grupo de las siete potencias una declaración con sanciones contra Rusia por haber sido cómplices en el ataque con armas químicas y el encubrimiento del mismo evento, conminando a la administración Putin a retirar su apoyo a Al Assad. No lo consiguieron.

Para agregar voltaje a las horas previas, la Casa Blanca emitió un reporte de cuatro páginas en el que, basados en su información de las agencias de inteligencia de su país, acusaba directamente a Rusia de ser cómplices de un régimen que se vale de armas de destrucción masiva para atacar a su gente, y derribaba uno a uno los argumentos presentados por Rusia para defender la versión siria sobre el ataque. De modo que la cita entre Tillerson y su par ruso, Sergey Lavrov, comenzaba con tono antagónico. La primera reunión, de hecho, partió con una advertencia de Rusia a Estados Unidos: No más ataques a Siria.

Es tentador pensar que el asunto sirio ha terminado por devolver a rusos y estadounidenses a sus respectivas trincheras tradicionales, rompiendo una suerte de romance platónico (o bromance) entre Trump y Putin. Desde luego, eso está por verse. Pero algo llamaba la atención: el silencio personal del usualmente locuaz Donald Trump respecto del asunto, aún mientras su Casa Blanca y sus personeros (Tillerson, el secretario de Defensa James Mattis, el secretario de Seguridad Nacional H.R. McMaster, la embajadora de EE.UU. ante la ONU, Nikki Haley) endurecían la retórica hacia Rusia.

“¿Dónde está el feed de Twitter de Donald Trump cuando se lo necesita?”, se preguntaba irónicamente el editorialista de The New York Times Tom Friedman en un programa informativo el domingo 10. El silencio de Trump, de hecho, alimentaba la suspicacias de quienes veían en el asunto sirio una mera distracción, una pose de antagonismo del gobierno de Trump contra Rusia y su presidente, en momentos en que tanto el Congreso como el FBI conducen investigaciones para determinar la naturaleza, profundidad y consecuencias de los contactos entre el equipo de campaña y de transición de Donald Trump con el gobierno de Putin antes, durante y después de las elecciones presidenciales.

Hasta ahora la principal consecuencia de las investigaciones y las revelaciones que se han ido filtrando desde las agencias de inteligencia y desde la propia Casa Blanca ha sido la estrepitosa caída del poder de Michael Flynn, el retirado general que había sido designado como secretario de Seguridad Nacional. Flynn ya estaba en el centro de las sospechas por su cercanía con el régimen de Putin, pero terminó por caer cuando se reveló que había sostenido al menos dos reuniones con el embajador de Rusia en Washington, a quien la inteligencia estadounidense ha apuntado como un agente de espionaje.

Fue el hecho de que en una de esas reuniones discutiera el tema de las sanciones impuestas por la administración Obama en sus postrimerías, en represalia por el hackeo ruso al Comité Nacional Demócrata y otras maniobras para influir en la elección presidencial, lo que formalmente terminó por botar a Flynn: el vicepresidente Mike Pence había negado que el tema se hubiera discutido con los rusos, y cuando se demostró lo contrario se culpó a Flynn de haberle mentido a Pence. Otros actores claves de la trama son Paul Manafort, Roger Stone y Carter Page.

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El primero fue el jefe de campaña de Trump hasta que fue reemplazado por Kellyanne Conway. Manafort fue asesor de Viktor Yanukovich, el presidente ucraniano pro ruso que fue derribado por una revolución popular en 2014. Millones de dólares recibidos desde fuerzas prorrusas que Manafort nunca declaró renovaron las sospechas sobre el operador. Roger Stone, un antiguo estratega republicano que suele moverse en el margen del establishment (y que es conocido por tener un tatuaje con el rostro de Richard Nixon en la espalda), trabajó activamente asesorando la campaña de Trump y recientemente admitió haber intercambiado mensajes con un hacker ruso que se asume como un operativo de la inteligencia de ese país.

Y luego está Carter Page, asesor de la campaña en política exterior, quien antes fue asesor de la compañía estatal rusa Gazprom y que se cree fue cortejado por espías rusos con intención de influir en el círculo de Trump. Justamente el mismo día en que Tillerson aterrizaba en Moscú, The Washington Post revelaba en exclusiva que el FBI había obtenido una autorización del tribunal especial para asuntos de espionaje extranjero, FISA (por Foreign Intelligence Surveillance Act) para monitorear las comunicaciones de Carter Page.

El tribunal accedió al considerar que el FBI demostró que había una causa probable para creer que Page estaba actuando como agente de un poder extranjero. La información constituía la primera evidencia conocida en público de que el FBI había llegado a la convicción de que al menos parte de la campaña de Trump estaba en contacto con agentes rusos.

¿Qué averiguó el FBI sobre Page y los contactos del team Trump con agentes rusos? Eso sigue siendo un misterio, y presumiblemente lo sea al menos durante el desarrollo de la investigación de la agencia federal, que sigue abierta.

La respuesta de Page ante la revelación del Post siguió la línea del gobierno, poniendo el foco más en los procedimientos que en el fondo, acusando al FBI de haber perpetrado un espionaje con motivación política, y llegando incluso a compararse con la vigilancia encubierta sufrida por Martin Luther King durante su lucha por los derechos civiles. Flynn, Manafort, Stone y Page son los actores principales en una investigación que cada cierto tiempo resurge o tiene capítulos secundarios pero muy noticiosos, como la acusación del mismo Donald Trump en Twitter, cuando aseguró haber sido espiado por orden de su antecesor Barack Obama.

Ha sido justamente esa la línea de defensa de la Casa Blanca: victimizar a los investigados, acusar espionaje con fines políticos y prometer una caza inmisericorde contra los responsables de las continuas filtraciones. Por todo eso, hasta principios de abril se esperaba que la primera visita del secretario de Estado a Moscú fuera vista con suspicacia en Estados Unidos. Cada interacción entre las administraciones de Trump y Putin está cruzada por la desconfianza.

Más si se considera que en su pasado como CEO de Exxon Mobil Rex Tillerson desarrolló una conveniente cercanía con el gobierno ruso. Pero luego sucedió lo de Siria, un asunto que rápidamente los partidarios de Trump apuntaron como evidencia de que el presidente actúa por su cuenta y que está dispuesto a enemistarse con Putin si se trata de defender los intereses de Estados Unidos.

Como sea, las investigaciones siguen abiertas, y las continuas revelaciones hasta ahora sólo han reforzado la sospecha del vínculo Rusia- Trump. La gran pregunta, por supuesto, es hasta dónde llegaron esos contactos. Y hasta cuándo.