José Miguel Insulza, el pánzer, está de vuelta. El 22 de mayo deja oficialmente la secretaría general de la OEA —en esta ocasión de forma definitiva— y el abogado ha anunciado sus planes: “Quiero volver a la política activa”. El socialista que a fines de los ’90 tuvo que defender el regreso de Pinochet a Chile y que en el 2000 como ministro del Interior tuvo que desactivar con destreza los conflictos políticos de la administración de Lagos —el Caso GATE incluido— vuelve a Chile con 71 años y mientras el país vive probablemente la crisis institucional más profunda de las últimas décadas.

Pero, ¿a qué llega Insulza? O más bien, ¿qué podría querer Chile de él, siendo que el país supuestamente ha cambiado tanto desde que hace 10 años, en 2005, Insulza se fue? Una lectura evidente, que se escucha entre sus amigos, partidarios y los nostálgicos, es que en este momento se necesita poner orden y que el socialista tiene el liderazgo político del que se ha carecido en La Moneda. Habrán los que aprovecharán la ocasión para señalar que el Caso Caval no sólo ha dañado a la propia Presidenta sino que, de paso, a las autoridades mujeres, por lo que la llegada de un hombre fuerte ayuda a ordenar el escenario. En las últimas semanas se ha escuchado a puerta cerrada que algunos quieren verlo reemplazando a Rodrigo Peñailillo, pero con algún rango superior, como una especie de Primer ministro. Algo parecido se esboza respecto del expresidente Ricardo Lagos, aunque en ambos casos resulta una ecuación difícil considerando el factor Michelle Bachelet. El horizonte de las presidenciales 2018, sin embargo, es el que aparece con mayor nitidez para el pánzer.

¿Qué podría querer Chile de él, el hombre de la quincena para CARAS que vuelve esta vez para quedarse? Insulza se fue antes de las protestas de los pingüinos, de la crisis del Transantiago y de las movilizaciones sociales de 2011. Su rostro —a diferencia del de Lagos y Bachelet— no estuvo en la Casa Central de la Universidad de Chile como símbolo de un tiempo de acuerdos que ahora se mira con cierta distancia. Insulza, sin embargo, es uno de los principales símbolos de la Concertación y la transición democrática y resulta una incógnita que la ciudadanía —que supuestamente es otra ciudadanía que la de 2005— vaya a recibirlo con demasiado entusiasmo. Si llega a animarse a postular a una elección popular —a las que no está acostumbrado— sería una buena oportunidad para comprobar si realmente Chile es otro Chile.