“Esta es una de las elecciones más fomes de la historia de Chile”, dijo hace unos días en La Segunda el historiador político Cristián Gazmuri, argumentando que ninguno de los ocho candidatos es capaz de “levantar masas” con un discurso atractivo como se podría esperar de un aspirante a La Moneda.

Para muchos, Gazmuri se quedó corto.

Qué aburrido es escuchar y ver todos los días en radio y televisión a candidatos como Eduardo Artes (0.1% en la encuesta CEP), Alejandro Navarro (0.5%) o José Antonio Kast  (2.7%) diciendo: “cuando yo sea presidente…”, “cuando yo gobierne el país…” si la mayoría de los chilenos cree que ninguno de ellos tiene la más remota posibilidad de ganar o pasar a segunda vuelta el próximo 19 de noviembre.

Por ello, escuchar diariamente sus propuestas, casi fantásticas, se convierte en un ejercicio inútil para los entrevistadores y para la audiencia en general, lo que radica en cifras muy bajas de raiting.

Por otro lado, ni Alejandro Guillier, ni Beatriz Sánchez —los candidatos más fuertes de la centroizquierda— han logrado instalar en la opinión pública alguna propuesta propia.

Sebastián Piñera, el candidato que lidera las encuestas, ha optado por no asistir a algunos debates. Y cuando ha ido le ha dado la razón a su equipo, ya que se ha convertido en el blanco del resto de los presidenciables, especialmente de Marco Enríquez-Ominami, que ha preferido ocupar su tiempo para atacarlo y no para mostrar propuestas como lo hizo en 2009, donde sí era una alternativa presidencial.

Navarro llegó al extremo de lanzarle a Piñera monedas, algo nunca visto anteriormente en un debate.

Todo esto ha redundado en un tibio ambiente de campaña en las calles.

El fantasma de la abstención ronda tan fuerte que La Moneda debió echar mano a 500 millones de pesos para lanzar una campaña que llama a votar. El problema no son los electores, sino los candidatos.