Las últimas dos semanas han sido críticas para Donald Trump. Las sospechas y acusaciones referidas a los contactos que su equipo (y él mismo) tienen con el gobierno ruso no han disminuido, y, al contrario, han tomado una fuerza insospechada. Los noticiarios en Estados Unidos han dedicado, de forma casi monopólica, atención a este asunto, y la misma elite política republicana ha empezado a tomar distancia de quien había sido recogido con júbilo como su candidato presidencial.

El senador John McCain declaró, por ejemplo, que el caso Trump-Rusia estaba tomando ribetes parecidos a los de Watergate; el representante republicano por Texas Al Green, hizo una referencia pública a la posibilidad de una acusación contra el presidente, analistas políticos (como el ex decano de la Facultad de Derecho de Harvard, Allan Dershowitz) mencionó que el escenario es el más grave que ha enfrentado un presidente norteamericano en toda la historia moderna, y voces autorizadas dentro del republicanismo (como Steve Schmidt) abiertamente dicen que esta situación no tiene precedentes en la historia del llamado Grand Old Party (GOP).

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El problema con Rusia es relativamente complejo porque tiene muchas piezas activas. Pero, en esencia, se reduce a cuatro vectores interrelacionados.

En primer lugar, durante la campaña presidencial entre Clinton y Trump, se hackearon los servidores del Comité Nacional Demócrata, desde donde se obtuvieron correos que la organización Wikileaks se encargó de difuminar y que detallaban, entre otras cosas, la manera en que los demócratas habían intentado marginar a Bernie Sanders de la elección como representante para la presidencial, y la mecánica de captación de aportes multimillonarios por parte de sectores que los mismos demócratas criticaban en público. La investigación posterior determinó que posiblemente hackers rusos habían estado involucrados. Todo esto ocurrió en medio de cuestionamientos a Trump por posibles inversiones y negocios en Rusia, algo que no se ha podido comprobar debido a que Trump no ha dado a conocer sus declaraciones de impuestos (en oposición a lo que es la práctica habitual).

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En segundo lugar, cuando Trump toma el poder y comienza a armar su gabinete, coloca a un tal Michael Flynn como Asesor en Jefe de Seguridad Nacional; posición sumamente relevante por el acceso que tiene a materias altamente sensibles y de inteligencia. A poco andar, investigaciones del FBI y de la Fiscalía General que encabezaba Sally Yates, descubren que Flynn había tenido contactos durante la campaña con importantes agentes del gobierno ruso, entre ellos el embajador ruso en Estados Unidos Sergei Kilsyak, donde habrían discutido asuntos como minimizar las sanciones económicas sobre Moscú (algo que un ciudadano privado no puede hacer). Más aún, se dice que Flynn podría representar un riesgo, dado que podría estar siendo susceptible de extorsión por parte del gobierno ruso. Naturalmente, presiones de casi todos los sectores políticos actúan casi de inmediato para la remoción de Flynn, cuestión que ocurre casi dos semanas después de haber asumido el cargo. Este episodio no hace más que reforzar la idea de que entre Rusia y el gobierno de Trump hay materias poco transparentes.

En tercer lugar, el FBI y su director hasta mayo de 2017, James Comey, amplían la investigación para incluir las relaciones que Michael Flynn habría tenido con diversos agentes rusos. Sin embargo, Trump – haciendo uso de sus facultades presidenciales – decide pedirle la renuncia aludiendo a supuestos malos manejos en la investigación del hackeo a los correos del partido demócrata. No obstante, en un reportaje explosivo del New York Times, James Comey había transcrito las conversaciones privadas que había tenido Trump y en donde éste le había pedido que dejase a un lado la investigación sobre Michael Flynn. Como Comey no lo hizo, no es del todo difícil inferir que esta sería la verdadera razón de su despido.

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Finalmente, a pesar de que el tema de la relación con Rusia venía siendo de preocupación desde la campaña presidencial, Donald Trump decide invitar a la Casa Blanca a Sergei Lavrov, ministro de Relaciones Exteriores de la Federación Rusa; y Sergei Kislyak, embajador ruso en Estados Unidos y la misma persona que había tenido reuniones con Michael Flynn. Pues bien, según el Washington Post, en otro reportaje que causó enorme impacto, en esta reunión – de la cual quedaron excluidos los periodistas norteamericanos, a pesar de que se aceptó la presencia de un fotógrafo ruso –  Donald Trump habría compartido información de inteligencia altamente sensible con estos agentes rusos (técnicamente, la divulgación no autorizada de esta información representa “un daño excepcionalmente grave a la seguridad nacional”, según reza la clasificación oficial de las informaciones de inteligencia). Para peor, la información habría sido un insumo que un aliado norteamericano le habría entregado a Washington con la expresa instrucción de que no podía ser divulgada. La hipótesis del Washington Post es que la pedantería y petulancia de Trump le hicieron compartir esa información por pura vanidad y en una muestra de fastuosidad. Esto sugiere a una figura incapaz de mantener control de sus impulsos psicológicos.

Hay multiplicidad de detalles adicionales que acompañan lo que hemos descrito hasta acá, pero no los abordaremos por asuntos de espacio. Lo importante son las consecuencias de todo esto, las que, como se puede concluir, son extremadamente graves.

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Por un lado, para muchos la conversación entre Trump y Comey (en caso de que las transcripciones reflejen lo que realmente ocurrió), representa una obstrucción a la justicia. La sola sugerencia de terminar una investigación que afecta a un ex asociado sería suficiente para dudar de la integridad del presidente de los Estados Unidos.

En el mismo sentido, hay cuestionamientos serios respecto de la verdadera relación que tiene Trump y su equipo con Rusia. No solamente Flynn había tenido contacto con agentes rusos, otros personeros del equipo de campaña de Trump como Paul Manafort (ex Jefe de Campaña) y Jeff Sessions (ex senador por Alabama y que fue nombrado Fiscal General por el propio Trump) lo tuvieron también. Las razones, contenido y extensión de estos contactos son desconocidas, pero genera más preguntas que respuestas. A esto se suma, por cierto, la completa ignorancia relativa a si Trump tiene o no intereses económicos o inversiones en Rusia.

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En último término, hay acá también un cuestionamiento serio relativo al carácter del presidente, de su capacidad de tener dominio sobre materias complejas, y tal vez más importante, de tener dominio de sí mismo. Si la divulgación de inteligencia obedeció a un impulso incontrolable, eso manifiesta un cuestionamiento respecto de si Trump está cumpliendo realmente sus obligaciones constitucionales, incluyendo la mantención de acuerdos con sus aliados; y si tiene, además, cabal comprensión de los que las relaciones internacionales implican. Las respuestas a estos cuestionamientos parecen ser negativas, y eso da margen para pensar en la posibilidad cierta de alguna acusación en el futuro.

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