Quizá por eso sus salidas y coqueteos con Anna Wintour, la editora de Vogue. ¿Otra jugada maestra preparando el retiro?

Lo ha ganado todo, más que ningún otro tenista, y el hombre quiere más. Podría tener a la mujer que quisiera a su lado, pero se casó con Mirka, su polola de años. Alguien asombrosamente normal dentro del tipo de mujeres que acompaña a los mejores del circuito.
Podría cansarse se firmar autógrafos y sonreírle a las cámaras, pero nunca se le ve desacomodado frente a tanta fanaticada. Es cierto que para evitar cualquier acto fallido, lo acompañan varios guardaespaldas y que su agenda de prensa y encuentros está cuidadosamente planificada. La clave probablemente esté en que administra los tiempos con la misma destreza de su timming para pegarle a la pelota.
Se mueve al ritmo de un reloj suizo. Es de una normalidad casi perfecta. No comete dobles faltas dentro ni fuera de la cancha. Nunca una palabra inadecuada hacia el rival o una crítica destemplada. Hasta para perder tiene estilo. Quizá por eso sus oponentes lo respetan tanto: ahí está esa final inolvidable entre él y Nadal, cuando el ibérico lo derrotó por primera vez en Wimbledon y dijo que él había ganado el partido pero Federer era ‘el mejor’.

En la cancha, Roger es el epítome del talento, del esfuerzo ‘sin esfuerzo’ que llevó incluso al escritor norteamericano Roger Foster Wallace a inmortalizarlo literariamente en un ensayo para The New York Times titulado Federer como experiencia religiosa. Federer como metáfora de la reconciliación con el cuerpo. A ese extremo. Diecisiete Grand Slams y 302 semanas como número uno de la ATP: más incluso que el ya increíble Pete Sampras, que estuvo 286.
Pero lo más sorprendente en él, es la dificultad de pillarle zonas grises fuera del court. Y esto sí que es una excentricidad para alguien de su talla. La genialidad deportiva habitualmente ha ido acompañada, si no de una tormentosa vida personal, al menos de uno que otro escandalillo: Maradona, Ronaldinho, Tiger Woods, Björn Borg, André Agassi y tantos otros cuyas vidas personales estuvieron lejos de un modelo de virtud. En cambio Federer parece no tener fisuras. A su increíble performance tenística, suma un comportamiento ejemplar, lo cual también le otorga una imagen imbatible. Una encuesta reciente del Reputation Institute lo designó como la segunda personalidad más confiable del mundo, nada menos que tras Nelson Mandela.

SE HA TRANSFORMADO EN EL MR. PERFECT DE LAS MARCAS DE LUJO, que ahora se lo pelean con contratos millonarios. No es el hombre-fiesta, pero sí una apuesta segura: un personaje internacional, con mucho estilo y saludable. A Gillette, Nike y Rolex —que le han reportado 34 millones de dólares a su cuenta—, acaba de sumar uno con Moët & Chandon por 12 millones más, destronando de este sitial a Scarlett Johansson.
A diferencia de uno de sus héroes de infancia, Boris Becker, el siete veces ganador de Wimbledon no es del tipo de personas que deja embarazada a una mujer en un clóset. Es más probable encontrárselo relajado en casa con su señora, Mirka, ex tenista, y sus gemelas de tres años. El único acto de poca elegancia que se le conoce hasta ahora es quizá haber escogido como lugar de residencia la extravagante ciudad de Dubai, donde vive y entrena durante un par de meses.
En Dubai, lo entrevistó el periodista británico Giles Hattersley, para The Sunday Times.
La conversación transcurre en la suite real de un hotel al borde de la playa. Federer, en un traje Dior (ama cambiarse de vestimenta) muestra algunas fotos suyas saltando y sonriendo, que están encima de una mesa de café.
—¿Te gustan?, pregunta. “Me las saqué en París. Y resultó increíble trabajar con Patrick Demarchelier (conocido fotógrafo). Ahora tengo la intención de estar más a la moda. Lo disfruto”, asegura sonriendo.
Roger Federer ha entrado de lleno en el mundo fashion. Y la señal más evidente es su gran amistad con Anna Wintour, editora de Vogue.
—¿Te has acercado más a la moda desde que sales con ella?
—Sí, creo que sí.
—¿Cómo se conocieron?
—A través del tenis. Ella amaba mucho el tenis, incluso antes de estar yo en el circuito. Para ser honesto, no sabía quién era Anna hasta conocerla. Sin embargo, ha sido muy amistosa, y me ha entregado mucho apoyo, aconsejándome con qué fotógrafos trabajar, presentándome diseñadores, etc.
Roger Federer recuerda el viaje relámpago que ambos hicieron a la semana de la moda de Milán, hace tres años. “Ella tenía muchas ganas de que la acompañara al evento, y yo estaba en actitud como de: no, no tengo tiempo, no puedo hacerlo. Entonces ella me dijo: ¿Cuántas veces necesito invitarte? Y ahí respondí: está bien, creo que podría hacerlo. Ella se puso muy feliz”.
—¿Y tú?
—Mi reacción fue decir: ¡Dios mío! (dice subiendo la voz). Fue uno de los mejores momentos de mi vida. Absorbido por la industria de la moda, fuimos a todos los shows… Lo pasamos increíble.

Roger Federer sabe vivir. Durante toda la reciente gira por Sudamérica —Sao Paulo, Buenos Aires y Bogotá— gozó en la cancha, pero sobre todo fuera de ella: jugó fútbol con la camiseta de Brasil; comió asados, visitó a Cristina Kirchner en Argentina y repartió lindas cuñas a los medios que pudieron entrevistarlo. Fue un rey del marketing del Gillette Federer Tour. Al modo del alumno aplicado que sabe que debe justificar los 10 millones de dólares que le pagaron los auspiciadores por esta visita de una semana.
Federer no será muy cool. Pero se ve que tiene cuerda para ser muy fashion.