Debe ser uno de los analistas de centro-derecha más críticos. Hernán Larraín Matte, a punto de cumplir 40 años, no oculta su desazón ante un panorama político desolador, por dónde se lo mire. Como lo corroboró la última encuesta del Centro de Estudios Públicos (CEP), donde Michelle Bachelet registró una caída de 13 puntos, así como un descenso en varios de sus atributos más significativos. La Nueva Mayoría perdió sintonía, alcanzando sólo con un 20 por ciento de adhesión. Y la peor nota fue para la Alianza, con sólo 10 puntos de aprobación ciudadana.

Ante estos resultados, el abogado intenta reconstruir el escenario político. Cree que si Bachelet continúa con su ímpetu refundacional corre el riesgo de seguir perdiendo conexión con la sociedad y, aún peor, podría perder su capital político hasta terminar convertida en una figura del montón. Porque —afirma— si bien la mandataria fue una gran depositaria de las expectativas durante la campaña, una vez en La Moneda no supo sintonizar sus pancartas con lo que la nueva ciudadanía demanda. “Bachelet no calibró algo fundamental: que su popularidad no iba a ser suficiente para administrar la complejidad de lo que hoy significa la política en Chile. En campaña tuvo un programa muy exitoso, que aparentemente interpretaba a la sociedad, pero no ha logrado un proyecto político que se haga cargo de las expectativas que ella misma generó. Hasta ahora no han sido más que buenos titulares”, declara.

Claro que —afirma Larraín Matte— Bachelet no sería ninguna ingenua y desde un inicio habría detectado que el Chile de hoy, a diferencia de su anterior mandato, sería muy difícil de gobernar. “Ella es una política con mucha experiencia y siempre tuvo plena conciencia de aquello; así lo dijo en una de sus primeras entrevistas, cuando recién volvió a Chile, y lo reafirmó hace poco en su gira a Perú”.

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—¿Por qué hoy Chile sería más difícil de gobernar?

—Esta es una ciudadanía mucho más empoderada, más exigente, más educada, con más demandas, una sociedad mucho más compleja. Y la política chilena en su totalidad perdió la capacidad para interpretar estas aspiraciones y demandas. La política que fue tan importante en los ’90, que lideró los cambios sociales, hoy está totalmente desconectada de las necesidades de la gente.

Hernán Larraín Matte va más allá y apunta a lo que él califica como la gran paradoja: las reformas que ha llevado adelante el gobierno —como la tributaria y la educacional— ahora chocan con la obra de la propia Concertación. “La Nueva Mayoría reniega del que ha sido el período más exitoso de la historia de Chile, no sólo en términos económicos. No se hace cargo de la transformación cultural que hay detrás de la obra de la Concertación, de esta sociedad de clase media emergente, más educada y demandante, que es hija de una coalición que le enseñó a las personas a elegir, a confiar en sus propias decisiones, a construir sus proyectos de vida. Una sociedad fundada en la libertad”. 

“Pero aparece un grupo de ‘iluminados’ que dice el Estado tiene más capacidad de elegir que tú. ¡Esa es la paradoja! Cuando Nicolás Eyzaguirre señala que los padres son fácilmente engañados por un colegio que tiene un nombre en inglés, va en contra de todo lo que hemos ido construyendo en los últimos veinticinco años.  Se trata de una ideología más bien nostálgica, igualitarista y estatista, que se contradice con aquello que ha sido la obra de la propia Concertación”.

Ahí estaría, según el director ejecutivo de Horizontal, la explicación al difícil momento social que hoy vive el país y que reflejan tan nítidamente las encuestas: los chilenos habrían comenzado a perder confianza y a tomar distancia respecto a una serie de reformas que perciben como confusas y que, en lugar de certezas, estarían generando una tremenda incertidumbre. “¡Si éste es un problema ideológico profundo! El Estado quiere más poder, pero lo que demandan hoy las personas es más poder para ellas”.

—Sin embargo, de acuerdo a la tesis del periodista Tomás Mosciatti, más allá de los costos o la incertidumbre que genera la actual hoja de ruta, lo que la Presidenta busca es un cambio cultural cueste lo que cueste. 

—Sin duda, fue ella quien en una entrevista al diario El País confesó que estas reformas buscaban un cambio de fondo que, a mi juicio, se funda en el ’88 con el origen de los autocomplacientes y los autoflagelantes. Los primeros dominaron la política de la Concertación y, de alguna manera, se hicieron cargo de la modernización capitalista, donde radica en buena medida el éxito de la Concertación. Pero la Nueva Mayoría llegó y sobreinterpretó a la sociedad con una serie de demandas que ahora van mucho más allá de lo que realmente los chilenos estaban buscando. Lo transformó en un programa con una serie de consignas, donde el Estado juega un rol central y el igualitarismo pasa a ser una definición cultural. Hoy son los autoflagelantes quienes están liderando intelectualmente el proyecto de Bachelet.

Para Hernán Larraín serían ellos el actual grupo dominante que encarna el espíritu refundacional que ha caracterizado a este gobierno. “Los autoflagelantes desconfían de que la sociedad efectivamente esté avanzando hacia un proyecto de justicia y apuntan al corazón del modelo, con transformaciones estructurales donde la incertidumbre estaría asumida como una consecuencia normal; para ellos el cambio cultural debe ser sometido a un estrés para que ocurra, y mi impresión es que si siguen en esa carrera tan dogmática, no sólo van a perder popularidad sino que también las futuras elecciones”.

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Así, opina el analista, Michelle Bachelet deberá elegir entre continuar con el plan trazado o moderarse. Dar muestras de su pragmatismo político o correr el riesgo de —nuevamente— perder las siguientes elecciones presidenciales en manos de la centroderecha.  “Y aquí el cambio de gabinete debe ser la consecuencia de una nueva estrategia. Si ella termina conservando al ministro del Interior, al ministro de Hacienda y al ministro de Educación, todo el resto será cosmético”.

—Entonces para usted el cambio de rumbo debiera plasmarse en una nueva cartera de ministros.

—Bachelet 2.0 está escoltada por Peñailillo, Arenas y Eyzaguirre de forma muy simbólica respecto de lo que significa este nuevo esquema. Es una triada, y más allá de sugerir cuáles deberían ser los cambios, simplemente apunto a que, de continuar esa estructura, la ruta original del segundo mandato de Bachelet se mantendrá intacta.

Para Larraín, el hecho de que a ocho meses de iniciado el mandato de Bachelet en el país ya se esté  hablando de las próximas candidaturas presidenciales, es reflejo “de la fragilidad política del actual gobierno; hay un vacío de liderazgo que, desde luego, abre un incentivo. Me llama la atención que figuras como Ricardo Lagos, que este año ha golpeado la mesa dos veces, o Sebastián Piñera, que también ha sido muy enérgico, estén llenando el vacío que hoy día de alguna manera corroe a toda la política”.

—Algunos creen que hoy el piñerismo ya no es muy relevante.

—La centroderecha está empezando a reconstruirse y yo veo que hoy día la Alianza, como la conocemos, cumplió una etapa. Y Sebastián Piñera, según la propia encuesta CEP, es quien más fuerza tiene como líder del sector.

—Sin embargo, ¿cómo se reinventan en un año en el que han ido cayendo varios de sus líderes más significativos? En lo religioso, la condena a John O’Reilly, el cura de la elite; mientras que en casos como Penta y Cascadas, figuras como León Vial, Carlos Eugenio Lavín y Carlos Alberto Délano coparon los titulares.

—La centroderecha vive una paradoja, y es que la sociedad chilena, en términos culturales y valóricos, hoy abraza bastante su ideario y, sin embargo, ésta no ha sido capaz  de dibujar un proyecto político que le dé cauce a esas aspiraciones y demandas. Debe hacerse cargo de esta sociedad de clase media emergente, más meritocrática, donde se premie el esfuerzo. Sin embargo, sigue sin desalinearse de los intereses de las grandes empresas y de algunos poderes fácticos, y ha aparecido más bien como protectora de intereses corporativos más que como promover una visión de empresa más inclusiva, que se haga cargo de nuevos estándares que la propia sociedad está exigiendo. 

Hernán Larraín da cuenta de los resultados de una encuesta dada a conocer en el seminario “Salvando al capitalismo de los capitalistas’” organizado por Horizontal. “Concluímos algo bien interesante: las personas valoran el progreso económico y el bienestar que ha generado la economía libre los últimos veinticinco años, pero al mismo tiempo se muestran críticos de los abusos en casos como la colusión de las farmacias, los pollos o los intereses excesivos en La Polar y exigen estándares muy distintos. Pero nadie está dando cauce a esa demanda; la izquierda ha criticado lo privado, ha satanizado el lucro, ha atacado a los empresarios hablando de los poderosos de siempre, a propósito de la reforma tributaria. Tengo la impresión de que hay una oportunidad ahí, un capitalismo sustentable y de visión de empresa inclusiva, que puede ser también parte de un proyecto de centroderecha moderna”.

—Sin embargo, en su ‘timeline’ de Twitter se lee un cierto desencanto. Hace poco escribió: “y pensar que hace unos meses creí que Ernesto Silva y Cristián Monckeberg iban a liberar a sus partidos y renovarían a su sector. #Ingenuidad”. ¿Qué tan optimista se encuentra respecto del futuro de su sector?

—Ellos fueron elegidos porque representaban una promesa de cambio, pero hoy los vemos repitiendo los discursos de la derecha tradicional, conversando entre ellos, sin la capacidad de abrir el diálogo a otros actores de la centroderecha y, por lo tanto, acortando y acotando las posibilidades de construir un proyecto político. La encuesta CEP le dio un diez por ciento de aprobación, es decir, el certificado de defunción de la Alianza. Pero en 2010 la centroderecha ganó la posibilidad de estar en La Moneda, de forma democrática, después de cincuenta años. Mi impresión es que el futuro está abierto. Ya una vez Michelle Bachelet le entregó la banda a Sebastián Piñera. Y ojo, que hoy ella está haciendo todo lo posible para repetirse el plato. O sea, está construyendo un proyecto político que se funda más bien en su popularidad y que puede terminar, paradojalmente, volviéndole a dar la presidencia a Sebastián Piñera.