De chaqueta, camisa y un look estudiosamente casual, el abogado Hernán Larraín Matte tiene, para los que no lo saben, un lado B. Uno que antes le producía pudor pero del que hoy se siente orgulloso: es cantante y líder de la banda El crucero del sabor, integrada por nueve músicos, con él como el capitán de esta tripulación que pronto cumplirá dos años. Cada vez con más presentaciones en bares, fiestas de matrimonio y eventos, no ha faltado el que, descolocado al verlo en pleno escenario —de polera a rayas y look marinero—, ha dicho: “¿No es ése el de Horizontal, el hijo del líder de la UDI, el que los lunes sale en el panel de ciudadanos de CNN representando a la derecha liberal, el que fue asesor de Sebastián Piñera en el ‘segundo piso’ de La Moneda? ¿Es idea mía o es el mismo?”.

“Sí, el mismo”—responde—; en mi familia hay un gen artístico”, ironiza el mayor de los 6 hijos del senador y presidente de la UDI, Hernán Larraín con la ex ministra de Vivienda de Sebastián Piñera, Magdalena Matte, quienes se acostumbraron a la idea desde que dos de sus ‘niños’ — Pablo y Juan de Dios— desde muy temprano ya manifestaran su simpatía por la izquierda, hoy transformados en dos potentes realizadores culturales: Pablo, director de cine, y Juan de Dios como productor. El último trabajo de este dúo, Neruda, fue ovacionado en Cannes.
Aunque estudió Teatro en la Academia de Fernando González —donde llegó a actuar en un par de obras— para Hernán Larraín la política fue más fuerte, tanto que incluso se sumó a la campaña que llevó al gobierno a Sebastián Piñera y lo acompañó como su asesor. “En esos cuatro años viví con la adrenalina a tope; el nivel de exigencia era potente. Cuando salí (en 2013), trabajé en la creación de Evópoli pero ya el estrés no se comparaba ni de cerca. Necesitaba hacer algo diferente y cantar siempre me produjo gran placer. Un amigo me recomendó una profesora que me enseñó técnica vocal. Ahí partí”.

Ese año se casó su hermana menor, Blanca —con quien hoy son socios en la consultora Puelche—. Como una humorada pensó en cantar un par de canciones para el matrimonio; la idea fue tomando cuerpo hasta que con Francisca Moraga, su profesora, decidieron armar una banda y que ése fuera su gran regalo. Con nueve músicos en escena y un repertorio que iba desde Sandro a Emanuel, el éxito fue total. “Los músicos lo encontraron divertido y decidimos continuar. Ahí nació esta idea de El crucero del sabor. Nos empezaron a llamar primero para una fiesta, después para un matrimonio. Hasta que el 2014 tocamos 12 veces y en el 2015 nos invitaron a bares como el Liguria y nos siguieron contratando para eventos”.
Lo que partió siendo un juego se convirtió en un hobby, uno que, como aclara, se toma en serio. Aunque al principio le costó asumirlo públicamente. “Fui irresponsable porque no tenía tanta experiencia ni técnica vocal. Pero de no haber tenido ese arrojo jamás me habría atrevido, además que empecé a darme cuenta de lo que decía mucha gente: ‘¿qué hace este sujeto que se dedica a hacer análisis político bailando como Sandro?, ¿qué onda?’. Recurrí a la vieja técnica de la evasión y dije: ‘no compadre, soy simplemente un analista político que tiene este hobby y punto’. De a poco he ido entendiendo que se trata de un proyecto que me encantaría continuar. Es un grupo de amigos que se ha ido consolidando”.

Hernan-2

—¿Cómo logra integrar el mundo de la política y la música? A primera vista no tienen nada que ver…

—La política es un mundo frío, muy competitivo, donde las lealtades están permanentemente en juego y la traición se presenta más de lo que uno quisiera. Todos los que hemos estado metidos sabemos que es un rubro muy duro y los segundos pisos son heavys porque cuando los gobiernos están con bajo nivel de aprobación, los asesores presidenciales pasan a ser los responsables de todo. En Horizontal la colaboración tampoco fue una lógica. En cambio en la música los artistas no pueden pararse en un escenario si es que no están juntos, cada uno haciendo lo suyo y además jugando en equipo. Se parece más a un team de fútbol que a un partido político. Hay un equilibrio, una armonía. Cuando hay conflictos internos, el público lo siente. La forma de trabajar, el profesionalismo, pero sobre todo la colaboración, ha sido una cuestión muy potente. Y reconozco que también ha sido un bálsamo, una forma de relacionarnos distinta, y ahí hay un contrapunto con la política que es tremendo.

“A medida que el proyecto va evolucionando me he ido atreviendo a contar la historia”, dice este abogado quien ensaya con su banda una vez por semana y cuenta incluso con una manager: la periodista Fernanda Maquieira.

—¿Antes le bajaba el perfil a esta faceta?
—Un poco, sí.

—En su familia, ¿cómo se lo tomaron?
—Mis hermanos me celebran todo. A mis papás les llamó la atención; otra vez uno de los hijos sorprende con sus originalidades.
Un día mi vieja se me acercó y me dijo: “mijito, esto lo encuentro muy simpático, pero espero que se quede ahí nomás”. Esas frases como medias ambiguas. Y agregó: “¿quiere un consejo? Nunca vaya a confundir el placer de la música con la planilla del Excel. Nunca lo vea como si fuera un ingreso; en el fondo hágalo, sea profesional, pero no confunda cuál es su oficio”. Ese fue su consejo.

—¿Y su padre qué dijo?
—Le encanta. Es que Pablo (su hermano cineasta) ya hizo la pega por el resto. Nuestros padres nos dieron mucha libertad y la tomamos muy en serio. Ahora van a mis conciertos o me cuentan que amigos suyos nos vieron tocar en un matrimonio.

—Aunque en su sector político lo debe analizar como una rareza.
—Este país se burla de lo diferente, no les gusta; prefieren los moldes, todos iguales. Cuando hay un personaje un poco distinto, porque yo tampoco soy el más excéntrico, lo ven con distancia. Pero mis amigos de Evópoli van a verme, pura buena onda. No sé qué pensarán en otros partidos ni sé cuál será la opinión. Pero ojo, también han pasado muchas cosas; la derecha ya no está compuesta sólo de un mundo conservador. Hace 25 años era un país más cerrado, tradicional; hoy, en cambio, la diversidad implica una riqueza, incluso para la derecha; antes el sector estaba formado por sólo dos partidos (RN y la UDI) ambos muy homogéneos. Hoy, en cambio ChileVamos tiene un poquitito más de espesor y hay caras diferentes. Y Evópoli demostró que la centro-derecha necesitaba diversidad. La discusión que estamos viendo respecto de la participación del proceso constituyente es un buen ejemplo.

hernan-ok

—En ese debate, de hecho, su padre dijo que en la UDI no se sumarán a este proceso, en cambio usted y Felipe Kast son de la idea de que el sector no debe restarse.
—Estos días han sido un antes y un después para Evópoli y nuestro proyecto político. Y creo que marcará mucho. Estar en el Consejo Ciudadano de Observadores y ser parte de una derecha abierta al debate, habla de una nueva etapa. Viene de cerca, pero en mi biografía este es un momento importante. Y la historia de la música habla también de eso.

Dice que la cultura es un patrimonio bastante más abierto y diverso de lo que alguna vez entendimos como la izquierda y la derecha tradicional. “En nuestro sector hemos tenido nuestro propio viaje: de tener una cultura más bien de Los Quincheros, una cosa patronal, de la zona centro de Chile, hoy entendemos que la cultura no tiene que ver con la izquierda o la derecha, que es un patrimonio; hay una sensibilidad un poquito más sofisticada de las nuevas generaciones, particularmente, de la centro-derecha, más liberal y moderna”.
Y agrega:
“La sociedad ha cambiado. Existe esta idea de que hay un pesimismo en el Chile actual, una gran desconfianza, que la gente ya no les cree a los políticos, a los empresarios, los curas o los milicos. Que hay mala onda. Pero también existe otra realidad que tiene que ver con los chilenos, con el placer. La cantidad de lugares que hay para salir o ir a bailar es grande. Hay otra política, otra revolución que se da en el mundo de la fiesta, de la comida, del baile. Cada vez más, la necesidad de encontrar espacios de participación, colectivos, distintos a la política y a las formas tradicionales, porque todo eso huele mal. Esa idea como de que estamos viviendo un Chile individualista es muy parcial. Hay espacios, como los que permite la fiesta, donde por un minuto somos todos iguales y se disuelven diferencias, la mala onda y el pesimismo. Los chilenos, como nunca, van al cine, al teatro, a comer, a conciertos”.

—Aunque dicen que en la derecha son fomes a la hora de las fiestas, que no saben bailar, ¿cuál es su radiografía?
—No, el carrete, pasarlo bien, bailar, tomar, desenfrenarse, no tiene clase social. Lo que sí es cierto es que el chileno necesita ponerse un buen trago para poder desinhibirse; recién ahí se liberan.