Hace rato que Hernán Larraín (66) está con una mirada más liberal y alzando la voz en distintos temas,que han dejado a varios de sus pares gremialistas desconcertados. Fue de los primeros en advertir el mal manejo político del ex Presidente Sebastián Piñera que terminó —según analistas— con la debacle de la derecha; en abrirse a legislar sobre  AVP, en proponer aumentar hasta en un 30 por ciento el impuesto a las empresas y —en plena conmemoración de los 40 años del Golpe— pidió perdón por los excesos que se cometieron en la dictadura, cuando aún seguía fresca la famosa frase “cómplices pasivos” del ex mandatario, y que dividió a la Alianza por la mitad.

Hace poco, causó conmoción en las filas gremialistas su propuesta de refundar la UDI, cambiarle el nombre por Partido Popular y alejarse del gobierno militar. Y no es que el senador por el Maule Sur tenga una agenda paralela a su partido —como algunos aseguran— en pro de una candidatura presidencial. “Tengo ideas y me juego por ellas, y espero que la UDI cuente con mayor fuerza e influencia. Hace años aspiro a la creación de una nueva coalición; mi rol es hacer que estos proyectos funcionen. No hay ninguna otra ambición”.

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Por estos días fue uno de los actores relevantes de la oposición en alcanzar la ‘consensuada’ reforma tributaria; un golazo para algunos de la Alianza —que sienten lograron transplantar el corazón, hasta ese minuto, intocable del proyecto—, y un tremendo fracaso para los más extremos de la Nueva Mayoría que temen que la política de los acuerdos se ‘tome’ La Moneda, y no se logren las reformas profundas y por las cuales, aseguran, fueron elegidos.

Y aunque muchos pensaron que tras el acuerdo entre el Ejecutivo y la Alianza había al fin una centroderecha alineada que comenzaba a despertar y rearmarse, al rato se supo que tanto RN como la UDI negociaron en paralelo, intentando luego llevarse los créditos, lo que refleja la rivalidad que persiste entre ellos. “La Alianza no existe. Dejó de hacerlo en el gobierno de Piñera, donde los partidos fueron atomizados, disgregados, cosa que reventó con las elecciones y despertó una competencia de protagonismo, sobre todo en los sectores más pequeños que buscan un camino propio, algo incompatible con la unidad y para ser opción de gobierno”. Y ahonda en el distanciamiento de la Alianza: “Renovación tuvo un quiebre interno con la partida de Antonio Horvath, con los de Amplitud… El camino para recuperar su identidad lo han hecho en forma autónoma, por tanto, no hay vinculación; ninguno siente la necesidad de actuar con el otro. Sin embargo, el consenso en la reforma tributaria demostró que cuando logramos articularnos, conseguimos beneficios. La falta de una oposición unida ha favorecido al gobierno, que en el Binominal, remató al mejor postor (Amplitud) la opción que más la favorecía”. 

—¿Y por qué aún la centroderecha no reacciona?

—No hay conciencia de grupo, liderazgos, los partidos siguen desordenados y no hay un proyecto renovado. Espero que prime el sentido común, pero hay que ayudar. En la UDI cada día hay más conciencia de aglutinar al partido, un proceso de búsqueda… Hablé de una refundación del gremialismo que produjo escándalo; un proyecto que se haga cargo política, intelectual y culturalmente del Chile actual. Este país cambió, y exige una mirada que no sólo recoja la libertad y el desarrollo —donde se ha concentrado la UDI—, también la justicia e igualdad de oportunidades, porque el chorreo no funciona; el Estado debe ser activo y regular. Nos daría un nuevo vigor y reordenaría a los de nuestro sector que también buscan su identidad.

—¿Y desprenderse del gobierno militar?

—¡Por cierto! Ya no pertenece a la política contingente; es historia. La acción de la UDI no puede estar ligada al pasado porque pierdes sensibilidad, impide interpretar a la gente, sintonizar con los movimientos sociales y tener respuestas oportunas.

“Hay que hacer una nueva coalición, amplia, menos dogmática, de convergencia hacia el futuro. Buscar nuevos actores, esquemas y formas de trabajar, sobre todo ahora que con el giro a la izquierda y mayor ideología de la Nueva Mayoría muchos no se sienten interpretados. Cuando Nicolás Eyzaguirre dice que al niño de colegio particular subvencionado hay que sacarle los patines para dejarlo descalzo como al de la escuela pública, refleja que el socialismo busca terminar con la riqueza. Nosotros, buscamos acabar con la pobreza dando oportunidades y libertad. Estas diferencias nos deben obligar a repensar nuestro sector, cómo nos organizamos, que significa tener voluntad para asumir que ya no somos ni la UDI, RN, Evópoli, Amplitud ni independientes. Debemos hacer un rayado de las cosas esenciales y plantear un proyecto común que considere la nueva realidad, y que nos obliga a una refundación del sector. Si de aquí a un año logramos estructurarnos, será una gran dificultad para la Nueva Mayoría”.

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—¿En qué sentido lo sería?

—Ellos están unidos por Bachelet y un programa, pero con profundas fisuras internas. El sector de Quintana y su retroexcavadora, el socialismo duro de Osvaldo Andrade, los comunistas, los Giorgio Jackson y Boric son los que hacen el peso real, pero genera un espacio con aquellos que no se identifican y que deberán tomar una decisión. Y si existe una Alianza abierta que recoja parte de esa Nueva Mayoría —DC, algunos radicales e independientes— y también de los electores desafectados con el giro izquierdista, se nos abre una tremenda oportunidad. La radicalización de las reformas tributaria, educacional y constitucional ha hecho que mucha gente en principio entusiasmada, al ver su concreción y que se pretendía terminar con la enseñanza particular subvencionada, las pymes y que dañaría a la clase media, reaccionó. Hoy la presión social se ha revertido en contra del gobierno, sin embargo, muchos chilenos aún no ven otra alternativa… Por eso, es el minuto no sólo de organizarnos, de crear una nueva coalición, dinámica, flexible, que interprete a liberales, conservadores y progresistas; también de definir nuestro rol como oposición, porque el Ejecutivo —insisto—, ¡nos está rematando! Con dos maníes que le tira a uno o al otro, arregla el negocio y saca sus proyectos.

—¿Y seguirán defendiendo el modelo tan cuestionado?

—¡Por supuesto! Los problemas del modelo no se resuelven cambiándolo, sino corrigiéndolo. En lo económico, el principal problema no es el mercado, sino la falta de competencia, que hace que el productor de bienes y servicios fije los precios, determine las utilidades, y que al final genera concentración de riqueza. Estas dos situaciones se nutren de abusos, se presta para corrupción, y el perjudicado es el consumidor. El Estado debe intervenir y detectar los vacíos sociales para corregirlos. Hay que ser más audaz; en mi sector hay mucho miedo a avanzar, a darse cuenta de que el mundo cambió y que no hemos tenido siempre la razón; de que el mercado no es el rey y que el chorreo no es la solución. El Estado debe tener un rol, no de tipo socialista o paternalista que pretende la Nueva Mayoría que produce bienes y servicios o entrega bonos, porque eso genera dependencia. Por eso es tan importante la calidad de la educación, porque un país con gente educada, no acepta que el Estado maneje su vida.

—¿La presión social en contra de algunas reformas de La Moneda significa que la gente también está validando el modelo?

—Cuando la izquierda quiere empezar de cero, construir un nuevo país y no valorar lo que hizo la Concertación en 20 años, genera desconcierto. Chile no está para un giro radical de izquierda, no hay justificación para asamblea constituyente ni para una nueva Constitución. El modelo no ha muerto. Mi piso ideológico es el sentido común, y éste me dice —y está demostrado— que la producción es más eficiente cuando lo hacen personas que cuando la realiza el Estado. Los modelos tipo Argentina, Venezuela partieron igual, y cuando comenzaron a introducirle elementos ideológicos estatizantes, ¡fracasaron!

—¿Concuerda con Carlos Peña que el fracaso de la derecha  es el triunfo de Piñera?

—No leo a Peña…

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—Con la derecha tan revuelta, Piñera es el único que se levanta como líder del sector…  

—El tiene derecho a ser candidato; prefiero que existan a que no haya ninguno. Sebastián Piñera tiene muchas condiciones, pero también limitaciones: generó altos porcentajes de rechazo, y su gestión política no fue de unidad, entonces si se maneja igual, no será un aglutinador, considerando además sus cuestionamientos al acuerdo en la reforma tributaria que para nosotros fue un logro importante. Eso genera molestia y desafección.

—¿No tiene derecho a opinar? 

—Lo tiene, pero los ex presidentes se manejan en otro nivel, no entran en la pelea chica. Puede entrar en conflicto con su sector; a pesar del rechazo, debe cuidar su imagen, ya que siempre será una alternativa.

—¿Qué cree gatilló finalmente que el ministro Arenas haya accedido a un consenso con la oposición?

—Subsistencia. Tenía los votos, en la Cámara alineó a los diputados, no los dejó discutir, les dio dos maníes, y el proyecto siguió igual. Pero cuando se discute en el Senado, y su propia gente: técnicos, especialistas, ex ministros tiran toda su artillería en contra, de manera pública y consistente; cuando se movilizan los gremios en el país, las pymes se sienten afectadas,  se generan movimientos increíbles como el video casero de Juan Pablo Swett y hay reacciones en el mercado, me imagino que los hizo reflexionar. Se dieron cuenta de que no pueden hacer todo en un día y con la profundidad que pretendían. Al parecer un aire fresco de sentido común llegó a La Moneda.

—¿Será que están girando al centro como lo hizo la Concertación?

—No, por presiones y contradicciones propias han tenido que aflojar en un tema y deberán hacerlo con otros, pero están empujando al país hacia otro lado, no a 100 kilómetros por hora como querían sino a 60; variaron la estrategia, no el objetivo. Debieron cambiar el discurso sobre reforma constitucional, por ejemplo, y ya van en que se conformarían con dejar presentado el proyecto. Se dieron cuenta de que es muy difícil armar una desde cero y que sea aceptada por la Nueva Mayoría. Están tratando de desactivar una bomba que podía convertirse no en un Transantiago, ¡sino en un Transgobierno! La Presidenta siguió su intuición, lo mismo al impugnar el tribunal de La Haya; a Bachelet su intuición puede que la salve.

—¿Fue un fracaso político de La Moneda el consenso en reforma tributaria?

—Ha sido un fracaso para sus primeras aspiraciones de resolver esto en un año, aprovechándose de la mayoría y de la popularidad de la Presidenta. Y algunos más entusiastas como Quintana que querían pasar la retroexcavadora, se dieron cuenta de que ésta se trancó con la primera piedra.

—Pablo Lorenzini es uno de los tantos que rechaza la política de los acuerdos, y habló de ‘reformita’. ¿Qué consecuencias traerá en la Nueva Mayoría si La Moneda opta por los consensos?

—A Pablo lo quiero mucho, sin embargo, se equivocó de manera brutal; por ser funcional al gobierno, ¡se entregó! e impidió estudiar en serio la reforma. Ahora tratará de patalear, pero ya hizo mal la pega. Hasta ahora el Ejecutivo ha sido pragmático, porque si sigue el camino ideológico, las reformas le explotarán en la cara. Y la Nueva Mayoría como está pegada con chicle, no tendrá un futuro feliz, porque las tensiones en algún minuto aflorarán. Los conflictos entre Fulvio Rossi e Ignacio Walker demuestran liderazgos muy confrontacionales, y eso en un minuto va a reventar. En este escenario, insisto, debemos generar una coalición amplia que incluya al centro, derecha, y todo lo que hay entremedio. La DC y el Partido Radical debieran estar de nuestro lado, aunque por razones históricas será muy difícil, pero podemos generar entendimiento con la gente desafectada. El 70 por ciento de los colegios particulares subvencionados son creaciones de profesores, en su mayoría democratacristianos o radicales, hoy humillados, tratados de arribistas y ‘mercanchifles’. Están dolidos, sienten que la Concertación les dio vuelta la espalda.

—¿En qué se diferencia ideológicamente un decé de un UDI?

—En muy poco. La UDI nació por un compromiso social, y me alegró mucho que Pablo Longueira hablara en su campaña de centro social; es lo que identifica. Jaime Guzmán definía a la UDI como el partido de la libertad, que postulaba a la economía social de mercado e inspirada en principios cristianos. Este último elemento se ha abandonado, porque si te dedicas a la libertad y desarrollo, y no a la justicia e igualdad, se desvalora esa tercera pata que Jaime planteó como eje del partido.

—Para muchos DC Andrés Velasco es una opción presidencial, ¿lo sería también para la UDI?

—Si no elaboramos y fortalecemos un proyecto propio, arriesgamos a que en las próximas elecciones pasen a segunda vuelta Meo y Velasco, y terminemos todos apoyando a este último. Claro sería mejor opción que MEO, pero no creo que Andrés represente hoy a nuestro sector. Está más cerca nuestro, pero sigue tratando de capitalizar a los desencantados de la Nueva Mayoría. 

—A propósito de Longueira, ¿entorpece la aparición de nuevos liderazgos que aparezca asesorando al gobierno de Bachelet?

—Sí, hay un poco de desconcierto. Antes de las elecciones de la UDI, yo era partidario de una lista única en torno a un proyecto, llamé a Pablo, y si bien compartió el diagnóstico, me dijo: “no quiero participar en política, es importante por mí y por la UDI no hacerlo”. Sin embargo, tuvo un acercamiento con el ministro de Energía que pudo interpretarse como algo más técnico. Pero mandó una señal confusa al participar en la negociación de la reforma tributaria que es contingente, súper político. Entró sin que nadie sepa, provocando mucho desconcierto. Creo que es importante que Pablo defina a qué lado va a estar, porque no se puede estar en ambos lados.