Es la elegancia hecha persona; combina corbata, calcetines y pañuelo con un aire entre distinguido y juguetón; sólo él se atreve a usar medias de colores, cruzarse de piernas como para dar cuenta del detalle y luego encender —¡era que no!— un cigarrillo, el primero de un largo desfile que irá dejando en el plato del café o en uno de los tantos ceniceros de su oficina. Defensor de las libertades individuales, la batalla por el tabaco ha sido una más de sus cruzadas; de eso ha escrito varias veces en El Mercurio (es columnista habitual), lo que causó la ira del ministro del ramo, Jaime Mañalich, quien lo acusó de liderar una campaña desde el corazón del diario para destituirlo. “El no sólo es fanático, sino que de repente tiene posiciones matonescas… Supiera que estoy de acuerdo en casi todas las otras iniciativas que ha liderado y que lo considero buen ministro…”, asegura.

El no sólo es fanático, sino que de repente tiene posiciones matonescas… Supiera que estoy de acuerdo en casi todas las otras iniciativas que ha liderado y que lo considero buen ministro…

Lo cierto es que para este abogado, experto en temas internacionales, la reconocida adicción no le ha resultado fácil. Sus cinco hijas lo retan y ni muertas se suben al auto que ‘amorosamente’ bautizaron como el cenicero… Y aunque él arregló dos dormitorios en su departamento para recibir a sus nietos, nunca, jamás, alguno de ellos ha pasado allí la noche. “Ya me resigné. No me quedó otra que hacer una pieza de vestir, aunque no crea que tengo tanta ropa”, dice a pesar de que es reconocido como uno de los hombres mejor vestidos.

Humor no le falta a quien fuera ministro de Minería, presidente del Banco Central, embajador en Estados Unidos y canciller en tiempos de Pinochet. Defendió al cuestionado ex gobernante durante el juicio por su extradición en Londres. De ese tiempo guarda recuerdos, como el bosquejo hecho en tinta que exhibe en su oficina, con la famosa sesión en la Cámara de los Lores. Pero no mucho más, sólo rumas de libros apilados en el suelo (la mayoría sobre leyes, historia y biografías, muchos en inglés) aunque no tiene tapujos en reconocer que sigue sintiendo un gran afecto por Pinochet. Pero no fueron amigos. “Nuestra relación era muy profesional. En materias técnicas obviamente me pedía consejos, pero jamás me metí en la parte política. Tampoco iba a comer a su casa”.
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—Muchos de sus partidarios han hecho cuestionamientos hacia su figura, ¿usted?
—Siento aprecio por el general Pinochet; como otros seres humanos cometió graves errores que causaron mucho dolor. Hay víctimas que han sufrido. A mí el dolor ajeno me produce mucho más angustia que el propio.

—Pero, ¿cuándo fue consciente de que existían estos atropellos?
—Después del gobierno militar.

—Siendo ministro, ¿nunca?
—Tenía un aislamiento frente a eso, una dedicación completa a mi trabajo…

—¿O no sería la excusa para no ver lo que no quería ver?
—Es probable, ya me ha pasado muchas veces.

—Después, ¿sintió culpa, incomodidad?
—Claramente. Debí haber hecho más.

—Pero defendió a Pinochet en Londres.
—Era un problema de soberanía nacional, de jurisdicción, tanto que en el proceso incluso se hizo parte el gobierno de la Concertación. Un país tiene el derecho de juzgar las cosas que han ocurrido dentro de su territorio. Eso no sólo lo entendí yo, sino también el gobierno y finalmente los mismos ingleses. A la vez considero que tenía un deber de lealtad con el general Pinochet.

“De repente es inútil votar”

Si bien fue uno de los símbolos de la era militar, hoy Hernán Felipe Errázuriz se mantiene equidistante al mundo político. “Francamente ya no sigo la cosa contingente, no me interesa, aunque esto provoque escándalo en algunos. A veces tampoco voto; en una pasada elección escribí en el sufragio aquel término popular de cuatro letras para expresar mi descontento. Aunque no voy a decir cuándo fue, hay candidatos que están aún”.

—En estas primarias, ¿no le gustó el representante de su sector?
—Exacto. De repente pienso que es inútil votar. Ya no veo grandes líderes, se han ido retirando; los que llegan son reclamones, critican pero no tienen propuestas modernas. Me siento muy decepcionado.

—¿Participó de las primarias?
—Sí, había mucho en juego, aunque no voté por Bachelet —advierte—. Ella fue la única de nuestra historia presidencial que no subió los impuestos. Pero ahora viene con in impuestazo muy peligroso; pone en riesgo la inversión, el crecimiento y el empleo. Por lo visto hay dos Bachelet, la de antes y la de ahora…
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Hermético sobre su voto, frente al triunfo de Pablo Longueira no se muestra muy sorprendido: “La UDI es más organizada y Allamand no era tan buen candidato; si se le fueron votos a Velasco ¡por algo será!”. Y cierra el tema.
De lo que sí habla y harto es de decepción ante el Congreso. “Muchas veces están preocupados de aquello que los benefician, como la ley de la franja electoral por la que se rompieron la cabeza varios días, pero que no son tan relevantes para la gente. Tampoco hay buenos contrapesos en la derecha; los que existían ahora son ministros: Chadwick, Allamand, Matthei… Sacarlos fue un grave error del gobierno, con eso transmitieron que no es gravitante ser parlamentario, por algo se van… En un régimen presidencial esto constituye una tremenda falla”.

Hasta ahí llega su perfil de hombre de derecha, marco que le incomoda. “Hablar de izquierda o derecha en muchos casos ya no tiene sentido. En temas valóricos, por ejemplo, mi sector no me representa… Apoyo que las parejas del mismo sexo puedan casarse, sin duda, pero finalmente todo se enreda en un asunto semántico; si dos personas están de acuerdo en vivir para toda la vida juntos ya es una gran declaración de principios y desde luego debieran tener el mismo estatuto”.

—Aparentemente se teme que puedan formar familia y adoptar. ¿Qué opina?
—Que lo puedan hacer siempre que sean muy responsables, gente no viciosa, da lo mismo de qué sexo sean; incluso podría ser alguien soltero, ¿por qué hay que estar en pareja? La píldora del día después también me parece legal.

“Hablar de izquierda o derecha en muchos casos ya no tiene sentido. En temas valóricos, por ejemplo, mi sector no me representa…

—¿Siempre fue tan liberal?
—Es que antes estos temas no se discutían tanto, no es que cambiara de postura.
Prende otro cigarrillo. De seguro la oficina es el único lugar —además de su casa— donde puede echar humo tranquilo. “Se ha llegado a un nivel de fanatismo —comenta con voz ronca—; entiendo que existan pruebas de que el tabaco produce cáncer, aunque también hay estudios serios que indican que el tabaco es beneficioso para el Alzheimer y el Parkinson, claro que cuando digo eso me retan… Al final es la gente quien debe decidir, pero no por este prohibicionismo absurdo. Además veo contrasentidos: ¿Cómo es posible que esté permitido el consumo de marihuana, pero no se pueda fumar tabaco?”.

—¿Ha probado marihuana?
—Nunca le he hecho a las drogas. Me da susto la adicción; con el cigarrillo es suficiente.

Da una larga bocanada, reflexiona:
—Resulta contraproducente que en un gobierno de derecha se persigan las libertades. Es cierto, formé parte del gobierno militar en que las libertades estaban restringidas, me podrán descalificar por eso, pero las libertades obviamente que están todas entrelazadas; en lo económico, fue uno de los motores para recuperar la democracia, sin ninguna duda, y un gobierno que cree en las libertades económicas también debiera creer en las libertades en otras áreas, incluyendo los temas valóricos, pero no pasa… Estamos enfrentándonos a una sociedad en que los espacios de libertad y de privacidad van a ser mínimos. Obvio que no estoy de acuerdo con que un ebrio conduzca o con que alguien irrumpa y no pida permiso para fumar cuando está con otros, pero estamos alcanzando niveles de fanatismo alarmantes. El doctor Mañalich dijo que yo editorializaba a favor de las tabacaleras, como si tuviera algo que ver… No supo distinguir entre lo que es escribir una columna con nombre y a pecho descubierto, de lo que es una crónica de un diario. Jamás me he referido a políticas de salud; no es mi especialidad, no lo haría jamás, por pudor intelectual. Y por lo que entiendo El Mercurio no está de acuerdo con el tabaquismo.

La rebelión

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“Me apuntan a mí, a pesar de la cobardía de un número importante de fumadores que no han sido capaces de defender sus derechos. Parece que sacar la voz es mala onda, lo sé por mis hijas: las cinco están furiosas que yo tome estas posiciones, lo encuentran inaceptable, decadente, políticamente incorrecto, ¡qué sé yo! Por cierto, no fuman… Ninguna se sube a mi auto, menos los niños. No alojan en mi casa”.

A estas alturas, lo que siempre ha sido un placer para este abogado se convirtió en un dolor de cabeza. “Si voy a un restorán, en la mitad de un almuerzo o de una comida tengo que salir a fumar; las reuniones las acorto”.
Hace poco estuvo en una importante charla —junto a otros exponentes, entre ellos el cientista político Alvaro Vargas Llosa—; los minutos pasaban, “pero la conferencia se extendió y me ofrecieron cerrar; contesté que no aguantaba que llevaba una hora y media o dos, y que lo único que quería era fumarme un pucho”.

—Primero la Ley de tolerancia cero al alcohol, luego la prohibición de fumar en lugares públicos, algunos creen que va a ser imposible celebrar como corresponde…
—Imagínese. Otra vez me van a retar, pero a todo eso súmele campañas como la de Vivir Sano… No hay nada mejor que comer lo que a uno le gusta, o fumar… Si uno puede ser muy sano, pero infeliz, frustrado y reprimido. Yo no soy así.