Junto con asumir como director del CEP el 1 de marzo, Harald Beyer (50, economista e investigador) tenía contemplado lanzar un libro sobre educación parvularia, escolar y superior chilena que escribió en su año sabático, luego de que el Parlamento lo destituyera (abril de 2013) como ministro de Educación por no haber fiscalizado el lucro en las universidades. Es su primer texto formal tras años de estudios y de escribir diversos artículos sobre el tema —fue integrante de los Consejos Asesores Presidenciales de Educación de Michelle Bachelet en 2006 y coordinador del área Educación de los grupos Tantauco—. Sin embargo, prefirió aplazarlo unos meses para incorporar el polémico debate que se está llevando adelante por estos días, y donde Beyer, sin pretenderlo, pasó a ser protagonista, ya que hace unas semanas el gobierno de Bachelet retiró del Parlamento tres proyectos emblemáticos de su gestión como la agencia nacional de acreditación, superintendencia y reforma al financiamiento en la educación superior, debido a que —como aseguró el vocero Alvaro Elizalde— contradecían los principios de la reforma que intentan llevar adelante.

El ex ministro es enfático en señalar que el sistema educacional no está en crisis como, dice, se ha pretendido instalar. “Según publicaciones internacionales, en el área escolar Chile es el país que más ha avanzado después de Letonia en los últimos 20 años, en cuanto a resultados, cobertura y calidad. Por supuesto que estamos a años luz del ideal que queremos, pero el actual ha rendido frutos con pocos recursos invertidos; o sea, algo no está tan mal. Es cierto que la educación superior se masificó y hay problemas de calidad preocupantes, por lo que se debe ir limpiando el sistema”.

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—¿Y no refundarlo como anticipó el ministro Eyzaguirre?

—Refundarlo nos llevaría a una transición traumática: hay muchos cambios, incertidumbre, y el nuevo paradigma tampoco produce resultados a priori. Entonces ¿vale la pena pasar por esa tensión?, ¿hacer una gran transformación o refundación?

—Si genera cambios radicales y combate la desigualdad, para muchos lo valdría.

—La experiencia internacional demuestra que hay sistemas fuertemente estatales y privados muy buenos, como también los hay muy malos. Al final, es una discusión ideológica: ¿educación con mayor peso estatal o absolutamente estatal? La gratuidad, en cambio, no lo es tanto, tiene que ver con que el dinero pese menos a la hora de educar, y eso se relaciona con el financiamiento compartido. Aquí entrarán en juego los valores de libertad e igualdad, y no me parece mal que las familias inviertan en la enseñanza de sus hijos. Hay una tensión difícil de resolver porque ¿dónde pones freno a la libertad? ¿Por qué unos podrán acceder a la particular privada, y a otros los quieren privar del financiamiento compartido? Porque si esta fuese una discusión de verdad, también debiera eliminarse la particular pagada…

—En la mayoría de los países no hay financiamiento compartido, y no se ve esta lucha de valores de la que habla.

—Así es, sin embargo, en Chile ya dimos el paso, se instituyó la libertad, y suspenderla será complicado. Además, hoy se discute que el grueso del dinero vaya a la educación superior, entonces será muy violento decirles a esos padres “no somos capaces de una subvención escolar de alto valor, sin embargo, igual le bloquearemos la posibilidad de financiar algún porcentaje del colegio de su hijo”.

—Camilo Escalona fue el primero en mencionar la ENU de Salvador Allende, ¿huele un intento de estatizar la educación?

—No, es exagerado. Sí, insisto, hay una disputa ideológica respecto de cuál debe ser la participación del Estado. En esa lógica, no es tanto el financiamiento compartido lo que molesta, sino los colegios particulares con fines de lucro que tienen mucha flexibilidad, se instalan en distintas partes y le restan matrícula a la educación estatal. Son la gran barrera para contar con un sector público más grande, y una forma de limitarlos es suspendiendo el lucro.

“Hoy el foco está en temas institucionales para asegurar que la enseñanza pública tenga mayor espacio. Y, en el caso de la superior, la discusión es financiera, ¿cuánta plata le asignan a universidades estatales, a las privadas del Consejo de Rectores?… Está suspendido el debate sobre la calidad”.

—¿Cree que a estas alturas ya debiera existir el programa educacional?

—Están los grandes lineamientos, pero estas cosas son muy difíciles. Y el foco es equivocado. Pero aceptándolo, y entendiendo que el programa de Michelle Bachelet ganó democráticamente el derecho a ser ejercido, las reformas que se han impuesto son muy complejas, incluso las más mínimas. Por ejemplo, antes de los 100 días tienen que crear universidades estatales en Aisén y O’Higgins. ¿Cómo resolverán el gobierno superior?, ¿quién elegirá al rector? Eso generará una tensión con las otras estatales y un conflicto político con los estudiantes que hoy pretenden intervenir en la elección. Esto es un punto menor dentro de la tremenda reforma, que generará definiciones que te pueden acercar o alejar de los actores.

—¿Cuál debiera ser entonces el foco central?

—Estoy convencido de que la tremenda dispersión de resultados y rendimiento en establecimientos municipales y particulares subvencionados con y sin fines de lucro está muy ligada a que no hemos sido capaces de seleccionar buenos directores, y de formar buenos profesores; eso es lo central en la educación escolar. En la de tipo parvularia, a pesar de los esfuerzos de cobertura que se hicieron en 2005, tuvo impacto cero en los niños. Sin embargo, ¿estamos pensando cuál es el tipo de educación parvularia que debemos entregar?, ¿cómo continuar y profundizar lo realizado por los gobiernos de Bachelet y Piñera? ¿Cómo asegurarnos que esas educadoras tengan las competencias suficientes, y vincular esa etapa del niño con la familia, si ya sabemos que en este período el afecto es muy importante en su desarrollo cognitivo? Ahí es dónde hay que trabajar para una mayor equidad. La evidencia está en una iniciativa en EE.UU. llamada 30 millones de palabras, que demuestra que un niño que viene de un hogar de padres profesionales o culturalmente preparados, activos, en sus primeros cinco años expresa 30 millones de palabras más que uno cuyos papás vienen de una situación vulnerable. Ya sabemos que las conexiones neuronales, el desarrollo del cerebro es distinto dependiendo de cuán enriquecedora son tus experiencias humanas… Pero esto se ve muy debilitado en el discurso…

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—¿Por qué cree que no se ha considerado?

—Porque al final la motivación no es la equidad ni la calidad de la educación, sino en la nostalgia. Si lo fuesen, las motivaciones tendrían otro sesgo. Hay una suerte de vuelta a la adolescencia del mundo político, una mirada a un modelo educativo poco masivo e integrador… Y los seres humanos no criticamos esa etapa, sino que la vivimos nomás, y muchos líderes políticos han seguido este camino, con la idea de instalar utopías en una sociedad moderna.

—Y en educación superior, ¿hacia dónde debiera apuntarse?

—Crecimos rápido, y no resguardamos calidad, y el actual modelo de acreditación es perverso, ya que una institución puede hacerlo por uno o dos años, lo que genera un incentivo por la posibilidad de recibir financiamiento inmediato. Hay que ir a un modelo como el que propuse, en que una institución se acredita o no como tal, y evaluar las carreras en forma aleatoria, sin embargo eso hoy está suspendido…

—¿Le dolió el retiro de ese proyecto?

—El gobierno está en su derecho, pero uno esperaría que haya un equipo trabajando y desarrollando uno mejor que el nuestro, en el que participaron expertos chilenos, de la Ocde y del Banco Mundial… Nuestra propuesta de financiamiento también era superior a la de gratuidad universal, se trataba de un modelo de crédito contingente al ingreso, en que pagas después sólo si tienes lo suficiente para hacerlo, con una cuota máxima, y que se aplica en Inglaterra, Hungría, Australia, Suecia… Ahora las universidades deberán cumplir convenios y requisitos para la gratuidad. La discusión será si el modelo chileno estará más cerca del argentino —donde las instituciones no son selectivas, sólo el 12 por ciento se gradúa, con gran pérdida de recursos— o el brasileño, muy selectivo, tremendamente elitista y segregador. Nuestro sistema universitario no lo es, a diferencia del escolar que no logra superar las brechas del capital cultural de un niño, por ello es tan prioritaria la enseñanza parvularia y escolar.

—¿Por qué si Bachelet contemplaba la superintendencia y la certificación de calidad de la educación, terminó retirándolos?

—Hay análisis mal hechos y gestos políticos a estudiantes y grupos sociales; no veo otra razón. Se habla como si las universidades privadas fueran todas malas, y las estatales, todas buenas, cuando sabemos que es heterogéneo. El 54 por ciento de la investigación está concentrada en las privadas… Y si realmente quieres entidades  estatales de elite, no tiene sentido que en Valparaíso o Iquique haya dos, por ejemplo. Hay que concentrarlas, y en vez de 16, que existan ocho; pero no lo piensan, hay  mucha improvisación, ninguna visión de hacia dónde queremos llevar el sistema universitario. ¿Queremos que las más top estén dentro de las 150 mejores del mundo en 20 años? Ni siquiera nos hemos preguntado… Falta debate, no se está reflexionando profundo sobre estos temas, sólo que predomine la oferta estatal; una discusión más artificial que de fondo. Se habla de un ministerio de ciencia y tecnología, por ejemplo, ¿y qué pasa con las humanidades que están cada vez más arrinconadas? Al final la discusión termina en dónde ponen la plata…

—Los centros de formación técnica tampoco han sido protagonistas de éstas.

—Es la pieza faltante. El año pasado, el 53 por ciento de los jóvenes que ingresó a la educación superior lo hizo a institutos profesionales o centros de formación técnica (CFT), y son los más vulnerables… Sin embargo, están desaparecidos del debate. Si quieres integración social, en vez de desarrollar ese programa especial de captura de jóvenes de menos ingresos para que entren directo a la universidad, debería articularse mejor el sistema, y que un estudiante pueda partir en un CFT y terminar en una casa de estudios superior. Es lo que se hace en California, Nueva York, Austria, Holanda. Para las universidades , no es barato ni fácil que el 20 por ciento de la matrícula corresponda al 40 por ciento más pobre si no han cumplido con los requisitos académicos como buenas notas o una PSU razonable.

Andrés Velasco comentaba que una empresa de telefonía extranjera intentó instalarse en Chile, sin embargo, no pudo conseguir técnicos competentes.

—Puede suceder. De hecho hay empresas que han evaluado instalarse y los ingenieros titulados de las mejores universidades chilenas no tienen las competencias que ellos requieren y que sí hay en otros lugares. Aquí las universidades entregan títulos profesionales, pero ¿le exigimos que chequeen si el título que entregan tiene las competencias que espera el empleador? Otro fenómeno ausente…

—¿Teme, al igual que muchos,  que la reforma educacional  termine en un Transantiago?

—No, espero que prime la prudencia. Supongamos que sale la ley que prohíbe el lucro, no sabemos cuál será el impacto de terminar con toda posibilidad de ganancia de los 3.900 colegios y casi todos los institutos profesionales y CFT. Mal o bien, hace mucho tomamos este camino, ¿vale la pena retroceder, darse ese gustito ideológico?, a sabiendas que todos esos cambios producirán una tremenda tensión en el sistema, y no lo mejorará mucho. Esa es mi preocupación, que la reforma nos tome un gran tiempo, que se consiga el modelo soñado sin ningún impacto real en calidad y equidad. Entonces, ¿no será mejor buscar otros caminos para lograrlo? Si se quiere eliminar el financiamiento compartido, por ejemplo, que sea en un lapso muy prolongado de tiempo. Lo mismo con el lucro, que su fin sea gradual o que los colegios nuevos que se instalen no puedan lucrar.

—Sin embargo, con la reciente venta del colegio Apoquindo con mil alumnos adentro, reflota la necesidad de regular el tema.

—Independiente de estos pequeños ejemplos, debe existir un sistema que nos mueva hacia una mayor calidad y equidad. Sobre la venta del colegio Apoquindo, la Superintendencia podría pensar en contratos educacionales que protejan a padres y estudiantes de estas situaciones. Sin embargo, Chile por la baja natalidad, ha perdido en educación básica cerca de 300 mil alumnos en los últimos 10 años, y de aquí al 2023, otros 300 mil.  ¿Cómo se ajustan los colegios a eso en este nuevo escenario? No es fácil de resolver, ya le pegó a la básica y está empezando a golpear a la media. En un par de años afectará a la educación superior, por lo que las universidades ya no podrán seguir creciendo como hasta ahora.