“Cuando oímos lo que dijo Carlos Altamirano (secretario general del PS) en ese discurso del 9 de septiembre en el Estadio Chile, ya tuvimos claro que había que hacer. Nos juntamos ese mismo día en la casa de Pinochet, y Merino era el más decidido, porque era el que estaba más urgido: le estaban infiltrando la Armada. No nos cabía duda de que actuábamos o el país se iba al despeñadero. Porque altamirano había sido desafiante al reconocer que se había reunido con suboficiales de la Armada. Ahí nos dimos cuenta de que estábamos fregados. Si seguíamos gobernados por tipos como él, el país se iba al hoyo. Ya estábamos destruídos en lo político, en lo social, en lo económico. La inflación estaba disparada. Era una debacle. ¡Lo que costaba conseguirse un pollo, un pedazo de pan o llegar a los supermercados, que estaban tomandos!.

Pinochet no fue el autor de la idea ni estaba en la primera posición. Incluso, él temía por su vida. Sencillamente, no quería. Pero cuando vio que la decisión era absoluta de parte de la Armada y de la Fuerza Aérea, se sumó. No quería, porque no tenía buena comunicación con todos sus generales, no tenía confianza en sus generales. Les había pedido la renuncia a todos. Cuando renunció Prats y él lo reemplazó, quería que renunciaran todos para nombrar él a sus generales, pero no lo aguantaron mayormente y hubo algunos que se negaron rotundamente. Entonces, Pinochet no estaba en una posición confortable internamente. Por eso seguramente, no quería participar del movimento. Pero él había oído el discurso de Altamirano igual que yo, así es que accedió a participar una vez que ya vio que estaba todo decidido.

Justo cuando estábamos reunidos yo con Pinochet, llegó el almirante Huidobro, con un papelito de Merino, donde decía: ´Gustavo y Augusto, es el momento de actuar con rapidez. Propongo iniciar las operaciones a las seis de la mañana del martes 11`. Yo acepté inmediatamente, firmé y dije conforme. Pero Pinochet tuvo sus dudas. Primero buscaba un lápiz con qué firmar, en un escritorio lleno de desorden que tenía tapado con papales y libros. Después se demoraba en firmar con el pretexto de que necesitaba un timbre, se demoró en firmar como media hora.

Nosotros sabíamos que corríamos un riesgo enorme también, pero como institución, no en lo personal. Pero no quedaba otra cosa que hacerlo, por Chile, porque no queríamos que el país se fuera a la chuña.

Cuando salió elegido Allende, nadie hizo nada, porque sabíamos que era un burgués que vivía a lo pachá y seguramente iba a terminar gobernando con la derecha. Ese era nuestro pensamiento. Por último, él tenía su chance.

Cuando salió elegido Allende, nadie hizo nada, porque sabíamos que era un burgués que vivía a lo pachá y seguramente iba a terminar gobernando con la derecha. Ese era nuestro pensamiento. Por último, él tenía su chance. Aunque fuera por muy pocos votos, había ganado una elección y tenía derecho a ejercer la presidencia. Pero nunca nos imaginamos que iba a llegar a gobernar para unos pocos chilenos, como decía él mismo. No imaginamos que estaba dispuesto a destruir el país, porque en ese momento, Argentina y Perú podían habernos invadido y hecho pedazos. La seguridad nacional estaba a un tris de reventar, y mirábamos a nuestras familias, nos preguntábamos qué iba a pasar, y nosotros esperando. ¿Esperando qué? ¿Esperando que el señor Altamirano nos hiciera la revolución social en Chile? Hoy, él es un tipo que camina libremente por las calles.

Bueno, tomado el acuerdo, no hice nada especial, seguí asistiendo a mi trabajo libremente y les comuniqué a los generales lo que se iba a hacer. Todo el mundo estaba esperando eso, así es que estuvieron muy contentos. Se aplicaron luego todos los planes que estaban preparados para otra cosa… Se adaptaron para hacer un movimiento rápido y terminar con la debacle que hundía al país. El país estaba destruído casi enteramente y las muejeres nos tiraban maíz y trigo en las puertas de nuestras casas, nos llamaban por teléfono. La gente estaba insolente, iban a hacer por su cuenta lo que pudieran. Lo único que querían era que se fuera el señor Allende.

En la noche del lunes 10 hablé con mi mujer y le conté todo. ´Cuídese mucho – le dije- llegó la hora de actuar`. Yo en ese tiempo vivía en Padre Hurtado, en la casa del comandante en jefe, con los dos hijos mayores de Gabriela, Alejandro y Alfredo, que tenían 6 y 5 años.  A ellos los fui a dejar esa noche  a la casa de un coronel amigo, para que se alojaran sin riesgo.

´El martes 11, a las seis de la mañana ya estaba en mi puesto de mando, en la Academia de Guerra Aérea, ubicada en la avenida Las Condes. Pinochet de dirigió a Peñalolén. Cuando vino el movimiento, se procedió con la misma fuerza y la misma rapidez a lo largo de todo el país, porque esto se sincronizó desde Iquique hasta Puerto Williams. Se tomaron detenidas a las autoridades y se procedió a su reemplazo por el mando militar más antiguo que hubiese en la zona.

Al señor Allende le ofrecimos sacarlo del país con toda su familia y los adláteres que él estimara conveniente, poniendo a disposición un avión DC-6, cuadrimotor. La única condición que le pusimos es que fuera un país dentro de Sudamérica.

En unas grabaciones que se han difundido en el país sobre estos hechos están las voces nuestras. Pero eso de que había que subirlos a un avión y que en el camino se iban a ir cayendo, era solo una broma cruel de Pinochet.¡ Cómo íbamos a hacer una cosa así! A Allende se le iba a respetar su vida y la de su familia. Fue un ofrecimiento honesto.

Esa mañana, Allende mandó al Ministerio de Defensa a una comisión de ministros a parlamentar. A la comisión entera se la tomó presa. No estábamos dispuestos a parlamentar con un político del calibre de él.

Tal como lo había anunciado días antes, el señor Allende nos dijo que él de La Moneda no iba a salir vivo; que sólo muerto podrían sacarlo de allí. Y lo cumplió, porque se pegó una ráfaga de metralleta poco antes de que lo detuvieran. Yo nunca creí que él iba a cumplir esa palabra. Cuando me enteré del suicidio de Allende, fue un golpe realmente, no se puede negar que a uno lo impresiona. Duele, duele que se produzca un hecho  de esa gravedad en esos momentos. Y nosotros éramos totalmente responsables de esa situación. El era nuestro generalísimo como decía la constitución del 25, y saber que se mató, por la acción que estábamos realizando, no deja de ser impactante.

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Bombardear la Moneda fue la decisión más difícil del día. El día anterior se había conversado que si eso era necesario, para cortar el proceso, había que hacerlo, pero si no era necesario, no. La orden del bombardeo, yo la di directo a la escuadrilla de Hunters, porque estábamos comunicados por unos equipos modernos y chiquititos que tenían VHF (muy alta frecuencia).

En todo caso, yo no tenía dudas de la precisión de mi gente, pues operativamente estaban muy bien entrenados. Para darle a La Moneda, un edificio bajo, en el corazón de la ciudad, había que tener una puntería muy fina. Y lo hicieron. Tanta fue la precisión, que en el mundo se creyó que había sido con ayuda norteamericana. Se habló de operaciones ledirigidas. En ese tiempo andaban las escuadrillas de acrobacia norteamericana en Paraguay y se creyó que esos aviones habían venido a Santiago. Se especuló una barbaridad por la puntería de los pilotos. Todavía hay gente que cree eso, especialmente los comunachos que inventan cualquier cosa.

Nunca he dudado de que el bombardeo a La Moneda fue la mejor decisión que se podía tomar para hacer el proceso breve y ahorrar vidas, porque el movimiento resultó cruento y se estaban perdiendo vidas por los dos lados. Queríamos dejar en claro que la voluntad de las Fuerzas Armadas era terminar con el caos, y la manera más categórica era haciendo salir al señor Allende de La Moneda. Y el efecto de esta acción sobre los partidarios de Allende fue decisiva, pues cuando vieron eso, se anduvieron paralizando.

En cuanto al bombardeo de Tomás Moro, recuerdo que nos llevamos la sorpresa de que se nos hizo mucho fuego con ametralladoras Punto 50, la más grande de todas, desde los techos de la residencia presidencial. Incluso, se nos perfotó un helicóptero del piso hacia arriba, sin tocar el rotor de la hélice. Ese piloto se salvó jabonado. Yo había mandado al helicóptero a ver qué sucedía, porque los Hunter no daban con la casa. Es que desde el aire se ve tan pequeña una casa dentro de miles de casas. Además, como el techo de nubes estaba bajando ese día a medida que pasaban las horas, llegó un momento en que estaba nublado bajo. Entonces, los aviones andaban muy bajo y les costaba ubicar la casa. Como no la econtraban mandé un helicóptero que estaba en mi cuartel general, con el hoy coronel Ávila, a guiar los aviones hacia el blanco. A ese helicóptero le llegó el fuego de las ametralladoras que operaban desde el techo, pero cumplió su objetivo y guió a Hunter que bombardeó Tomás Moro.

En la confusión, otro piloto se equivocó y le dio un cuetazo al hospital de la FACH. El rocket cayó en el jardín del hospital, pegado al edificio abajo. Ahí estaba la dentística en ese tiempo y en el hospital casi se murieron de la impresión cuando vieron que les estaban dando guaraca a ellos.

En la FACH no tuvimos ese día problemas de disciplina. Todos los generales eran de mi confianza. Yo había asumido como comandante en jefe, el 18 de agosto de 1973, cinco días antes de que Pinochet lo hiciera en el Ejército, y en las reuniones semanales del cuerpo de generales siempre terminamos conversando de la situación que se vivía en el país, así es que sabíamos lo que pensábamos. El único del que teníamos desconfianza era Bachelet, quien estaba trabajando para el Gobierno, muy cerca de Allende, y era de tendencia izquierdista abierta. Lo habían nombrado secretario de subsistencia. Estaba preparando el racionamiento alimenticio a lo cubano, ésa era la verdad. Que un general de la República estuviera preparando el racionamiento de su país, lo estimábamos un hecho muy grave. A Allende le pedí tres veces que lo devolviera a la institución. Antes también se lo pidió el General Ruiz Danyau. Incluso, cuando yo asumí la Comandancia en Jefe, fue con la promesa de que me devolvía a Bachelet. Allende nos tramitó, nos dijo que sí, pero jamás lo hizo. Ese 11, para que no hubiera riesgos, lo detuvo un funcionario de la Fuerza Aérea entrando al Ministerio de Defensa y después fue juzgado por un tribunal de guerra.

Al caer la noche, tras terminar las acciones principales, nos trasladamos en helicóptero hasta la Escuela Militar, para sostener la primera reunión como Junta de Gobierno. Ahí se tomaron los primeros acuerdos y se empezaron a proponer los nombres de los ministros. Incluso, hubo una proposición por ahí de rotar el mando de la Junta entre las distintas ramas. Yo no me opuse ni acepté. Pero después, fui yo mismo el que le dijo a Pinochet que no se podía correr ese riesgo de pasar el mando de uno a otro, porque se podía producir una disputa de poderes, era peligroso.´Mejor quédate tú a cargo de todo`, le dije, ´ya que eres el más antiguo`. El aceptó encantado. Al parecer no pensaba otra cosa tampoco. Yo tenía mis temores de que él podía ser muy ambicioso.

La noche del 11 no dormí en mi casa. Tampoco comí. Volví a la Academia de Guerra a hacer un chequeo de todo lo que había pasado en las guarniciones del país. No había grandes novedades. En todas se había detenido al Intendente y se había reemplazado por el mando militar más antiguo. La Fuerza Aérea se había hecho cargo de la X Región. La Armada se hizo cargo de Valparaíso. De las demás regiones se hizo cargo el Ejército.

Esa dura jornada me dejó el sabor del deber cumplido y la satisfacción de haber terminado con la destrucción de Chile y de ver ahora mi país resurgiendo, con una economía sólida y próspera. Hoy llega a dar gusto ir a un supermercado…”