“Cuando mi padre enfermó de cáncer conversamos mucho. Lo veía prácticamente todos los días. A veces no hacíamos más que tomarnos la mano y quedarnos en silencio… Lo último que me dijo fue: Hijo, nunca olvides que la fuerza la hace la unidad. Tienen que respetarse y ojalá que esto que hemos creado no se pierda”. Así relató Guillermo Luksic Craig sus últimos días junto a su padre, Andrónico Luksic Abaroa. Sin saberlo, la experiencia lo preparó para enfrentar su propia batalla contra el cáncer que, tras un año de lucha, terminó con su vida el pasado 27 de marzo.

Conocido como un hombre cálido y afectivo con su círculo íntimo, pero que sabía tomar decisiones frías y muy calculadas en los negocios, desde 1982 era el presidente de Quiñenco, el brazo industrial del grupo Luksic (Andrónico está a la cabeza del sector financiero y Jean Paul del ala minera). Ingresó con sólo 26 años y terminó por convertir al holding en el más diversificado del país, con participación en el sector manufacturero, alimenticio, energético, del transporte y servicios portuarios y navieros, entre otros. Un negocio valorizado en US$ 40 mil millones en la Bolsa y que, según el último índice de Forbes, rankea al grupo Luksic en el lugar 35 a nivel internacional. Por eso, la noticia de su muerte golpeó fuerte no sólo el país sino que también a nivel internacional.

Guillermo fue el segundo hijo de Andrónico Luksic Abaroa y Ena Craig, quien murió cuando él tenía tres años y su hermano Andrónico, cuatro. Fue Iris Fontbona, la segunda mujer de su padre quien los cuidó y protegió como una madre, y aportó a la familia otros tres hijos más: Jean Paul, Gabriela y Paola. Para todos ellos la noticia del cáncer terminal fue desoladora y los enlutó desde mucho antes.

Fumaba bastante, más de una cajetilla al día, una afición a la que le costó renunciar y que le terminó pasando la cuenta: un cáncer al pulmón le fue detectado hace algo más de un año. Se sentía cansado, sin energías. Una de sus decisiones más dolorosas durante ese período fue dejar varios de los directorios en los que se había involucrado: CCU, Viña San Pedro, Madeco, Antofagasta PLC y Banco de Chile. Sólo se mantuvo al frente de la Compañía Sudamericana de Vapores, firma por la que sentía un especial cariño: estaba al borde de la quiebra cuando se la compró a Ricardo Claro, a quien, curiosamente, le vendió uno de sus más preciados tesoros: la revista Capital, de la cual fue socio y fundador.

Se internó en su departamento en Los Dominicos y se dedicó por completo a investigar sobre la cura a su enfermedad y los avances científicos que, esperaba, le podrían salvar la vida… Pero el cáncer se volvió implacable y dejó de recibir visitas; sólo veía a sus hijos, hermanos y a su pareja, Rosemarie Hartwig, quien se convirtió en su gran compañera. La relación era seria, aunque no llegaron a casarse.

Guillermo ya cargaba con dos separaciones; primero con Margarita Puga, con quien tuvo dos hijos: Antonia (32) y Nicolás (34) este último considerado su delfín en los negocios: es director de CCU, de Viña Tabalí y también está en Enex. Al egresado de ingeniería comercial en la Universidad Finis Terrae comenzó a prepararlo hace cinco años, siguiendo el ejemplo de su padre, quien a los 55 años, cuando Andrónico tenía sólo 24 y Guillermo 23, los dejó a cargo de los negocios y se fue a vivir una temporada a Londres. “Al principio nos dio bastante susto, pero tuvimos que hacerlo nomás, porque el caballero tomó sus maletas y antes de irse nos dijo que no lo llamáramos para pedir ningún consejo, porque él consejos no daba”.

También se preocupó de formar a algunos de sus sobrinos, entre ellos a Davor —hijo de Andrónico— quien se hizo cargo del negocio hotelero en Croacia, el país de origen de Andrónico Luksic Abaroa, donde el clan posee cerca de una decena de hoteles y 25 mil camas entre Istria y Cavat. Davor estaba instalado en Londres cuando Guillermo lo escogió como su continuador en un área que la familia ve con especial cariño.
Su idea era pasar lo más pronto a retiro y dar espacio a una nueva generación. Aunque no alcanzó a enseñar a sus descendientes del segundo matrimonio con Virginia Prieto, con quien tuvo tres hijos: Isidora, además de las mellizas Mara y Elisa, sus ‘conchos’ y con quienes las unía una profunda relación: constantemente lo visitaban en su oficina en el piso 16 del barrio El Golf, y luego las llevaba de paseo; solían ser sus compañeras en los viajes que él hacía en su jet privado.

A Rosemarie, su última pareja, la conoció tras su última separación, cuando ella también había terminado su matrimonio con Alberto Abayú, dueño y fundador de Indumotora; era cercano a la familia, por lo que la noticia significó entonces un severo quiebre entre los amigos. Pero la relación con Hartwig continuó y se fortaleció con el tiempo. Mantenían el bajo perfil y se les veía juntos en contados eventos sociales, casi siempre en aquellos relacionados a las empresas de Luksic, como Viña San Pedro y CCU, del holding Quiñenco.

TRABAJADOR, COMPROMETIDO Y PERFECCIONISTA, SE TOMABA LA VIDA CON INTENSIDAD. Se involucraba hasta el último detalle en cada uno de sus proyectos. No sólo con sus negocios, también con sus múltiples aficiones: competía en polo, navegaba y fue un experto piloto: desde los 18 años era oficial de reserva de la Fuerza Aérea y, fuera de sus helicópteros, también tenía su propio jet, un modelo e última generación que él manejaba personalmente: de las nueve horas que tardaba un viaje directo y sin escalas a París, él pilotaba la mitad.

“Era desconfiado, frío con quienes no conocía mucho, no como su hermano Andrónico que es más de piel; pero cuando te invitaba a su casa era un tipo muy cálido, apasionado por la buena mesa, sacaba siempre una buena botella de vino; a veces hasta tocaba guitarra, y créeme que tocaba muy bien”, cuenta un cercano. Era un fanático del reggae y el bossa nova. Le encantaban los chilenos de Gondwana.
Antes de enfermar estaba involucrado en el que era su proyecto más personal: una casa que adquirió en Lo Curro al empresario César Sumar. Participó junto a los arquitectos de cada detalle, pero el 2012 la rudeza del cáncer lo llevó a recluirse en su departamento en Los Dominicos y a congelar sus planes.

Fanático de los vinos, era un gran conocedor. Heredó la pasión de su padre, quien le inculcó una tradición de tiempos de su bisabuelo, Andrónico Abaroa. Cada vez que había que festejar alguna noticia familiar o para conmemorar el cierre de un buen negocio, Luksic Abaroa bajaba hasta su bodega y regresaba nada menos que con una antiquísima botella Château Latour, que su bisabuelo mandaba a traer hasta Calama y que él guardaba como un tesoro; claro que en muy pocas oportunidades estaban tomables. Más que nada se trataba de una tradición.

Guillermo Luksic era reconocido como uno de los pocos dueños de viña que sabía de vinos, según lo catalogó el periodista Marcelo Soto en revista Capital, en una de las pocas entrevistas en profundidad que concedió en 2012. Su gran orgullo era Tabalí, un proyecto independiente y fuera del grupo empresarial, con destacados vinos producidos en su campo en Ovalle, lugar donde también fue declarado hijo ilustre. Su madre, Ena Craig, vivió toda su infancia en la zona y siguió la educación secundaria en el colegio Amalia Errázuriz, de la que Guillermo se convirtió más tarde en su benefactor. Siempre soñó con tener un campo, así que le compró un terreno a Agustín Huneeus, con tal suerte que las características de suelo resultaron únicas y potenciaron el éxito de Viña Tabalí.

En el holding de Quiñenco logró hacer de San Pedro, que hasta el 2005 producía los populares Gato Negro y Gato Blanco, una firma de prestigio mundial, premiada como la Mejor Viña del Nuevo Mundo 2011 por la revista norteamericana Wine Enthusiast, en una gala en Nueva York que muchos señalan como “los Oscar del vino”.

“En Chile tenemos mucho mejor vino que en Estados Unidos. El problema no es lo que nos falta a nosotros sino qué les falta a ellos para darse cuenta”, solía decir.
Aunque era el menos político de los hermanos Luksic (dicen que Andrónico es el más opinante) y se cuidaba de no mostrar sus ideas en público, estaba preocupado por la baja popularidad de la que estaban siendo objeto los empresarios: “Queda el sentimiento de que, con todo lo que uno trabaja y se esfuerza, no es reconocido… No se valora lo que realmente somos: el motor del país. Un país inteligente admira a su clase empresarial y percibo que estamos perdiendo eso”, se lamentaba.

Quienes lo conocieron coinciden en que era un tipo sencillo. Nunca olvidó que sus ancestros provenían de pescadores y agricultores en Croacia. “Uno nace en una génesis muy difícil de cambiar, los genes vienen empapados de una forma de ser relacionada con la sencillez”. Y eso no lo olvidó nunca. Destinó buena parte de su fortuna a tareas de ayuda social, y creó una serie de fundaciones: “Pero nunca hablaba de eso, era una parte de su personalidad; hacía muchas cosas que no se sabían, a pesar de que le destinaba importantes recursos y tiempo”, cuenta una fuente. Un ejemplo fue el crucial rol que jugó en la Asociación de Amigos del Hospital Luis Calvo Mackenna (Amicam), con la creación del primer pabellón para el trasplante de médula ósea para niños en Chile. “Fue un aporte muy grande, de millones de dólares, pero nunca quiso aparecer”, aseguró Alfredo Latorre, presidente de Amicam, dando cuenta de la filosofía de vida de este empresario y que supo mantener hasta el final.

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