—Senador, ¿usted quiere ser presidente?

La pregunta surge como un gesto cliché, que busca tan solo cerrar una conversación con un político que ha alcanzado el rango de figura, algo así como un personaje ineludible de la transición democrática y uno de los pocos de su generación  —aquella que se hizo adulta en dictadura— que logró permanecer en la primera línea el último cuarto de siglo. La respuesta a esa pregunta sería una forma de dar por terminado el retrato de un hombre que hizo de su apellido un sello y de su manera de navegar en política, un estilo.

Lo han llamado ‘el sobreviviente’ por la cantidad de caídas de las que se ha recuperado: el Caso Cartas, el Caso Coimas, las facturas fraudulentas, las salpicaduras de un testimonio falso del Caso Spiniak, los conflictos con el Presidente Frei, con el Presidente Lagos, con correligionarios como Jorge Schaulsohn y con ex-ministros como Andrés Velasco. A eso habría que sumarle un accidente de auto y un tumor que fue más susto que daño. Muchos se habrían rendido con menos, pero Girardi continúa. Ha hecho el recorrido que un político generalmente transita con un solo objetivo: llegar a la cúspide. La duda, por más ridícula que suene, se instala: ¿Querrá realmente ser presidente? El senador responde rápidamente con ese tono reposado y sigiloso que el padre de uno de sus amigos de juventud describiera como propio “de cura socialista”. La respuesta es un rotundo “No. No me gustaría ser presidente” y añade una explicación breve: “Porque no es mi pasión en la vida”.

—Por lo general uno entiende que cuando un político dice que no quiere ser presidente, está mintiendo.

—No. Yo no estoy mintiendo. Estuve en las encuestas —en la campaña de 1999— y no se me pasó por la cabeza.

Pero Guido Girardi no quisiera hablar de política. Al menos no de la contingencia pura y dura, sino de otra. Quiere hablar de la política en perspectiva, aludiendo a un fondo histórico comparable al alcance del telescopio que tiene junto a su escritorio.

“Diría que el pensamiento político del siglo XX está agotado, el pensamiento lineal, cartesiano, jerarquizado, es ciego a los problemas del siglo XXI que son problemas sistémicos, complejos relacionales”.

La política —aquella más urgente y prosaica— es algo a lo que apenas le gusta hacer referencia.

—¿Puede llegar a ser el Caso Soquimich a la Nueva Mayoría lo que Penta fue a la UDI?

—Creo que los problemas son sistémicos. Hay un mal del financiamiento de la política que es sistémico. Creo que las instituciones están en crisis. Las elites están todas en crisis.

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—¿Cómo explica que Samuel Donoso, militante del PPD, sea abogado de Soquimich y de Ponce Lerou, exyerno de Pinochet?

—Yo no tengo explicación. Los abogados como los cirujanos, tienen un compromiso con la profesión, y me imagino que un abogado toma un caso en función de temas de intereses personales. Esto tiene que ver exclusivamente con la profesión que desempeña Samuel Donoso.

Girardi se refiere a la política contingente como quien habla de una fuerza de gravedad a la que simplemente se abandona cotidianamente por asuntos del destino.

Si buscamos en su biografía encontramos que una primera fuerza de atracción al mundo político fue su abuelo Treviso, médico, casado con Andrée Brière, la francesa que terminó por imponer su cultura y su idioma en la familia de inmigrantes italianos. Treviso Girardi fue regidor y alcalde en Quinta Normal en los años 60 con el apoyo de radicales y comunistas. El hijo de Treviso y Andrée continuó con la tradición médica y francesa —se especializó en París—. El pediatra Girardi Brière fue médico de los nietos del Presidente Allende, amigo de su hija Beatriz —la mano derecha del presidente— y de connotados militantes de izquierda como Jorge ‘Coco’ Paredes y Manuel Ipinza. En ocasiones llegaba hasta La Moneda con su hijo Guido.

El padre del senador Girardi nunca tuvo mayor interés en una carrera política, sin embargo, en 2006 postuló al Congreso y fue elegido diputado a instancias de su hijo parlamentario. Un año después, en medio del escándalo de facturas falsas Publicam, el padre del senador aseguró en una entrevista estar arrepentido de su tardía carrera parlamentaria: “Yo soy más médico que político y mi hijo es más político que médico”.

La Alianza Francesa en los ’70 era un punto de encuentro entre los hijos de familias opositoras a la Unidad Popular y los de destacadas personalidades de izquierda. Girardi pertenecía al segundo grupo. Vivir ese ambiente escolar fue el segundo impulso para seguir la carrera que marcaría su vida. En el colegio fue compañero de Gonzalo Martner, cuatro años mayor y militante del MIR

“Guido me conocía —recuerda Martner—, era compañero de curso de mi hermano y yo dirigía el centro de alumnos. Era una época de gran conmoción y en ese colegio hubo un grupo que se organizó para evitar la huelga que la gente de la derecha quería hacer en 1972 como protesta contra la ENU. Guido formaba parte de ese ambiente, pero era un cabro chico (tenía doce años para el Golpe)”. 

El senador recuerda que el día 11 de septiembre de 1973 Martner reunió a sus cercanos en el colegio y les pidió que regresaran a sus casas: “Ese día Gonzalo llevaba un poncho y luego de hablar con nosotros se fue al cordón industrial”. Girardi acató las instrucciones y llegó a su casa caminando, intentó poner música de protesta —“lo hacía a menudo, para molestar a los vecinos”— pero su madre se lo impidió. “Esto es un golpe de Estado”, le dijo. Entonces él se subió al techo y desde allí señala haber divisado el bombardeo de Tomás Moro.

“Mi padre fue detenido. Lo fue a buscar un camión de Carabineros al hospital. Pero como tiene la nacionalidad francesa intervino el embajador y lo liberaron. Cuando yo volví al colegio mis grandes amigos se habían ido todos: las familias estaban escondidas, en el exilio o los padres muertos. Se nos vino el mundo encima, pero después nos adaptamos”. En 1979 terminó el colegio y al año siguiente ingresó a Medicina en la Universidad de Chile. Allí formó el grupo Pehuén, ese fue el tercer movimiento y el definitivo que definió su vocación política.

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“A veces, en broma, digo que yo soy el culpable de haber metido a Guido Girardi en política”, comenta Gonzalo Martner en una salita de hotel en medio de un seminario de partidos progresistas. De fondo se escucha la voz de Girardi exponiendo. Habla de ecología, de nuevos desafíos culturales y de ciencia. No habla de política. Es como si en ciertas ocasiones apareciera un aspecto de Guido Girardi que contradice la fama que lo precede: la máquina de lograr votos, el que se desquita de manera implacable con los que desafían su voluntad, el líder de una formidable red de contactos llamada girardismo. Entonces lo que surge es el parlamentario que organiza un encuentro como Congreso del Futuro, con científicos de primera línea reunidos en Santiago para discutir los temas del porvenir. Girardi cuenta que acude una vez al año a Francia a reunirse con el filósofo Edgar Morin, a quien llama su maestro; que lee al coreano-alemán Byung-Chul Han, considerado el sucesor de Barthes; y que el cráneo que tiene en su escritorio es una réplica del cráneo del primer homínido bípedo, un hallazgo hecho por el afamado paleontólogo francés Michel Brunet, a quien Girardi considera su amigo.

“Todos somos como la luna, una parte luminosa y otra  más oscura. Lo que uno tiene que hacer es que predomine la luminosa”, dice el senador.

Es el último sábado de enero y la Presidenta Bachelet acaba de presentar el proyecto de despenalización del aborto. El senador Girardi sigue la coreografía habitual en estos casos: saludos, felicitaciones —él fue uno de los impulsores del proyecto— y el turno para las declaraciones a la prensa. El senador parece estar en sus dominios. Luego de la ceremonia Girardi sabe abrir las puertas adecuadas para encontrar el espacio apropiado para una conversación. Gira un picaporte y avanza hacia uno de los patios del palacio de gobierno. Entonces relata sus años universitarios: el momento en que un grupo de alumnos mayores, comunistas, lo identificaron como el hijo del doctor de Allende y lo reclutaron para que asumiera actividades políticas. “Yo tenía una cultura antipinochetista dura, pero no tenía lógica partidista”. No era marxista y entre sus intereses estaba el medio ambiente y demandas sobre las que pocos en la izquierda local habían reflexionado.

En la Facultad de Medicina  de la U. de Chile fue parte del grupo Pehuén, un movimiento ecológico y cultural, formado a partir de la revista La Lombriz.

—¿Por qué se llamaba así la revista?

—Porque las lombrices están en todas partes, están en el suelo y reciclan la tierra. Porque producen vida a partir de la basura.

Las diferencias de Pehuén con las juventudes de izquierda no impidieron que adhiriera al bloque socialista, ese mosaico de siglas que eran las agrupaciones juveniles de izquierda, para alcanzar el centro de alumnos y recuperar la Fech.

“Fui el primer presidente del centro de alumnos del Pehuén y después lo ganamos sucesivamente hasta que mi generación se fue de la universidad”, explica el senador.

El médico Pablo Cox, antiguo amigo de los años de universidad, recuerda la imagen de Girardi de aquel entonces vestido con pantalón beige, un chaleco de lana y una chaqueta de cuero de motociclista.

—¿Tú describirías a Girardi como alguien ambicioso?

—No creo que ‘ambición’ sea el adjetivo adecuado. No es el poder por el cargo, sino para hacer cosas. Para estar en política no puedes tener estómago. Hay dos tipos de políticos: los que son como Guido a quien los empresarios le pasan dinero porque no quieren tener problemas con él y otro tipo de políticos que son los mozos, que juegan en las sombras y son serviciales. Guido siempre está preocupado de su gente, pero hay que hacer lo que él dice, porque si no lo haces, algo malo va a suceder.

Cox identifica el fin de la época universitaria con el departamento al que Guido Girardi se mudó cuando dejó la casa de sus padres: el edificio de las gárgolas frente al Parque Forestal.

—¿Cómo era ese departamento?

—Muy bonito. Con muchos santos y vírgenes. Nunca supe de dónde venía eso.

Tiene más de 250 santos, otras 200 figuras de iglesias además de budas y piezas hinduistas. “Desde muy niño he sido partidario de lo que yo llamo la espiritualidad libre, una espiritualidad que no se vive desde la religión”, indica el senador que se reconoce ateo.

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“Siempre fue —cuenta Pablo Cox— muy despectivo con la gente que se dedicaba sólo a un asunto, ser solamente doctor, por ejemplo. Le gustan muchas cosas y se entusiasma con todas”.  El carácter de Girardi no encaja con el monoteísmo ni las especialidades. Tampoco encajó con el Partido Socialista en el que militó fugazmente.

“Guido —añade Gonzalo Martner— no valoraba para nada algo que yo sí valoraba: el anclaje histórico del PS. El encontraba mucho más sentido a lo nuevo”.

Un antiguo dirigente del PPD que lo conoce desde las campañas de la Fech comenta cómo Girardi ha sabido adecuarse a los tiempos: “En los ’90 era de un corte más liberal, decía que había que tener más mercado. Luego a partir del 2005 tuvo un viraje a la izquierda”.

—¿Cómo consigue tantos votos?

—Es una máquina. Se dedica todo el día a eso. El fue el que inventó mandarle tarjetas de cumpleaños a todas las señoras de su distrito. Es más parecido a un tribuno de la plebe que a los personajes de House of Cards. Como un tribuno de la plebe ungido por las masas. Extrae su poder de la calle.

—¿Es capaz de traicionar?

—En el partido se dice que cuando Guido llega a un acuerdo, lo respeta. Pero si no llegas a acuerdo y peleas con él, es sanguinario y recurre a todos los métodos.

Ese agudo talento para auscultar y  atraer el descontento de la ciudadanía fue lo que le dio popularidad a principios de los ’90, cuando fue designado director del Sesma, un servicio apenas conocido hasta el momento: salió a fiscalizar restoranes, clausuró mataderos, denunció industrias y se coló sin autorización y acompañado por la prensa a los salones del Club de la Unión hasta llegar a la cocina en donde se encontró con más mugre de la esperada. “Ese fue el trabajo más entretenido que he tenido en mi  vida. Volvería encantado”.

Girardi dice practicar con la ciudadanía la ética de la proximidad. El Sesma fue un primer ensayo. “Hoy, con la nueva reforma, la Región Metropolitana es la mitad del electorado del país y yo tengo a partir de ahora la mitad del electorado del país”.

—¿Cuál es la diferencia que establece entre proximidad y clientelismo?

—Clientelismo es ir a una reunión de junta de vecinos y que la relación con ellos se traduzca en que voy a regalar pelotas de fútbol. Yo no ofrezco nada. Yo voy a la feria, construyo vínculo, relaciones. Ayudamos a resolver problemas con los recursos que tenemos. Ahora uno también comete errores.

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—¿Qué errores?

—Muchos errores. Yo no soy infalible. Uno va aprendiendo del error.

—¿Publicam fue un error?

—Muchas cosas han sido errores, algunos no buscados, donde yo no tenía idea de lo que pasaba. Lo importante es como uno procesa sus errores. 

—¿Cuáles son los límites del girardismo?

—No existe el girardismo, lo que existe es una posición política que ha enfrentado temas del medio ambiente, asuntos económicos, abusos de las isapres, de las AFP, de las farmacias. Muchas veces quienes no tienen argumento, quienes no han planteado grandes temas de debate en la sociedad, usan la descalificación para compensar su falta de compromiso.

—¿Usted sabe que le llaman El Padrino?

—Es una manera de descalificarme que usan quienes no tienen un historial de lucha.

—¿Usted tiene adversarios o enemigos?

—No, yo no tengo enemigos.

—¿Y dónde están sus adversarios?

—Mis adversarios están en las elites.