El profesor de la Facultad de Gobierno de la Universidad del Desarrollo (UDD) y analista Gonzalo Müller, habla de política mientras medio Chile está pendiente del partido inaugural del Mundial, entre Brasil y Croacia. Y aunque no se había percatado que la hora de la entrevista coincidía con el evento, a lo largo de la conversación parece olvidarlo, pese a los gritos que se escuchan en la cafetería del hotel Intercontinental de Vitacura. A este abogado —se piensa al escucharlo— le entretiene la política tanto como el fútbol. O al menos, si no es así, lo disimula muy bien.

Mientras toma un café cortado pequeño —no se anima al doble— habla del momento actual de la derecha, que nuevamente se instala en la oposición después de cuatro años de paréntesis. “Tuvo una derrota electoral y política relevante caracterizada por un elemento, la división, que es un karma de la derecha. No existe una elección que haya enfrentado dividida que no fuera un desastre. En el último año de gobierno de Sebastián Piñera ese signo de división fue evidente y el proceso de primarias de la Alianza aportó poco”, analiza Müller.

Recuerda que si Piñera fue exitoso en algo, el 2009, fue en ordenar a todas las fuerzas detrás de la convicción de que se podía ganar. “Y ese espíritu es la antípoda de lo que vimos en 2013. Los partidos buscando su propio camino, centrado en lo parlamentario, sintiéndose derrotados, además de poco colaborativos”.

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—Hay quienes señalan que la derecha también sufrió una derrota cultural. En definitiva, que Chile se izquierdizó.

—Yo veo en esa lógica una excusa para no asumir responsabilidad respecto a la derrota. Uno observa, por ejemplo, que la administración de Michelle Bachelet ha encontrado insospechadamente una resistencia en la reforma tributaria y educacional. ¿Y de dónde proviene? Del mundo social, del mundo cultural. Y nos damos cuenta entonces que, nuevamente, reaparecen estos valores —conservadores en algún sentido, libertarios en otro—, pero que le hacen frente a las reformas. Empiezan a reactivarse y hay un renacimiento de la centroderecha, que ha encontrado un ímpetu en el mundo social.

Müller cita un ejemplo:

“Hace unas semanas en Temuco se reunieron sostenedores de colegios, apoderados, estudiantes; y esa asamblea, que estaba citada para analizar la reforma educacional, porque los afectaba directamente a ellos, cuestionó duramente la propuesta de Bachelet. Estaban invitados todos los parlamentarios, de gobierno, de oposición, y Fuad Chahin tomó la palabra y dijo: “La Democracia Cristiana va a defender la educación particular subvencionada”. Es decir, todos los presentes, incluso los de gobierno, se dieron cuenta de que había un público al que este tema no le era indiferente, porque toca el corazón de lo que significa su modelo de vida”.

—¿Existe una repolitización de la sociedad?

—Hasta hace poco había un sector de la sociedad que entendía que la política era poco relevante, porque ya no provocaba grandes cambios. Pero resulta que hoy día nos encontramos con una política que está operando directamente sobre la vida de las personas, sobre lo que los padres eligieron para sus hijos y sobre la manera en que se ejerce, por ejemplo, la profesión. Y cuando la política se mete con la vida de las personas, ellas reaccionan. Efectivamente hay una repolitización de la sociedad.

—Y este fenómeno, ¿qué desafío impone, por ejemplo, a los políticos de la oposición?

—Esa repolitización de la sociedad no tiene conductos normales, no se acerca necesariamente a los partidos, pero está mirando quiénes son aquellos que están dispuestos a representar esos intereses, esos valores, ese modelo…

Müller indica que la derecha ha comenzado a procesar la derrota y que la manera más sana de reposicionarse ha sido “abrir espacios de renovación y que los partidos apuesten por sus figuras más jóvenes. El nuevo presidente de la UDI, Ernesto Silva, tiene 38 años. El presidente de RN, Cristián Monckeberg, poco más de 40. Ese espacio de renovación es una forma sana de procesar la derrota. Aunque no es la manera completa, porque también hay que encontrar otro tipo de causas”, señala el académico de la UDD.

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—¿Cuáles?

—Justamente la desafección de lo que había sido el votante tradicional. Si hay algo que explica la derrota de la derecha no es tanto que la gente se haya arrepentido de ser de derecha, que es la lógica de la derrota cultural, sino que estaba desafectada de sus líderes y de lo que estaban haciendo. Y se entiende que no le estaban ofreciendo algo por lo cual valiera la pena movilizarse y sufragar en la lógica del voto voluntario. No había una agenda clara tampoco que hiciera pensar que hay asuntos relevantes que están en juego. La oportunidad que dan las grandes reformas de Bachelet es que, de nuevo, una gran parte de la sociedad, incluso las menos politizadas, empiecen a observar que los cambios pueden afectar la vida. Y eso ocurrió también con la tributaria: la ciudadanía sintió que sí se estaba afectando a la clase media, que sí se estaba afectando a las Pymes y que, finalmente, el discurso de la autoridad no se condecía con la realidad.

—¿Existe, como siempre, un elector tradicional de derecha?

—Creo que es un error hablar de un elector tradicional de derecha. Más bien son personas que, en ciertas circunstancias, creen que las ideas que el sector propone son mejores para su vida que la otra. Es una ciudadanía que tiene menos lealtades de etiqueta y más sintonía con ciertas ideas, conceptos y valores y, según eso, no tiene ningún problema en apoyar alguna propuesta por el gobierno e inmediatamente oponerse a ese mismo gobierno. Y eso está ahí y lo estamos viendo. La defensa de los colegios particulares subvencionados está viniendo de los padres que eligieron esos colegios. De ahí está surgiendo la mayor defensa y la mayor resistencia a que esos colegios se vean afectados por la reforma. En definitiva, y eso es lo que el sector debe tener claro, hay un sustrato cultural que le da soporte a esas ideas y que las comparte.

—Eso supone desafíos que no parecen fáciles.

—Bachelet le está regalando a la derecha la oportunidad de acercarse al mundo social. Y faltan personas que tengan la suficiente convicción y capacidad de trabajo para llevar esa oposición social a una oposición política y finalmente una mayoría electoral. Ese es el tránsito que falta y por Dios que te plantea un escenario distinto al que se dibuja bajo la concepción de la Nueva Mayoría, que pretende instalar que la oposición es pasado. Si eso fuera una realidad, no existiría resistencia al programa. Y cuando vemos que los camioneros están dispuestos a juntarse con los emprendedores de Chile y con los panaderos, que se concertan y sienten que tienen intereses en común y una posición común frente a la reforma tributaria, dices: ojo.

—El 62 por ciento de los ciudadanos le dio su apoyo al programa de Bachelet.

—Pero Bachelet repite un error que cometió Piñera: “Yo tuve un triunfo electoral y eso me permite hacer y aprobar lo que yo implemente como política pública. No tengo que volver a preguntarle a nadie”. Piñera hizo eso y lo pagó duramente, porque tuvo muchos problemas en avanzar. La mayoría de las personas le decían: “Yo quiero que usted me pregunte. Yo no le di un cheque en blanco”.

Dice Müller que en estos primeros 90 días de mandato, evidentemente, la agenda la está marcando el gobierno y sus reformas. Y que eso también ha definido el tipo de oposición que está enfrentando. “La falta de diálogo del gobierno, por ejemplo, ha sido un incentivo importante a la unidad de la oposición. A decir: ‘Todos juntos valemos poco y divididos no valemos nada’. Y eso ha generado que incluso personas que piensan, tienen posiciones e intereses distintos, se hayan ido configurando de manera unida. El sector comienza a entender que la convergencia supone líneas diferentes —no hay una sola forma de ser derecha—, pero que pueden unirse en un punto. Y eso es algo que culturalmente es difícil de asimilar para el mundo de la oposición, que es más uniforme y tiende a una respuesta única”.

—¿Le hace bien a la oposición declaraciones como la del diputado Ignacio Urrutia (UDI), que dijo que prefería que se disolvieran las Fuerzas Armadas antes de que ingresen homosexuales?

—La convergencia requiere de respeto importante por la diferencia, pero también necesita de honestidad en manifestar esas diferencias, no disimularlas. Nosotros tuvimos una transición política muy exitosa y la valido. Por esa generación me saco el sombrero. Pero la diferencia tendió a esconderse y no a enfrentarse. Y ahora existe una nueva generación que tiene el talento de manifestar abiertamente sus posiciones.

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—Aunque no sean populares.

—Los costos los pagarán cada uno de los que manifiesten su opinión y tiene que haber un mínimo de respeto en la manera en que se plantean las posiciones. Pero si hay algo que se opone a la política que viene hacia adelante, que es la de las convicciones, es la hipocresía. Una derecha avergonzada de lo que cree no tiene destino. Lo que necesitamos son líderes que sean firmes en sus convicciones y estén dispuestos a establecerlas con claridad, a marcar una diferencia. Eso es lo único que puede orientar a los ciudadanos.

—¿Y cuáles cree usted que son los valores de la derecha hoy?

—Valores asociados a la responsabilidad y al esfuerzo personal, a la libertad. ¿Esos valores están fuera? No. Socialmente son muy aceptados. El tema es cómo yo paso de ese valor socialmente aceptado, mayoritario en algunos casos, a una posición política y finalmente a una política pública. Después de las últimas dos elecciones, no solamente aquellos partidos que sufrieron una derrota, sino que incluso los que ganaron, debieran tener la obligación casi ética de revisar sus procedimientos”.

—¿Cree que existe alguna opción presidencial para 2018?

—Si este proceso de renovación de liderazgos y de convergencia política de la derecha resulta exitosa, no tenemos idea del nombre del próximo candidato presidencial de la derecha. Puede ser una persona que está trabajando hoy día en este proyecto y que no tiene la visibilidad de alguien que ha estado veinte, quince o treinta años en la palestra.

—¿Cree posible que si esa apuesta no llegara a funcionar, el liderazgo de centroderecha lo capture alguien de fuera del sector, como el ex ministro de Hacienda Andrés Velasco?

—No creo. Porque dentro de la centroderecha hay liderazgos mayores que el de Velasco.

—¿Por ejemplo?

—Piñera. ¿En qué momento la centroderecha podría elegir a Velasco teniendo en la banca a Piñera? No lo veo. Piñera hoy es parte del patrimonio del sector, con lo positivo y con lo negativo. Y hasta ahora él ha actuado, increíblemente, con prudencia. No sé si le ha nacido o lo tienen amarrado, pero se le ha visto prudente.