Son cerca de las 20:00 horas y en la oficina del abogado y experto comunicacional Gonzalo Cordero rondan apenas unas cuantas almas. Pero él ya está acostumbrado a funcionar hasta tarde, de reunión en reunión, como socio director de la agencia de comunicaciones estratégicas Azerta. Histórico militante de la UDI, su nombre salió a la luz como ex samurái de Joaquín Lavín y en las últimas elecciones de 2013 fue uno de los principales asesores de Andrés Allamand, pieza clave para su candidatura y a quien suelen recurrir varias de las figuras de la centro-derecha. Hoy, es uno de los cerebros críticos —y sobre todo, autocríticos— desde su trinchera en la oposición.

Describe a su partido como ‘debilitado’ y ‘sin autoridad’ y proyecta la carta de navegación del gremialismo en momentos en que los valores que defendían como sector, y que moldearon su identidad, hoy están en tela de juicio por la opinión pública. Primero, por la defensa al modelo de libre mercado, cuando términos como ‘lucro’ prácticamente se han convertido en una mala palabra. Se suma una cada vez más crítica visión de la Iglesia Católica como referente moral, sobre todo luego de escándalos como el de Karadima, Precht y, recientemente, Joannon. Por último, la conmemoración de los 40 años del Golpe trajo consigo una serie de cuestionamientos sobre el rol jugado por la centro-derecha en dictadura, visión que se agudizó tras la frase pronunciada por el entonces Presidente Sebastián Piñera, quien habló de los “cómplices pasivos”, marcando una diferencia entre los defensores a ultranza de Pinochet y sus más críticos.

“Evidentemente hay una percepción, en una sociedad cada vez  más liberal en términos valóricos, de que en este contexto la UDI está pasando por un desafío de sobrevivencia… —reconoce—. Para mí, en cambio, se trata de una gran oportunidad”. Y agrega:  “Cuando terminó la dictadura militar también se dijo que seríamos incapaces de sobrevivir bajo las reglas de la competencia democrática. Pero sucedió lo contrario: nos demoramos 15 años en llegar a ser el partido más grande de Chile”.

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—Hoy, en cambio, cuentan con baja representación parlamentaria. Ni hablar si es que se termina el binominal…

—Efectivamente hay una pérdida de poder. La centro-derecha no tiene votos en el Parlamento ni para oponerse a la modificación de la Ley del Tránsito. Ya no estamos en el gobierno, contamos con menos parlamentarios y alcaldes. Para colmo ni siquiera tenemos autoridad; nos hemos debilitado en nuestras convicciones y ante la opinión pública empezamos a aparecer como acomodaticios, que vamos de concesión en concesión, lo que se ha traducido en una pérdida de respeto y de adhesión. Todo, por temor a ir en contra de ‘la moda’, cuando lo que muchos políticos buscan es un mayor apoyo popular.

Un punto clave, la madre de todas las batallas, estaría en la reforma tributaria. “Claramente no es popular ir en contra del alza de impuestos y la centro-derecha justifica su rechazo en asuntos de forma, asegurando que el proyecto está mal hecho o que provocará externalidades negativas, pero no se declara en contra de la idea per se... Lo encuentro grave; es peligroso ceder, hacer concesiones sólo por ‘moda’. Si la centro-derecha continúa justificándose en cuestiones de forma, validando con ello  las opciones políticas de izquierda, será muy difícil que nuevamente la sociedad valore nuestra posición”.

Y reflexiona: 

—Porque la centro-derecha como sector cambió, pero nuestro electorado sigue siendo partidario del orden, de que las personas puedan emprender sin enfrentarse a una tremenda burocracia estatal; valora el derecho de propiedad, aspira a educar a sus hijos en un colegio particular. Pero se encontraron con que esos principios se han quedado sin expresión, sin una representación política”.

De ahí que, según Cordero, este oscuro diagnóstico traería, al mismo tiempo, la posibilidad de reencantar a su sector. “En la medida de que la UDI siga siendo un partido que defiende sus posiciones con claridad, la gente valorará la seriedad, la integridad ética de sus dirigentes”.

¿A pesar de que las ideas que defiendan hoy sean consideradas entre la opinión pública como impopulares? 

—Sí, claro. Hoy como nunca hay que actuar con convicción, seguro de que las políticas públicas equivocadas pueden traer efectos negativos. Si eso sucede —como estoy seguro de que va a ocurrir con la reforma tributaria—, y se genera desencanto, el electorado podría volver a mirarnos como la opción alternativa. Y yo tengo la certeza de que esta alza de impuestos no cumplirá con lo que promete. Puedo estar equivocado, pero no tengo miedo de sostener esta posición.

—¿Y en cuanto a la defensa de los valores de la Iglesia Católica? Hoy cada vez se avanza hacia una sociedad más laica, en momentos en que además cunden los escándalos ligados a sacerdotes. ¿Ahí qué postura debiera tomar la UDI?

—No debiera haber ningún tipo de confusión. Los partidos no están para defender a grupos, por muy respetables y valiosos que sean; los partidos se mueven en el ámbito de lo público, no en la defensa religiosa, ni de organizaciones ni de instituciones particulares de ningún tipo. Pero hay una caricatura. He sido militante de la UDI durante muchos años y nunca me han preguntado cuál es mi filiación religiosa.

—¿Entonces por qué cree que se genera esa caricatura? Porque la gente los asocia…

—Hay una carga muy fuerte en la imagen de Jaime Guzmán, un hombre que vivía su fe con mucho rigor, como probablemente también sucede con varios de nuestros líderes. Pero no se pone el mismo acento en otras personas, en otros dirigentes igual de importantes e influyentes que tienen una vida religiosa completamente distinta. De manera que pensar que porque la Iglesia Católica ha vivido un proceso que es público, conocido, eso debiera impactarnos como partido… O sea, ¡tendríamos que estar haciéndolo muy mal para que nos afecte!

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—Otro cambio importante ocurrió en 2013, a propósito de los 40 años del Golpe. Piñera habló de “los cómplices pasivos” y eso salpicó en RN y la UDI. 

—Una frase muy poco afortunada… La participación de civiles fue positiva y buena para el proceso institucional; le dieron un soporte político a ese período y no hay razón para hacerles un cuestionamiento ético o vincularlos por ello a violaciones de Derechos Humanos.

 Porque Chile cambió y, según Cordero, el escenario político se ha izquierdizado. “El país se ha vuelto a ideologizar y el debate se ha extremado entre buenos y malos”. Y ejemplifica con el ya ‘famoso’ video sobre la reforma tributaria difundido hace algunas semanas por la Secom: “Se dividió el país entre los poderosos de siempre y los trabajadores, en buenos y malos. Cada vez que tú te opones a una medida de corte socialista se te acusa de defender intereses bastardos. Por eso critico la forma en la que se han comportado algunas autoridades de gobierno y de la Nueva Mayoría”, dice preocupado por el tono que, según él, habría alcanzado el debate político.

“La Nueva Mayoría obtuvo una elección muy significativa, esto le confiere un gran poder pero al mismo tiempo una tremenda responsabilidad en lograr la estabilidad. Cuando tienes los votos en el Parlamento, el poder para aprobar proyectos sin necesidad de negociar, es una buena razón para tener tramitaciones legislativas aún más abiertas, para buscar mayores niveles de acercamiento. Sin embargo, hoy todo apunta a la polarización, con la tramitación aceleradísima de proyectos donde no se oye a nadie ni se discute”.

Un asunto que, según el experto de la UDI, sería generacional. “En los ’90 el grueso de la estructura política de la Concertación estaba formada por personas que vivieron el dolor del exilio y otras atrocidades; muchos de ellos siguieron en política y dieron testimonio de una grandeza de espíritu encomiable al volver al poder sin un ánimo revanchista. Toda esa gente ya está de salida”.

—¿Hay un vacío entonces?

—Más que un vacío, esas personas han sido reemplazadas por nuevas generaciones, con una experiencia vital muy distinta, en un contexto totalmente diferente, donde el diálogo se percibe como una debilidad, elevando los programas presidenciales a la categoría de libros sagrados. Eso se ha cristalizado especialmente en la discusión por la reforma tributaria.

—¿Se trataría de una actitud o más bien de una estrategia?

—Ambas. Pero es un error político que el gobierno no se haga cargo porque, al evitar la discusión, ha terminado enfrentando una multiplicidad de críticas provenientes de un espectro amplio; aquí hay cuatro ex ministros de Hacienda de la Concertación que se han mostrado preocupados, además de dirigentes del mundo empresarial, de las pymes, emprendedores, abogados tributaristas, inversionistas extranjeros… Esto le ha jugado en contra al gobierno. Porque si nos vamos a pasar estos cuatro años discutiendo en este tono y de esta forma los cambios a la educación, al binominal, al sistema laboral, terminaremos como los países asiáticos, con los parlamentarios agarrándose a puñetes y tirándose las sillas por la cabeza.

 “La reforma tributaria puede ser un error incluso peor que el Transantiago” —asegura ahora el abogado gremialista—. La Nueva Mayoría está sembrando lo que se le puede convertir en un problema de un costo político gigantesco. Porque el debate, con toda su intensidad, se ha concentrado justo cuando no hay dudas de que el ciclo económico viene fuertemente a la baja. ¿Qué pasará entonces si en tres años el país se estanca? ¿Qué responderá la Nueva Mayoría? ¿Cómo convencerá a los chilenos de que actuó correctamente? Por eso no es bueno caer en la descalificación y mucho menos en la polarización. Además que hay que tener en cuenta un factor: si hace 20 ó 30 años el grupo socioeconómico predominante eran los pobres, hoy es la clase media. Si antes la inflación significaba que los productos básicos se encarecían y la gente culpaba directamente al almacenero, hoy, cuando sube la UF y, en consecuencia, el dividendo de la casa, ¿a quiénes apuntan? Directamente al gobierno. Por lo tanto es más fácil disimular la responsabilidad política del mal manejo de la economía en un país de pobres, que en un país de clase media”.

—En ese sentido, cómo ve el capital político de Michelle Bachelet, ¿podrá resistir ese embate?

—Claramente la Michelle Bachelet de hoy, a ojos de la gente, ya no es la misma. Ella fue un fenómeno que irrumpió en un momento muy particular. Encarnó un valor simbólico muy grande: la capacidad de perdón, la reconciliación, un cierto sentido de justicia. También la posibilidad inédita de que una mujer llegara a ser Presidenta. Pero ya han transcurrido doce años y ese halo que la rodeaba ya no existe, no porque haya cometido algún error, sino porque hay cosas que sólo suceden una primera vez. Esto la pone en una posición políticamente más expuesta, más débil; se convirtió en un político como cualquier otro. Y en un clima de mayor polarización, enfrentados a un escenario económicamente adverso, el riesgo de que ella pague los costos es mucho más alto.