Círculo: Los medios de comunicación utilizan este término para referirse a ese reducido grupo de personas que tiene el email privado de Bachelet y hasta su celular y son capaces —claro— que ella les conteste. Los que merecen su confianza irrestricta —pocos lo logran— y la protegen con lealtad total. Nunca es fácil ser parte del círculo de un presidente, pero en el caso de la socialista resulta una misión prácticamente imposible, sobre todo desde que en septiembre de 2010 dejó Chile y se instaló en Nueva York, regresó y ganó. Por eso este concepto —ahora más que nunca— comenzará a escucharse en esta administración. Hoy el círculo lo conforma su familia, sus amistades históricas que trascienden la política —como Estela Ortiz—, sus futuros ministros Rodrigo Peñailillo y Alberto Arenas, y algunos asesores. Si alguien le dice que pertenece al círculo de Bachelet, no le crea: lo que los distingue es la discreción irrestricta.

Desconfianza: La Presidenta y su círculo —véase el concepto anterior— son desconfiados por esencia. No entregan más información que la indispensable y parecen hacer suyo el dicho popular: ‘Desconfía y acertarás’. Bachelet lo aprendió siendo muy joven: su historia de vida ha estado marcada por la traición. Su padre murió en 1974 después de ser torturado por sus propios compañeros de armas y su novio de ese entonces —el socialista Jaime López, actualmente desaparecido— colaboró con los agentes de la DINA y delató a sus compañeros de partido. En la RDA y en la militancia clandestina en los ’80, el escepticismo se transformó en un método. Dicen que tras su sonrisa diáfana se esconden, en un doble fondo, desconfianzas insalvables.

Dos punto cero: Los que acompañan en esta nueva etapa —que se inauguró con su triunfo en diciembre— hablan de este concepto para explicar lo que viene: una especie de Bachelet reloaded que replicará todo lo bueno de su anterior gobierno y evitará cometer los mismos errores. La Presidenta sabe que las expectativas son altas y ha comentado que no quiere, por nada, equivocarse. Por eso no prometió paridad —aunque aspiró a ella— y se esforzó hasta altas horas de la madrugada del viernes 25 en hacer cuadrar su gabinete. La nueva Bachelet —la 2.0— no se quiere permitir los tropiezos propios de todo arranque de gobierno.

El jefe: Rodrigo Peñailillo, el nuevo boss. En el gobierno anterior no lo llamaban de esta forma, sino simplemente ‘el Peña’. Pero se fue robusteciendo, sobre todo cuando Bachelet estaba en Nueva York y se convirtió en su emisario y embajador ante la clase política chilena. En la época de la campaña —como previendo su desembarco en Interior— en el comando comenzaron a apodarlo ‘el jefe’ (‘la jefa’ es ella). Y como tal, figuró en primera fila junto a Angela Jeria y los ex presidentes en los actos oficiales. Se le tiene respeto.

Ernesto: Chapa del futuro jefe de las arcas fiscales, Alberto Arenas, cuando militaba en las Juventudes Comunistas en los ’80. El apodo lo escogió él mismo en honor al Che Guevara y era tanta su fascinación por el personaje que realizaba charlas a sus compañeros de partido sobre el revolucionario argentino. Economista socialdemócrata clásico desde los ’90 en adelante, su designación en Hacienda era resistida por parte del empresariado chileno. Pero Bachelet no claudicó e instaló a ‘Ernesto’ en Teatinos 120.

Gelo: Apodo histórico de la madre de la Presidenta electa, Angela Jeria. De ella heredó su progresismo y su preocupación por los derechos de las mujeres. De 87 años y de una rectitud moral reconocida por los partidarios y detractores de su hija, doña ‘Gelo’ asumió un papel crucial en la campaña debido a sus altos niveles de popularidad entre la ciudadanía. Representa la contención emocional de Bachelet y su principal motivo familiar para regresar a Chile. La noche del triunfo le hizo un reconocimiento público, como nunca antes: “A mi madre, que ha sido mi aliada y mi guía en la vocación social, en la disciplina, en la responsabilidad. Mamá: ¡no sabes lo agradecida que me siento de tenerte como referente y de que la gente de mi patria te valore y te quiera como te quiero yo!”.

Globo sonda: Fórmula eficaz para evitar filtraciones. Consiste en confiar una información de fantasía, esperar que trascienda, y descubrir al personaje que abrió la boca. Se usó en el primer gobierno de Bachelet —sobre todo desde la Secretaría de Comunicaciones— y en la Nueva Mayoría señalan que la técnica sigue vigente.

La jefa: Bachelet, sin duda. La bautizaron de esta forma sus colaboradores en el primer gobierno —incluso algunos ministros de Estado— y el apodo se mantiene. Con el 62 por ciento de la votación, inédita en democracia, la jefatura se fortalece: ella hace sentir su condición y mando frente a sus subordinados.

Lealtad: Característica humana valorada y premiada por la Presidenta electa. La ejecuta y la exige a quienes están cerca suyo. Una de sus principales expresiones es no ocultarle información ni actuar en su nombre sin su consentimiento. En 2011, cuando ella estaba en Nueva York, el ex ministro Andrés Velasco levantó su opción presidencial y se mostró como el candidato que la representaba en Chile. Tremendo error: desde entonces, la relación comenzó a trisarse y el economista pasó a ser una persona non grata. A Bachelet le desagrada que ciertos dirigentes —sobre todo hombres— se vanaglorien de ser escuderos suyos.

Meritocracia: Forma de gobierno basada en el mérito personal y no en otras consideraciones como el origen económico y social. Utilizado por Bachelet a la hora de elegir a una porción de sus ministros, de evidente bajo perfil. Su máxima expresión, para algunos, es la nominación de Peñailillo en Interior: hijo de una madre viuda y con tres hermanos, se educó en una escuela pública de Cabrero y en un liceo de Coronel.

Muditos: A los asesores de Bachelet se les ha escuchado reírse del sobrenombre que, suponen, les tiene la prensa: muditos. Esto en directa relación con su poca verborrea y tremenda capacidad de discreción.

Nuevo ciclo: Concepto usado —y reusado— desde que Bachelet aterrizó en Chile para quedarse en marzo de 2013. Es relativamente sencillo: si Aylwin puso el acento en la transición, Frei en el desarrollo, Lagos en la República —enfocándose los tres en la superación de la pobreza—, Bachelet pretende inaugurar una nueva etapa dedicada a terminar con la desigualdad. Más vale aprenderlo porque lo escucharemos hasta el 11 de marzo de 2018, al menos.

Saulo: Personaje bíblico que iba a tomar preso a Jesús, pero que alcanzó a convertirse a tiempo. Desde el domingo pasado 26 de enero, nuevo apodo del futuro ministro de Educación, Nicolás Eyzaguirre. El columnista Carlos Peña lo bautizó. “Mientras era ministro de Hacienda promulgó, y apoyó a pie juntillas, el Crédito con Aval del Estado (CAE), el mismo sistema del que ahora se declara, con razón tardía, arrepentido”, escribió el rector de la Universidad Diego Portales (UDP).

Trabajar, trabajar, trabajar: Fue el mensaje que entregó Bachelet el viernes 25 de enero, cuando anunció a su primer gabinete. No les dará a sus secretarios de Estado ni pendrive ni chaquetas coloradas, como lo hizo Piñera en 2010, pero el espíritu es parecido: cuatro años es poco tiempo y en los primeros 100 días deben estar cumplidas las 50 medidas comprometidas en campaña. Le puso metas a su gabinete —como cuando Lagos le exigió terminar con las colas en los consultorios como ministra de Salud— y uno de los primeros desafíos será fiscalizar el estado en que Piñera dejará cada una de las carteras.

Triunvirato: La trenza de poder entre Bachelet, Peñailillo y Arenas. Será un triángulo de hierro —y no un círculo— imposible de penetrar.