Gabriel Boric (28) es de la camada del movimiento estudiantil que llegó a ‘revolver el gallinero’ al Parlamento. En su primer día como diputado por Magallanes y la Antártica, desató la furia de sus pares gremialistas por romper el protocolo, y asistir sin corbata y camisa arremangada. Semanas después presentaba  —junto a Giorgio Jackson— el famoso proyecto de rebajar a la mitad el sueldo de los parlamentarios (de ocho a cuatro millones), con el argumento de que los legisladores no podían ser cómplices ni amparar la desigualdad ganando 40 veces más que el sueldo mínimo. La iniciativa molestó y sacó de sus casillas a varios honorables, incluso al siempre ponderado Pepe Auth que contraatacó con que ambos jóvenes “hasta el 10 de marzo vivían de una mesada y hoy día para ellos cualquier salario es elevadísimo…”, que le valió una ola de críticas hasta de su propia hija.

No podría esperarse menos de este egresado de Derecho de la Universidad de Chile, nacido y criado en Punta Arenas, que se desligó de la línea DC de sus padres para formar parte del movimiento Izquierda Autónoma con el que alcanzó la presidencia de la Fech. Su cuota de rebeldía además de manifestarla en propuestas que tienden a correr el cerco, la expresa en su diario vivir. A pesar de su nueva investidura, sigue trasladándose en micro, cotiza en Fonasa y en la AFP Modelo.

Mientras toma desayuno en un café a cuadras del departamento de sus hermanos —donde se queda cuando viene a Santiago—, Boric afirma que su iniciativa de rebajar el sueldo más allá de tratarse de un saludo a la bandera o una medida populista —como varios acusan—, puso en el tapete un tema sensible y clave en la inequidad de nuestro país: ¿cuál es el verdadero valor que tiene hoy el trabajo en Chile? Para Boric, muy poco. “Aquí existen altos niveles de explotación, donde una persona que gana el sueldo mínimo (210 mil) su hora de trabajo vale mil pesos, a diferencia de un gerente de empresa que puede ganar hasta 85 mil la hora… Esa diferencia en la valoración; la extracción, la apropiación de la plusvalía del trabajador por parte del empresario, es uno de los principales nichos de violencia que debemos combatir. La desigualdad aquí es intolerable…”.

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—¿Y rebajando el sueldo a parlamentarios solucionará el problema?

—No, ni pretende hacerlo. Buscamos dar la señal de que el Congreso no será cómplice. La gracia es que se está abriendo un debate nacional, empezando a tocar estos temas. Con Giorgio tenemos más proyectos que apuntan en esa dirección. No sólo hay que limitar los sueldos de parlamentarios, también del sector público y privado. Ver cuánto ganan los rostros de TV en comparación con el camarógrafo o sonidista, es aberrante; lo mismo en las empresas. Apuntamos a abrir el tema para generar las condiciones que cambien esta realidad.

—¿Por dónde cree que pasan estas diferencias siderales de sueldos?

—A que estamos acostumbrados a que la desigualdad sea una condición de normalidad, por tanto, la tolerábamos en los distintos espacios de trabajo. En la dictadura se destruyó a sangre y fuego el tejido social chileno, y así se mantuvo durante los gobiernos de la Concertación, por lo que había pocos espacios colectivos donde cuestionar estos problemas. Por eso, insisto, es inaceptable que el Congreso, el espacio representativo de la sociedad, siga siendo cómplice…

—Con parlamentarios bien pagados, el Congreso se asegura profesionales de calidad, más dedicados a su trabajo y menos expuestos a sobornos.

—Ser diputado y senador no puede implicar un pasaje a ser parte del uno por ciento más rico, eso termina disociándote de la realidad de la mayoría de los chilenos. Nuestra propuesta establece un tope ético de no superar en 20 veces el sueldo mínimo; hoy lo hace en 40.5… El gran salto se lo pegaron del 2002 al 2003 después del caso Mopgate, para transparentar los sobresueldos se igualaron las remuneraciones de parlamentarios al de ministros. A partir del 2003 hubo un aumento de 2 millones, cuando el mínimo no subió más de 60 mil; no hay relación. Algunos pares se escudan en la idea del esfuerzo, no dudo de que esta es una pega sacrificada, yo trabajo 12 horas diarias, pero el señor que conduce el camión de basura o la señora que trabaja en el retail y gana 350 lucas mensuales, también se saca la cresta. Ahí salta la pregunta ¿por qué algunos ganan tanto más que otros?

—¿Por qué hasta ahora nadie se ha metido a fondo en esto?

—La Concertación de la transición prefirió la gobernabilidad sobre la democracia, y no profundizó los espacios democráticos destruidos por la dictadura, entonces la organización popular avanzó lento… Después de las protestas del 2006 y del 2011 —estudiantiles, Magallanes, Aisén, Petorca, Freirina, Chiloé—, se vio una ciudadanía más empoderada que no acepta estas injusticias como normales, y está más dispuesta a organizarse y a protagonizar los cambios. Se está reivindicando la organización colectiva como herramienta transformadora de realidad; al final, ¡esa es la política! En la transición nos hicieron creer que ésta era privilegio exclusivo del Parlamento o de grandes empresarios, sin embargo, la política es la que se hace en sindicatos, federaciones estudiantiles, en las poblaciones. Hubo una alianza tácita de la elite (derecha, Concertación y empresarios) para dejar al pueblo fuera del proceso democrático.

—¿Qué debiera pasar entonces para un cambio real?

—Una manera de combatir la desigualdad es fortaleciendo los sindicatos, o sea, que la redistribución de la riqueza además de hacerse a nivel nacional —mediante el sistema de impuestos y el gasto social—, también se haga al interior de las compañías, y para eso se requieren sindicatos fuertes que hasta ahora no superan el 12 por ciento. El gobierno pretende subir los impuestos de éstas a 25 por ciento, que tiene detrás una reflexión sobre justicia, equidad y cómo distribuimos lo que nos pertenece a todos. Significa que un cuarto de lo que produce una compañía no le pertenece, es producto del esfuerzo de la sociedad, no es un castigo a la riqueza, sino una redistribución de ésta. Una persona no puede llevarse todo para la casa, por eso me violentan los Luksic, Matte, Angelini, que han construido sus fortunas con el sacrificio de miles de trabajadores que quizá ganaron sueldos muy precarios.

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Sintió la ironía y el ninguneo de sus pares en el Congreso, pero —asegura— no pisará el palito para no perder el foco del debate central. “Nuestra pega será presionar para que este proyecto de rebaja de sueldo se ponga en tabla, se vote y se evidencien las posturas”.

—¿Y cree que podría ver luz verde?

—Sí, hay muchos que lo patrocinan. Si nos guiáramos por la temperatura ambiental para presentar o no un proyecto, no tendríamos ley de divorcio, ni discutiríamos sobre matrimonio igualitario, reforma tributaria o asamblea constituyente.

—Camila Vallejo le quitó el piso al decir que su proyecto no resolvía la desigualdad.

—Estamos de acuerdo, no pretende solucionarlo, pero abre otros debates… Camila me planteaba que también le interesa discutir sobre el financiamiento de la política, por ejemplo. A partir de esta iniciativa se puede hacer un paquete de reformas que aborden además la mercantilización de la salud, educación, pensiones y la misma democracia, porque si te fijas, las campañas políticas son puro marketing. Se establece una relación política-dinero perversa: el con más lucas tiene mayores posibilidades de salir electo.

—Que los parlamentarios aumenten sus asignaciones también es vergonzoso.

—Hay que distinguir entre sueldo y asignaciones. Está bien que estas últimas sean altas porque los costos del parlamentario son elevados, con funciones específicas, gastos operacionales, pasajes, locomoción… Ahora, sí creo que las asignaciones debe fijarlas un tercero, y junto con las asesorías ser más transparentes y mejor fiscalizadas, porque al final ¿quién supervisa a los fiscalizadores? Y ocurre lo que denunciaba Ciper, que muchos pagan millones por minutas de una página, en que te cuestionas si vale esos millones o se está triangulando fondos para otro lado…  Que Andrea Molina gastara millones por una encuesta para medirse, es inaceptable.

—La plata debe motivar a muchos sin vocación social a dedicarse a la política.

—Sería injusto decir que los diputados están sólo por las lucas, hay convicciones, no puedo partir de la mala fe porque es una pega sacrificada, con altos costos personales, familiares, de pareja… Dicho esto, creo que los políticos están acostumbrados a muchos privilegios que los terminan alejando de la realidad. Ganar ocho ‘palos’ mensuales, tener accesos, te da otro estatus, y eso lo dijo Laura Rodríguez en su libro Virus de altura, donde cuenta qué les pasa a los parlamentarios cuando se meten en esto. Ella relata cómo empezó a disociarse de la realidad, lo cómodo que era andar con chofer, saltarse las colas; en el fondo, cómo se comienza a tomar el gustito a la buena vida, a sentirse ciudadano de otra categoría.

—¿Cómo lo hará usted para no terminar acomodándose?

—Esto no es una aventura individual, soy parte de un proyecto colectivo (Izquierda Autónoma), y eso es un cable a tierra. Además, el vínculo con el territorio es fundamental. Trato de viajar todas las semanas a mi región; estar con los pobladores, sindicatos, te aterriza. Muchos me piden que por favor no me ‘venda’. La mayoría de los parlamentarios viajan a sus distritos y hacen un trabajo silencioso, aunque muchos caen en el asistencialismo y generan redes clienterales; de su bolsillo hacen favores personales que no es su pega final, y así mantienen un electorado cautivo. En Magallanes establecimos la política de no regalar canastas familiares ni premios para bingos. Nuestro rol es ser puente entre la gente y las instituciones del Estado hechas para solucionar problemas. Nuestra sede será un centro cultural, no un espacio de favores personales.

Con su nueva labor de diputado, la vida de Gabriel Boric dio un giro importante, aunque se resiste a los privilegios y al protocolo que le exige el cargo. Se trasladó a vivir a Valparaíso, y con su mejor amigo arrendó una casa en el cerro Yungay que por ahora no tiene muebles ni cama. “No he tenido tiempo de comprarme una, duermo en un colchón inflable y plumón”. Tampoco cuenta con auto ni chofer, dice que no lo necesita, que prefiere caminar o trasladarse en bus donde aprovecha de trabajar o dormir.

La mitad de su sueldo se le va en pagarle a sus colaboradores, y confiesa que se compró varias camisas aunque ninguna corbata a pesar del tirón de orejas de sus pares. “Tengo una que me regalaron en un programa de TV de Punta Arenas con la bandera de Magallanes”, cuenta. Se inscribió en Fonasa y en la AFP Modelo como manera de mantener los pies en la tierra. “Es convicción, no una pose. Insisto, no puedes pretender representar a los chilenos si vives totalmente diferente a la mayoría”.

—¿Cómo lo han tratado sus pares este primer mes?

—Hay desconfianza de algunos, y mucho respeto y cordialidad de otros… En la derecha y en el sector más establishment de la Concertación hay cierta incomodidad, tal como se vio con los diputados Ignacio Urrutia, José Manuel Edwards y Pepe Auth… Algunos se violentan que con Giorgio, por ejemplo, toquemos ciertos temas o que los critiquemos por no estar en la sala cuando se dan las discusiones o que no se escuchen entre ellos. Sin embargo, nadie te lo dice a la cara.

—¿Qué otros vicios ha visto?

—Que la deliberación de los temas no se toma en la Cámara, sino en los pasillos o reuniones de partidos. El Parlamento no es un espacio donde la gente vaya a convencer; los discursos son justificaciones de decisiones tomadas con anterioridad. Entiendo la lógica, pero creo que se llega a niveles de falta de respeto importante. No sólo no te escuchan, se ponen a conversar al lado y te desconcentran. Una vez se nos acercó una diputada a decirnos algo, y le dije ‘espérate que estamos escuchando’, y me respondió: ‘si aquí nadie te oye, se van a acostumbrar’… El otro día el diputado René Saffirio exponía el informe de la comisión investigadora del Sename, un hecho gravísimo porque en Chile se tortura a los niños institucionalizados, sin embargo, había sólo siete diputados de derecha en la sala… Al final el Congreso es como un curso, hay algunos que llevan hasta 24 años adentro, se genera amistad, tienen a los hijos en los mismos colegios, toman vacaciones en los mismos lugares; son parte de una misma elite.

—¿Se proyecta con una vida de parlamentario?

—Tengo que pensarlo, cumplí 28, me encantaría tener hijos pronto…

—¿Y pololea como para dar ese paso?

—No, ese es el problema, quiero hijos, ¡pero no tengo con quién! (ríe). Me gustaría formar familia, para eso hay que cuidar la calidad de vida, y esta pega es súper desgastante. Más encima quiero vivir en Magallanes… No sé, dependerá mucho de que nuestro proyecto político surja. No soy parte de la Nueva Mayoría ni pretendo serlo, nuestra opción es crear una alternativa de nueva de izquierda, pero si no resulta, no tiene sentido ser un Quijote solitario en el Congreso. Por ahora intentaré mantener la conciencia clara de que no vine a ser el alumno mateo, sino a ‘revolver el gallinero’ porque la democracia anda mal. Mi lucha será mejor distribución de la riqueza, educación pública y gratuita en todos los niveles, descentralización y empoderamiento en las regiones. Todo esto enmarcado en una cuestión más grande que tiene que ver con volver a dignificar la actividad política, que puede ser la gran herramienta transformadora de Chile.