La llegada del actual movimiento social bien podría ser el tercer gran hito en la historia de nuestro viejo y malquerido Congreso. El primero fue su creación el 4 de julio de 1811, como homenaje a Estados Unidos. Inspirados en los valores de la ilustración de Libertad, Igualdad y Fraternidad, iniciados como Benjamín Franklyn, Thomas Jefferson y George Whashington se atrevieron a fundar una sociedad destinada a buscar la virtud e impulsar el desarrollo del alma humana, ideal que lógicamente el dinero corrompería poco más tarde. Pero el ejemplo de los padres fundadores prendió acá en el sur y pronto a la tibia Junta de Gobierno realista (cuya instalación el 18 de septiembre de 1810 ridículamente celebramos hoy como independencia) le salió al paso una respuesta ciudadana. Así surgió el Congreso unicameral, con 40 diputados. Tal como hoy en ese primer parlamento los verdaderos patriotas eran minoría -apenas nueve- conocidos como “los exaltados”. Entre ellos se encontraba Bernando O’Higgins, con 33 años, quien no asumía su flamante cargo precisamente con optimismo: “Por mi parte no tengo duda de que el primer Congreso de Chile mostrara la más pueril ignorancia y se hará culpable de toda clase de locuras”, declaró con impresionante visión de largo plazo: solo le sobró la palabra “primer”.

Aunque algunas cosas interesantes pasaron, los pocos meses que funcionó fueron testigos de largas e inútiles discusiones entre los dueños del país, esbirros de la corona española, los pusilánimes “moderados” -como hoy, esos que se aterran ante inmitentes cambios sociales que podrían incomodar sus privilegios y por eso tienen como máximos valores la estabilidad, el trabajo y una moralina represiva- y los desesperados que siempre quieren empujar el río. Todo cambió con la llegada imprevista y heróica de José Miguel Carrera y su espada flamígera.

De ahí en más el Congreso se transformaría en el reducto de la oligarquía. Poca diferencia hubo entre los salones parlamentarios y los comedores del Club de la Unión durante demasiado tiempo, mientras en los campos, en el desierto, en las minas, la enorme mayoría de chilenos moría joven sin haber siquiera aprendido a leer. La irrupción de otro héroe, que a falta de espada tenía una filosa lengua, el inefable Arturo Alessandri Palma, habría de instalar el segudo hito. Hastiado y asqueado de las sancadillas de “la canalla dorada” a su revolucionario programa de Gobierno (en 1920 fue un adelantado a su tiempo) el León de Tarapacá buscó una forma de garantizar el acceso del pueblo al Congreso y creó la Dieta Parlamentaria. El Estado pagaría un sueldo a los legisladores, a fin de que no solo los ricos tuvieran voz y voto.

Tal vez fue ingenuo don Arturo, el hecho es que no pudo vislumbrar dónde iría a parar su bienintencionada ocurrencia. Sin embargo, fue gracias a eso que la aristocracia se vio conviviendo con realidades que ignoraba, cuando efectivamente dirigente sociales y políticos de extracción o vocación popular llegaron al Congreso.

Ahora se ha comenzado a escribir el tercer hito histórico. Desde las calles, desde las barricadas, un puñado de líderes iluminados e idealistas, varios de ellos que no superan los 27 años, han recibido el mandato de irrumpir en la “fronda aristocrática” para hacer realidad los anhelos de quienes durante demasiado tiempo han observado a través de la ventana como unos pocos disfrutan del banquete que pagamos todos.

He tenido el privilegio de conocer de cerca a la diputada electa Karol Cariola, acaso la figura política de mayor proyección en la actualidad, y de tratar personalmente a su colega Camila Vallejo, cuyo liderazgo inusual nunca podremos comprender sin considerar las dimensiones mágicas. No tengo dudas de la inteligencia superlativa de Giorgio Jackson, confío en que gane experiencia pronto y tenga siempre cerca a alguien que le recuerde constantemente, como a los caudillos romanos, que es solo un hombre. Gabriel Boric cae parado siempre y se cuida solo. Me alegra saber que junto a ellos estará Iván Fuentes, un tipo sensato y noble como pocos.

Si lo consideramos con altura de miras, con la perspectiva de la historia, la instalación de esta bancada es hito que resulta esperanzador. Podemos o no estar de acuerdo con sus ideas políticas e, incluso, dada su insolente juventud, ponerlas seriamente en duda. Sin embargo, prefiero mil veces a jóvenes como ellos, como José Miguel Carrera, dispuestos a dar la pelea en nombre de los ideales, la justicia y la libertad, que a otros que solo sueñan con encontrar un espacio cómodo, estable y bien pagado donde ser un engranaje más de la maquinaria que fabrica lentamente su propia destrucción.

Quiero creer que este hito augura un futuro esplendor para Chile. Pero temo que si hay algo que cambia más a las personas que el poder y el dinero -herramientas que ahora utilizará el “lado oscuro de la fuerza” sin duda sobre ellos- es la frustración. Y, creánme chicos, si hay algo que de seguro encontrarán en el Congreso, serán frustraciones a sus ideales. Por eso, como siempre ha sido, el más difícil enemigo que podrán enfrentar es el que acecha en el umbral de su propio mundo interno. Suerte. La van a necesitar.

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