Le gustan los claroscuros. Y se nota.

La primera programación diseñada en su totalidad por Frédéric Chambert tiene la fuerza de la contradicción. Este 2018 coincidirán en el Municipal la audacia de una ópera rupturista como Lulú, de Berg, con  el romanticismo del ballet Romeo y Julieta, de Cranko. También el desparpajo de la pianista china Yuja Wang con la tradición excelsa de la Orquesta Filarmónica de Viena bajo la dirección de Gustavo Dudamel.

Mientras explica su propuesta, Chambert se mueve desde el foyer al tercer piso. No hay asomo de cansancio. “Uso la bicicleta y corro en el parque (Forestal). Me acostumbré de inmediato al país y me encanta la cercanía de la gente. Eso de ir a un café y que las señoras pregunten ‘¿Qué quiere mi amor, corazón?’, dice riendo este hombre llano que llegó desde Toulouse, Francia, a vivir al centro de Santiago y comer en La Picá de Clinton. 

El día anterior a la entrevista terminó la huelga que mantenía uno de los sindicatos técnicos. Sorteó la peripecia con la gracia de un fauno de Nijinsky que se interna en un nuevo bosque. 

“¿Sabes?” —reflexiona— “Un defecto común de chilenos y franceses es que nos autoflagelamos mucho y, por otro lado, somos bien orgullosos. Es una mezcla extraña. Nos cuesta reconocer el éxito”.

Chambert dice esto a propósito de la idea de que la clase política y empresarial del país sería poco sensible al arte. 

“No tengo problemas con la elite chilena. Y no comparto esa opinión. Mi experiencia es que estamos en un país con gente de muy alta calidad y, cuando hablo de los políticos, me refiero a un abanico bien amplio. Tengo una admiración infinita por Carolina Tohá, que me nombró, y me llevo admirablemente bien con su sucesor Felipe Alessandri, quien está en constante búsqueda del bien común. Los empresarios del directorio, y los que vienen del mundo político como Carolina Schmidt, son un aporte”.

Cuando asumió en 2016 se propuso, en primer lugar, convocar nuevas audiencias. En esa línea continúa el ciclo de guitarra clásica y la multiplicación de los conciertos de mediodía. Su idea es hacer del teatro un lugar vivo. Sobre potenciar la compañía de ballet que dirige Marcia Haydée, hay planes de salir al Medio Oriente, Europa e incluso Asia. No es cierto, aclara, que se privilegia la ópera por sobre la danza debido a la ausencia de grandes figuras internacionales. “La fuerza de la Opera de París o del Mariinsky es su propio elenco. Es lo mismo que ocurre con el ballet de Santiago. Una compañía que se mantiene con bailarines de afuera es una mala compañía”, añade enérgico.

Sin complejos responde que “no tenía financiamiento” frente a la pregunta si lo frustró no poder presentar al tenor Jonas Kaufmann. “El 2018 traemos invitados de prestigio como la Orquesta Filarmónica de Viena; al violinista ruso Maxim Vengerov, al guitarrista Pepe Romero. ¿Por qué fue posible? Porque firmamos una alianza estratégica con la empresa de energía AES Gener que contempla, ente otras cosas, costear los espectáculos extraordinarios”.

Chambert no reniega de la cultura de las estrellas que hoy dominan desde el fútbol al ballet. “Son artistas fuera de lo común y, hasta aquí, tiene sentido. Lo que me parece lamentable son quienes siguen presentándose como tales cuando el talento o la calidad ya se fueron. Pasa con los cantantes, porque la voz lírica es frágil”, comenta. Al francés le importa el talento y la calidad. También la variedad. Eso explica que junto a la orquesta de Viena se presente una ópera nacional —El Cristo de Elqui, de Miguel Farías con libreto de Alberto Mayol— y a una pianista como Yuja Wang. Elegida ‘músico del año’ por la revista Musical America, es una especie de Madonna clásica y la preferida de los diseñadores de moda. “Uno ve llegar a esa joven tan dulce y, cuando toca, es una fiera”. Es el carisma, algo difícil de explicar. Misterioso. Algo que ocurre -explica- con el venezolano Dudamel cuando se comunica con los 80 músicos de la orquesta.

 Lo interrumpe alguien que prepara la ópera Aída y parte escaleras abajo a supervisar uno de los últimos espectáculos heredados por la administración anterior. Es el principio de la era Chambert.