Desde que le pidieron su renuncia como intendente de La Araucanía en agosto del año pasado, Francisco Huenchumilla (71) se refugió en su casa de Temuco. Atrás dejó una historia pública agitada en que fue subsecretario, ministro, alcalde, parlamentario y abrazó una nueva vida dedicada a la familia, lectura y viajes. Cuando puede y quiere, participa en seminarios y se arranca a su parcela que mira al lago Cautín donde suele refugiarse en numerosos libros como Los mitos de la democracia, de Felipe Portales; El malestar en la cultura, de Sigmund Freud o 2666, de Roberto Bolaño. “Una etapa de mucha tranquilidad” —asegura— que nada tiene que ver con los bullados quince meses que duró en la intendencia —donde lanzó frases como ‘me quemaría a lo bonzo por la paz social en La Araucanía’— y su posterior destitución, acusando al gobierno de querer un intendente subordinado y que se quede callado.

Con la perspectiva que da el tiempo, el abogado —hijo de padre mapuche y madre descendiente de españoles, que no habla mapudungún y en su infancia nunca asistió a ceremonias indígenas— estima que su salida no se hizo de la mejor manera. “En política hay que cuidar las formas, las cosas se pueden conversar, no es necesario usar la autoridad”. Y mantiene su postura en el cambio de visión que tenía con Jorge Burgos respecto al conflicto en La Araucanía que por estos días parece recrudecerse con la quema de una serie de iglesias. “Además, a ningún ministro del Interior le gusta un intendente con agenda propia”, asegura. Y prosigue: “Tenemos una diferencia en el diagnóstico y en el remedio. Lo de La Araucanía es un problema de naturaleza política y este gobierno y los anteriores creen que es de tipo delincuencial que se solucionará entregándoles la responsabilidad a los fiscales y a jueces”.

—Que no quita que los delitos deban perseguirse.

—¡Por supuesto!, pero eso es atacar el síntoma, no la enfermedad. Esto se soluciona haciendo política, que es el arte de superar los conflictos mediante el diálogo. Deben sentarse en una mesa los dirigentes mapuches, las forestales, los líderes agrícolas y el mundo político.

—Difícil, cuando existe un problema de confianza.

—Claro, por lo mismo tiene que haber un factor de credibilidad de que ese diálogo irá al fondo del tema. Entiendo que las forestales nunca han estado en la mesa, pero es el gobierno central de Santiago el que debe convencerlas, y para eso se requiere voluntad política. En general, nuestros dirigentes conocen poco la historia de Chile; hay un profundo desconocimiento de cómo el Estado llegó a la Araucanía. Puede ser quizá porque el pueblo mapuche no tiene poder económico, social ni político, por lo que es muy difícil que sus demandas sean acogidas, a diferencia de la Iglesia, Fuerzas Armadas, Sofofa, CUT, CPC… Por otro lado, hay un factor cultural; somos un país racista, existe lo que algunos autores llaman “racismo simbólico”, que es el menoscabo, ninguneo, menosprecio; una violencia simbólica que ha hecho que ningún gobierno le dé el palo al gato.

—¿Esperaba más de la Presidenta Bachelet en esta materia?

—Me llama la atención que una coalición de centroizquierda, que se supone progresista, haga la misma política de la derecha, que pone el énfasis en temas de Seguridad Pública. Es inconcebible que un país que se precie de democrático, no encare un problema donde prima la violencia. La Nueva Mayoría no ha tenido ninguna salida política más imaginativa que tirar querellas, actúa con piloto automático. ¿Dónde está el progresismo?, ¡no existe!; eso me decepciona.

—Con su salida, ¿cree que hubo un retroceso?

—No tenía la varita mágica, sin embargo, fui el único en diagnosticar que era un problema político; coloqué el tema en la agenda nacional y creamos una atmósfera de credibilidad en los distintos sectores del mundo mapuche. Por fin pensaron que encontraron alguien que los entendía, que era creíble y, de repente, se cae la persona en quien confiaban. El mismo día que me despidieron, entregué una propuesta de 50 páginas, pero al gobierno le dio miedo. Había tantos problemas con las reformas, con los empresarios, para más encima echarse a las forestales y grupos económicos, cuando la política es precisamente asumir los problemas difíciles y darles un cauce. Y si esto no se resuelve, la violencia atraerá más violencia e inseguridad.

—Existe la sensación de que ésta se agudizó.

—Así es, y con un tipo de violencia que no habíamos tenido, con la quema de iglesias en su mayoría católicas. Hay un tema ahí. Cuando era intendente, estaba tomado el Seminario Mayor (en Padre Las Casas), y con el obispo de Villarrica Francisco Stegmeier, llegamos a un acuerdo para que el gobierno comprara ese establecimiento. Pero se fue Rodrigo Peñailillo, después me fui yo, cambió la postura de diálogo y el obispo pidió el desalojo que produjo el punto de quiebre. Por otro lado, están los dirigentes mapuches jóvenes, que han estudiado en las universidades y que tienen una visión muy crítica del rol histórico que jugó la Iglesia Católica en la conquista, quitándole las tierras con la espada y la cruz.

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—¿Y esas quemas o el asesinato de los Luchsinger-Mackay son para usted actos terroristas?

—Es muy temerario afirmar algo así; se trata de un proceso político social con muchos problemas y raíces históricas, por lo que eso deben resolverlo los tribunales. No dudo, eso sí, que la ley que tenemos es atrasada, que no llega a ningún puerto. La han aplicado once veces y el resultado ha sido cero.

—El testigo clave del Caso Luchsinger-Mackay, José Peralino, reiteró que declaró bajo amenazas. ¿Cree que los once detenidos es un montaje de la PDI como él asegura?

—Desconozco los detalles de lo que ha hecho la policía. Ellos son imputados, tendrá que haber un proceso y defenderse. Confío en lo que harán los tribunales.

—Trataron de involucrarlo a usted con la filtración de una conversación suya con uno de los imputados, Sergio Catrilaf.

—Bien maquiavélico quien intentó hacer ese link. Esa conversación se produjo el 2015, dos años después del asesinato del matrimonio. Cómo podría saber que él estaba metido en algo. A varios de ellos los conozco hace años, piense que fui alcalde, doce años diputado por Padre Las Casas. Son campesinos dirigentes, varios de ellos estuvieron en la mesa de diálogo con Sebastián Piñera. Cuando fui intendente, a todo el mundo le daba mi teléfono; quería estar al tanto, que no existieran problemas de violencia, que no entraran los carabineros a los terrenos tomados, que no hubiera heridos, ¡qué sé yo!

—¿En qué contexto se dio esa conversación con Catrilaf?

—Ellos estaban en una toma, quería evitar que fuera Carabineros, de hecho llamé al general director para que se pusieran de acuerdo y no hubiera un desalojo. Lo mismo que hizo Burgos cuando los camioneros se tomaron la carretera para evitar la violencia que en Santiago es el pan nuestro de cada día. La autoridad política tiene que manejarse con criterio.

Francisco Huenchumilla suena como una posible carta presidencial de la DC. Era el nombre que —dicen—, pretendía proponer el recién renunciado presidente de la colectividad Jorge Pizarro, y que despertaría consenso en un sector del partido, como también en independientes de izquierda. “A la gente le entusiasma que me moje cierta parte del cuerpo; yo no soy agüita perra, sino muy franco frente al país, lo que al final, me costó el cargo. Soy una persona que da la cara, que le gusta escuchar, dialogar, leer, estudiar y que toma decisiones. La autoridad política está hecha para tomar decisiones”.

—Pareciera gustarle la idea de ser candidato.

—Ando por la vida ligero de equipaje, sin ansiedades ni buscando cargos, aunque no me he retirado de la política. De hecho, acabo de hacer un documento sobre cómo veo a la Democracia Cristiana en el siglo XXI. Debe tener una apuesta, un relato, un cuento con el que la gente la identifique. Hasta ahora es un partido del siglo pasado en sus ideas y estructura.

—Se le critica a su partido que no ha sido claro ni ha sabido defender sus principios ni ideas frente a las actuales reformas.

—Tiene que tener sus ideas, cuya ética es el cristianismo, basado en la persona humana, y a partir de ahí, decir qué piensa sobre el capitalismo, el modelo neoliberal, los abusos. Debe tener el perfil de un partido progresista, que está en contra del capitalismo excesivo, pero, a la vez, a favor del empresario, del emprendedor.

—Usted era la carta de Jorge Pizarro, tras su renuncia, ¿hay agua en la piscina para una candidatura suya o su partido no lo considera?

—No tengo idea, ni me he asomado para ver si hay agua. Estoy en mi casa alejado de todo, mirando el río, leyendo, paseando. Soy un jubilado.

—¿Cree que Pizarro terminó dañando a la DC al demorarse en renunciar?

—Es difícil colocarse en sus zapatos, quizás estaba convencido de su inocencia, que no tenía nada que ver, es un proceso complicado.

—A estas alturas y con todo lo conocido, difícil creer en esa teoría.

—El cohecho electoral cruza toda la historia de Chile. La política y el dinero han estado presentes desde el nacimiento de la república, y antes era brutal, con acarreo de gente, a los campesinos les marcaban la espalda. Pasaron 200 años para que en el 2003, en el gobierno de Ricardo Lagos, se legislara por primera vez, aunque fue insuficiente. El mundo sufrió la revolución de las tecnologías, entonces hoy todo es transparente, pero insisto, este tema es antiguo, ¡no seamos cínicos! Se arma un tremendo escándalo, si hace 200 años que actuamos igual, ¡es la historia de Chile! Cuando uno era candidato, ¿a quién le iba a pedir plata?, ¡a los empresarios!

—¿Podría haber entonces una boleta suya dando vueltas por ahí?

—No tengo boletas felizmente, pero todo el mundo lo hacía. A la política siempre la financiaron los empresarios, aunque hay formas éticas y estéticas. Otra cosa es hacer una industria del boleteo, y eso tendrán que resolverlo los tribunales.

—En ese sentido, la derecha acusa que se ha perseguido un solo lado.

—Este proceso no ha terminado, MEO no es de derecha.

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—Tampoco de gobierno.

—Creo que seguirán las formalizaciones. Espero que con la nueva ley esto cambie, habrá un antes y después y los políticos deberán cuidarse más. Lo que no me gusta, insisto, es el cinismo, hacer un escándalo el 2016, cuando ¡tenemos 200 años de cohecho! Chile es un país hipócrita.

—Así como están las cosas, ¿ve la posibilidad de un nuevo gobierno de la Nueva Mayoría?

—El gobierno terminó con el binominal, hizo la Reforma Tributaria, laboral, comenzó con la educacional, acaba de promulgar las leyes sobre la nueva forma de hacer política, sin embargo, lo siguen evaluando mal porque sienten que las cosas no se hicieron bien y había desacuerdos en la coalición. Pero, también hubo un problema de ser franco con la gente, de decirles la verdad, que sumado al tema del dinero y política, generó un problema de credibilidad. El primero que paga el pato es quien gobierna, en este caso la Presidenta, además golpeada por asuntos familiares que afectaron su liderazgo y que no es fácil de remontar, ya que el de ella se basaba en ser creíble. Entonces, lo que se requiere ahora es un líder que sea claro con el país, que se moje cierta parte del cuerpo.

—¿Podría ser Ricardo Lagos?

—Joven o viejo me da igual, lo importante que sepa leer los signos de los tiempos, donde la gente está cansada de la desigualdad. La ciudadanía no está en contra de los empresarios, sino de los abusos, de los ‘care palo’, del cinismo. Aquí solo hay que dedicarse a producir y a endeudarse, con personas que andan tres horas en el Transantiago, que salen a las 5 de la mañana y regresan a las 9 de la noche, ¡una vida de carajo!

—¿Usted podría dar la sorpresa?

—A mí déjeme fuera del cuadro, yo estoy tranquilito allá en Temuco. Eso sí, creo que la DC debe tener su candidato, porque un partido político que se precie de tal, no puede dejar de aspirar a conducir el Estado con alguien que encarne sus principios. La DC debe ratificar, además, su condición de miembro de una coalición de centroizquierda, porque con la derecha no tiene destino alguno. Y esa persona no se elegirá por aclamación, porque hasta ahora no hay unanimidad en torno a un nombre, por tanto, lo lógico es que haya tres o cuatro candidatos por lo menos.