Fotos: Rodrigo López Porcile    Copesa

El hombre del mostacho eterno —que se definía como “socialista, sanmiguelino y colocolino”— no soportó salir obligado de la política. Ese fue su mundo desde los 14 años. Al punto que cuando tenía sus cinco hijos chicos, los vestía con el uniforme del partido y los llevaba a las protestas. Pero ese personaje con fama de duro fue también un tipo sensible, que pintaba, regaba el jardín y escuchaba tangos.

“Ibamos a la escuela no por aprender, sino porque nos daban desayuno y almuerzo”, reconoció Mario Palestro Rojas (1921-2000), al recordar sus tiempos de colegio. Personaje en política y en su comuna eterna, San Miguel, quiso ser abogado, pero terminó en otro mundo… Tenía apenas 14 años cuando ingresó a la Federación Juvenil del Partido Socialista y fue uno de los fundadores de la Federación de Estudiantes Secundarios y Técnicos. Y, salvo una etapa como funcionario en la Caja de Previsión de los Ferrocarriles del Estado, no se apartó del quehacer político. Siempre, eso sí, con su tono campechano. “Cuando deje de ser bueno para la talla, para reírme, para pasarlo bien, querrá decir que estoy a un paso de ingresar a la categoría de tonto grave y de ahí a la vejez hay un solo paso”, decía.
Hijo de Antonio y Aquilina , Mario Palestro Rojas estudió en la Escuela Pública Joaquín Prieto y en el Liceo Manuel Barros Borgoño. Luego fue regidor, alcalde y diputado en varios periodos.

Post golpe partió al exilio en Noruega, cuando era uno de los diez hombres más buscados del país. De ahí voló a Venezuela y a Chile en 1988. Un año más tarde vuelve a ser electo como parlamentario por las comunas Pedro Aguirre Cerda, San Miguel y Lo Espejo, cargo que ocupó hasta 1994. Pero luego vendría el otro golpe, uno tan certero que, a partir de él, empezó a ‘morir’… Así al menos lo afirma Francia, una de sus hijas: “Su muerte comenzó cuando lo echaron del PS. No lo soportó. Su vida era el partido. Lo bueno fue que recuperamos al papá y empezamos a conocerlo”. Sucedió en 1995, después de acusar duramente a la dirección del PS de ‘oportunista y errática’. Era la época en que Palestro dejaba en evidencia su lengua sin filtro. Como cuando se le preguntó si votaría por Ricardo Lagos y contestó: “No me tinca. Es como el PPD, un pescado sin espinas”.
Así recuerda Francia a su padre:
“Lo primero que se me viene a la mente es esa cosa graciosa que tenía. El chiste estaba siempre ahí, la talla justa. Todo lo arreglaba de esa manera. Siempre. También la sensibilidad que transmitía, por ejemplo, su amor por los niños, las plantas y los animales. Es curioso, porque le hicieron una imagen de hombre bravucón y duro, pero tenía un lado muy sensible. Nunca lo escuché hablar mal de una persona. De hecho, si tenía alguna complicación con alguien, siempre lo justificaba diciendo que, seguramente, se debía a que enfrentaba algún problema. Y hay otra cosa que no olvido: lo que mi papá decía en público era lo mismo que hablaba en privado. No había diferencias en sus discursos”.
“No nos dejaba ir a fiestas paltonas ni tener amigos de derecha porque, según él, no teníamos nada en común para conversar con ellos. Tampoco vestirnos de manera pomposa. Nada de eso. Seguramente fue por la vida que a él le tocó, de una pobreza enorme. Tuvo once hermanos —fue el menor—, y perdió a su padre cuando tenía dos años. Entonces vivió con la abuela que, para calentar la casa, tuvo que ir tirando al fuego los muebles. Mi papá fue siempre a pata pelada al colegio. Y como eran muchos hermanos, se turnaban para llevarlo a lapa. Una de mis hermanas fue atleta y basquetbolista. Recuerdo que una vez le reclamó al papá que le faltaban unas zapatillas. El contestó: ¡Yo hubiese querido tener al menos unos calcetines!”.
“Vivíamos en la calle Euclides. Antes de ser regidor, mi papi trabajó en Ferrocarriles del Estado. Se casó el ’44 y tuvo cinco hijos. La situación económica fue siempre apremiante. Por eso mi mamá se amanecía cosiendo. Con lo poco que ganaba partía al Matadero para comprar la comida del día. Pese a todo, jamás los vi angustiados”.

“Su carrera en cargos de representación popular comenzó en 1949 cuando salió electo regidor en San Miguel. Sería votado por dos períodos más. En 1953 se convirtió en diputado. Así partió un reinado que se prolongó gracias a cinco reelecciones. Hasta 1973”.
“A las 7 de la mañana ya habían como 40 personas esperándolo afuera de la casa. Nunca supo separar la cosa familiar con la política. El teléfono sonaba el día entero. Siempre aparecía gente que quería hablar con él y recibió a cada uno. Por eso nunca tuvimos privacidad. Jamás, por ejemplo, pudimos andar medios piluchos por la casa… No fue un papá presente. Estaba todo el día en la calle, lo veíamos al almuerzo, antes de que durmiera su tradicional siesta de diez minutos. Era más relajado que mi mamá. Debe haber sido porque ella tuvo que asumir el rol suyo también. Creo que se llevó la parte más dura. De alguna manera se invisibilizó ante el liderazgo y personalidad del papá. El la opacó y a nosotros también”.
“Decían que comía dos metros de chorizos y kilos de perniles, pero la verdad es que nunca fue tan bueno para la comida. Y como platos preferidos tenía las cosas caseras que preparaba mi mamá. En la mesa, eso sí, nunca existieron las típicas conversaciones familiares. De lo único que se hablaba era de política. ¡Todo era política! Yo tenía unos ocho años y mi papá nos ponía a los cinco hermanos el uniforme del partido. Y partíamos con él a las marchas. Pero como siempre terminaban en trifulcas, nos dejaba encargados con alguna compañera y se iba a pelear”.

“CUANDO ESTÉ EN EL CEMENTERIO ME VOY A PARAR Y CON EL PUÑO EN ALTO CANTARÉ LA MARSELLESA”, dijo alguna vez. Así de fuerte era su vínculo con la política.
“Le fascinaba el 18 de septiembre. La casa se convertía en fonda. Hasta se inauguraba con corte de cinta y le ponía nombres que siempre se relacionaban con él. Una vez, por ejemplo, le puso El Bigote. Allá llegaba toda la familia. También celebraba Navidad. Era católico. A todos nos bautizó y todos nos casamos por la Iglesia. De regalo de Navidad nos daba cosas simples, como el bolsón para el colegio. No estábamos para regalos sofisticados. El Año Nuevo también era una fiesta con toda la familia. Bastaba que hubiesen seis personas para preguntar: ¿Por qué no hacemos una pichanga? A la casa terminaron por bautizarla La casa grande. Todos llegaban ahí”.
“A veces tenía ataques de rabia y pegaba sus gritos, pero nunca nos dio un golpe. ¡Jamás! De hecho, cuando fuimos detenidos para el golpe, decía que si alguien nos llegaba a tocar, él se entregaba de inmediato. Por eso mi hermana Sandra, la que estuvo más tiempo detenida y que fue muy torturada, nunca le contó nada”.
“Siempre lo conocimos con su bigote. Después del golpe, nos dieron permiso para entrar a la embajada donde estaba. Ahí el embajador nos dijo: Quiero que saluden a una persona… pero no sabíamos quién era. No lo reconocimos hasta que habló. Estaba sin su bigote y con el pelo teñido”.

“LE GUSTABA MUCHO EL TANGO Y LA PINTURA. Armó una gran pinacoteca, le compraba a gente joven pero también tuvo obras de artistas como Pacheco Altamirano. Las paredes estaban llenas de cuadros. Y le gustaba pintar. En Venezuela, durante el exilio, se mantuvo vendiendo unos cuadros hechos con óleo”.
“Era bueno para los garabatos, pero insultos simples. Su preferido, lejos, era el huevón”.
“Nunca tuvo problemas con los yernos porque todos eran del partido. Había acá en San Miguel un lugar que se llamaba Sala Chile, donde la juventud socialista hacía sus actividades. Ahí conocimos a los pololos, que eran hijos de otros compañeros del PS. Incluso, mi papá salía con ellos y nos dejaba botadas hasta como las cuatro de la mañana. Era compinche de los yernos. Cuando nos pedían la mano, eso sí, el papi nos decía: ¿Para qué se van a casar si yo les puedo dar todo lo que necesitan? Recuerdo que mi hermana mayor y yo nos casamos juntas en diciembre del ’70. Salvador Allende estuvo entre los invitados. Todos se sacaban fotos con él y mi papá, mientras que a nosotros ni nos tomaron en cuenta”.
“Nuestros paseos familiares eran a Colina. Allá el hermano mayor de mi papi tenía una quinta de recreo. El 8 de diciembre se celebraba su cumpleaños y el aniversario de matrimonio. Llegaban todos los Palestro, como cien personas. Se armaba una especie de campamento y la fiesta duraba una semana. También íbamos de vacaciones, como unos 40, a El Quisco”.

“¡Obvio que tenía diferencia entre sus cuatro hijas y el único hombre! Era muy evidente. Debe haber sido porque le costó tanto, ya que el hombre salió después de nosotras. Mi mamá contaba que cuando al fin nació mi hermano, mi papá se desapareció como una semana. A él lo llevaba a Scappini a comprar ropa. Para mi papá la política era cosa de hombres. Por eso nunca una de nosotras llegó a ocupar un cargo en el partido. Ibamos, participábamos, pero debíamos mantenernos hasta ahí nomás”.
“Fue muy galán con las mujeres. Y él era gusto de ellas. A nosotros nos daba rabia cuando llegaban señoras a la casa y a él le daban ganas de ponerse a bailar y cosas así”.

“El exilio fue horrible para él. Ahí lo vi llorar. Y ni siquiera me atreví a acercarme para hacerle cariño. No nos dejó casi ni desarmar la maleta ni echar raíces. Decía: ‘Ya va a caer…’. En Noruega estuvo hospitalizado por depresión y, entonces, decidimos irnos porque pensamos que moriría. En Venezuela fue otra cosa gracias al clima y a los chilenos que estaban allá. Cuando lo autorizaron a entrar nuevamente a Chile se demoró apenas dos días en regresar. Dejó todo botado para volver”.
“Mi mamá, al final, ya no quería más. Terminó hastiada. Ella jamás participó de las cosas del partido. Nunca fue militante como nosotros. Nunca, tampoco, lo acompañó a un viaje. Mis papás estuvieron 60 años casados. Cuando murió mi papá, la mamá duró apenas cinco meses. Dijo que ya no podía estar sin él”.

 

Envíe su opinión sobre este artículo a actualidadcaras@televisa.cl